Bru Rovira y el periodismo como poesía de la calle

Vittorio. Ramón. El gitano. Josefa. José Antonio. Rosa. Benavente. Ana Luisa. Pobres y dignos luchadores de la vida, heridos pero enteras, habitantes de los viejos barrios bajos de Barcelona. En manos del cronista Bru Rovira, son personajes inolvidables.

Rovira se labró una sólida reputación como reportero de conflictos olvidados, pobrezas africanas, luchas y epifanías del Sur del mundo. Muchas están recogidas en su estupenda colección de relatos, Áfricas.

El lector de Bru Rovira espera que viaje lejos y le traiga la voz y las historias de “los otros”. Por eso sorprenderá a muchos que esta vez se haya fijado en sus vecinos, los hombres encallecidos y las mujeres ojerosas que uno puede encontrarse en cada esquina de la Barcelona macarra.

Bru Rovira Solo pido un poco de belleza foto portada

Pero para Rovira no hay cerca ni lejos: hay historias que se consiguen con mucho tiempo escuchando y acompañando a la gente que le interesa. Y con ellas, construye textos vibrantes y humanos, que tienen el pulso de las novelas y la economía verbal de la poesía.

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Uno fue legionario. Otro, mercenario en África. Aquella anciana toca el piano pero las ratas se están comiendo su instrumento. Aquel se vio envuelto en un confuso episodio de violencia doméstica. “El periodista”, como lo llaman, los escucha a todos con empatía y con piedad. No los justifica, no los defiende: les otorga la dignidad del respeto absoluto.

El libro abre y cierra con la muerte y entierro de Vittorio, el mercenario italiano. A medida que lo vemos caminar con parsimonia y fumar y beber a saco y contar su vida deshilachada por el Raval, cada lector se acordará de personajes cercanos a los que en algún momento no prestó la debida atención.

La realidad política y económica – durante los años en que Rovira acompaña a sus personajes entre jornadas en la redacción de La Vanguardia y largos viajes a África – se desencadena la crisis, se desploma el estado de bienestar, los servicios sociales pierden financiamiento, la red pública de apoyo a desamparados como muchos de estos personajes se desmorona.

El libro trata también de lo que pasa en la política española pero desde abajo, a pie de calle. Donde duele.

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Hacia el final, Rovira relata la historia de un reportero del diario Rocky Mountain de Denver. El hombre fue tan feliz recorriendo como periodista las calles de la ciudad, hablando con la gente, escuchando sus historias, tomando el pulso de su época, que quiso que al morir sus cenizas se enterraran en la columna del vestíbulo de la redacción. Hoy el diario fue comprado por una impersonal cadena de publicaciones.

El autor imagina a un nuevo director de Recursos Humanos que quisiera sacar las cenizas de ahí, para “borrar cualquier huella del pasado. Atajar preventivamente cualquier posible ataque de nostalgia entre los jóvenes periodistas”.

Pero, en la ilusión de Rovira y también en el indispensable ideal que ha guiado siempre su carrera y su importante obra, este funcionario terminaría descubriendo “que si sacaba las cenizas de la bendita columna, el edificio entero se hundiría”.

 

Bru Rovira: Solo pido un poco de belleza. Papel B. 248 páginas.

Jóvenes cronistas que llegan a tiempo

 

Qué alegría que cinco jóvenes y pujantes cronistas me pidan que prologue si primer libro colectivo: Melissa Silva, Roberto Valencia, Nilton Torres, Luis Felipe Gamarra y Clavel Rangel escribieron a diez manos Pequeñas  batallas, grandes historias. El libro está ya disponible en Amazon. 

Las miradas de estos jóvenes pero ya veteranos reporteros están enriquecidas por sus lecturas de la crónica latinoamericana, pero lo que cuentan son historias de tres continentes y de una gran diversidad temática. Aquí les comparto mi prólogo. Espero que el libro vuele alto. El periodismo narrativo del Sur está en buenas manos.  

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Fue a mediados de octubre de 2007, en el primer día de clase del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona. En mi función de director aguafiestas, les estaba recomendando a los alumnos que nunca hay que llegar tarde, ni a clase ni a una rueda de prensa ni a una cobertura informativa. Y usé una frase que repito como un mantra desde hace décadas: “Nunca es demasiado temprano”.

Melissa Silva estaba sentada en el costado izquierdo, y levantó la mano con educación pero decidida. “A veces sí es demasiado temprano”, dijo con ese tono cantarín de los venezolanos. Apenas nos estábamos conociendo, y me impresionó la seguridad con la que me contradecía. ¿Cómo es eso de que se puede llegar demasiado temprano?

Y entonces nos contó la historia. Era una jovencísima reportera de sucesos en un diario de su país, y el jefe la envía a una zona apartada, donde el jefe de policía daría declaraciones. Como no sabía el camino y el tráfico estaba pesado, salió con muchísima antelación. Cuando llegó al descampado, vio a lo lejos cómo unos policías se llevaban a un hombre maltrecho pero vivo a unos matorrales. Faltaban al menos dos horas para la comparecencia del oficial. Fueron llegando los colegas, la mayoría a la hora de la comparecencia.

Cuando apareció el jefe, anunció que un peligroso delincuente se había escapado, que había disparado contra los agentes, que estos se habían defendido, y que en el tiroteo el hampón había muerto.

De vuelta a la redacción, siguió contando Melissa, habló con su editor: todo era mentira, no hubo tiroteo, lo fusilaron, yo lo vi. Estaba alterada.

El hombre sonrió, le dijo que se calmara y le hizo una simpática reprimenda: “Muchacha, es que llegaste demasiado temprano”.

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Nunca olvidé la historia que Melissa Silva contó esa mañana. Y siempre supe que aún en los inicios de su carrera, ella ya sabía que sí hay que llegar temprano, aunque nos traiga problemas, aunque se enoje el editor que quiere quedar de buenas con el poder. Melissa ya sabía de las alegrías y las angustias que da el llegar temprano.

Por eso no me asombra, casi una década más tarde, que sea ella quien me apresure ahora para que termine yo este prólogo. Quiere llegar a tiempo con esta excelente colección de crónicas que compaginó junto con cuatro compañeros de generación: los cronistas del presente y del futuro.

Cinco crónicas Melissa Silva et al tapa

La misma Melissa Silva inicia la serie con el retrato de una anciana de Corea que lucha por los derechos de las víctimas de la esclavitud sexual del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. En una crónica que sabiamente combina lo que Gil Won recuerda de la terrible historia pasada con sus jornadas de enfrentar a las cámaras y su valiente viaje a Japón, su personaje se nos construye a los lectores como mucho más que una militante por su propio pasado: su lucha es por la verdad, por la dignidad de todos.

El cronista peruano Nilton Torres Varillas se encara con un aventurero catalán que encontró la Chinkana, un secreto prehispánico que la iglesia no quiere que se revele. Es un relato de búsqueda al otro lado del mapa, de vocación, de sueños llevados al límite, contado con pericia y arte.

Su compatriota Luis Felipe Gamarra sigue al padre de un policía muerto en un turbio enfrentamiento con indígenas indignados. La lucha de Felipe Bazán Caballero también es por la memoria y la dignidad de su hijo. Una emotiva historia de dolor y resistencia.

El aguerrido reportero vasco afincado en El Salvador Roberto Valencia narra la curiosa historia de un famoso comentarista deportivo argentino convertido en gestor de proyectos para dotar de educación y futuro a la juventud desesperanzada de El Salvador. En sus viajes con el quijotesco Alejandro Gutman, Valencia le hace unas veces de Sancho Panza y otras de doctor Watson, atento a las extrañas sentencias y la capacidad inspiradora de su fascinante personaje.

Por último, la periodista venezolana Clavel Rangel perfila a un personaje multifacético, complejo, a la vez heroico y problemático: Vallita, la luchadora comunitaria de un barrio violento de Ciudad Guayana. Vallita cuenta su vida de puños cerrados, de dolor largo y efímera esperanza, de dar y recibir golpes. Rangel no la justifica: la explica, y de esa manera nos permite entrar en el alma oscura de los que devuelven el golpe o sucumben.

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Cinco historias, cinco personajes muy distintos, cinco formas de narrar que muestran que la crónica periodístico-literaria está viva en América Latina y tiene mucho que contar. Ninguno de estos relatos aparecerá en la portada de los periódicos, en la apertura de los telediarios: no son presidentes ni empresarios exitosos ni deportistas famosos y modelos ni actores de telenovela. Son luchadores: saben qué los mueve y dónde quieren llegar. Se explican con pasión y claridad. No se hacen ilusiones sobre sus países injustos y desgarrados. Sus historias son dramas, no tragedias: todas dejan una rendija abierta a la esperanza.

Fui conociendo a estos cinco autores, que son lectores, reporteros y escritores impenitentes a lo largo de los caminos del ejercicio de la crónica y la enseñanza del periodismo relevante, el que pega y se nos queda pegado a la piel. A todos los admiro: son valientes, enfrentan peligros, piensan que el oficio de periodista tiene un fuerte componente ético, de compromiso con la verdad, con la justicia. Ven su trabajo como un constante rescatar voces acalladas, voces olvidadas, y darles el lugar que se merecen.

Y pensar que todo empezó hace casi una década, cuando dije en clase que no se puede llegar demasiado temprano sin sospechar que en la orilla izquierda del aula se levantaría el brazo de Melissa Silva para contradecirme y al mismo tiempo regalarme la dolorosa historia que me daría la razón.

Estos cinco textos de luchadores por la verdad llegan justo a tiempo.

Para malvados, los de la ópera

Dicen que cuando a Freddy Mercury le propusieron subirse a un escenario para cantar “Barcelona”, la canción de la Olimpíadas de 1992 en esa ciudad, con la soprano Montserrat Caballé, pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor rockero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años.

Pero en el primer ensayo, el vendaval de gesticulación extrema y agudos que rompen copas de la gran cantante lo dejó con la boca abierta. Estaba ante una verdadera diva de la ópera… ¡lo que él soñaba ser!

Mercury y Caballé Barcelona 92

Nada es moderado en el arte lírico. Es cierto que el público sea por lo general gente mayor, vestida de gala, que no grita ni baila ni se desgañita cantando con sus ídolos. Pero sobre los escenarios de la ópera se desarrollan las escenas más dramáticas, los amoríos más fulminantes, las muertes más tremendas, los peores odios y también las risas más frescas, en las comedias inteligentemente divertidas de Rossini y Donizetti.

 

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Y entrando en el terreno de los personajes malos, nadie es más malo que un malo de ópera. Porque un malo que canta con bella voz mientras la orquesta acompaña con arrullo de violines o fanfarria de trompetas sus falsas promesas es el colmo de la maldad. Hay malos que se conocen desde la primera nota: por ejemplo Scarpia, el jefe de policía torturador y lascivo de Tosca de Puccini. O Salomé, la niña perversa que ordena cortar la cabeza del casto Juan Bautista en la ópera homónima de Richard Strauss. Pero los peores  malos son, como en la vida real, los que la van de buenos.

Hoy quiero traerles mis tres preferidos. Son malos que ponen en acción la maquinaria del drama, porque convencen a almas incautas de que sus fines son nobles y de que los otros – los verdaderos buenos – merecen ser destruidos.

Primero, La Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart.  Aparece en una nube de ritmo marcial y convence al príncipe Tamino de que su hija ha sido secuestrada por el padre y que ella, la madre doliente, sufre por la injusticia y la ausencia. Tamino corre a rescatar a la princesa, pero se encuentra con que el padre es un monarca sabio, que la princesa está con él por su voluntad y que la verdadera mala es la nocturna Reina.

En su última aparición, ya desprovista de la careta de buena madre, exige a la hija que mate al padre, le entrega un cuchillo y canta la famosa arias con una sucesión demencial de notas agudas: el agudo, que para los barrocos era la voz de la inocencia y del amor, con el gran dramaturgo Mozart se convierte en el aullido de la maldad demente. En un giro de guión genial, Milos Forman convierte en su película Amadeus el aria de la Reina de la Noche en el reproche constante de la suegra del compositor.

Reina de la noche Liceu 16

La última Flauta mágica que vi, esta semana, fue una producción sorprendente de la Ópera Cómica de Berlín que vino este año a Barcelona y Madrid, con dirección de escena de Suzanne Andrade, Barrie Kosky y videocreación de Paul Barritt. Todo está proyectado como en una película muda de 1927, con los cantantes integrados en las imágenes proyectadas. La reina de la noche es una enorme araña de metal.

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Segundo ejemplo: Ortrud, la bruja de Lohengrin de Wagner. Ortrud está casada con el noble Friedrich von Telramund y forman una pareja en busca de la venganza y el poder. El marido acusa a la inocente Elsa de haber matado a su hermano pequeño, el heredero al trono de Brabante. Elsa pide que un héroe la defienda en un combate a muerte contra Friederich. Como era de esperar, a los dos primeros golpes de bastón, no aparece ningún voluntario. Pero a la tercera, llega montando un cisne blanco el caballero de la reluciente armadura.

Él le exige que nunca le pregunte cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuál es su linaje. Lohengrin vence a Friederich pero le perdona la vida. En ese momento de debilidad comienza a llevarse a cabo el malvado plan de Ortrud: poco a poco, durante el larguísimo segundo acto, vierte en el inquieto oído de Elsa el veneno de la insidia: ¿por qué no te quiere decir cómo se llama? ¿qué te oculta? ¿cómo puedes confiar en él si no te confía lo más básico de su identidad?

Finalmente, en la noche de bodas (que se inicia con la Marcha Nupcial que aún resuena en las iglesias), Elsa no aguanta más y hace las preguntas prohibidas. Lohengrin no puede hacer otra cosa que contestar y marcharse de vuelta a su reino de caballeros. Ortrud cae derrotada (como antes la Reina de la Noche), pero el mal que propagó jugando con diabólica maldad de amiga y aliada ya hizo su efecto.

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Una gran pareja de Ortrud y Elsa: Evelyn Herzelius y Anette Dasch, en la versión dirigida por Daniel Barenboim en La Scala de Milán.

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Último ejemplo: la penúltima y para muchos la mejor ópera de Giuseppe Verdi: Otello, basada en la tragedia de Shakespeare. Otello, el moro de Venecia, está perdidamente enamorado de la rubia y aristocrática Desdémona. Acaba de volver de derrotar a los piratas y, aunque es negro y de origen humilde, los dueños de la ciudad le dan plenos poderes. Acaba de nombrar capitán a Casio, y el pérfido Iago, quien aspiraba al puesto, no lo perdona. Con maldad disfrazada de amistad desinteresada, Iago inocula lenta y magistralmente la enfermedad de los celos en la mente del inseguro Otello.

El plan de Iago es perfecto: primero emborracha a Casio y lo incita a la pelea con otro militar. Cuando Otelo lo castiga, le propone que convenza a Desdémona para que interceda por él. Cuando le dice a Otelo que sospecha de que hay algo entre su esposa y el capitán, la tragedia está servida. El moro se hunde en el abismo de sus celos, cada nuevo dato que le clava Iago con falsas advertencias de que son solo conjeturas lo abisman más y más, y al final asesina a su amada esposa en uno de los finales más espeluznantes de la historia de la ópera.

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En Valencia en 2013 vi uno de los mejores Otellos de mi vida, con el tremendo barítono y actor Carlos Álvarez como Iago, el estupendo tenor trágico Gregory Kunde como Otelo y la batuta de Zubin Mehta.

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Iago, Ortrud y la Reina de la Noche terminan mal. La crueldad del falso amigo no paga, pero casi siempre es demasiado tarde. A diferencia del malvado sin fisuras, el que lleva su juego de cruel bondad hasta el final no piensa en salvarse: solo le interesa su obsesión por destruir a su enemigo.

Y la ópera es el terreno perfecto para que estas tragedias nos atrapen y nos horroricen. Nadie puede resistirse a un malo que canta, que extiende su red de destrucción en bellas melodías. Y para el oyente, cuando está bien ejecutada, la insidia cantada es tan insoportable como imposible de olvidar.

La cámara y las calaveras de mazapán

Es de esas fotos que están moviéndose en la cuerda floja, entre lo sublime y lo cursi. Suele pasar cuando un fotógrafo o un editor buscan una imagen amable que ilustre un tema violento, duro, amargo. A mí me impactó mucho. Me pegó, me interpeló. Por eso la coloco, apenas, del lado de lo sublime.

Cámara y calaveras Carlos Jasso Reuters

Esta foto acompaña la noticia de un informe de la Campaña Emblema de Prensa (PEC con sede en Suiza: en los primeros seis meses de este año, han sido asesinados 74 periodistas en 22 países. De los seis países más peligrosos para ejercer este oficio, seis son de Medio Oriente, donde hay guerra desatada: Afganistán, Siria,  Irak y Yemen.

Pero los otros dos están en el centro de América. En México (ocho periodistas asesinados) y Guatemala (cinco), la combinación de terror narco, policía corrupta, estado cómplice, bandas juveniles y delincuencia feroz se ensaña con los reporteros. La muerte nos afecta siempre, pero como periodistas, los asesinatos de colegas nos duelen hasta lo indecible.

La foto es de México, y muestra esa iconografía de la muerte tan propia del sincretismo de ese país, que combina una religiosidad popular con elementos de cristianismo áspero, creencias indígenas y una filosofía de resignación y vitalismo. Sobre la mesa, unas calaveras de mazapán como las que proliferan el Día de los Muertos.

Los ojos, agujeros tapados por una luminiscencia violeta, parecen gritar. El lugar de las bocas (en las calaveras, los diente sin boca parecen reír con furia) está tapado por una especie de pañuelos que causan inquietud. Fue para taparles la boca que muchos de estos periodistas fueron asesinados.

Y en un cajón semi-abierto asoman un diario y una vieja cámara de fotos analógica.  El oficio de siempre. La lente nos apunta a nosotros: a usted que está leyendo, a mí, al asesino por última vez. Pero detrás de la cámara ya no hay nadie.

¿De qué escriben los jóvenes cronistas argentinos?

La más “vieja” nació en 1984. Los más jóvenes, en 1994. Los nueve estudiantes de periodismo que ganaron el concurso convocado por la Fundación Tomás Eloy Martínez, cuyo premio consistía en someterse a un proceso de edición de la admirada cronista y maestra Josefina Licitra y entrar en este libro (Nunca la misma historia, Editorial Marea), nacieron todos después del final de la dictadura.

Nunca la misma historia tapa

Estos chicos no vivieron ni un día bajo estado de sitio, no sintieron ese miedo en las calles de noche, esa censura en los medios, esas caras adustas de los generales en el poder. Y eso se nota.

Sus historias no son como las crónicas de los desaparecidos y los exiliados, de lo que no podía ser dicho pero debía ser dicho, de los temas que surgieron a borbotones cuando volvió la democracia. Sus temas son de la gente común, de los dramas de la falta de trabajo y dinero, de la soledad, de la inmigración, de la sexualidad. El Estado apenas si aparece. Las gestas del pueblo, tampoco.

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Sí se vislumbra un pasado político en uno de los mejores textos (publicado ya en la revista Viva de Clarín). En “El kilómetro cero del peronismo”, Emiliano Pasquier (nacido en 1989, terminado ya el gobierno de Alfonsín) traza un original cuadro costumbrista de la calle Nueva York de Berisso, cuna de los movimientos obreros que encumbraron a Perón, puntal de su movimiento y hoy gobernada por un radical, vacía de cultura obrera y en manos del comercio callejero y el deterioro. La política vive allí en los recuerdos del pasado.

En los otros textos se despliegan la crónica de un taller de constelaciones familiares, un viaje a la incomunicación de los inmigrantes chinos, el teatro lúcido y valiente de los ciegos, el dilema del arte contemporáneo donde el público es la obra, la lucha y la cultura de los trans-género, la historia del proyectista de un cine porno, una inmersión en el infierno de la ludopatía y el cariñoso perfil de una carnicera, un trabajo de amor que culminó con la presencia de la misma carnicera en la presentación de Nunca la misma historia en la Feria del Libro.

En la presentación hablamos la directora de la Fundación TEM, Victoria Rodríguez Lacrouts; la maestra y prologuista Josefina Licitra; Ezequiel Martínez, presidente de la fundación que lleva el nombre de su padre; el director de la revista Viva de Clarín Horacio Convertini, y yo mismo.

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Hay varios puntos en común en los textos. En todos es la historia, la sucesión de escenas, lo que empuja la narración.  Todos tienen como eje la búsqueda de la voz de los personajes, que se desgranan en diálogos que huelen a verdad.

No hay tesis, no hay conclusión: se presenta, se cuenta, no se demuestra nada. Pero de todos el lector sale sabiendo algo más, conociendo mejor el aquí y el ahora.

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Estos cronistas nóveles ya aprendieron el arte de la modestia, del hacerse a un lado y dejar que la historia se cuente sola. Los comienzos son mejores que los finales, pero eso es lógico: es mucho más difícil encontrar un buen final. Eso se aprende con el tiempo.

Lo que percibo como buena señal de este conjunto de periodistas narrativos del futuro es la ambición, el hambre, las ganas de trabajar, de salir de su zona de confort. Y el interés por conocer mundos desconocidos en su mismo entorno. Sus historias no vienen de fuera, no son ejemplos de causas o consignas. Crecen de dentro, orgánicamente.

Este libro es recomendable, entre otras cosas, porque es un mapa de cómo escriben los cronistas que no vivieron los años de plomo. Escriben con la levedad y la alegría del que sabe que tiene derecho a indagar, a entender, a contar.

Nunca la misma historia: Nueve nuevos cronistas. Prólogo de Josefina Licitra . Ed. Marea/Fundación Tomás Eloy Martínez.  116 páginas.

Esta crítica fue publicada originalmente en el suplemento cultural Ñ de Clarín.

Seis días de Ryan Gattis: Periodismo de ficción y una semana sin ley

Parece una novela de no ficción. Pero es lo contrario: es un relato inventado, con personajes y anécdotas que surgen de la imaginación del autor, pero que simula la estructura y el lenguaje de un relato periodístico.

Ryan Gattis Seis días tapa

Después de que los maestros del Nuevo Periodismo Truman  Capote, Norman Mailer, Gay Talese y compañía inventaran la novela de no ficción, ahora crece imparable el periodismo de ficción.

Puede seguir la supuesta investigación de un periodista que lleva el nombre del autor y que entrevista a sus personajes de ficción, como hace Javier Cercas en Soldados de Salamina. O puede proponer una sucesión de testimonios de protagonistas ficticios de un hecho real, como hace Ryan Gattis en Seis días.

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Ryan Gattis no es, nunca fue, periodista. Su mundo es la ficción, pero con mucha investigación detrás. Seis días (All Involved) es su tercera novela. Cuenta en todas las entrevistas que iba para militar pero en la adolescencia le rompieron la nariz y empezó a leer desesperadamente. Creció en Colorado y vive en California, el lugar donde se desarrollan estos hechos. Allí investigó durante dos años para escribir este libro.

Los “seis días” de su novela comienzan el 29 de abril de 1992. El lugar es un polvorín a punto de estallar llamado Los Ángeles. Cuando un jurado popular absuelve a los policías blancos que habían apaleado a un afroamericano llamado Rodney King, la población negra de la ciudad estalla en una cólera colectiva que siembra el caos durante seis días.

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El caso Rodney King fue pionero en muchos sentidos. La paliza había sido grabada en video. Una comunidad entera vio la escena y se sintió estafada con el veredicto. Fue la gota que rebalsó el vaso. Sin este precedente es difícil entender las revueltas recientes en Ferguson y en Baltimore.

Pero Seis días usa el caso King como telón de fondo de otra historia: sus personajes son casi sin excepciones latinos. Para esas pandillas, la semana sin ley es una oportunidad: de robar, de saldar cuentas, de asesinar. Las banda de Mosquito y de Gran Destino se disputan el territorio. Mosquito mata a la hermana menor de Destino y éste manda a matar al hermano mayor de Mosquito aprovechando que la policía les ha dejado el barrio libre.

Diecisiete jóvenes furiosos y excitados con apodos como Peligro, Apache, Momo o Termita cuentan en sus supuestas propias palabras los sucesos de la semana sangrienta y  nos sumergimos en la mente de estos jóvenes sin futuro que toman la cólera de los negros como una oportunidad.

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Hace medio siglo esta excelente novela podía leerse como una sucesión de voces literarias. Como Mientras agonizo, de John Steinbeck, digamos. Pero hoy no. Después de leer tantos testimonios en primera persona y ver tantos documentales, ya es imposible leer este texto como otra cosa que un gran reportaje de ficción.

Ryan Gattis: Seis días.

Seix Barral. Biblioteca Formentor. 492 páginas.

Kapuscinski descubre su voz en el África de Lumumba

Estrellas negras es el último libro de Ryszard Kapuscinski en aparecer en castellano (en febrero de 2016), y también el primero de sus libros como corresponsal extranjero. Antes solo había publicado La jungla polaca: una colección de sus primeras crónicas en su país, pero el Kapuscinski que conocemos nace, creo con Estrellas negras.

Proviene de su primer viaje a África en 1959, que ya muestra, en embrión, todas las características del “mejor reportero del mundo”. Sus recursos, su estilo y sus ideas ya están allí, como si las estuviera creando ante nuestros ojos. Y también, la mirada sobre las luchas del Tercer Mundo que trajo a América Latina en los setenta.

Kapuscinski Estrellas negras tapa 16

I.

En 1959 Ryszard Kapuscinski es enviado por primera vez a África por la agencia oficial de noticias polaca. Tal como relata la académica puertorriqueña Sarah Platt en su tesis sobre el gran periodista literario: “Desde Londres tomó un vuelo hacia Accra, capital de Ghana, primer país africano independiente que visitó. Llega al país sin contactos y con muy poco dinero, aunque desde el inicio se sentirá más a gusto aquí que en India y China (sus primeros destinos como corresponsal). Alquila una habitación en el Hotel Metropol, un albergue que se encontraba en pésimas condiciones, en un barrio comercial de la capital. Luego recogerá su experiencia inicial de esta manera: ‘He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz’.”

Kapuscinski en estado puro, pero al inicio de su carrera. De su viaje traza retratos de dos países recién independizados y de dos grandes líderes que ayudan a entender la política anticolonial de la época y el personalismo cuasi-religioso que todavía lastra el continente: la Ghana de Kwame Nkrumah y el Congo de Patrice Lumumba.

Nkumah y Lumumba eran carismáticos líderes de sus pueblos. El joven periodista polaco escucha sus discursos al pie de la tarima, rodeado de enfervorizados negros. Es el único blanco. Cada tanto, constata que lo miran con odio: parece un colono. No, les explica, es uno de ellos, el periodista revolucionario de un pueblo pobre y socialista. Las cosas no pasan a más, pero mientras tanto, Kapuscinski va armando su asombrosa caja de herramientas narrativas. Los líderes adorados se van convirtiendo en mesiánicos y totalitarios; sus seguidores en turbas violentas. A Nkrumah lo echan del poder. A Lumumba lo asesinan sus enemigos proyanquis con ayuda de la CIA. Las estrellas negras estallan, y otras las reemplazan.

A medida que avanza su recorrido, aparecen otros personajes: los flamantes burócratas, los intelectuales enardecidos, los periodistas desorientados y, en un relato colectivo demoledor, el colono blanco: pocas veces fue tan duro el maestro polaco como con el blanco racista de África.

Y el Hotel Metropol, donde sus compañeros lo llamaban ‘Red’, en un texto que ya prefigura la forma que encontrará el Kapuscinski maduro, el de Ébano, La guerra del fútbol, El emperador y El Sha.

“Vivo en una balsa, en un callejón de un barrio comercial de Acra. La balsa se eleva sobre unos postes hasta la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropole. Durante la estación de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Pero ¡se mantiene en pie!”

Así comienza el capítulo dedicado a su añorado hotel. ¿Y qué se hace en el Metropole? Beber a saco.“En el trópico, beber es obligado. Cuando dos personas se encuentran en Europa, se saludan diciendo: ‘¡Hola! ¿Qué tal?’. En el tr´pico, intercambian un saludo distinto. ‘¿Qué vas a tomar?’ Aunque también se beba durante el día, el beber de verdad, el programático, empieza con el ocaso, pues el ocaso anuncia la noche, y la noche acecha al osado que se haya burlado del alcohol”.

Ya combinaba aquí el relato de hechos históricos, la anécdota personal, el análisis ensayístico y la pintura inigualable de personajes, que incluyen a los corresponsales de guerra: hay cobardes y valientes, sobrios y borrachos perdidos, éticos y veniales, divertidos y tacirurnos. Pero son su tribu en el otro lado del mundo, y el joven ‘Red’ los pinta con maestría, con piedad y con cariño.

II.

Tras volver de su primer viaje africano, Kapuscinski publicó 17 crónicas en una revista literaria y se disponía a armar un libro cuando fue enviado de vuelta a África, esta vez como corresponsal. Empezarían así, en 1961, las dos décadas más fructíferas del Kapuscinski, sus larguísimas estancias en África, Asia y América Latina, que la Colección Crónicas de Anagrama ha ido desgranando a lo largo de 20 años, siempre en impecables y luminosas traducciones de Agata Orzeszek.

Mucho del Kapuscinski maduro ya estaba en estas crónicas a vuelapluma. Muchas de sus ideas y certezas sobre el mundo surgieron por primera vez en las noches bochornosas del Hotel Metropol. Como recodaría una década más tarde en el primer libro que sí organiza él, La guerra del fútbol y otros reportajes, “Mi experiencia africana me llevó a descubrir una realidad que me atraía y me fascinaba mucho más que una expedición a un poblado de brujos o a una reserva de animales salvajes. Estaba asistiendo al nacimiento de la neuva África, y no se trataba de una metáfora ni del título de un artículo de fondo, sino de un auténtico parto que unas veces se producía en circunstancias dramáticas y dolorosas y otras entre el júbilo y la alegría”.

Esta experiencia africana, donde descubre la complejidad de la política post-colonial, con sus dramas y sus júbilos, con pueblos en marcha por su liberación y líderes fulgurantes que se inmolan por sus ideas fanáticas o se convierten en corruptos, será la principal maleta que lleve en los setenta, cuando desembarque en América Latina.

Su visión de la guerra fratricida en El Salvador y Honduras, de la represión en México, del dominio de las multinacionales en Guatemala, del golpe en Chile, le viene de sus años africanos. Sus historias de guerrilleros que luchan por el inasible concepto de la dignidad nacional, de miserables que recogen zapatos de muertos en medio del combate, de las maquinaciones de las grandes multinacionales aliadas con gobiernos entreguistas que jalonan La guerra del fútbol y Cristo con un fusil al hombre vienen de sus observaciones y sus largas charlas africanas.

Era la visión socialista que mamó en la Polonia de posguerra, pero sobre todo el protagonismo del sufrimiento y la lucha del pueblo que lo asombró en África.

Y también es el comienzo de su visión de la complejidad del poder, del ejercicio y el aura del poder, que brilla en El Emperador y El Sha. En Estrellas negras brilla el primer perfil de un líder complejo, el incandescente Lumumba. En la prosa del primer Kapuscinksi, se siente cómo el autor busca sus temas, sus personajes, piensa en voz alta. “Patrice es un hijo del pueblo. También a veces se mostrará ingenuo y místico, también tendrá ese temperamento propenso a súbitos saltos de un extremo a otro, de un estallido de felicidad a la más muda desesperación. Lumumba es una figura fascinante por lo enormemente compleja. (…) Apasionado, inquieto, caótico, poeta sentimental, político ambicioso, alma impulsiva, increíblemente rebelde y  dócil a la vez, confiado hasta el final en su verdad, sordo a las palabras de otros, seducido por su propia y magnífica voz”.

De allí viaja y nos sigue descubriendo a los latinoamericanos un continente que despuntaba entusiasmos en las figuras de Fidel Castro y el Che Guevara.

III.

Cuando Kapuscinski marchó en 1961 a tomar su puesto como corresponsal en 50 países, responsable por entender medio millar de grupos étnicos en un continente en llamas, sus editores juntaron sus 17 crónicas y publicaron, sin su participación, el que sería su primer libro, Estrellas negras.

Ahora ven la luz en castellano. Este año Anagrama y Orzeszek regalan a la legión de sus lectores este libro vibrante e imperfecto, que permite completar el camino vital y autoral del gran cronista. Es el último Kapuscinski, y también el primero.

Estrellas negras es un Kapuscinski en formación, que deja escapar sus entusiasmos y enconos, que se deja llevar en la descripción de largas escenas que podrían cortarse. Pero también permite presenciar, como testigos privilegiados, su descubrimiento de África, el continente que le ayudó a descubrirse a sí mismo.

Ryszard Kapuscinski: Estrellas negras. Anagrama. 220 páginas.