Como si nunca las hubiéramos llorado

Suena a magia, pero es ciencia: ya se puede “deshervir” un huevo: la clara, de blanca y sólida, puede volver a ser líquida, viscosa, traslúcida. Como si no hubiera sido hervido.

¿Se acuerdan de la hazaña de Colón, de poner un huevo de pie? ¿Recuerdan el debate eterno de si primero fue el huevo o la gallina? Todo eso quedó en los empolvados anaqueles de la historia. La ciencia, el proveedor de maravillas de este siglo, logró superar a Colón y a los debates sobre el origen: científicos de la Universidad de California Irvine lograron que un huevo cocido vuelva atrás a su estado de crudo.

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En la revista científica “ChemBioChem”, el doctor Gregory Weiss y su equipo publicaron el descubrimiento, que según la web de la universidad será útil para reducir los costos del tratamiento del cáncer, en la producción de comida y en el tratamiento de residuos. Muchos procesos químicos que llevaban semanas ahora se podrán producir en minutos. El Dr. Weiss calcula que el ahorro será de unos 160.000 millones de dólares.

La periodista científica Alison Bruzek, de la radio pública estadounidense NPR, lo explica con claridad y sentido del humor, (llama a Weiss y su equipo ‘eggsperts’). “Cuando un huevo se hierve, las proteínas que se encuentran armadas como un complejo origami en precisas piecitas de 3D se empiezan a desarmar. ‘Se pegan unas a otras y se enredan como una línea de pescar hecha un nudo’, dice el Dr. Weiss. Cuando se centrifuga la clara alta velocidad, con una encima del huevo llamado lisozima y agregándole urea, el equipo de la Universidad de California descubrió que las proteínas volvían a su forma original”.

En el artículo de Bruzek se desliza, al pasar, que la encima lisozima está también presente en las lágrimas. Este detalle me conmovió. ¿Será la ciencia también capaz de producir una máquina, una técnica que no solo enjuague las lágrimas sino que las vuelva a su origen, como si nunca hubieran salido del lagrimal? ¿Se puede volver atrás, como si el llanto no hubiera ocurrido? ¿Y más atrás, para borrar retroactivamente aquello que nos hizo llorar?

De ‘deshervir’ el huevo a ‘desllorar’ las lágrimas, ese puede ser el maravilloso y aterrador invento del siglo. Tal vez el día que a la industria farmacéutica, y la agroalimentaria, y la biomédica le resulten miles de millones de dólares de ganancia, aboliremos las lágrimas.

Pero me temo que eso nunca sucederá. Habrá que seguir enjugándoselas con la manga sucia de la camisa, y seguir adelante, como antes, como siempre.

Kazushi Ono: “Me impresionó la dignidad del sonido de violonchelos y contrabajos”de la Orquesta Sinfónica de Barcelona

Comienza la temporada de conciertos en Barcelona y Cultura/s de La Vanguardia publica mi entrevista con el director titular de la orquesta de la ciudad. Esta, su segunda temporada en la OBC, encuentra a Kazushi Ono bien asentado en la vida musical de la ciudad. Además de preparar un ciclo muy romántico y con interesantes viajes al barroco y la música contemporánea, el maestro dirigirá algunas de las piezas que lo hicieron famoso en Asia y Europa.

Aupado en su fama como gran director de ópera, traerá en dos de sus conciertos la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi y un concierto de piezas orquestales de las principales óperas de Richard Wagner. Ono dirigirá también obras de Tchaikovski, Shostakovich, Brahms y su compositor predilecto: Gustav Mahler.

Aquí mi entrevista:

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Pocas veces el mundillo de la música clásica en Barcelona se alegró tanto por un desembarco. En enero de 2014, la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC) anunciaba la designación del maestro Kazushi Ono (Tokio, 1960) como director titular de la orquesta. Ono venía precedido de una fama como formador de cuerpos orquestales de vuelo lírico y precisión rítmica, un defensor del repertorio romántico pero abierto a nuevas aventuras.

“Su contratación fue un salto cualitativo, tanto por su calidad como por su perfil internacional”, dice el gerente del Auditori Valentí Oviedo.

El director japonés labró su reputación primero en La Monnaie, la ópera de Bruselas, y luego en la Ópera Nacional de Lyon en Francia, cargo que deja este año. Allí dirigió funciones muy alabadas por la crítica de obras difíciles como Los jugadores de Sergei Prokofiev, Lulú de Alban Berg y Parsifal de Richard Wagner. Atrajo a Lyon la atención de la crítica y a grandes directores de escena. Encargó producciones vanguardistas, como una doble función de Il prigioniero de Luigi Dallapliccola y Erwartung de Arnold Schoenberg en 2013, en una impactante puesta de Alex Ollé de La Fura dels Baus.

Por su trabajo en Lyon le fue otorgado el premio de la Asociación de Críticos Franceses en tres ocasiones, y el DVD de su exitosa producción de La hora española y El niño y los sortilegios de Maurice Ravel con el Festival de Glyndebourne se llevó en Gramophone Award a la mejor grabación de ópera en 2014.  Como director de ópera se lo pudo ver en Barcelona en un estreno: Wintermächen, de Philippe Boesmanns, en 2003.

En su primer concierto como director invitado con la OBC, en enero de 2012, se ganó el elogio de la crítica y el aplauso fervoroso del público en un programa ambicioso: el Idilio de Sigfrido de Wagner, Juegos de Debussy y Sherezade de Rimski-Korsakov. En enero de 2014, en ocasión de su segunda venida para tocar una pieza contemporánea de su compatriota Toru Takemitsu y la poderosa Sinfonía Alpina de Richard Strauss, lo presentaron como director titular.

Debía asumir un año y medio más tarde, un plazo amplio en un medio musical como el barcelonés. El tiempo le sirvió para conocer la realidad musical catalana y los músicos de su formación, y para pensar en las temporadas por venir.

La página oficial del director abre, sorprendentemente, con una efusión lírica: “Kazushi Ono ama el poder de la música para juntar  a la gente. Su estilo en los ensayos, tranquilo y calmado, muestras sus cualidades abiertas y receptivas. El director transmite mensajes complejos en las funciones con leves gestos expresivos y una sabiduría nutrida en su inextinguible pasión por hacer y explorar la música de otros. Está en su naturaleza relajarse tras un concierto tocando parte de las obras orquestales al piano. En síntesis, la música ha alimentado su espíritu desde la niñez”.

¿Cuándo y cómo descubrió su vocación musical?

En mi infancia la música me hacía feliz, me ponía a bailar. A los 5 años de edad, escuchando el disco Kindergarten, fue la primera vez que pensé en dirigir una orquesta. Estaba aprendiendo a tocar el piano. Como adolescente, empecé a tocar música en serio, pero el sentimiento de mi primer encuentro con la música nunca cambió y sigue hasta ahora. Pienso que es la base para la relación especial que tengo con la música, aunque haya tenido que andar muchos caminos duros y desconocidos.

Y después de tantos años en el podio, ¿qué es para usted lo más estimulante y lo más difícil de la vida de un director?

Lo mejor, aprender a escuchar tu voz interna. Lo más difícil, escuchar el sonido real que viene de la orquesta y actuar en consecuencia.

Japón ha producido muchos directores importantes, desde Seiji Ozawa. Incluso la OBC tuvo hace poco otro director titular de su país. ¡Hay algo en la formación, la cultura, el caràcter de su país que promueva esto? ¿Hay una forma japonesa de dirigir? ¿Cómo lo influye su origen?

En Japón ha habido un legendario profesor de dirección de orquesta y violonchelo llamado Hideo Saito. Su nombre sigue vigente en el famoso Festival Saito-Kinen. Fue un gran maestro que analizó a fondo la relación entre la música y el movimiento. Su influencia en los directores japoneses desde Ozawa es enorme; se podría decir que todos somos sus discípulos. Yo no estudié con él, pero aprendí mucho de su método: sobre todo a nivel técnico. Eso fue básico para mí en el repertorio sinfónico. Pero dado que quería aprender a dirigir ópera también, decidí ir a Europa para seguir con mi aprendizaje.

¿Cuáles son los directores que más lo han influido y los que más admira?

Al llegar a Europa estudié y trabajé en la Ópera Estatal de Baviera. Por fortuna, pude ver muchos ensayos, conciertos y funciones de ópera de grandes directores como Wolfgang Sawallisch, Carlos Kleiber y Giuseppe Patané, cuya creatividad y forma personal de hacer música me llevaron a una nueva dimensión.

El año pasado inició su período como director titular de la OBC. ¿Por qué decidió venir a Barcelona, y cómo fue su experiencia este primer año?

El programa de mi primer concierto con la orquesta, como invitado fue difícil: el Idilio de Sigfrido de Wagner, Juegos de Debussy y un Rimsky Korsakov. Pero al trabajar ese programa con ellos descubrí que tenían un sentido espléndido del sonido, y pensé que podían ocurrir cosas interesantes si empezábamos a trabajar juntos intensamente. Ahora pienso que desde el comienzo de nuestra relación hemos tenido logros, y espero con ganas que la relación se vuelva más y más estrecha.

De lo que ha visto hasta ahora, ¿cuáles diría que son los puntos fuertes de la OBC?

Lo primero que me impresionó es la fuerza, la dignidad del sonido de las cuerdas bajas, violonchelos y contrabajos. Esto es muy importante desde el punto de vista de la construcción del sonido, porque desde esa fundación se puede escuchar la sonoridad de las otras partes de la orquesta con más libertad. Lo segundo, la llamada ‘presión de sonido’. No me refiero solo al volumen sino a la energía que se expande profundamente en el corazón del público. Creo que esta cualidad está creciendo en el Auditori.

En la temporada 2015-2016 se escuchó mucho la obra sinfónica de un compositor que no era dominante en Barcelona: Maurice Ravel. Cinco conciertos con su música. ¿Por qué se programó tantas de sus piezas? ¿Qué le aporta en criterio a la orquesta y al público?

Ravel es una clave, un punto de inflexión en la historia de la música, entre el romanticismo y el modernismo. En sus obras se confirma y se avanza en el camino de la armonía. Mi plan era tocar sus piezas (como la suite completa de Daphnis y Chloe) que tienen un fuerte elemento de multi-celularidad, tratando de entender las posibilidades de la orquesta.

¿Cuáles son los compositores predominantes en las siguientes temporadas? ¿Cuáles considera que son el centro del repertorio que quiere desarrollar?

Uno de los más importantes es Gustav Mahler. Siempre pienso en antes de Mahler y después de Mahler para construir un puente en los conciertos. Dado que se tocaron tantas de sus sinfonías en las pasadas temporadas, he decidido comenzar esta alrededor de Mahler. Por ejemplo, con una sinfonía de Shostakovich, la Sexta, que está profundamente influenciada por Mahler.  En lo que lleva al Mahler director de ópera, tendremos obras de Wagner y Verdi. Y la sinfonía ‘Lohbesang’ de Mendelssohn es la que apunta a la sus canciones sinfónicas o su Octava. El punto central de la temporada, para mí, será el ciclo de canciones de Mahler Das Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud) cantado por Thomas Hampson. Y al final se escuchará su Primera Sinfonía. De los influenciados por él, habrá obras de la Segunda Escuela Vienesa (Schoenberg, Berg, Webern), que sale directamente de Mahler, así como otros de sus deudores, como Messiaen, Dutilleux o Britten.

¿Cuál es su relación con la música contemporánea? ¿Piensa incorporarla más al repertorio de la OBC?

Tengo en mente pedir a varios compositores catalanes de gran calidad que escriban obras nuevas para la orquesta. Y que se incorporen obras con solista incluyendo instrumentos interesantes, por ejemplo instrumentos japoneses como el shamisen y el sho. Ya me he acercado a algunos compositores y ejecutantes.

¿Qué planes tiene en cuanto a giras y discos? 

Estamos preparando la publicación de las sinfonías de Brahms y la Sinfonía No. 13 de Shostakovich con un sello japonés. Y todavía es pronto, pero pensamos hacer giras que incluyan también Japón.

Técnicas para convencer a Al Pacino

El viernes 9 de setiembre presenté en la Fundación Tomás Eloy Martínez la preciosa edición argentina de mi libro Periodismo Narrativo (Editorial Marea). Es una obra que me trajo muchas alegrías y bellas y cuidadas primeras y segundas ediciones en España (Ediciones de la Universitat de Barcelona), Chile (Universidad Finis Terrae) y Costa Rica (Germinal). Esta presentación fue especial y mágica por muchos motivos.

Porque fue en mi país y en la Fundación Tomás Eloy Martínez, que se ha convertido en mi casa profesional y más en Buenos Aires. Porque la presentaron tres grandes amigos que entraron en mi vida en distintos momentos: Cristian Alarcón, director de la colección Ficciones Reales y gigantesco cronista; Cecilia González, talentosísima y valiente escritora y periodista mexicana; y Pablo Alabarces, amigo de siempre y gran académico y pensador. Porque vinieron muchos y queridos amigos, colegas, alumnos, y mi añorada familia: mi hermana, mi sobrino, mis tías.

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En mi otra casa profesional y más en Argentina, la revista Anfibia, publicaron ese día este fragmento del libro. En el capítulo de la entrevista como género del periodismo narrativo, que dialoga con el teatro, entre los más famosos Studs Terkel y Oriana Fallaci escribí sobre el entrevistador de los genios de Hollywood, Larry Grobel. Gracias Cristian Alarcón y amigos de Anfibia. Aquí está la extraña e inspiradora historia de Grobel y su entrevistado Al Pacino.

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¿Grobel o Pacino?   “Conocí a Larry Grobel en 1979”, cuenta Al Pacino en el prólogo del libro más famoso del entrevistador, la colección de entrevistas con el propio actor.

“Por supuesto, desconfiaba de él porque era un periodista que me venía a entrevistar, y en ese momento, yo no había concedido ninguna entrevista. Desde entonces he llegado a conocerlo muy bien. Compartimos muchas cosas en este período: triunfos, fracasos, encuentros con situaciones tanto maravillosas como impensables. Nuestra amistad lo sobrevivió todo. Y por eso estoy muy agradecido”.

En el segundo párrafo se aventura a explicar las razones de su elección como su primer –y único– entrevistador: “No había dicho sí a nuestra primera entrevista, pero cuando leí su entrevista con Marlon Brando en la isla de Brando en Tahití, me impresionó. Conociendo a Brando como yo lo conocía, si a él le gustó Larry, si pudo hablar con él tan abiertamente, sentí que yo también podría”.

Pero el “abrirse” de Pacino fue un arma de doble filo. El actor, tan intenso que se metía hasta el tuétano en cada uno de sus personajes, sabía bien por qué no quería ser entrevistado: no podía reservarse, callarse, mentir, engañar. Si aceptaba hablar de sus sentimientos, recuerdos y sueños más íntimos, era para iniciar un camino hasta lo más hondo, cosa que no hacía ni con sus más cercanos amigos. La única manera en que aceptaría ser entrevistado era iniciando una amistad sin condiciones.

La esposa de Larry se dio cuenta que algo iba mal cuando el teléfono comenzó a sonar a las dos, las cuatro, las seis de la mañana. Era Al Pacino, que tenía necesidad de hablar con el amigo que tan bien lo entendía, que tanto sabía de él. Las conversaciones duraban horas, y era el periodista el que tenía que poner los límites. El genial y temperamental actor, por supuesto, no estaba dispuesto a respetar esos límites.

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Pero después de las horas y más horas de la primera entrevista, en 1979, que se tradujeron en 2.000 páginas transcritas, es fácil entender por qué Pacino se volvió adicto a hablar con Grobel.   “¿Por qué no haces Hamlet?”, le pregunta en la página 69 de las 103 de la versión editada de esa entrevista que abre el libro. “Porque nadie me lo pidió”. “¿Si alguien te lo pide, lo harías?”. “Sí, claro”. “¿No te gusta instigar estas cosas?”. “Realmente no. No hay nunca un papel que me gustaría hacer. Un actor básicamente quiere que le pidan hacer algo, no importa en qué posición está. Se siente más natural. Sentarse y esperar es más gratificante”. “¿Esperar a que las cosas caigan en su lugar?”. “Sí. La fruta cae del árbol. No lo agitas antes de que esté listo para caer”. “Entonces están las oportunidades perdidas, las frutas que se pudren en el suelo”. “¡No puedo creer que esté teniendo esta conversación!”, se asombra, casi escuchamos cómo se asusta con deleite Al Pacino.

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El libro incluye nueve entrevistas con Pacino, a lo largo de 236 páginas, y se lee como una obra de teatro en nueve actos, como una biografía de Pacino para que el lector la arme, como una incursión fascinante en la mente de un actor único. Como  muchos  de  los  grandes  libros  periodísticos,  Conversaciones  con Al Pacino muestra un extremo, y todos los extremos tienen maravillas y peligros.

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Como la mayoría de los autores que seleccioné para este libro, Larry Grobel se toma su profesión y sus grandes trabajos hasta el límite, y siempre es difícil saber donde parar.   Al terminar el libro queda una sensación extraña, de que conocemos muchísimo a un actor que a muchos cinéfilos nos entusiasmó, que está ligado a momentos importantes de nuestra vida, que personifica el arte de la actuación. Pero como el mismo arte de Pacino, a veces nos deja con la inquietante noción de que sabemos más de lo que querríamos saber.   Al leerlo no puedo dejar de pensar en una noche mágica que pasé en octubre de 2002, cuando muy pocos se aventuraban cerca de la Zona Cero de Manhattan, donde un año antes habían caído las torres.

Ahí, en una pequeña sala de una universidad pública (Pace), con bancos a la altura del escenario, me senté en la primera fila a ver La resistible ascensión de Arturo Ui, una farsa ácida sobre el auge del fascismo de Bertolt Brecht, interpretada por Al Pacino, Chaz Palmentieri, Steve Buscemi, Charles Durning, John Goodman, Paul Giamatti, un increíble puñado de grandes actores de Hollywood haciendo teatro pobre porque les daba la gana.   Todos estaban tremendos, en parte porque habitaban los personajes que tantas veces les había visto hacer en la gran pantalla: el alcalde corrupto, el matón enamorado de la violencia, el cobarde que se daba ánimos con bravuconadas. Pero Al Pacino daba miedo. Estaba tan metido, tan metido en su papel que sentía, con deleite y con pavor, que se borraban los límites del teatro.

No se puede recomendar en una escuela de actuación imitar el método de Al Pacino. Tampoco se puede recomendar a los periodistas novatos que salgan a entrevistar con el compromiso y el zambullido total con que Lawrence Grobel salió a la caza de Pacino. Pero el libro, como otros grandes e irrepetibles aun para sus mismos autores (A sangre fría, Hiroshima, Cabeza de turco, La noche de Tlatelolco, Operación Masacre), es un clásico imprescindible, que nos seguirá enseñando por años las cotas a las que se puede llegar en nuestro oficio.

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Grobel nunca entabló una relación tan intensa y peligrosa como con Pacino, pero sí se enfrascó en otros proyectos extremos en el arte de la entrevista: publicó libros enteros de entrevistas con Truman Capote, con James Michener y con los fascinantes miembros de la familia Huston (especialmente el director John Huston y su hija Anjelica), así como entrevistas con escritores (Endangered Species: Writers Talk About Their Craft, Their Visions, Their Lives) y con acto- res, directores y guionistas de Hollywood (Above the Line: Conversations About the Movies).

No hay periodista activo hoy en día que sea tan famoso en este género y que haya centrado tanto de su carrera en el duro arte de las preguntas y las respuestas con los famosos que llenan de sueños la imaginación de los estadounidenses.

Al final de The Art of the Interview, se mete en un género aún más difícil y peligroso: la autoentrevista. Dice que leyó un texto autobiográfico del gran no- velista Isaac Bashevis Singer, tal vez el último maestro de un idioma en clara ex- tinción, el yidis de los judíos de la Europa oriental de antes de la Segunda Guerra Mundial. El texto de Singer estaba en el extraño género de la autoentrevista: se hacía preguntas y él mismo se las contestaba, y así iba contando su vida.

Le gustó la forma, y cuando estaba escribiendo el libro con entrevistas al exitoso novelista James Michener, decidió proponerle hacer un capítulo que con- tendría las preguntas que Michener sintiera que Grobel no le estaba haciendo.   Como digo, es un género difícil y engañoso, pero muchas veces el entrevistador que quiere transformar sus entrevistas en piezas que avanzan y crecen con aliento narrativo, no solo debe fiarse de las preguntas que tiene preparadas o se le ocurren en el momento. También debe buscar las preguntas que el mismo entrevistado quisiera que le hicieran. A veces son preguntas que quiere, otras son las que secretamente teme o inconscientemente anhela.

Siempre hay cosas que los poderosos o famosos quiere decir pero necesitan que se las pregunten. No hay que caer en la trampa de hacerles la propaganda, por supuesto, pero hay que estar atentos a lo que quieren decir o esperan que se les pregunte. El juego de la autoentrevista es un buen ejercicio.

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Tan bueno que en su The Art of the Interview, Larry Grobel se lo receta a sí mismo.

“¿A quién lamentas no haber entrevistado?”, se pregunta en la penúltima página, antes de los apéndices.

“Lamento no haber entrevistado a dictadores como el antiguo presidente de Uganda Idi Amín y a Sadam Husein de Iraq”, se contesta. “Me hubiera gustado entrevistar a artistas como Picasso, Matisse, Andy Warhol. Escritores como Philip Roth, John Updike, Toni Morrison, Don DeLillo y Tom Wolfe. Me gustaría entrevistar al presidente de Estados Unidos, al primer ministro británico, al jefe de Estado de Israel. Y no me molestaría volver a hablar con Marlon Brando”. “¿Otra vez con Brando? Está muy viejo [el libro salió poco antes de su muerte], ¿por qué querrías volver a hablar con alguien como él?”.

“Porque Brando tiene una forma particular de hablar que está siempre en el borde entre la brillantez y la paranoia. Me gusta hablar con gente que hizo cosas grandes cuando tiene ochenta o noventa años, porque tiene una perspectiva diferente a la que tenían cuando eran más jóvenes. Es por eso que disfruté tanto yendo a ver a Henry Moore, Henry Fonda, John Huston, James Michener y el artista Jan de Swart. Ganaron una cierta sabiduría con la edad. Pero los editores rara vez me llaman para hablar con octogenarios; prefieren escuchar lo que la generación actual tiene que decir. Así es como es. ¿Pero tienes alguna duda de que una entrevista con Brando hoy sería mucho más interesante de leer que una con Keanu Reeves o Brendan Fraser?”, le pregunta a su alter ego.

“Bueno, Reeves hizo esas tres películas de Matrix. Está en la cresta de la ola…”. “¿Sabes qué?”, se dice. “Estás empezando a cansarme. Creo que deberíamos terminar con esto ahora mismo”.

Relectura de la Evita de Alicia Dujovne Ortiz: El mito desvelado

El siglo XX, que dejó tantas epopeyas, catástrofes y sufrimientos, produjo también un puñado de personajes míticos, en el sentido más clásico y “mítico” de la palabra: historias o personajes cuyo significado no se termina de desentrañar nunca, y que adoptan sentidos profundos, a la vez sociales y personales, que cambian con el tiempo y nunca agotan su significado.

Los mitos no sólo se iluminan con nuestras preguntas; también son faros que ayudan a iluminar vidas y tiempos muy alejados de su momento histórico.

No hay país tan pobre que no tenga sus mitos nacionales. Pero muy pocos producen mitos de resonancia universal (o al menos continental). Argentina, el triste país que desde siempre se cae del mapa y que ahora se agarra con los dientes a la economía globalizada, es rica en este tipo de mitos.

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En el siglo XX dio a la cultura occidental al menos cinco: Gardel, Borges, Evita, el Ché Guevara y Maradona. ¿Quién no habrá usado nunca dos o tres de estos mitos para pensar y decidir asuntos que nos son caros y constitutivos?

Los argentinos nos vamos haciendo adultos pensando y debatiendo sobre estos personajes. Pero ninguno produce peleas más ardientes, posicionamientos más definitivos ni divisiones más profundas que Eva Perón, la abanderada de los humildes y la bruja del látigo, la santa y la puta, la amada y la odiada. En Argentina, aún hoy las clases sociales, las ideologías políticas, las relaciones entre hombres y mujeres y hasta los conceptos de bondad y maldad se debaten y se miden usando como vara las historias ciertas e inventadas sobre esta mujer extraordinaria.

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Evita nació en el pueblo pampeano de Los Toldos el 7 de mayo de 1919, creció pobre y humillada como hija ilegítima de un caudillo conservador, viajó adolescente a Buenos Aires para hacer carrera como actriz, triunfó en radioteatros y tuvo una carrera mediocre en cine y teatro, se hizo amante y luego esposa del ambicioso coronel Juan Domingo Perón, lo ayudó a llegar al poder, ayudó de mil maneras a los desheredados de su tierra, no consintió matices entre los fieles y los enemigos, en cinco años se volvió un mito amado por los pobres y aborrecido por las clases medias y acomodadas, fue vetada en su sueño de la vicepresidencia por un ejército poderoso y un Perón pusilánime, y murió de cáncer de útero el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad.

He intentado contar los datos básicos, desnudos, pero cada uno de estos tiene mil versiones y contradicciones. Porque la historia de Evita es inseparable de sus significados violentamente opuestos, todo cambia según quién lo cuente: desde su nombre hasta el año de su nacimiento y la hora de su muerte, desde su personalidad a su lugar en el régimen peronista. En lo único en que todos se ponen de acuerdo es en su importancia en la historia argentina.

Para Alicia Dujovne Ortiz, es también indudable otro dato: Más allá de la irresoluble pregunta de si era buena o mala, “Evita es grande”, con una grandeza que se resiste a las enumeraciones y que no está en la perfección. Una grandeza innumerable e indefinible, pero evidente.

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Pero no sólo para los argentinos Evita significa algo importante. Su combinación de pasión por los pobres (“mis descamisados”), lujo desmedido y gusto ambiguo (no terminamos de decidir si es el colmo del kitsch o un gusto más allá del gusto) se ha convertido en una estética. En América Latina sigue produciendo perplejidad su personal y apasionada lucha contra la pobreza, de una eficacia indudable, aunque no es ni la beneficencia de las damas de la sociedad ni la revolución comunista.

En los países anglosajones su nombre está atado a la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber. Mediante una vuelta teatralmente eficaz pero políticamente ruin, en Evita aparece el Che como voz de la sensatez y los valores burgueses y liberales, burlándose del afán de poder y el uso de la sexualidad de Eva. Para muchos, una tergiversación interesada de la figura del líder revolucionario. A través de Evita y sobre todo de la identificación del personaje con la actriz que la personificó en cine, Madonna, Eva María Duarte de Perón produce esa fascinación culpable que en el siglo XIX despertaban las mujeres libres.

Sobre Evita se han escrito bibliotecas enteras. En la bibliografía del libro de Alicia Dujovne figuran más de dos páginas con títulos de libros sobre ella, y es una enumeración muy somera. Por eso, lo primero que llama la atención de este libro es la palabra más corta, sosa y aparentemente inofensiva de su título.

Este texto aspira, con una ambición pareja a la de su personaje, a ser “la” biografía. Es decir, la definitiva, la absoluta. No es, como gustan titular los norteamericanos, “una biografía” o “una vida”. La exquisita escritora y periodista argentina residente en París Alicia Dujovne Ortiz se propone una narración y un análisis completo de la vida de Eva. Esa ambición es a la vez la virtud y el defecto de este libro apasionante.

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Eva Perón. La biografía está escrita como una larguísima carta a un lector culto, inteligente y de una curiosidad omnívora, que la autora supone similar a la suya. Es un libro muy bien escrito, generoso y respetuoso con el lector, y de una gran honestidad.

La honestidad aquí se ejerce de dos maneras. Por un lado, como los defensores y atacantes de Evita dan por ciertas historias e interpretaciones contrapuestas, Dujovne Ortiz detiene la acción en los momentos polémicos (que son casi todos los de la corta vida de Evita) para relatarnos las dos, tres o cuatro versiones de cada suceso, junto con la posición ideológica o el interés particular de quien la cuenta.

El misterio con más versiones es el del supuesto tesoro de los nazis. Cuando Evita visitó oficialmente España, Italia y Francia en 1947, se desvió de su ruta para pasar unos días en Suiza. ¿Para qué? Los antiperonistas no dudan de que Evita llevaba el oro de Martin Bormann para depositar en una cuenta de la pareja, pero no hay pruebas concluyentes. Dujovne Ortiz cuenta lo que se sabe y lo que varios testigos y biógrafos suponen. Y deja la pregunta sin contestar.

Pero por otro lado, la misma autora, como argentina que vivió y soñó con Evita, no deja de meterse en la historia. Alicia Dujovne coloca sus asombros y dudas al lado de los de los personajes, y cuenta dos o tres historias reveladoras de su propia biografía. Por ejemplo, al hablar de la represión de los políticos opositores, enumera a un grupo de militantes comunistas encarcelados por el régimen peronista.

El último de la lista es Carlos Dujovne, “mi padre”, apunta la autora, como si tal cosa. Cuando la radio anuncia la muerte de Evita, la Alicia de 13 años se encierra en su cuarto a llorar. La persona que hay detrás de la autora creció entre la fascinación por Evita, la mujer extraordinaria, y la consciencia de la base totalitaria del régimen que la tuvo como bandera y la exacerbación de los odios que el peronismo dejó a los argentinos.

El libro se vuelve farragoso y erudito al intentar agotar las ramas que se desprenden del frondoso árbol de la historia de Evita. Pero este método, que deja por 10 ó 20 páginas a su personaje para explicar aspectos de la identidad argentina o la trayectoria de personajes secundarios, tiene dos grandes diques que evitan el anegamiento: la personalidad incandescente de Evita y el estilo, a la vez evocativo y llano, de la autora.

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Es interesante comparar La biografía con otro libro reciente, aún más exitoso en las librerías: Santa Evita, del periodista y novelista Tomás Eloy Martínez.

Éste último, investigado y escrito más o menos en la misma época, es un perfil periodístico. No pretende echar luz sobre todos los recovecos y los incidentes de la biografía de su personaje, sino centrarse en unos pocos, narrarlos de forma novelada (cuenta cada hecho como si el autor hubiera estado presente, como quien cuenta una historia inventada) y elegir un puñado de personas que representen a grupos, sectores o reacciones.

Por ejemplo, en el libro de Dujovne Ortiz se explica el funcionamiento de la Fundación Eva Perón y se enumeran las cosas que ella regalaba, desde dientes postizos hasta casas, y que cambiaron la vida de millones de argentinos. Podemos entender la magnitud de su tarea. En Santa Evita, se sigue el día de un obrero, que representa a los millones, y se asiste a la deslumbrante aparición de Eva en su oficina de la Secretaría de Trabajo y Previsión desde la emoción de ese personaje inventado pero real.

¿Cuál acercamiento es mejor? Ambos son válidos, y en el caso concreto de estos libros, los dos son excelentes. Y no serán los últimos. Hay en todos nosotros tanto de Evita, la virulenta, la apasionada, la contradictoria, que la luz de su mito no se apagará mientras haya quien quiera contar o escuchar una gran historia.

Eva Perón. La biografía
Alicia Dujovne Ortiz
Punto de Lectura, 2002 (1ra. ed., 1996)
542 páginas

Bru Rovira y el periodismo como poesía de la calle

Vittorio. Ramón. El gitano. Josefa. José Antonio. Rosa. Benavente. Ana Luisa. Pobres y dignos luchadores de la vida, heridos pero enteras, habitantes de los viejos barrios bajos de Barcelona. En manos del cronista Bru Rovira, son personajes inolvidables.

Rovira se labró una sólida reputación como reportero de conflictos olvidados, pobrezas africanas, luchas y epifanías del Sur del mundo. Muchas están recogidas en su estupenda colección de relatos, Áfricas.

El lector de Bru Rovira espera que viaje lejos y le traiga la voz y las historias de “los otros”. Por eso sorprenderá a muchos que esta vez se haya fijado en sus vecinos, los hombres encallecidos y las mujeres ojerosas que uno puede encontrarse en cada esquina de la Barcelona macarra.

Bru Rovira Solo pido un poco de belleza foto portada

Pero para Rovira no hay cerca ni lejos: hay historias que se consiguen con mucho tiempo escuchando y acompañando a la gente que le interesa. Y con ellas, construye textos vibrantes y humanos, que tienen el pulso de las novelas y la economía verbal de la poesía.

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Uno fue legionario. Otro, mercenario en África. Aquella anciana toca el piano pero las ratas se están comiendo su instrumento. Aquel se vio envuelto en un confuso episodio de violencia doméstica. “El periodista”, como lo llaman, los escucha a todos con empatía y con piedad. No los justifica, no los defiende: les otorga la dignidad del respeto absoluto.

El libro abre y cierra con la muerte y entierro de Vittorio, el mercenario italiano. A medida que lo vemos caminar con parsimonia y fumar y beber a saco y contar su vida deshilachada por el Raval, cada lector se acordará de personajes cercanos a los que en algún momento no prestó la debida atención.

La realidad política y económica – durante los años en que Rovira acompaña a sus personajes entre jornadas en la redacción de La Vanguardia y largos viajes a África – se desencadena la crisis, se desploma el estado de bienestar, los servicios sociales pierden financiamiento, la red pública de apoyo a desamparados como muchos de estos personajes se desmorona.

El libro trata también de lo que pasa en la política española pero desde abajo, a pie de calle. Donde duele.

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Hacia el final, Rovira relata la historia de un reportero del diario Rocky Mountain de Denver. El hombre fue tan feliz recorriendo como periodista las calles de la ciudad, hablando con la gente, escuchando sus historias, tomando el pulso de su época, que quiso que al morir sus cenizas se enterraran en la columna del vestíbulo de la redacción. Hoy el diario fue comprado por una impersonal cadena de publicaciones.

El autor imagina a un nuevo director de Recursos Humanos que quisiera sacar las cenizas de ahí, para “borrar cualquier huella del pasado. Atajar preventivamente cualquier posible ataque de nostalgia entre los jóvenes periodistas”.

Pero, en la ilusión de Rovira y también en el indispensable ideal que ha guiado siempre su carrera y su importante obra, este funcionario terminaría descubriendo “que si sacaba las cenizas de la bendita columna, el edificio entero se hundiría”.

 

Bru Rovira: Solo pido un poco de belleza. Papel B. 248 páginas.

Jóvenes cronistas que llegan a tiempo

 

Qué alegría que cinco jóvenes y pujantes cronistas me pidan que prologue si primer libro colectivo: Melissa Silva, Roberto Valencia, Nilton Torres, Luis Felipe Gamarra y Clavel Rangel escribieron a diez manos Pequeñas  batallas, grandes historias. El libro está ya disponible en Amazon. 

Las miradas de estos jóvenes pero ya veteranos reporteros están enriquecidas por sus lecturas de la crónica latinoamericana, pero lo que cuentan son historias de tres continentes y de una gran diversidad temática. Aquí les comparto mi prólogo. Espero que el libro vuele alto. El periodismo narrativo del Sur está en buenas manos.  

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Fue a mediados de octubre de 2007, en el primer día de clase del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona. En mi función de director aguafiestas, les estaba recomendando a los alumnos que nunca hay que llegar tarde, ni a clase ni a una rueda de prensa ni a una cobertura informativa. Y usé una frase que repito como un mantra desde hace décadas: “Nunca es demasiado temprano”.

Melissa Silva estaba sentada en el costado izquierdo, y levantó la mano con educación pero decidida. “A veces sí es demasiado temprano”, dijo con ese tono cantarín de los venezolanos. Apenas nos estábamos conociendo, y me impresionó la seguridad con la que me contradecía. ¿Cómo es eso de que se puede llegar demasiado temprano?

Y entonces nos contó la historia. Era una jovencísima reportera de sucesos en un diario de su país, y el jefe la envía a una zona apartada, donde el jefe de policía daría declaraciones. Como no sabía el camino y el tráfico estaba pesado, salió con muchísima antelación. Cuando llegó al descampado, vio a lo lejos cómo unos policías se llevaban a un hombre maltrecho pero vivo a unos matorrales. Faltaban al menos dos horas para la comparecencia del oficial. Fueron llegando los colegas, la mayoría a la hora de la comparecencia.

Cuando apareció el jefe, anunció que un peligroso delincuente se había escapado, que había disparado contra los agentes, que estos se habían defendido, y que en el tiroteo el hampón había muerto.

De vuelta a la redacción, siguió contando Melissa, habló con su editor: todo era mentira, no hubo tiroteo, lo fusilaron, yo lo vi. Estaba alterada.

El hombre sonrió, le dijo que se calmara y le hizo una simpática reprimenda: “Muchacha, es que llegaste demasiado temprano”.

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Nunca olvidé la historia que Melissa Silva contó esa mañana. Y siempre supe que aún en los inicios de su carrera, ella ya sabía que sí hay que llegar temprano, aunque nos traiga problemas, aunque se enoje el editor que quiere quedar de buenas con el poder. Melissa ya sabía de las alegrías y las angustias que da el llegar temprano.

Por eso no me asombra, casi una década más tarde, que sea ella quien me apresure ahora para que termine yo este prólogo. Quiere llegar a tiempo con esta excelente colección de crónicas que compaginó junto con cuatro compañeros de generación: los cronistas del presente y del futuro.

Cinco crónicas Melissa Silva et al tapa

La misma Melissa Silva inicia la serie con el retrato de una anciana de Corea que lucha por los derechos de las víctimas de la esclavitud sexual del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. En una crónica que sabiamente combina lo que Gil Won recuerda de la terrible historia pasada con sus jornadas de enfrentar a las cámaras y su valiente viaje a Japón, su personaje se nos construye a los lectores como mucho más que una militante por su propio pasado: su lucha es por la verdad, por la dignidad de todos.

El cronista peruano Nilton Torres Varillas se encara con un aventurero catalán que encontró la Chinkana, un secreto prehispánico que la iglesia no quiere que se revele. Es un relato de búsqueda al otro lado del mapa, de vocación, de sueños llevados al límite, contado con pericia y arte.

Su compatriota Luis Felipe Gamarra sigue al padre de un policía muerto en un turbio enfrentamiento con indígenas indignados. La lucha de Felipe Bazán Caballero también es por la memoria y la dignidad de su hijo. Una emotiva historia de dolor y resistencia.

El aguerrido reportero vasco afincado en El Salvador Roberto Valencia narra la curiosa historia de un famoso comentarista deportivo argentino convertido en gestor de proyectos para dotar de educación y futuro a la juventud desesperanzada de El Salvador. En sus viajes con el quijotesco Alejandro Gutman, Valencia le hace unas veces de Sancho Panza y otras de doctor Watson, atento a las extrañas sentencias y la capacidad inspiradora de su fascinante personaje.

Por último, la periodista venezolana Clavel Rangel perfila a un personaje multifacético, complejo, a la vez heroico y problemático: Vallita, la luchadora comunitaria de un barrio violento de Ciudad Guayana. Vallita cuenta su vida de puños cerrados, de dolor largo y efímera esperanza, de dar y recibir golpes. Rangel no la justifica: la explica, y de esa manera nos permite entrar en el alma oscura de los que devuelven el golpe o sucumben.

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Cinco historias, cinco personajes muy distintos, cinco formas de narrar que muestran que la crónica periodístico-literaria está viva en América Latina y tiene mucho que contar. Ninguno de estos relatos aparecerá en la portada de los periódicos, en la apertura de los telediarios: no son presidentes ni empresarios exitosos ni deportistas famosos y modelos ni actores de telenovela. Son luchadores: saben qué los mueve y dónde quieren llegar. Se explican con pasión y claridad. No se hacen ilusiones sobre sus países injustos y desgarrados. Sus historias son dramas, no tragedias: todas dejan una rendija abierta a la esperanza.

Fui conociendo a estos cinco autores, que son lectores, reporteros y escritores impenitentes a lo largo de los caminos del ejercicio de la crónica y la enseñanza del periodismo relevante, el que pega y se nos queda pegado a la piel. A todos los admiro: son valientes, enfrentan peligros, piensan que el oficio de periodista tiene un fuerte componente ético, de compromiso con la verdad, con la justicia. Ven su trabajo como un constante rescatar voces acalladas, voces olvidadas, y darles el lugar que se merecen.

Y pensar que todo empezó hace casi una década, cuando dije en clase que no se puede llegar demasiado temprano sin sospechar que en la orilla izquierda del aula se levantaría el brazo de Melissa Silva para contradecirme y al mismo tiempo regalarme la dolorosa historia que me daría la razón.

Estos cinco textos de luchadores por la verdad llegan justo a tiempo.

Para malvados, los de la ópera

Dicen que cuando a Freddy Mercury le propusieron subirse a un escenario para cantar “Barcelona”, la canción de la Olimpíadas de 1992 en esa ciudad, con la soprano Montserrat Caballé, pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor rockero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años.

Pero en el primer ensayo, el vendaval de gesticulación extrema y agudos que rompen copas de la gran cantante lo dejó con la boca abierta. Estaba ante una verdadera diva de la ópera… ¡lo que él soñaba ser!

Mercury y Caballé Barcelona 92

Nada es moderado en el arte lírico. Es cierto que el público sea por lo general gente mayor, vestida de gala, que no grita ni baila ni se desgañita cantando con sus ídolos. Pero sobre los escenarios de la ópera se desarrollan las escenas más dramáticas, los amoríos más fulminantes, las muertes más tremendas, los peores odios y también las risas más frescas, en las comedias inteligentemente divertidas de Rossini y Donizetti.

 

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Y entrando en el terreno de los personajes malos, nadie es más malo que un malo de ópera. Porque un malo que canta con bella voz mientras la orquesta acompaña con arrullo de violines o fanfarria de trompetas sus falsas promesas es el colmo de la maldad. Hay malos que se conocen desde la primera nota: por ejemplo Scarpia, el jefe de policía torturador y lascivo de Tosca de Puccini. O Salomé, la niña perversa que ordena cortar la cabeza del casto Juan Bautista en la ópera homónima de Richard Strauss. Pero los peores  malos son, como en la vida real, los que la van de buenos.

Hoy quiero traerles mis tres preferidos. Son malos que ponen en acción la maquinaria del drama, porque convencen a almas incautas de que sus fines son nobles y de que los otros – los verdaderos buenos – merecen ser destruidos.

Primero, La Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart.  Aparece en una nube de ritmo marcial y convence al príncipe Tamino de que su hija ha sido secuestrada por el padre y que ella, la madre doliente, sufre por la injusticia y la ausencia. Tamino corre a rescatar a la princesa, pero se encuentra con que el padre es un monarca sabio, que la princesa está con él por su voluntad y que la verdadera mala es la nocturna Reina.

En su última aparición, ya desprovista de la careta de buena madre, exige a la hija que mate al padre, le entrega un cuchillo y canta la famosa arias con una sucesión demencial de notas agudas: el agudo, que para los barrocos era la voz de la inocencia y del amor, con el gran dramaturgo Mozart se convierte en el aullido de la maldad demente. En un giro de guión genial, Milos Forman convierte en su película Amadeus el aria de la Reina de la Noche en el reproche constante de la suegra del compositor.

Reina de la noche Liceu 16

La última Flauta mágica que vi, esta semana, fue una producción sorprendente de la Ópera Cómica de Berlín que vino este año a Barcelona y Madrid, con dirección de escena de Suzanne Andrade, Barrie Kosky y videocreación de Paul Barritt. Todo está proyectado como en una película muda de 1927, con los cantantes integrados en las imágenes proyectadas. La reina de la noche es una enorme araña de metal.

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Segundo ejemplo: Ortrud, la bruja de Lohengrin de Wagner. Ortrud está casada con el noble Friedrich von Telramund y forman una pareja en busca de la venganza y el poder. El marido acusa a la inocente Elsa de haber matado a su hermano pequeño, el heredero al trono de Brabante. Elsa pide que un héroe la defienda en un combate a muerte contra Friederich. Como era de esperar, a los dos primeros golpes de bastón, no aparece ningún voluntario. Pero a la tercera, llega montando un cisne blanco el caballero de la reluciente armadura.

Él le exige que nunca le pregunte cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuál es su linaje. Lohengrin vence a Friederich pero le perdona la vida. En ese momento de debilidad comienza a llevarse a cabo el malvado plan de Ortrud: poco a poco, durante el larguísimo segundo acto, vierte en el inquieto oído de Elsa el veneno de la insidia: ¿por qué no te quiere decir cómo se llama? ¿qué te oculta? ¿cómo puedes confiar en él si no te confía lo más básico de su identidad?

Finalmente, en la noche de bodas (que se inicia con la Marcha Nupcial que aún resuena en las iglesias), Elsa no aguanta más y hace las preguntas prohibidas. Lohengrin no puede hacer otra cosa que contestar y marcharse de vuelta a su reino de caballeros. Ortrud cae derrotada (como antes la Reina de la Noche), pero el mal que propagó jugando con diabólica maldad de amiga y aliada ya hizo su efecto.

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Una gran pareja de Ortrud y Elsa: Evelyn Herzelius y Anette Dasch, en la versión dirigida por Daniel Barenboim en La Scala de Milán.

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Último ejemplo: la penúltima y para muchos la mejor ópera de Giuseppe Verdi: Otello, basada en la tragedia de Shakespeare. Otello, el moro de Venecia, está perdidamente enamorado de la rubia y aristocrática Desdémona. Acaba de volver de derrotar a los piratas y, aunque es negro y de origen humilde, los dueños de la ciudad le dan plenos poderes. Acaba de nombrar capitán a Casio, y el pérfido Iago, quien aspiraba al puesto, no lo perdona. Con maldad disfrazada de amistad desinteresada, Iago inocula lenta y magistralmente la enfermedad de los celos en la mente del inseguro Otello.

El plan de Iago es perfecto: primero emborracha a Casio y lo incita a la pelea con otro militar. Cuando Otelo lo castiga, le propone que convenza a Desdémona para que interceda por él. Cuando le dice a Otelo que sospecha de que hay algo entre su esposa y el capitán, la tragedia está servida. El moro se hunde en el abismo de sus celos, cada nuevo dato que le clava Iago con falsas advertencias de que son solo conjeturas lo abisman más y más, y al final asesina a su amada esposa en uno de los finales más espeluznantes de la historia de la ópera.

otello en valencia gregory kunde carlos álvarez 13

En Valencia en 2013 vi uno de los mejores Otellos de mi vida, con el tremendo barítono y actor Carlos Álvarez como Iago, el estupendo tenor trágico Gregory Kunde como Otelo y la batuta de Zubin Mehta.

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Iago, Ortrud y la Reina de la Noche terminan mal. La crueldad del falso amigo no paga, pero casi siempre es demasiado tarde. A diferencia del malvado sin fisuras, el que lleva su juego de cruel bondad hasta el final no piensa en salvarse: solo le interesa su obsesión por destruir a su enemigo.

Y la ópera es el terreno perfecto para que estas tragedias nos atrapen y nos horroricen. Nadie puede resistirse a un malo que canta, que extiende su red de destrucción en bellas melodías. Y para el oyente, cuando está bien ejecutada, la insidia cantada es tan insoportable como imposible de olvidar.