Bizet en la era del reality televisivo

Han pasado más de cincuenta años desde la última vez que se montó en Barcelona la ópera juvenil Los pescadores de perlas de George Bizet, el autor de Carmen. Bizet tenía 24 años cuando la compuso, y fue en 1964 cuando se vio por última vez en el Liceu, en italiano como era común en esa época, con el inolvidable Nadir de Alfredo Kraus.

Todo había cambiado en este 2019: ahora se cantó en el francés original, y la instrumentación y el orden de escenas volvió a como el joven Bizet las creó, pero lo principal fue que la rompedora puesta en escena usa la trama débil y pasada de moda de dos pescadores de perlas en Ceilán enamorados de la misma sacerdotisa para iluminar con gracia e inteligencia un fenómeno propio de nuestro tiempo.

La propuesta de la joven directora Lotte de Beer era bien osada: transformó la trillada historia de los libretistas Eugene Cormon y Michel Carré en un típico reality televisivo: “Los pescadores de perlas: ¡El desafío!” Con esta obra de Beer obtuvo en 2014 su primer gran éxito en el Theater an der Wien de Viena. En España el modelo en el que se basa su puesta es bien conocido: la cadena Telecinco la explotó hasta la saciedad, desde unas de diez ediciones de jóvenes salvajes urbanos encerrados en una casa (Gran Hermano) hasta famosos en decadencia escupidos en una playa hondureña (Supervivientes).

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El show en el que se centra esta versión tiene lugar en una exótica isla que podría ser la original Sri Lanka, con Leïla, Nadir y Zurga entre los concursantes. En el giro más gracioso y maligno del argumento, el Supremo Sacerdote Nourabad, que condena a muerte a los que osan incumplir las estrictas leyes de la tribu, se ha transformado en el vanidoso conductor del supuesto concurso de la tele. Sus iracundos monólogos frente a la cámara son para llorar de risa.

Vi el segundo elenco: Olga Kulchynska era una apasionada, atractiva Lëila, con una voz cristalina y un fino legato sopranil; Dmitry Korchak personificó un delicado y augusto Nadir, cantando con técnica depurada y vibrantes notas altas; el barítono Borja Quiza fue menos cumplidor vocalmente como Zurga, pero se reveló como excelente actor de carácter en el rol más complejo de la obra. Por su parte, Fernando Radó desató la hilaridad del público con una creíble y punzante versión del pomposo rostro televisivo, mientras su cavernoso basso profondo proyectaba todo el poder y la dignidad de un Supremo Sacerdote.

El coro funcionó mejor actoralmente que como fuerza vocal; a veces perdieron el ritmo y sonaron algo nublados, pero cada uno se adueñó de un típico personaje de universo telespectador, repitiendo hasta el hartazgo actos y gestos en un buen juego de teatro danza. La orquesta sonó potente y precisa bajo la atenta batuta del experto en ópera francesa Ives Abel.

Pero toda la sorpresa estaba puesta en la creativa escenografía y el movimiento de teatro dentro de la tele. ¿Qué pasará? ¿Cómo se iría transformando el relato de amistad, traición, fuga y muerte en un programa de telebasura?

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El escenario se dividió en tres niveles: adelante, en la playa arenosa que parece un escenario para Lost, un ejército de cámaras, técnicos y productores persiguen a los concursantes. Las arias de Zurga y de Nadir (la de este último es la famosa, delicada y misteriosa Je crois entendre encore) se presentaron en ese clásico género del reality televisivo que es el monólogo en el confesionario.

Detrás de la playa de mentiras, una pantalla iba mostrando los resultados de los votos de los televidentes.

¿Quién debe ser el nuevo líder? – “¡Zurga!”

Leïla y Nadir deben ser perdonados o ejecutados por su amor prohibido? – “¡Ejecutados!”

Y cuando el coro es llamado a comentar la acción, una cortina transparente detrás de la pantalla da paso a una colmena de pequeñas salas de departamento donde los televidentes gritan y susurran. Algunos se afanan en sus labores domésticas o sus discusiones mientras la tele los acompaña; otros están pegados a la pantalla.

Al final, todos descienden a la playa con sus smartphones como antorchas, para ejecutar ellos mismos el sacrificio final.

Una versión en inglés de la crítica de esta obra, presentada en mayo de 2019 en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, salió en el número de setiembre de la revista Opera News.

Somos reflejos de nuestras pantallas: 7 hechos relevantes de la década que se fue

La prestigiosa revista cultural EÑE de Clarín me pidió un balance de esta década. Para mí la cultura es cómo vivimos, cómo nos vemos y lo que hacemos con los otros y con nuestros recursos, además del debate que generan los productos literarios, musicales, audiovisuales, el arte en general. Me salió esta lista ecléctica, con eje en Argentina, que es el público del diario. Para discutir, compartir y disentir, espero.

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Niño mirando el móvil. Fuente: Fundación Faros Sant Joan de Deu

  1. En cultura, en política, en economía, en la sociedad y en lo más íntimo de las identidades: Internet y la primacía de las redes sociales lo cambiaron todo en esta década. Es difícil acordarse cómo era el mundo antes de Google, Facebook, Twitter, Instagram, YouTube. Las relaciones sociales y las costumbres cambiaron radicalmente. Somos reflejo de nuestras pantallas.

 

  1. Desapareció la industria de la música grabada, y esto tiene un profundo impacto en qué se escucha, qué se produce, qué y cómo se relacionan y se relacionarán las nuevas generaciones con uno de los fenómenos que constituyeron el fermento emocional de la sociedad de masas durante todo el siglo XX. La música consiste hoy en nichos autorreferenciales. Los playlist de Spotify son hoy los autorretratos más precisos de una generación para la cual la música es mucho más una búsqueda íntima que una fiesta colectiva.

 

  1. En todo Occidente, las historias que el gran público lee, mira y escucha tienen que ver con una búsqueda de la identificación, de una cierta medida de realidad, de autenticidad. La autoficción imperante y el realismo (impuesto por el mercado, no por la revolución socialista) transforman las historias más difundidas en espejos de cada lector, no en escapes a mundos imaginarios. En este terreno en América Latina el auge de la crónica y los libros de no ficción son parte de este fenómeno: la literatura de hechos reales como un “nuevo periodismo” a la sureña.

 

  1. El triunfo de las mentiras que una gran masa asustada quiere escuchar y creer. No existen las fake news, las falsas noticias: si son falsas, no son noticias. Mientras Internet permite escuchar otras voces, la mayoría se refugia en escuchar solo a los iracundos brujos de su propia tribu. Mientras se puede acceder a la profundidad, la mayoría elige la suprema superficialidad de las respuestas fáciles. Mientras se puede buscar la verdad con mucha más facilidad, los políticos como Donald Trump y Jair Bolsonaro, que triunfan desde las redes sociales,apelan a instintos primarios y bajos. Las redes sociales influyen decisivamente en las elecciones, y los magos del Big Data controlan los grandes flujos en las redes. ¿Qué sucederá en la nueva década? La política ha cambiado para siempre.

 

  1. El crecimiento desbocado de China. Por primera vez desde hace cien años Estados Unidos tiene un contendiente que lo desafía en poder económico además de militar y político. China muestra otra forma de hacer política, combinando libertad económica con autoritarismo político. China prueba que capitalismo y democracia no necesariamente van de la mano. Y su influjo en el mercado de bienes de consumo y de materias primas cambia por completo las relaciones internacionales.

 

  1. En América Latina, la década comenzó con gobiernos “bolivarianos” distributivos, y termina con un predominio de un retraimiento del gasto público y la vuelta de la ideología neoliberal en casi todo el continente. Un cambio a la vez político y cultural: la ciudadanía, mejor formada y exigente, cree más en las reglas de la democracia, la división de poderes y la alternancia, que muchos de los mismos gobernantes.

 

  1. En Argentina, mientras se acrecentaba la decadencia económica y social, el país político finalmente aprendía una civilizada alternancia sin violencia, que no es poco, y en cultural surgen nuevas voces: sobre todo, de jóvenes novelistas y cuentistas y directoras de cine y compositoras mujeres. La década de las mujeres, que en Argentina tuvo un centro mundial con el movimiento contra el femicidio y a favor del aborto legal, en el terreno de la cultura se vio reflejado con una generación de grandes creadoras.

Orfeo y Eurídice en el Colón: El triunfo de lo invisible, lo mudo y lo libre

Lo mejor de la nueva puesta en escena de genial ópera de Gluck Orfeo y Eurídice en el Teatro Colón de Buenos Aires es lo que no se ve. Lo segundo mejor es lo que no se escucha.

Orfeo & Eurídice 2019 - Foto 1 (c) Máximo Parpagnoli

Orfeo y Eurídice en el Teatro Colón. Daniel Taylor (Orfeo). Foto de Máximo Parpagnoli

Primero triunfó lo invisible: desde el foso orquestal, donde se apiñaban tanto la orquesta estable como su coro, pude escuchar el mejor sonido barroco, preciso, seco y vibrante, que recuerde en el Colón este siglo. Los violines sonaban en ocasiones algo ácidos y picosos, pero el ritmo punzante de las cuerdas, la finura de las maderas y la belleza aterciopelada de las voces del coro fueron una agradable sorpresa que subía desde el abismo. Gran parte del mérito es del joven maestro español Manuel Coves, un director habitual de ballet, de quien se notó una mano especial para los números de danza.

Después, brilló el arte mudo: el director de escena Carlos Trunsky es antes que nada un bailarín (durante 25 años miembro del cuerpo de baile del Colón) y galardonado coreógrafo. Su propuesta de Orfeo es un ballet con voces. Once bailarines atléticos total o parcialmente desnudos y una sola musa danzante, (la impactante Teresa Marcaida en el papel de Perséfone) fueron los encargados de contar con movimientos delicados o bruscos la historia dramática que los cuerpos de los cantantes, atrapados en su inmovilidad, le escatimaban al público. Los constantes números danzantes, los coros pungentes y las arias lamentosas eran pasto para las energéticas danzas colectivas creadas por el coreógrafo.

Orfeo & Eurídice 2019 - Foto 5 (c) Arnaldo Colombaroli

En los mejores momentos, los hombres en cueros parecían un banco de peces tropicales en excitado frenesí. En las manos de Trunsky, los tres únicos personajes, el contratenor Orfeo (Daniel Taylor), la soprano lírica Eurídice (Marisú Pavón) y la soprano ligera Amore (Ellen McAteer) permanecían tan estáticos como en una de las puestas en escena de Robert Wilson. Orfeo, especialmente, era como un testigo doliente de su propia tragedia.

Al contemplar a Taylor, vestido de burócrata de los ochenta y adornado con una perenne cara de limón agrio, era difícil imaginar que estuviera tan enamorado de su Eurídice como para seguirla hasta el Averno, y mucho menos adivinar qué había visto ella en este muermo. Su voz tiene una alta calidad y precisión, pero hasta bien entrado el segundo acto, con la famosa aria Che farò senza Euridice, no causó impresión alguna con su emisión limitada y pequeño volumen, poco apto para una sala inmensa como el Colón. En la más bella melodía de la obra aportó algo, sólo algo, de fuerza y emoción.

Orfeo & Eurídice 2019 - Foto 6 (c) Arnaldo Colombaroli

A su lado, Marisú Pavón puso algo más de carne en el asador, con una voz carnosa y dulce que llenó el teatro, pero la dirección de escena le jugó en contra: cada vez que cantaba, los once efebos semidesnudos la rodeaban como tratando de quitarla de la vista de su amado. Ellen McAteer, como Amore (un Cupido femenino que une a los amantes) prestó su pícara soltura y su punzante tono ligero para que el amor venza.

Pero al final el amor no venció, y esta fue la decisión más atrevida del regisseur en esta típica historia de una relación que vence todas las adversidades: en el último minuto, salvada de la muerte pero más sabia, más independiente y cansada de su novio pusilánime, Eurídice deja a su Ofreo y escala la montaña de corcho en busca de la libertad, junto con los bellos bailarines, en los que el director había concentrado el afán amoroso de la obra. Una Eurídice divorciada y libre, acorde con los tiempos que vuelan.

Una versión en inglés de la crítica de esta obra, presentada en noviembre en el Teatro Colón, sale en el número de este mes de la revista Opera News.

Ernesto Picco: gran cronista y perfilador de Santiago del Estero

El 10 de noviembre de este 2019, en mi primera visita a la provincia argentina de Santiago del Estero, presenté Crónicas de tierra y asfalto junto con su autor, el prolífico y muy talentoso Ernesto Picco. Hace unos meses, cuando me pidieron escribir el prólogo de este libro, no sabía nada de Picco, ni de la hermosa Editorial de la Universidad Nacional de Santiago (EDUNSE) y su gente luminosa, y lo poco que sabía de esta provincia del interior profundo de mi país era por las chacareras, la nostalgia de los que partieron, la siesta de quienes se quedaron, y el hecho de que su histórica capital es la primera ciudad de lo que ahora es Argentina. Sin ser experto ni mucho menos, ahora ese otro Santiago (vivo y respiro en la capital chilena) ya está en mis recuerdos y en mi corazón. En gran parte por este libro y la cercanía con su autor. Este es el texto de mi prólogo para este erudito y emotivo canto de amor de un cronista a su tierra.

Tapa Crónicas de tierra y asfalto

Decía Borges – los argentinos sabemos secretamente que todo lo que merece ser dicho ha sido dicho ya por Borges – que en el Corán no hay camellos. Y no hay camellos porque aquellas ásperas tribus de los desiertos de Arabia no tenían ni la conciencia ni la necesidad de poblar los paisajes de su libro sagrado de aquello que los foráneos consideraban “típico” de sus desiertos y roquedales.

El paisaje estaba asumido, implícito. Las tormentas de arena se escuchan por detrás y por debajo de las órdenes imperiosas de Alá y los sueños de los rapsodas sobre un paraíso lleno de agua, leche y miel. No hay camellos porque no hacen falta.

Por eso mismo es que el otro día, mientras chateaba con Ernesto Picco y le contaba lo mucho que me gustó este libro suyo, se me ocurrió comentarle que en su Santiago del Estero no hay chacareras. Las chacareras santiagueñas son lo que los pajueranos, sobre todo los porteños, pensamos que se canta y se baila y se escucha siempre allí, después de la impostergable siesta y antes de las infaltables empanadas.

Esa es una de las muchas razones por las que pienso que este libro es tan profundamente santiagueño: porque no intenta serlo, no juega a serlo.  Es un ramillete de perfiles que dan cada uno en su blanco porque apuntan en distintas direcciones y están contados con estructuras y estilos diversos, y entre todos trazan un mapa de una provincia única y por lo tanto representativa de lo más argentino, lo más latinoamericano, lo universal. Cuanto más local, más compartible.

*          *          *

Hay en el libro de Picco, por ejemplo, mucho de política, de política local. Es inusual encontrarse con un libro que ahonda en las rencillas internas, los odios y filias de la clase dirigente de un sitio remoto y sentirse inmediatamente interpelado.

El patriarca taimado Carlos Juárez y su séquito obsecuente, el arribista que pasó de gestionar las sórdidas noches provincianas a la nueva política, los dirigentes sindicales que combinan astucia con desgarro, el intelectual rebelde de una familia trágica de revolucionarios, un valiente defensor de presos políticos. El autor los entrevista – a ellos o a sus amigos o enemigos próximos –, los sigue y los observa, los investiga, los humaniza. Es la historia contada desde adentro, y por eso mismo un modelo para contar otras provincias, otros ámbitos.

Los males del pasado y del presente toman cuerpo y vuelan. Este libro no es un manifiesto ni un alegato, pero da voz a los sin voz. A la enfermedad olvidada porque afecta a los pobres, el Mal de Chagas-Mazza. A la música de la que no se ocupan los eruditos, la guaracha, porque la escuchan los pobres. A la épica de una lucha agraria de la que no se ocupan los medios nacionales, porque se pelea lejos y la sufren los pobres.

Destilan estas historias un amor por el terruño, un conocimiento profundo de lo propio, que se me hacen cercanas y relevantes, pese a que yo nunca estuve en Santiago, y son otros los Santiagos que me habitan en mis recuerdos.

Estos son mis Santiagos: una visita breve y lejana al calor húmedo del paisaje y de la gente de Santiago de Cuba; caminar y ser feliz en otra vidas en las piedras milenarias de Santiago de Compostela en lluvia y sentir la aspereza del botafumeiro en su Catedral; vivir y crecer y encontrarme ahora en Santiago de Chile.

Pero al adentrarme en las mesuradas páginas de este libro, me escapo de los santiaguinos y los santiagueros y los compostelanos; y me vuelvo un poco santiagueño.

Presentación de Crónicas de tierra y asfalto con Ernesto Picco en la Feria del Libro de Santiago del Estero

Presentación de Crónicas de tierra y asfalto con Ernesto Picco en la Feria del Libro de Santiago del Estero

Contribuye a la espesura del texto y la emoción del encuentro el torrencial de datos, libros y reflexiones de la rica introducción que se abre tras este prólogo.

Ernesto Picco, además de cronista original y audaz, es un erudito de su tierra y de las formas en que fue contada. Los lectores se encontrarán, antes de recorrer los rostros de estos santiagueños ilustres, o representativos, o injustamente postergados, o esperpénticos o hilarantes, con un estudio de las maneras en que la provincia fue recorrida por contadores de historias reales, desde Pablo Lascano y Orestes Di Lullo hasta Julio Carreras y Ramón Carrillo.

Y al analizar las crónicas que cuentan su provincia, el periodista devenido investigador brinda pautas para definir los géneros de la crónica y el perfil. La mirada propia, la investigación exhaustiva, el estilo literario, la estructura narrativa.

Así, al lanzarse a entrar en su propia lista de cronistas de la ciudad y el monte, Picco ya trazó el camino de los que lo precedieron. Sus crónicas miran al pasado, a los héroes y las luchas que el poder procura que olvidemos, y a las formas en que el presente está modificando los tópicos y prejuicios sobre lo provinciano y sobre su provincia.

Y también innova en la forma: cada texto late y fluye con estructura propia, desde comienzos que a veces pintan una cara, se congelan en un gesto, trituran un paisaje, aventuran una suposición o un concepto que los lectores descubrirán y confirmarán después, al viajar con él.

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Hacia el final de su introducción, Picco cita al maestro de los cronistas de viajes de la Argentina actual, Martín Caparrós. “Hago largos viajes porque quiero aprender a mirar para contar algún día la crónica más difícil de todas, que es la de la manzana de mi casa”, dijo Caparrós en una entrevista. Es una variante del viejo verso de T. S. Eliot, de viajar para aprender a volver a casa, y a mirar lo familiar como si fuera nuevo y extraño.

“¿Quiénes son, en Santiago, los que han escrito sobre las manzanas de su casa? ¿Hay allí una herencia para la crónica santiagueña?”, se pregunta el autor.

Si fuera un porteño quien la enunciara, por ejemplo el mismo Caparrós, pensaríamos que peca de falsa modestia. Pero como el libro entero rebosa de dudas y tanteos, podemos suponer que no esconde una respuesta oculta. Por eso, como prologuista lo postulo yo acá: es Ernesto Picco quien se alza sobre sus antecesores y pinta un cuadro de su Santiago a la altura de las mejores crónicas latinoamericanas de lo que va de este siglo XXI.

Y son crónicas en forma de perfiles, es retratar un lugar sin que se vean los paisajes, ni camellos ni chacareras ni cansinas siestas con mate bajo el ombú. Son mujeres y hombres de la tierra los que al vivir pintan el paisaje.

Es como si los Santucho, Juárez, Lescano, Posse o Chazarreta, al caminar su tierra en sus afanes y conquistas trazaran sin buscarlo un mapa del territorio. Un mapa que Picco encuentra y comparte aquí.

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Crónicas de tierra y asfalto me recuerda un ambicioso proyecto emprendido durante casi todo el siglo XX por el más grande de los literatos de no ficción de la Península Ibérica, el catalán Josep Pla.

Entre los más de cuarenta tomos de sus obras completas, Pla emprendió durante décadas, de los veinte a los sesenta del siglo pasado, el pintar su tierra retratando en historias, entrevistas, recorridos y meditaciones a los grandes hombres de su Cataluña soñada. Los artistas exitosos, como Salvador Dalí, Pau Casals o Antoni Gaudí, o los fracasados, como Isidre Nonell, o los luchadores y líderes, como el fundador del POUM trotskista Andreu Nin, asesinado y desaparecido por los estalinistas.

Estos hombres son la tierra, la identidad, el paisaje de Cataluña para Pla. Los llamó, en su precioso idioma natal, Homenots, que son algo así como hombretones, que es más coloquial que grandes hombres y menos familiar que el nombre con el que se lo tradujo al castellano, Grandes tipos.

Son “homenots” los santiagueños de Ernesto Picco. Ninguno es perfecto, pocos son admirables, todos tienen taras y defectos y hasta crueldades. Pero son grandes a su manera, porque destacaron y salieron del rebaño, construyeron un “nosotros” local en la mayoría de los casos sin proponérselo, al tratar de emprender caminos individuales o luchas colectivas. Estos rostros, la mayoría ajados por el tiempo y el calor de los mediodías y la ventisca de las noches del noreste, trazan los rumbos de la provincia y permiten atisbarle un futuro.

*          *          *

Hoy, mientras escribo estas líneas, Ernesto Picco está muy lejos de su tierra. Está en el terreno de mis propios recuerdos y pesadillas. En las Islas Malvinas.

Su talento y su perseverancia y el brillo de promesa de su prosa le hicieron ganar la codiciada Beca Jacobs de Periodismo de Viajes de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Con el fondo de esta beca, está en una tierra extraña, pero donde también lucharon y murieron santiagueños quienes, como yo, fueron enviados a luchar en una guerra doblemente cruel en 1982.

Como veterano de Malvinas y escritor de crónicas de las islas, tengo muchísimas ganas de leer las crónicas malvineras de este santiagueño trotamundos.

En este libro, los lectores descubrirán fácilmente por qué. Quien ha aprendido tan bien a describir su casa desde estos personajes fascinantes y entrañables, puede lanzarse a los confines del Atlántico Sur, a descubrir las heridas y remiendos de una lejana guerra ajena. Sé que también podrá descorrer ese manto de neblina y hacer propio lo extraño y traernos en palabras justas la comprensión de lo inaudito.

Chile lacrimógeno

Cuando despertó, el gas lacrimógeno todavía estaba ahí.

Dentro de su nariz, en su garganta, en sus pulmones, en su memoria reciente de no poder ver y toser sin pausa tratando de respirar. Y en la memoria de los años setenta y ochenta, cuando este cronista, como muchos chilenos y argentinos de su edad, vivieron lo que nunca pensábamos que volveríamos a ver: Estado de Excepción, Toque de Queda, ejército en las calles, imágenes de soldados y policías disparando al pueblo desarmado, denuncias de torturas y abusos sexuales en comisarías, 16 muertes hasta ahora, centenares de personas heridas, miles de detenciones.

Protesta en Plaza Italia. Foto de Susana Hidalgo

Esta mañana del miércoles 23 de octubre de 2019, mientras teclea para entender qué está pasando en el país al que vino ilusionado hace tres años, este cronista argentino sigue tosiendo y restregándose los ojos frente a esta pantalla.

El gas todavía pica.

Así funciona el gas lacrimógeno que los Carabineros de Chile arrojan a la multitud, en su gran mayoría jóvenes que bailan y cantan en paz. Es una nube blancuzca, a veces rojiza, que primero se mete por la nariz y causa un agudo escozor ácido. Como meterse mostaza por la nariz. Después, se mete por la boca, paraliza la lengua y entra por la garganta. En el caso de este cronista, el picor en los ojos que provoca las lágrimas que le dan nombre al gas es lo siguiente. Un dolor fuerte debajo de los párpados, como si los ojos se quisieran hundir en sus cuencas, un dolor que se prolonga a los huesos encima de los ojos.

En lo que yo vi en estos días, la mayoría de las y los jóvenes que salen en las pantallas de la televisión chilena, como malhechores cubiertos de trapos y pañuelos, se están cubriendo de los gases lacrimógenos.

Pero pese a su nombre, el principal efecto de esta sustancia, que el Estado chileno nunca dejó de usar desde la dictadura de Pinochet, no es provocar lágrimas. Provoca rabia, indignación, ganas de volver a salir a la calle.

Lo dicen los carteles: Chile despertó. No tenemos miedo. No son 30 pesos, son 30 años.

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#NoTenemosMiedo

No, no son los 30 pesos que subió el boleto del metro; son los 30 años de abusos de una democracia vigilada y de una constitución atenazante que redactaron los sirvientes del dictador en plena dictadura y que ningún gobierno democrático pudo, supo o se atrevió a cambiar.

Cuatro vecinos y varios de sus hijos e hijas de uno de los edificios con ventana a Plaza Italia compraron el lienzo de diez metros donde pintaron las palabras: No tenemos miedo. Ya lo cantaban en manifestaciones por los derechos de los negros y contra la guerra de Vietnam en EEUU en los sesenta. Lo colgaron de su ventana. Después, estudiantes lo colgaron en el centro de la estatua, de la cabeza de la estatua del General Manuel Jesús Baquedano. Así salió en incontables medios internacionales. No tenemos miedo.

Lo que estos días hace llorar a Chile, que salió en masa a protestar desde el viernes en cada ciudad y pueblo, no es el gas lacrimógeno. Es el no poder llegar a fin de mes en un país donde el PIB per cápita subió, pero su beneficio quedó concentrado en las mismas manos de siempre. El 1 por ciento de arriba se reparte en gerencias, casos de corrupción y ministerios, mientras el 30 por ciento de abajo se endeuda hasta la desesperación.

La mayoría de quienes salen a la calle no están fuera del sistema: están dentro, trabajan y estudian, pero lo que ganan es una afrenta y lo que gastan, un escupitajo.

A veces hace falta un último insulto para mirarse al espejo y entender finalmente que se están burlando de uno. El ministro de Economía Juan Andrés Fontaine, ante las primeras protestas hace diez días por el alza en el precio del transporte público, que lo hace más caro que en muchos países de Europa, llamó a que los chilenos y chilenas se levantaran más temprano para tomar el metro antes de las 7. Esa fue la gota que rebalsó el vaso.

Las lágrimas no son por el gas, son por el abuso y la ofensa de décadas, por la promesa incumplida de la democracia recobrada en 1990. Los mejores periodistas, escritores, académicos y artistas de Chile están contando lo que pasa de forma potente y sintética. Los leo con admiración y gratitud. Este es un país donde, mientras el presidente decide no ver lo esencial y se enrosca en su propia guerra contra las cacerolas y las pancartas, muchos están pensando en qué pasa, por qué y cómo salir de esto.

Así lo explicaba a los lectores de España y Latinoamérica a comienzo de las protestas la corresponsal de El País, la reconocida periodista chilena Rocío Montes:

“Aparentemente Chile era un oasis dentro de una América Latina convulsionada, como dijo hace unas semanas el presidente Sebastián Piñera. Pero entre jueves y viernes explotó una especie de olla de presión con violentas protestas sociales que este sábado tienen la capital bajo control militar, como no sucedía desde la dictadura. Las movilizaciones se originaron por el alza del precio del pasaje del metro, pero parece existir cierta coincidencia en que lo de la tarifa del boleto se trata apenas de la expresión de un descontento mayor de la sociedad chilena. La acción del Ejército apoyado por los carabineros no ha logrado aplacar la protesta en diferentes zonas de Santiago de Chile, donde este sábado se han seguido produciendo enfrentamientos, ataques incendiarios y saqueos en el comercio. Las manifestaciones comienzan a irradiarse a otras regiones del país, lo que obligó al Gobierno a decretar un toque de queda.”

Su reportaje se llama La olla de presión revienta en el oasis chileno.

El mismo sábado 19, la eximia novelista, dramaturga y actriz Nona Fernández en el diario La Tercera, partía su reflexión desde lo que vivió en la primera noche de las protestas:

 “Camino desde Morandé, en el centro de Santiago, hasta mi casa en Ñuñoa. Horas de caminata. Veo jóvenes con la cara pintada como el Joker que gritan que este es un mejor remate para el gran chiste. Pienso cuál es ese gran chiste. ¿El alza del pasaje del transporte público? ¿Las posteriores declaraciones del ministro a propósito? ¿Las pensiones de nuestros jubilados? ¿El estado de nuestra educación pública? ¿De nuestra salud pública? ¿Nuestra agua que no nos pertenece? ¿La ridícula concentración de los privilegios para un grupo minoritario? ¿La constante evasión de impuestos de ese mismo grupo minoritario? ¿La constitución ilegítima que nos rige? ¿Nuestra pseudodemocracia? Las posibilidades son infinitas, y mientras veo que se acerca un camión lanza-aguas, mi cuerpo, instintivamente, con una sabiduría escondida en él por años, corre, se esconde, se cubre la cara, y logra sortear la situación una vez más. Igual que ayer. Igual que anteayer. ¿Cuántos años llevo escondiéndome del agua sucia de un guanaco? ¿Cuántos seguiré haciéndolo?”

Su crónica se titula El gran chiste.

El lunes 21 el agudo analista y fundador del semanario satírico y de investigación The Clinic, Patricio Fernández, ponía todo esto en contexto en la revista digital argentina Anfibia:

“En el caso chileno, es indudable que el aumento del precio en el transporte público es sólo el detonante de una molestia mayor. Desde la recuperación de la democracia en 1990 hasta avanzada la década del 2000, el país multiplicó en varias veces su ingreso per cápita y fueron muchísimos los que abandonaron la pobreza para ascender a una clase media que al mismo tiempo accedía a bienes con los que sus padres ni siquiera habían soñado y asumía compromisos de gastos, derivados de su nuevo estatus, que cualquier traspié ponía en peligro. El crecimiento económico permitió a la naciente democracia ignorar la destrucción de las seguridades sociales llevada a cabo por la dictadura. Muchísimos hicieron del crédito un modo de vida. Y todo funcionó bien, hasta que la economía perdió el ritmo y esa autosuficiencia que nos llevó a creernos ‘los jaguares de América Latina’ mostró sus fragilidades.”

Su análisis lleva por título No es una guerra, es el fin de un ciclo.

El martes 22 a la tarde, se publicó un documento firmado por más de un centenar de académicos de la Universidad Alberto Hurtado, donde trabajo. Son profesores e investigadores de derecho, de economía, de educación, de psicología, de ciencias sociales y periodismo:

“En el país ha estallado un conflicto social agudo, que nos recuerda que vivimos en un delicado equilibrio social y político que debemos abordar entre todos y todas con seriedad y responsabilidad. Rechazamos que este conflicto se afronte con estados de emergencia y toques de queda que inhiben el diálogo y la tranquilidad social.”

En similares términos se expresan profesores de otras universidades, estudiantes, gremios, asociaciones de periodistas, que deploran el sensacionalismo de la televisión, y el Colegio Médico, que denuncia que el número de muertes y heridos es mayor al informado por el gobierno, junto con una carencia alarmante de recursos en la salud pública, que lleva años.

Cada una de estas noches, en medio del toque de queda y del paso ominoso de los tanques verdes del ejército por las calles de Santiago, con el olor del gas lacrimógeno en la garganta, el país asiste atónito a discursos cada vez más confusos del presidente Sebastián Piñera.

Primero, dijo que estábamos en guerra contra un enemigo poderoso, para ser inmediatamente desmentido por el general del ejército con uniforme de combate que él mismo puso a cargo de la seguridad.

La noche del martes citó al poeta uruguayo Mario Benedetti para ampararse en su desconcierto: “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.

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Inmediatamente la Fundación Mario Benedetti le respondió airada. Esta mañana consulté a la presidenta del directorio de la fundación, Hortensia Campanella. “Sin darse cuenta, al usar esa frase, Piñera está descontextualizando una cita que hace Mario de un grafiti que vio en un muro de Quito, según cuenta en Perplejidades de fin de Siglo,” me respondió la representante de los derechos del autor de La tregua.

“En todo caso me deja perpleja, y es una cruel ironía, que justo ahora el presidente de Chile nombre a un autor que siempre estuvo ligado al sufrimiento y dignidad del pueblo chileno”. 

Ahora Piñera llama al diálogo, pero sigue culpando de la situación a criminales organizados, que sin embargo no tienen líderes visibles. Los partidos de oposición, incluso el Frente Amplio que surgió de las protestas ciudadanas de 2006 y 2011, no moviliza a los que ahora mismo, al mediodía del miércoles 23, vuelven a tomar masivamente Plaza Italia y muchas plazas del país.

Danzan, cantan, saltan, tocan pitos y cornetas y tambores y cacerolas. Ya no lloran por los gases lacrimógenos que volverán esta tarde, cuando se vuelva a acercar el toque de queda. Y ya quieren dejar de llorar por vivir en un país sin salud pública, sin educación pública de calidad, con jubilaciones de hambre, donde todo está privatizado desde los tiempos de la dictadura. Quienes se manifestan son una mezcla de jóvenes que no ven futuro en este sistema abusivo y jubilados que no pueden pagar sus remedios porque les obligaron a poner sus ahorros en fondos de pensión que les pagan 200 dólares mensuales en un país donde muy difícilmente encuentren un alquiler por ese precio.

Otro de los carteles más viralizados es el de una joven que sale a la calle, con su cartón escrito a mano, que dice que su abuela murió por no poder pagar una operación privada.

Chile despertó. ¿Qué viene ahora? No está claro, pero no se volverá al sueño del oasis de Latinoamérica, ni a las lágrimas de bajar la cabeza y viajar en metros atestados, pagando un pasaje mayor que el del metro de Madrid para ganar un sueldo como el de Paraguay.

Mientras siguen sin parar los cánticos y los cacerolazos desde su ventana en Plaza Italia, ya escuece menos el gas de anoche. Todo está en veremos, pero esta semana hay un país en el sur de América que dijo basta.

 

Crónica publicada en la revista digital Escrituracrónica.com y en el diario Perfil de Argentina. 

Marcela Aguilar: Cronista de la crónica

A fines de setiembre, Marcela Aguilar, flamante decana de Periodismo y Letras de la Universidad Diego Portales de Chile y profunda conocedora del periodismo narrativo en América Latina, presentó La era de la crónica, una versión breve, ágil, erudita y cautivadora de su reciente tesis doctoral.  Es un recorrido por la historia de la crónica, las investigaciones de los estudiosos de esta especialidad cada vez más analizada del periodismo, y una presentación de los principales temas y motivos de la literatura universal tal como los aplican los cronistas actuales. Este es mi prólogo para su libro, que publicó la Editorial de la Universidad Católica.

En 1967, el exquisito musicólogo, compositor y pedagogo inglés Deryck Cooke culminó su monumental estudio del ciclo de cuatro óperas El anillo del nibelungo, de Richard Wagner, con la edición de un doble disco long-play que los aficionados al mundo de dioses, gigantes, enanos, anillos de poder y amores excesivos de Wagner atesoran con gratitud. Cooke presenta, explica, analiza, desmenuza, compara, concluye, aventura, descubre ideas y conceptos detrás de las líneas argumentales y musicales, y entona rapsodias líricas sobre el vasto universo artístico de la llamada Tetralogía wagneriana.

La grabación no ha dejado de estar en catálogo, y ahora resurge en CDs, online y en versiones que combinan sus palabras por escrito o leídas con pulcra pasión y dicción melodiosa por él mismo (Cooke fue durante casi toda su vida un divulgador de la música clásica en las ondas de la BBC), acompañadas por fragmentos sonoros sacados de la canónica versión de la obra dirigida por el maestro húngaro Georg Solti o por partituras para los melómanos con educación musical.

En su original, revolucionario estudio, Deryck Cooke explica el Anillo a partir de más de un centenar de temas, variaciones de melodías, ritmos, armonías presentadas por el sonido reconocible de uno o más instrumentos. Lo que Wagner mismo llamó sus “leitmotiv”, motivos musicales que representan a los personajes, relaciones entre ellos, sentimientos, lugares, símbolos, valores, hasta ideas filosóficas. La música no acompaña: cuenta la historia.

Hay un tema para el anillo labrado con el oro del Rín, que otorga poder pero también provoca la envidia, el odio y la tragedia; otro para el fresno del mundo, en el que el dios Wotan coloca la espada mágica que solo un valiente sin miedo podrá sacar, con la que el hijo del dios luchará hasta la muerte y con la que su nieto Sigfried recobrará el anillo, a diez horas del comienzo de la saga y a siete horas de su conclusión catastrófica.

Pero también hay tres temas musicales para Siegfried: para su amor, para su enojo, para su confusión al perder al amor de su vidas; una melodía para su amada Brunhilda dormida rodeada de fuego sagrado; otra para su descubrimiento del amor de Sigfried y uno más para su furor ante lo que cree la traición de su amado. La redención, la perdición, la repulsión y el arrebato sexual tienen su melodía y su instrumentación. El despertar del mundo de los dioses tiene una armonía lenta y misteriosa en las tubas, su triunfo con la inauguración de la morada sagrada Walhalla, un glorioso crepitar de trompetas y timbales, y su caída y destrucción, un aquelarre de cuerdas alborotadas.

El maestro Cooke ordena y facilita la comprensión de esta historia compleja: Wagner crea un universo igual de maravilloso y horripilante que este de nosotros, en lucha permanente entre el amor y el odio, la generosidad y la codicia, el heroísmo y la cobardía, la renuncia a querer y ser querido a cambio del poder y el dinero, y el sacrificio supremo por el ser amado. Y al final, la destrucción de un mundo condenado a perecer por su incapacidad de gobernar sus pasiones y sus sentimientos más abyectos.

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¿Por qué comienzo con esta historia de un musicólogo apasionado y un compositor excesivo y genial para presentar un libro de crónica latinoamericana?

Porque al internarme en el rico bosque de colores, luces y sombras, aromas, cantos de pájaros y plantas medicinales que conforman este bello y sabio libro de Marcela Aguilar, al buscar un camino para entenderlo, me vino a la cabeza de forma extraña pero potente, no buscada, la comparación con una pasión íntima por una música que me fascina y a la vez me llena de perplejidad.

Así me siento respeto del periodismo narrativo, o literario, o escritura de no ficción, o crónica. Y así quisiera presentar a la erudita apasionada, rigurosa y original, analítica, crítica y profética autora de este libro necesario y bello.

Marcela es periodista, es narradora, es cronista. Formó parte de legendarias redacciones con grandes maestros del oficio y se sumergió en el barro de la realidad para contar el Chile post dictadura, el reino del “en la medida de lo posible”, cuando todo era difícil y todo era soñado. Fue editora de revistas y de libros. De hecho, tuve la fortuna y alegría de tenerla como editora de la segunda versión de mi libro Periodismo narrativo y de uno de los capítulos de su profética antología de crónicas y entrevistas Domadores de historias.

También es maestra, docente enamorada de la enseñanza del periodismo, líder de un proyecto potente en la Universidad Finis Terrae. También allí la tuve como directora y organizadora de talleres, buscando siempre un peldaño más para que suban sus alumnos. Esa es la tarea del buen profesor, poner las manos juntas para que se eleven y se alejen de uno, ayudarles a encontrar su propio camino. Me consta que los que tuvieron a Marcela de profesora, y ahora como directora de la Escuela de Comunicación, la recuerdan con cariño y siguen aprovechando sus enseñanzas.

Y no sólo eso. Disfruté viéndola en acción como juzgadora de trabajos de colegas, como jurado del Premio de Excelencia que otorga la universidad donde trabajo, la Alberto Hurtado. Vuelca allí su sentido de la justicia y la equidad, reconociendo el trabajo duro, la originalidad, la generosidad de sus colegas, pero también aportando a los otros jurados conocimientos sobre los géneros que juzgamos en otras partes del mundo, y contexto histórico y cultural sobre cada uno de los temas, sea el homicidio del comunero mapuche Camilo Catrillanca, el recuerdo del asesinato de Víctor Jara, casos de corrupción, de amor y desesperación de una pareja de ancianos que cumplen un pacto suicida, o la mirada rigurosa hacia la corrupción política y policial o la empatía y comprensión hacia la fragilidad humana. Ser parte de un jurado con Marcela Aguilar es presenciar una lección de humildad y erudición.

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Y en medio de sus muchísimas tareas, la tesis de doctorado en la universidad más prestigiosa del país, aplaudida con un Cum Laude, con jurado internacional, que ahora llega al público en este libro que destila décadas de conocimiento sobre periodismo, literatura, ciencias sociales y la transmisión del saber en las universidades.

Para no dilatar más la espera, explicaré la relación que veo entre este libro y el proyecto de Deryck Cooke. Como hacía el musicólogo con la monumental obra de Wagner, también Marcela Aguilar distingue los motivos, los temas, las grandes historias y paisajes y personajes que un puñado de autoras y autores de crónica contemporánea tratan en sus obras narrativas.

Y por añadidura, presenta y analiza la “música”, el estilo, las estructuras y tics y felicidades de vocabulario de escritores del pasado mítico, como los cronistas de Indias Antonio Pigafetta y Bartolomé de las Casas, poetas modernistas devenidos reporteros como José Martí y Rubén Darío, clásicos de la crónica como Gabriel García Márquez y Elena Poniatowska y maestros actuales como Josefina Licitra, Alberto Fuguet o Gabriela Wiener.

El capítulo central de esta obra, el más original y logrado para mí, es el que presenta los temas y brinda ejemplos sobre cómo la crónica actual trata a cada uno.

Amazonas y heroínas; Añoranza de países lejanos; Arcadia y el salvaje noble; Bajada al infierno; Bandido justo, rebelde; Bufón sabio; Codicia, avaricia; sed de oro, avidez de dinero; Decadente, decadencia, el descontento, el melancólico; Emigrante, emigración, ídolo lejano recuperado; Ermitaño, estrafalario; Tiranía y tiranicidio, traidor; Vida deseada y maldita en una isla.

Estos son los temas. Los miro y sonrío. Todos estos personajes, estos lugares y estos motivos están en El anillo del nibelungo de Richard Wagner. Y en El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien. Y en Harry Potter de J. K. Rowling. Y en Juego de tronos de George R. R. Martin y los guionistas de la serie de HBO. Son los temas de las sagas medievales, de los textos sagrados como la Biblia, la Torá, el Corán, el Popol Vuh o el Bhagavad Gita, de las tragedias griegas y de las obras de Shakespeare. Por eso están en los diccionarios de temas y de argumentos de la literatura universal de Elizabeth Frenzel, que Aguilar usa como guía para sus motivos en las crónicas latinoamericanas.

Todos estos autores, para el ojo avizor y avezado de Aguilar, se enfrascan en estos temas desde dos posiciones narrativas: desde adentro, el camino de la “fenomenología cultural”, o desde afuera, la ruta del “realismo etnográfico”.

¿Quién le canta a amazonas, heroínas, bandidos y rebeldes? Cristian Alarcón. ¿Quién añora países lejanos? Leila Guerriero. ¿Quién busca una arcadia perdida? Martín Caparrós. ¿Quién baja al infierno y también le ríe las gracias al sabio bufón? Alberto Salcedo Ramos. ¿Quién provoca y señala la codicia y la sed de riquezas de los congéneres? Juan Pablo Meneses. ¿Quién retrata a genios ermitaños y estrafalarios? Julio Villanueva Chang. ¿Quién desnuda los grandes crímenes y pequeñas miserias de los tiranos y sus secuaces? Juan Cristóbal Peña. ¿Quién busca la verdad en la isla maldita de la memoria y el desierto de la inhumanidad? Marcela Turati.

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Este buceo que parte de la gran tradición literaria de occidente para llegar a los contadores de aquí y ahora tiene para mí aliento borgeano. Yo creo (esto es solo en parte una broma) que como hacía Borges en sus mejores cuentos, Marcela Aguilar se inventó a la supuesta teórica Elizabeth Frenzel y su sospechosa colección de posibles argumentos y temas. ¿Y si La era de la crónica, el libro que usted, señora lectora, señor lector, tiene entre manos fuera en realidad un exquisito juego de espejos y laberintos a la manera del inimitable Jorge Luis?

En uno de los momentos más lúcidos e iluminadores del libro, Aguilar llama la atención sobre dos temas que faltan, que la actual crónica latinoamericana no mira, o sobre los que apenas trata de puntillas. Son el amor romántico y el amor al conocimiento. Las relaciones de pareja y amistad y la ciencia y la tecnología. El nuevo periodismo norteamericano y la literatura de no ficción europea sí tratan estos temas. En la obra de Emmanuel Carrére y de Svetlana Alexiévich hay amor, mucho amor. En la obra periodística de Gabriel García Márquez no. Sus novelas están llenas de enamorados; en su periodismo la política le gana la batalla a la libido.

Y el llamado “nuevo Nuevo Periodismo” de Estados Unidos está lleno de científicos, investigadores, amantes del saber, pioneros de la era digital, empresarios de la nueva economía, como había en las letras latinoamericanas hace un siglo, cuando se creía en la épica del conocimiento. Hoy apenas una gran crónica, El rastro de los huesos, de Leila Guerriero, tiene a un puñado de antropólogos forenses como héroes y agonistas. En la mayoría de las crónicas, señala Aguilar, hay poco amor y mucho pecado capital.

Después de trazar un mapa de temas, estilos y posiciones narrativas, la autora se lanza a analizar a los analizadores. Vuelca su mirada a los estudiosos de la crónica. Allí combate con originalidad y valentía el proclamado “excepcionalismo” de estos supuestos Nuevos Cronistas de Indias. Como ella demuestran, ni son tan distintos de sus congéneres de Europa y Norteamérica ni representan un quiebre o un cisma con el periodismo de las generaciones anteriores.

Al final, esta cronista de la crónica logra una obra que perdurará en el tiempo. Porque, como le sucedió a Deryck Cooke en su encuentro con la obra de Wagner y de Mahler, a Marcela Aguilar el mundo ancho y profundo de los cronistas le hizo encontrar en la obra de los demás su tema, su argumento, su motivo.

Buscando como lectora a los más creativos cronistas de su época, se encuentra como escritora y sale ahora al encuentro de sus lectores. Tengo la fortuna de haber sido uno de los primeros.

Jorge Herralde: la voz del editor

La legendaria editorial Anagrama cumple medio siglo. Entrevisté a su creador y cerebro Jorge Herralde hace un par de años para Buensalvaje, una creativa y voluntariosa revista literaria de Costa Rica que desapareció antes de su publicación. Lo rescato aquí, porque creo que su historia no ha perdido vigencia y su premisa sigue siendo una buena idea. A pedido del editor Alberto Calvo, le pedí a Herralde que eligiera un libro o autor por cada década de su editorial. En algunos casos las respuestas reafirmaron mis suposiciones; en otros, fueron muy sorprendentes.

Maquetaci—n 1

“En otoño de 1967, después de algunas tentativas, decidí emprender una editorial, de vocación primordialmente política, antifranquista y heterodoxa”, cuenta Jorge Herralde en su segundo libro de memorias de escritores, editores y amigos, Por orden alfabético.

“Primero pensé en llamarla Crítica, un nombre algo ‘sobredeterminado’, pero surgieron problemas ya que el nombre estaba registrado. Una tarde, en la Agencia Literaria Carmen Balcells, empecé a curiosear en unas estanterías dedicadas a una de las editoriales representadas, Feltrinelli. Entre los títulos de ‘Materiali’, la colección por antonomasia de la neovanguardia, había uno que me atrapó al instante, Senso e anagrama, de Renato Barilli, amore a prima vista.”

Y ese fue el momento en que tomó la decisión. “La editorial se llamaría Anagrama. La misma tarde había quedado en casa de Joaquín Jordá, que estaba con nuestro común amigo Terenci Moix, enfant terrible de la literatura catalana. Fueron los primeros en saberlo y les gustó mucho. Terenci empezó a dar brincos: ‘¡Anagrama! ¡Es una palabra mágica!’”

En esta anécdota – y en cómo la cuenta Jorge Herralde- se condensa lo esencial del personaje: el gran editor hecho con partes variables de erudición (que no pedantería: cuando pone expresiones en italiano y en francés, éstas nunca molestan), de entusiasmo juvenil, de dejarse guiar por las intuiciones, de gozar y aprender de los amigos, de mezclar libros y vida como si no pudieran ser cosas distintas.

Desde el comienzo Herralde fue Anagrama y la editorial fue el retrato exquisito, profundo y divertido, de su editor.

Desde entonces ha publicado más de tres mil libros. En su preciso catálogo de 2014, son 3.349, pero en los años que siguieron se han sumado algunos más. En su primer año completo, 1969, publicó quince libros. Ahora son un promedio de setenta y cinco por año.

“¿Ha leído todo lo que ha publicado?”, le pregunto.

“Casi todo. Confieso que me salté alguna de las 25 novelas de Patricia Highsmith, algunos libros técnicos de los setenta… pero he leído prácticamente todo lo que publicamos y muchísimo más”.

En una tarde plomiza y suspendida en la Barcelona otoñal, me acerqué a los cuarteles de Anagrama para entrevistar a Herralde. A diferencia de las oficinas centrales de otras editoriales, en Anagrama lo primero que recibe al visitante es un amplio piso con escritorios para los 18 trabajadores, al fondo un ventanal y en el piso y en las paredes, miles de libros apilados. Es un lugar de trabajo, pero no es una fábrica: es un gran taller artesanal.

Durante una hora y media, le pedí a Herralde que me contara el recorrido de su editorial centrándose en unos pocos de los miles de libros editados. Le pedí que fuera uno por década. En algunas décadas, el editor pudo mencionar un autor solo, ya que no un libro. Pero en otros, sentía que la injusticia era demasiado grande y tuvo que agregar otro. ¡O dos más!

Aquí va un destilado cuidadoso de sus palabras. En momentos donde siento que mi pregunta es necesaria para que se entienda, o cuando se produce un intercambio interesante, meto mi voz. En casi todo lo demás, señoras y señores, los dejo con la voz del Editor.

  1. Comienzos heroicos

Sí, se tenía que llamar Crítica porque empezó cuando el ensayo político, heterodoxo y de izquierdas era muy importante. Era lo que más nos motivaba. Era el gran rechazo, y el sueño de dar material para que los lectores tuvieran buenos libros, concisos. En la primera época salieron los Cuadernos Anagrama,  de ochenta a cien páginas, que valían entre treinta y cuarenta pesetas de la época. Eran libritos de Trotsky, Rosa Luxemburgo, Mao, los situacionistas franceses…Eran libros breves pero no de divulgación sino de altísimo nivel teórico y otros excelentes que en torno a un tema reuníamos textos de varias revistas con un título genérico.

El opúsculo situacionista que quiero mencionar es Sobre la miseria en el medio estudiantil. El germen de las ideas antiautoritarias del mayo francés salía de este opúsculo. Era de un colectivo, el que más recuerdo como autor es Mustafá Kayat. Un símbolo del proyecto de los Cuadernos Anagrama. 

En esa época se vendía y se leía poco. La gran revolución de la educación universitaria generalizada en España comienza en los ochenta. En los sesenta, cuando vendían 3.000 ejemplares de un libro, las editoriales de la época descorchaban botellas de cava.

  1. …y la censura

Hasta después de la muerte de Franco, lo más excitante era la lucha contra la censura, intentar que fuera posible la lectura de tanto libro prohibido – tuvimos secuestros, procesos – lo estimulante y divertido era la lucha, si me permites cierta frivolidad.

El procedimiento habitual era enviar los libros al Ministerio de Información y Turismo antes de publicarlos. En unas semanas contestaban y en muchos casos “desaprobaban” la publicación. Traducido: la prohibían. En el 68 envié los textos y me prohibieron todo lo que fuera sobre Mayo Francés, Revolución Cubana, China… por no hablar de la Guerra Civil y ha historia reciente de España. Como vi que estaban mutilando salvajemente el incipiente proyecto editorial, utilicé otra vía que se usaba muy poco. Era posible pero peligrosa: el hecho consumado. Enviar el libro ya hecho y esperar un día para cada 50 páginas y empezar la distribución. Si querían secuestrarlo, como hicieron en ocho o diez casos, pero eso ya salía en la prensa y ellos querían dar una imagen más amable y civilizada, y así se colaron títulos que habían sido “desaconsejados” a otras editoriales. Algunos igual los secuestraban, claramente con afán punitivo económico contra la editorial.

Recuerdo uno sobre los Tupamaros de Uruguay. Era un reportaje periodístico que daba voz al jefe de los tupamaros pero también al embajador americano, a militares… No solo lo secuestraron sino que a mí me enviaron al Tribunal de Orden Público y yo estuve un año en libertad condicional. Después me benefició uno de los indultos generales.

Desde entonces ya enviaba todo impreso, esperaba unos días y en ocho o nueve casos bloquearon el libro e impidieron la publicación. Pero gracias a eso, en nuestro catálogo hay cantidad asombrosa, apabullante de libros izquierdistas: por esa lista nadie diría que vivíamos en una dictadura. Pero pasaban cosas. Una vez me llamó el jefe de la censura y me dijo: “¿Usted qué pretende con esto?” Era un libro de Isaac Deutscher, el gran historiador trotskista inglés, otro de Noam Chomsky, Sobre política y lingüística, que era una entrevista en la New Left Review, más otro texto sobre Vietnam… me propusieron que los sustituyera por otros… y me dijeron verbalmente que a partir de entonces todos los libros de esa colección, los Cuadernos Anagrama, debía enviarlos previamente al Ministerio. Pero después del verano, dijéramos que “me olvidé”.

Para mí, fundar Anagrama era una manera de combinar mi entusiasmo por la buena literatura y mi pulsión antifranquista, política. Fueron años muy estimulantes, ricos, algunos cayeron por el camino pero salimos adelante.

  1. Los sesenta: Hans Magnus Eszenberger

Me preparé disciplinadamente la lista, pero me queda muy chica. Para los sesenta, por el autor, el libro y el valor simbólico de la colección Argumentos, elijo Detalles, de Hans Magnus Enzensberger. Un título falsamente modesto, buenísimo porque habla de la manipulación de la industria cultural, del libro de bolsillo… nosotros lo publicamos en el 69 pero es del 62, profético, de una inteligencia deslumbrante. Yo lo había leído en francés. Cuando empecé a preparar la editorial en otoño del 67 fui a visitar a algunos de los editores que admiraba, entre ellos Carlos Barral, y tuve una sesión en su despacho en “la casa de los sabios”.

Me sugirió un par de libros que no me acabaron de convencer, pero me dijo: “Me harías un gran favor si publicaras este libro de Enzensberger porque resulta que un gran filósofo que traducía del alemán se enamoró de este libro, lo contratamos hace cuatro años y no ha entregado una cuartilla. Yo lo había leído en francés, y otro suyo Política y delito, y dije: por supuesto. Se lo di a un traductor más tenaz. Así empezamos.

Enzensberger tiene 23 títulos hasta la fecha en Anagrama, habla perfectamente el español y fue jurado en alguno de nuestros premios de ensayo.

  1. Los setenta: Charles Bukowski

En 1976 comencé una serie forajida y salvaje con Bukowski y Copi, el dibujante de La Mujer sentada, que era un gran escritor. Bukowski, el autor fundamental de Contraseñas, se convirtió en un sorprendente long-seller desde entonces. Los abuelos los pasan a los padres y los padres a los hijos, tanto en España como en América Latina. Los empecé a leer en un vuelo de San Francisco a Barcelona, me dejaron completamente enganchado y hemos publicado 18 títulos, prácticamente todos sus cuentos y novelas. Parece fácil de leer, de traducir o de imitar, pero es falso. Ha habido tantos escritores que pensaron que “hacer un Bukowski” es fácil y no lo es. En absoluto.

Empecé con Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, y casi al momento, Escritos de un viejo indecente y La máquina de follar. Salieron los tres en muy pocos meses en 1978. Esos primeros tenían portadas de un diseño deliberadamente feísta, agresivo, violento. Expresaba la agresión al lector burgués desde el diseño y el título.

Le comento: Tal vez esos jóvenes burgueses querían secretamente ser agredidos…

Me responde: O soñaban con formar parte de los agresores…

 

  1. Los ochenta: Patricia Highsmigh, John Kennedy Toole y la Biblioteca Navokov

A principios de la década comienza la colección Panorama de narrativas. En el 81 comienza a publicarse Patricia Highsmith sobre todo con Extraños en un tren y El talento de Mr. Ripley, se convierte en un fenómeno, pasa del gueto de la literatura de quiosco a la gran literatura porque se publicó en esta colección donde ya estaban Samuel Becket, Joseph Roth, Jane Bowles, literatura de primerísima calidad… el gesto editorial era decir “Patricia Highsmith no desmerece un ápice en esta compañía”.

Y además, como publicamos ocho libros suyos en dos años, iniciamos esa invasión, lo que el viejo Lara (José Manuel Lara, el fundador de Planeta) llamaba “la peste amarilla” (por el color de las portadas). En las librerías, la mancha era cada vez más visible. Muy poco después, salió La conjura de los necios de John Kennedy Toole, que se convierte en un longseller infinito. Un libro divertidísimo, tronchante, con una historia muy triste detrás, porque el autor se suicidó sin haber logrado su publicación… Es del 82, se reedita continuamente.

Y no podía faltar, saltándome otra vez la disciplina, la Biblioteca Nabokov en esta década. Su obra estaba desperdigada en varias editoriales, en España, en América Latina, y se podía encontrar pero había que iniciar una negociación directa con Vera Navokov, la viuda. Yo había ido comprando los derechos de todos los libros de una forma muy sigilosa, para que no adivinaran mis intenciones… eran libros que estaban descatalogados, inencontrables… y solo tuve dos escollos, pero descomunales. Uno era Lolita. ¿Cómo vas a hacer una biblioteca Navokov sin Lolita? Lo había publicado mi amigo Juan Grijalbo, y llegamos a un pacto: estaba en edición de bolsillo, y yo le cedía El desfile del amor de Sergio Pitol, que ganó nuestro premio, para América Latina y él me cedió los de Lolita en edición más cara.

El otro era Ada o el ardor. Lo había publicado Mario Lacruz en Argos Vergara  y lo quería llevar a su nueva editorial, pero finalmente Vera Navokov, con quien ya llevábamos como 15 contratos, nos lo cedió. Empezó esta biblioteca de la que estoy muy orgulloso: 17 títulos. Casi todo. Pero fuera de Lolita y Ada, este esfuerzo, a menudo con nuevas traducciones, el resto, como el fantástico Pálido fuego, seguía con su temible condición de “escritor para escritores”. Vamos reeditando cada tanto, pero piano piano…

  1. Los noventa: Los detectives salvajes

En los noventa, haciéndome trizas el corazón por los descartados, me ceñí a una obra tan refulgente como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Empecé a publicarlo con una novela corta, una pequeña obra maestra, un libro de cuentos: era prácticamente desconocido. Tuvo muy buena crítica entre los que sabían. Luego reunimos todos sus cuentos en la colección Otra vuelta de tuerca, que era un doble homenaje: al libro de Henry James y al traductor Pepe Bianco, que le puso “otra” a TheTurn of theScrew. Bianco mejoró brillantemente el título.

En el 96 Estrella distante, en el 97 Llamadas telefónicas, en el 98 Los detectives salvajes, que ganó nuestro premio, ganó el Rómulo Gallegos, y quedó ya instalado. Sus libros, que fuimos sus agentes hasta su muerte, fueron vendidos a las mejores editoriales del mundo. Sus sucesivos agentes, Carmen Balcells y Wyle, siguieron por esa vía. En Estados Unidos repartimos los libros chicos entre la editorial selecta y estupenda New Directions y los grandes en Strauss, Starr and Giraux, que tenía enorme prestigio y un gran músculo empresarial.

Desde Cien años de soledad ningún autor en lengua española había tenido tal acogida en Estados Unidos. Se produjo un fenómeno que luego se ha repetido en cierta manera con el noruego Karl Ove Knausgaard: fue adorado por sus colegas. A Bolaño, sobre todo los autores de 50 años para abajo. Veías los rankings anuales de preferidos de otros autores y te asombrabas. Un autor en principio tan alejado de Bolaño como KazuoIshiguro, los dos libros que eligió en una encuesta fueron Los detectives salvajes y 2666. Fue muy respetado por la crítica, seguido por los lectores, pero creo que el rasgo diferencial fue una especie de icono para los escritores, sobre todo los más jóvenes.

¿Por qué?, inquiero.

Es una pregunta de difícil respuesta. En Los detectives salvajes había por una parte en cierta manera la del viaje, la libertad sin ataduras. Era un Kerouac: Arturo Belano y Ulises Lima podrían ser como Kerouac y Cassady en el Sur. También estaba emparentado con el viaje de Huckleberry Finn.

¿Más que soñar con escribir como Bolaño, soñaban con ser Bolaño?

Sí, se convirtió en un mito como persona. Aderezado por leyendas verdaderas o falsas….

Es curioso… tomando su comparación con García Márquez, los escritores jóvenes tal vez soñaban con escribir como García Márquez pero no ser él. En cambio, Bolaño…

… haciendo un poco de literatura, y agregándole su muerte prematura, fue una especie de James Dean de las letras.

  1. Nuevo siglo y Ricardo Piglia

En el 2000, mi candidato es Piglia. Empecé a editarlo aquí – lo publicaba Planeta en Buenos Aires pero en España nadie – pero después ya tuvimos los derechos para América Latina. Para Planeta era demasiado literario, intelectual, poco marketable. Esto propició que viniera a Anagrama y empezamos con gran pasión en el 2000: Formas breves y Plata quemada. Después Crítica y ficción, todos los nuevos libros hasta ahora y recuperamos sus novelas y ensayos anteriores.

Para mí Formas breves fue un deslumbramiento y en realidad, la inteligencia de la crítica literaria, su fluidez y pasión como una novela, la forma de concatenar y relacionar con una agudeza fabulosa… esto fue una suerte de anticipo de Los diarios de Emilio Renzi. Ahora que vengo de recoger en su nombre el Premio Formentor, y leí dos textos: uno de sus comentarios sobre otros escritores (Macedonio Fernández, Roberto Arlt, Borges, Gombrowicz…) y después fragmentos de los diarios, que son deslumbrantes.

  1. Esta década: Rafael Chirbes y Karl Ove Knausgard

En esta década voy a mencionar también a dos. Uno es Rafael Chirbes, un escritor a contramano, muy bien tratado por la crítica española, pero ajeno a cualquier circuito de poder literario. Se dio la paradoja que no fue hasta Crematorio que ganó el Premio de la Crítica. Es la novela profética del pinchazo de la burbuja. Publicado en el 2007, un año antes de la crisis y el destrozo de todo orden, paro, corrupción instalada, destrucción del paisaje, la aberración total que él vio antes que nadie. En 2013 publicó En la orilla, la constatación del desastre.

Ni él ni sus lectores lo consideraban un escritor del presente. Era cultísimo: publicó sobre La Celestina un ensayo admirable, sobre Galdós, y también escribió sobre sus contemporáneos como Juan Marsé y los más jóvenes como Andrés Barba y Marta Sanz. Tengo la alegría que muchos de estos jóvenes sean de los nuevos autores de Anagrama. Sus lectores vieron que en Chirbes había mucha crítica pero estaba alejado del panfleto maniqueo: era también alta literatura. 

En el Frankfurter Allgemeine Zeitung dijeron que ojalá en Alemania hubiera habido un escritor que hablara sobre su reunificación como lo hace Chirbes sobre el presente y el pasado reciente en España. No es un escritor solo contestatario, solo cronista de la crisis, realista, sino mucho más: un lector muy bueno, gran lector de Proust, Dos Passos, Thomas Mann…

Todos estos que te he mencionado desde Enszberger muestran esta vocación de política de autor. Es lo que buscamos con los que empiezan muy bien. A veces las esperanzas se frustran, pero muchos los seguimos publicando por años.

El último de esta década es Karl Ove Knausgard. Leí en Frankfurt una sinopsis en inglés de su proyecto, Mi lucha, y vi que era algo nuevo. Era la época en las que se publicaban cincuenta novelas policíacas nórdicas en España. Este era un proyecto más anagramático. Publicamos el primero, La muerte del padre. Tuvo buenas críticas pero ventas sosegadas, no era muy conocido. Pero para el segundo, Un hombre enamorado, ya había despegado en Estados Unidos. Con tantos escritores diciendo que era su ídolo se vendió mucho mejor.

  1. Ingleses, italianos, franceses…

Con esta lista siento que me he comido mucho. Entre otras cosas, el British DreamTeam: Martin Amis, Julian Barnes, IanMcEwan, HanifKureishi, KazuoIshiguro, como las figuras más fulgurantes, pero en la siguiente generación gente valiosísima como Irvine Welsh, Nick Hornby, Jonathan Coe. La carrera de estos se ha desarrollado íntegramente en Anagrama.

También italianos, empezando con El oficio de vivir de Cesare Pavese, un libro fundamental. Después Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, El Danubio de Claudio Magris…

Y el mayor contingente: el francés. El primer año, de los 15 títulos, ocho eran franceses. Luego, muchos y muy buenos, sobre todo en los tiempos políticos del ensayo, desde Sartre. En los cinco o seis últimos años se ha consagrado una nueva generación que descolló por su gran calidad literario. Autores que están ahora entre los 70 y los 55 años, el “senior” sería Patrick Modiano, a quien publicamos desde mucho antes de que le dieran el Nobel. Luego Michel Houellebecq, Emmanuel Carrère, que empezó con novela y ahora en grandes obras de no ficción, como El adversario, Limónov y El reino.

Mi favorito es Jean Echenoz, a quien vengo publicando desde hace más de 20 años sin mucho éxito comercial. Pero me encanta. En los últimos años hizo una trilogía de novelas basadas en biografías, sobre el compositor Maurice Ravel, el físico Tesla, un inventor a quien robaron las patentes (Relámpagos), y sobre todo sobre el atleta checo Zapotec (Correr) y tuvo muchos más lectores. Después de tantos años, se ha acabado la travesía del desierto para Echenoz. Su último libro es de cuentos misceláneos, algo muy difícil de vender. Pero los une una escritura flexible, sedosa, con un humor inesperado.

  1. La crónica, Kapuscinski y compañía

¿Y cómo olvidar el Nuevo Periodismo? Tom Wolfe y el Nuevo Periodismo, Hunter Thompson, Truman Capote, Norman Mailer… Esa colección Crónicas, que empezó con Cabeza de turco, de Günter Wallraff…

Pero el autor principal de la colección Crónicas es Ryszard Kapuscinski. Cuando lo empezamos a publicar con mucho prestigio y ventas insignificantes en el 87. El Emperador, que es casi mi libro favorito. Al sexto libro, Ébano, pasó de vender 2.000 a vender 60.000. No tengo una explicación. Tocó una tecla inesperada.

Este gran periodista terminó siendo la excepción a una triste regla: el género de crónicas gusta mucho pero viaja poco. Viajan ellos, pero sus libros no. En su caso, de pronto tuvo un éxito descomunal, y la gente se preguntaba qué más podía leer del autor de Ébano y teníamos cinco libros esperando. Ahora es uno de los autores fundamentales para nosotros, por su escritura y sus ventas.

 

Libros que surgen en la charla, en orden de aparición

(Todos publicados por Anagrama, salvo el segundo, que dio nombre a la editorial, y Cien años de soledad)

 

Jorge Herralde: Por orden alfabético

Renato Barilli: Senso e anagrama

Hans Magnus Enzensberger: Detalles, Política y delito

VV.AA.: Sobre la miseria en el medio estudiantil

Chomsky: Sobre política y lingüística

Charles Bukowski: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, y casi al momento, Escritos de un viejo indecente y La máquina de follar

Copi: El baile de las locas

Patricia Highsmith: Extraños en un tren, El talento de Mr. Ripley,

John Kennedy Toole: La conjura de los necios

Vladimir Navokov: Lolita, Ada o el ardor, Pálido fuego

Sergio Pitol: El desfile del amor

Henry James: Otra vuelta de tuerca

Roberto Bolaño: Estrella distante, Llamadas telefónicas, Los detectives salvajes, 2666

Karl Ove Knausgaard: Mi lucha I La muerte del padre y II Un hombre enamorado

Jack Kerouac: En el camino

Gabriel García Márquez: Cien años de soledad

Ricardo Piglia: Formas breves, Plata quemada, Crítica y Ficción, Los diarios de Emilio Renzi.

Rafael Chirbes: Crematorio, En la orilla.

Cesare Pavese: El oficio de vivir

Antonio Tabucchi: Sostiene Pereira

Claudio Magris: El Danubio

Emmanuel Carrère: El adversario, Limónov, El reino

Jean Echenoz: Ravel, Relámpagos, Correr

Günter Wallraff: Cabeza de Turco

Ryszard Kapuscinski: Ébano