Ver al otro: Tommy Lapid y la anciana en la casa derrumbada

Hace años que esta historia me ronda. Es la historia de una mirada. La mirada de un extraño y apasionante político israelí que se atrevió a ver al otro – una anciana palestina – como una imagen en el espejo. A cuatro años de su muerte, quiero homenajear con este relato a Tommy Lapid, judío ateo, deslenguado, ácido y valiente, tan imperfecto como querible. Y que muchos se atrevan a mirar como él.

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Ver al otro: Tommy Lapid y la anciana en la casa derrumbada

Se llamaba Tommy Lapid. Nació en 1931 en la antigua Yugoslavia, con un nombre mucho más complicado. Eran judíos. Cuando tenía 12 años vino la Gestapo a buscar a su padre. Muchos años después, recordó el abrazo y las palabras del padre: “Tal vez nos volveremos a ver, tal vez no”. Los dos sabían que era la última vez. El padre y la mayoría de los familiares de Tommy Lapid murieron en campos de concentración.

La abuela fue a Auschwitz. Lapid la recordaba siempre buscando sus medicinas, por toda la casa.

Tommy fue rescatado del gueto de Budapest por las tropas soviéticas. Llegó a Israel a los 17 y sin salir del muelle se alistó para pelear por una tierra y un futuro para los judíos.

Fue periodista y polemista;  fue la principal voz de un Israel laico, con menos poder para los extremistas religiosos. Fundó un partido entre izquierdista y liberal. Y fue un encendido defensor del derecho a existir del Estado de Israel y de la preservación de la memoria del holocausto. Hasta su muerte fue presidente de la Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto.

En el Kneset defendió el matrimonio laico,  el servicio militar también para los ortodoxos, limitar el dinero para organizaciones ultrarreligiosas. Y demoler las colonias en terrenos palestinos. Y la paz con los palestinos.

La política crea extrañas parejas: a comienzos de siglo, para que Ariel Sharon no tuviera que pactar con los ultraortodoxos, el partido de Tommy Lapid se alió con él. Lapid fue nombrado ministro de justicia.

Lapid era visto como una espina en el país que mezclaba nación y religión. Era un judío ateo. Pero su poder y su presencia en el Parlamento, su familia exitosa – su esposa era una importante novelista, su hijo mayor, presentador de la televisión pública – mostraban un rasgo importante de la democracia: la posibilidad de disentir y oponerse, el debate encendido pero limitado a las palabras.

En 2004 Tommy Lapid estaba viendo la televisión y le ocurrió una revelación. Vio unas imágenes de una demolición de casas de palestinos por el ejército israelí. Recuerden que en ese momento él era Ministro de Justicia.

Y Tommy vio en la televisión a una anciana palestina buscando sus medicinas entre las ruinas de su casa. Y se le vino a la mente la escena de su abuela buscando sus medicinas desesperadamente.

La abuela palestina le recordó a su abuela judía muerta en Auschwitz, le dijo Tommy Lapid a un periodista de la BBC.

Ese comentario terminó con la carrera política de Tommy Lapid. Su partido lo desautorizó. Sharon le exigió que se retractara. Lapid dijo que de ninguna manera estaba comparando la Shoah con la situación de los palestinos. Pero el daño estaba hecho. Su sacrilegio corrió como reguero de pólvora.

La política de mano dura de Israel incluía demoler las casas de familias donde tuvieran información de que un miembro se unió a Hamás o hubiera participado en un atentado. En las casas palestinas suelen vivir, hacinados, la familia extendida del ‘terrorista’ y otras familias. En el momento en que un israelí – y mucho más un dirigente, un ministro – se atreve a ver el sufrimiento de los palestinos todo el andamiaje de la autopercepción de los judíos de Israel corre el riesgo de venirse abajo. No entender, no justificar, no comparar. Ver.

Ver al otro como alguien como uno, pero del otro lado.

En 2008, cuando murió Tommy Lapid, los líderes ultraortodoxos sorprendentemente le dedicaron elogios fúnebres. Fue un contendiente formidable, leal y honesto, dijeron. Lo que te tenía que decir, te lo decía a la cara. Qué suerte que ya no esté, pero le echaremos de menos, dijeron.

Para su funeral, él mismo eligió un verso de Dylan Thomas, leído por su hijo, el periodista: No vayas gentilmente hacia la dulce noche: enfurécete, enfurécete contra la muerte de la luz.

Para mí el eje de su larga vida y su implacable inteligencia y sentido de la decencia y la justicia está en ese momento en que prendió la televisión y se atrevió a ver a la anciana palestina y pensar en su abuela muerta en el Holocausto.

Quiero ahora resaltar un detalle: Tommy Lapid vio una noticia de la televisión israelí. En la casa demolida había un camarógrafo, que se fijó en la anciana y la grabó con su cámara. Un periodista que describió la escena. En el canal había un editor, un jefe de informativos, un presentador.

¿Dónde estaba el lugar, el momento en que esa imagen se convirtió en el recuerdo de la abuela? ¿Estaba enteramente en la mente de Tommy Lapid, y explotó cuando una simple visión de una vieja revolviendo entre los escombros lo puso frente a lo que hacía tiempo venía pensando y sintiendo y no se atrevía a decir? ¿O había algo en la forma en que esa simple noticia fue grabada, estructurada, editada?

Siento que en ese momento, en que tal vez a mitad de camino entre las imágenes y sonidos del televisor y los ojos y oídos del Ministro de Justicia Tommy Lapid se produjo un descubrimiento, un recuerdo, una visión, una epifanía. Es una palabra extraña para aplicar a un ateo deslenguado como Tommy Lapid. Pero eso es lo que pasó. Una epifanía.

Su profunda humanidad y su insobornable coherencia no le dejaron otra salida: No mires al costado, Tommy. Esa vieja es como tu abuela, en el pueblo, allá en Serbia, cuando llegaban los nazis y las malditas pastillas no aparecían. Esa vieja palestina es tu abuela. Es de los tuyos, Tommy. ¿Ahora qué vas a hacer?

¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

Desde hace muchos años, escribo críticas, comentarios y ensayos sobre libros de periodismo. Ahora lo hago principalmente en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Este año me pidieron reseñar dos voluminosas antologías de la vibrante ola actual de textos periodístico-literarios de América Latina y España, que sacaron Anagrama y Alfaguara. Todos fueron escritos en el siglo XXI. Tal vez muestren el camino de futuro en la prosa en castellano. Esta es una versión del ensayo que publiqué en abril en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia sobre las antologías Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo. Las antologías están esparciéndose por Hispanoamérica, y el género crece.

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  ¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

¿Reportaje, crónica, contracrónica, artículo, nota, análisis, ensayo, relato de viajes o artículo de costumbres? Las definiciones y límites varía de país en país, de generación en generación. De ese marasmo, hace poco más de una década, y en gran parte por el influjo y la influencia de la Fundación Nuevo Periodismo creado por Gabriel García Márquez, los escritores y periodistas latinoamericanos se pusieron de acuerdo en llamar ‘crónica’ al relato de historias reales compuesto con las herramientas narrativas de la ficción.

 Los padres fundadores de este periodismo literario son, entre otros, el mismo García Márquez, los argentinos Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, los mexicanos Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Daniel Samper Pizano, el cubano Guillermo Cabrera Infante.

 Pero las antologías que acaban de publicar Anagrama (cuyo antiguo dueño, Jorge Herralde, apostó desde el comienzo por el género) y Alfaguara (que últimamente está pisando fuerte en este terreno)  no incluyen textos de ninguno de estos viejos maestros. Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo, contienen muchas estupendas crónicas, casi todas publicadas originalmente en revistas. Sus autores tienen un promedio de 40 años, y un puñado de ellos serán los maestros de la siguiente generación.

¿De dónde surgió esta fauna? Sus tres miembros más reconocidos nos ayudan a entender la crónica como punto de encuentro: el mexicano Juan Villoro viene del mundo de la literatura y se acerca a la realidad desde el conocimiento acerado del buen escribir. Villoro encontró en la calle un mundo extraordinario, más variado y dramático que el producto de la imaginación desbocada. Tanto él como el chileno Pedro Lemebel o el colombiano Juan Gabriel Vázquez son reconocidos novelistas y ensayistas, y la no ficción es una prolongación de su afán narrativo.

Por su parte, la argentina Leila Guerriero, se formó como periodista, y se acercó a la crónica a raíz del desencanto por la forma chata, poco imaginativa con la que estaban escritas las noticias en los medios. Guerriero, como la colombiana Juanita León, el argentino-chileno Cristian Alarcón y la peruana Gabriela Wiener, hallaron nuevas maneras de contar lo que ven y viven abrevando en las descripciones de Ernest Hemingway, en los diálogos de Raymond Carver, en la diablura verbal de Julio Cortázar o el rigor de Jorge Luis Borges para hacer filosofía mientras cuenta una historia.

El argentino Martín Caparrós es un bicho raro: es todas esas cosas a la vez, y además polemista, creador de formatos de radio y televisión y personaje público formidable. Por eso, muchos lo consideran el actual ‘pope’ de la crónica latinoamericana.

En las antologías de Jaramillo y Carrión figuran estos ocho, y muchos otros. Se complementan, dialogan. La mirada de Carrión es desde adentro: viene trabajando desde hace años en periodismo narrativo y con la mayoría de sus antologados. Su introducción es excelente: informativa, polémica y muy bien escrita. Jaramillo mira el fenómeno desde afuera: en su introducción cita largamente a los cronistas y a los expertos del Nuevo Periodismo norteamericano, y transmite el entusiasmo del converso.

¿Cuál es mejor? Para mí, la de Anagrama es más coherente: son textos largos, la mayoría producto de la investigación periodística y la búsqueda de una narración literaria. Como Un año en la vida de Haití, un estupendo retrato de la agonía haitiána, de Maye Primera. La de Alfaguara, con más del doble de textos, se dispersa en muchos más géneros: junto con genuina crónica periodística, hay ensayos, entrevistas, relatos de experiencias personales y hasta se adentra en textos sacados de blogs. Entre las dos, muestran la riqueza y pujanza de una generación que tal vez logre salvar del suicidio a la prensa escrita y que con seguridad nos harán ver y entender mejor el mundo que nos rodea.

Enlaces de interés:

 http://www.alfaguara.com/es/libro/antologia-de-cronica-latinoamericana-actual/

http://www.anagrama-ed.es/titulo/CR_97

Historia de la literatura bananera

El miércoles 18 de julio el suplemento Cultura/s de La Vanguardia abrió con mi síntesis de literatura bananera. La historia detallada y el análisis en profundidad de este sub-género, que va desde la sátira al drama naturalista, la denuncia social y el realismo mágico, es parte del libro que estoy terminando finalmente, y que se adentra en el mundo de las plantaciones bananeras de Costa Rica y alrededores.

¿No les parece que estos tiempos, que sobre todo en Europa del sur se caracterizan por la primacia de los mercados y las corporaciones, gobiernos que combinan la soberbia ante los débiles y el servilismo ante los dueños del mundo, son propicios para volver la vista atrás y hablar de la verdadera, original República Bananera?

Aquí el enlace: http://www.lavanguardia.com/cultura/20120718/54326850527/literatura-bananera.html

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Aquí el texto:

Es sin discusión la multinacional más literaria. Le cantaron tres premios Nobel. Contra la United Fruit Company (UFCO) se creó parte de la mejor literatura latinoamericana. En estos tiempos, en que las multinacionales y el capital financiero gobiernan el mundo, es instructivo echar la vista atrás y recordar la historia centenaria de una empresa que en su época de esplendor llamaron El Pulpo, por sus extendidas conexiones y su abrazo letal. Aunque no lo sepamos, seguimos viviendo en un mundo globalizado en buena parte creado por la empresa más poderosa de su tiempo.

La UFCO inventó un producto: cuando nació, en 1899, el plátano o banano no existía en Estados Unidos y Europa, y la empresa tuvo que crear la necesidad. Inventó, en gran parte, la agricultura moderna, que llevó las formas de trabajo, la vigilancia del trabajador y los tiempos rígidos de la fábrica al campo.

Inventó también el control de todos los pasos del camino de su fruta, desde el cultivo, pasando por el transporte (era dueña de las líneas férreas, los puertos y la Gran Flota Blanca, la mayor flota privada de la historia), y terminando en las góndolas de los supermercados y las mentes de los consumidores. La sinuosa Miss Chiquita fue el primer uso de un mensaje erótico en la publicidad de un producto comestible.

No terminan aquí sus innovaciones. También inventó la publicidad moderna, ligando su producto a valores como la salud, la felicidad o la pertenencia a un grupo privilegiado que podía darse el gusto de comer plátano. Y usó su poder sobre el discurso periodístico y publicitario para construir y destruir la reputación tanto de gobiernos como de su competencia.

Y en la América tropical, los enclaves bananeros –provincias enteras donde El Pulpo era patrón, estado, ley, proveedor de vivienda, de salud, de educación y de bienes e introductor de la cultura del consumo– inventaron la clase obrera. Contra su poder se crearon los primeros sindicatos, surgieron los primeros partidos comunistas, se alzaron las voces de los intelectuales criollos, que inventaron la novela bananera. Pero, curiosamente, la primera novela bananera, por mucho tiempo olvidada, fue gringa.

I. República bananera

Así empezó todo: en los últimos años del siglo XIX, un curtido lobo de mar de Nueva Inglaterra, el capitán Lorenzo Baker, comenzó a embarcar plátanos en Jamaica para venderlos en Boston. Baker era una mezcla de fanático religioso y empresario sagaz: aseguraba que al enseñar a los nativos a cultivar frutas y vender los racimos en las condiciones y al precio que él ordenaba, los estaba acercando a la civilización y a Dios.

En Boston, el joven y ambicioso funcionario de banca Andrew Preston vio el negocio en la mercancía de Baker: juntó a diez inversores, pusieron 2.000 dólares cada uno y así nació la Boston Fruit Company. Preston extendió sus tentáculos por las tiendas y mercados, donde su fruta tenía estante propio. Él comprendió que la relación con la mafia de los trabajadores portuarios era vital para una fruta que debía llegar a la mesa del consumidor tres semanas después de ser cortada en el trópico.

El trío de fundadores se completó con el implacable talador de montañas Minor Keith, concesionario en la construcción del ferrocarril al Caribe en Costa Rica, Honduras y Guatemala. En pago a su hercúlea tarea, donde murieron muchos miles de negros caribeños, Keith se hizo pagar con tierras selváticas. Llegó a poseer un quince por ciento de la tierra de esos países. Cultivó plátanos, construyó puertos, y se convirtió en amo y señor de un negocio creciente: las frutas de sus fincas y las de la competencia debían viajar en sus trenes, y embarcar en sus puertos.

En 1899, Keith, Baker y Preston unieron sus fuerzas para crear la United Fruit Company, la primera multinacional que dominaba el camino de un producto desde el campo al mercado. Por supuesto, el jefe era el banquero.

¿Cómo logró la UFCO vender en Boston delicados plátanos de la lejana Costa Rica a un precio menor al que tenían las manzanas de Massachusetts? Por una combinación imbatible: un clima maravilloso para el cultivo (aunque infernal para vivir), una tierra que les había salido gratis, o casi, una mano de obra muy barata y fácilmente reemplazable, y gobiernos que no les cobraran impuestos y tasas de exportación, o casi.

De su relación con los gobiernos surgió la primera y más extendida metáfora ligada a la empresa.

En 1904, el gran cuentista norteamericano William Sydney Porter, conocido como O. Henry, escribió la novela satírica Cebollas y reyes, fruto de su experiencia entre la variopinta fauna de gringos –pícaros sin escrúpulos, la mayoría escapados de la justicia– que explotaban a los nativos en Honduras. En un juego de palabras que sólo debieron entender sus compañeros de tropelías, O. Henry llamó a Honduras “Anchuria”, y en dos pasajes de la novela bautizó al país como “banana republic”.

En un episodio satírico clave, el presidente de Anchuria, un tal Losada, se atreve a imponer un impuesto de cincuenta mil pesos a la exportación de bananas de la compañía Vesubio. Un representante del gobierno se reúne con Mr. Franzoni, el encargado de la bananera, quien le hace una contraoferta: en vez de cincuenta mil pesos, le ofrece veinticinco. Pero no veinticinco mil. Veinticinco pesos, sin más.

“Su ofrecimiento insulta a mi gobierno”, grita indignado el representante del presidente Losada. “Entonces, dijo Mr. Franzoni, en tono de amenaza, lo cambiaremos”. Lo que Mr. Franzoni se proponía cambiar no era la oferta, claro, sino el gobierno de Losada.

La Compañía tenía a su servicio al hijo de un presidente anterior, Olivarra el bueno, depuesto por Losada. El coronel Rocas, también al servicio de la bananera, organiza un golpe de estado contra Losada y el joven Olivarra es proclamado presidente. Su primera decisión: derogar el impuesto al banano.

Cebollas y reyes es premonitoria: en los años treinta, cuando la compañía había derrocado y entronizado presidentes por toda Centroamérica, los periódicos de Estados Unidos empezaron a llamar repúblicas bananeras a estos estados que obedecían a los representantes de la UFCO. Después, el término se extendió a todos los gobiernos genuflexos ante el gran capital o ante otros gobiernos extranjeros, y ahora ya se usa como insulto para hablar de países con una dirigencia poco seria, corrupta o vergonzosa.

De la farsa de O. Henry queda el tono jocoso para referirse a los gobiernos que obedecen al Pulpo de turno. Pero la historia de las repúblicas bananeras no tiene nada de cómico.

II. Mamita Yunai

En 1941, el obrero y zapatero costarricense Carlos Luis Fallas, uno de los fundadores del Partido Comunista de su país, publicó la novela Mamita Yunai. Esta tragedia costumbrista cuenta la historia de un grupo de jóvenes sin tierra ni futuro que terminan enterrando sus sueños y perdiendo su salud en las tareas más duras de la bananera: abrir montaña, talar árboles centenarios en selvas infectadas de serpientes e insectos…

El narrador, Sibaja, cuenta la historia desde la amargura del recuerdo, cuando vuelve a los suampos (pantanos) de su juventud. Uno de sus mejores amigos, Calero, murió aplastado por un árbol, exhausto de pelear por nada; el otro, Herminio, termina viviendo en el mismo barrial, sólo piel y huesos, vaciado por la empresa que, con amarga ironía, llaman Mamita Yunai (por United Fruit).

Este párrafo de Carlos Luis Fallas, a quien los costarricenses llaman familiarmente Calufa y que los niños estudian en la escuela, muestra la potencia y el vigor narrativo del zapatero autodidacta. Así describe las tristes viviendas de los trabajadores centroamericanos en el enclave bananero:

“Todo en el miserable caserío era monótono y desagradable. (…) Techados de zinc que chirriaban con el sol y sudaban gotillas heladas en la madrugada; construidos con maderas cresotadas que martirizan el olfato con su olorcillo repugnante, y pintados de amarillo desteñido. Al frente, los sucios corredorcillos en los que colgaban las hamacas de gangoche, lucias y deshilachadas por el uso constante. Arriba, colgando de los largos bejucos, tendido de punta a punta en los corredores, chuicas sucios y sudados, casi deshaciéndose. Abajo, infestándolo todo, el suampo verdoso.”

Pablo Neruda conoció a Calufa en los encuentros de escritores revolucionarios que se repetían por los países del Bloque Socialista. Cuando en Canto General escupe a las multinacionales del imperio, dedica un poema a la United Fruit Company.

Y cuando recorre los campos y las fábricas para cantar a los trabajadores deslomados de Latinoamérica, en el bananal no habla de hombres y mujeres de carne y hueso, como había hecho con los trabajadores del cobre, el salitre o el petróleo. Dedica en cambio un poema a Calero, el joven inventado por Fallas. Con esa mención, Mamita Yunai vuela por las Américas y termina traducido al polaco y al búlgaro.

Lo que queda en Centroamérica del viento de la novela bananera es principalmente la metáfora de Mamita Yunai. La siento tan potente como la invención de George Orwell del dictador-controlador Big Brother. Así como el opresivo líder comunista se hace pasar por hermano, la compañía total, que domina hasta el último recoveco de las vidas en su territorio, adopta para sus víctimas la figura de madre terrible.

Después vendrán otros libros escritos por trabajadores bananeros, como Bananos, del nicaragüense Emilio Quintana (1942) y Prisión verde, del hondureño RamónAmaya Amador (1950). Y su potencial para la denuncia social dará lugar a una trilogía bananera del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias ( Viento fuerte, en 1950; El papa verde, 1954; y Los ojos de los enterrados, 1960), que mezcla fulgor verbal, mitología maya, historias de sufrimiento obrero y sátira del buen vivir de los invasores gringos y sus servidores criollos.

El último novelista bananero aporta complejidad a un tema que otros escritores menores trataron con maniqueísmo. El costarricense Joaquín Gutiérrez, probablemente el mejor prosista de su país en el sigloXX, mira el mundo bananero desde el punto de vista del pequeño productor nacional, representante de la burguesía centroamericana. Su empeño es aplastado por la gran corporación bananera, pero no se ven como aliados de los sindicatos comunistas que lanzan épicas huelgas.

En Puerto Limón, novela de 1950, el sobrino de un finquero del Caribe se ve apresado entre el mundo burgués de su tío y la lucha de los trabajadores del banano. En su interior se desarrolla una lucha de clases, que el personaje resuelve como el mismo Gutiérrez, tomando un barco y huyendo del opresivo ambiente bananero.

En su vejez, Joaquín Gutiérrez escribe su novela más lúcida y amarga, Murámonos, Federico (1973). Federico, el pequeño finquero, es acosado por el abogado de la compañía bananera. Cuando se ve derrotado, vende su tierra querida al Pulpo pero, en un último acto de revancha desesperada y de dignidad, abre un claro en la selva para que entre la semilla del mal, la plaga que matará las plantas.

III. Memoria enterrada

“Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el decreto número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba a ejército a matarlos a bala.” Sí, es Cien años de soledad. La saga mágica de los Buendía, del pueblo y del país, sumergidos todos en guerras excesivas y en cópulas fabulosas, se vuelve historia socio-política hacia la mitad de la novela, cuando llega a Macondo la compañía bananera. En 1967, Gabriel García Márquez refunda América Latina, desde sus paisajes y animales hasta sus costumbres y luchas, y coloca en el centro de su novela un hecho verídico: el 6 de diciembre de 1928 el general Cortés Vargas ordenó masacrar una manifestación pacífica en el pueblo de Ciénaga, cercano a la Aracataca natal del novelista.

Toda la obra de García Márquez puede leerse en clave bananera, desde sus primeras obras, como La hojarasca, expresión que en Colombia se usaba para referirse a los trabajadores sin nombre ni destino que se amontonaban en las bananeras, hasta Memoria de mis putas tristes, cuyas prostitutas adolescentes son propias de los pueblos de hombres solos donde la UFCO mandaba.

Pero uno de los temas centrales de su literatura surge en el relato de la matanza de 1928, y sobre todo en la lucha de los sobrevivientes por mantener vivo y real el recuerdo.

Tres veces aparece en Cien años de soledad el comienzo retórico “muchos años después”. Como saben todos los escolares colombianos, así comienza la novela, con el recuerdo del coronel Buendía de la tarde en que su abuelo lo llevó a conocer el hielo. Allí funciona como contraste entre el presente insoportable, frente al pelotón de fusilamiento, y la infancia idílica.

En las otras dos apariciones, una de las víctimas de la masacre bananera se empecina en recordar lo que muchos quieren olvidar.

La lucha contra el olvido es uno de los motivos centrales de la obra. Hacia el final de la novela, Aureliano Buendía –sobreviviente también de la matanza– se muda a la ciudad y trama amistad con cuatro bohemios, para los que el escritor usa su propio nombre y los de sus tres amigos del alma. Todos son amigos, pero Aureliano y Gabriel comparten la alianza secreta de recordar el crimen del ejército y la compañía bananera, osando desafiar la ley del olvido.

“De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados por una especie de complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la resaca de un mundo acabado, del cual sólo quedaba la nostalgia.”

Sacar a la luz la memoria enterrada es desde entonces una de las tareas a las que se ha abocado la literatura comprometida de América Latina. Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Alejo Carpentier siguieron estuarios de este gran río.

En el terreno de la no ficción, el proyecto más ambicioso en esta línea es el recuento de la historia deliberadamente olvidada que hace Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina (1971) y en Memoria del fuego (1986). En ambos se cuenta la matanza de Ciénaga en 1928 y el golpe de estado en Guatemala en 1954, y la participación de la UFCO y las autoridades estadounidenses en la ejecución y el ocultamiento de ambos crímenes.

IV. Fruta amarga

En 1982, en medio de las cruentas guerras civiles en Centroamérica y la andanada del presidente estadounidense Ronald Reagan y los dictadores locales contra todo atisbo de rebelión, dos periodistas norteamericanos, Stephen Kinzer y Stephen Schlesinger, publicaron uno de los reportajes de investigación más reveladores e influyentes sobre la política de injerencia de la CIA en América Latina.

Bitter Fruit (Fruta amarga) es un pormenorizado relato de la preparación, ejecución y consecuencias del golpe de estado contra el gobierno democrático de izquierda de Jacobo Arbenz en Guatemala. La poderosa metáfora de su título pone a la United Fruit Company en el centro de la escena. Hoy el libro es un clásico que se estudia en las facultades de historia, periodismo y gobierno de EE.UU.

Mediante documentos desclasificados, entrevistas y profusa investigación, Schlesinger y Kinzer dejan patente la participación en el golpe del Secretario de Estado de Estados Unidos –hermano del abogado de la UFCO–, de los embajadores en todos los países centroamericanos, de los personeros del Pulpo y de los militares guatemaltecos, que se agolpaban en la puerta de la embajada, proponiéndose como voluntarios para ejecutar la infamia.

Como había imaginado proféticamente O. Henry en 1904, Arbenz osó nacionalizar las tierras incultas de la bananera (el 92 por ciento de las que controlaba), y decidió pagar por ellas exactamente lo que la UFCO había apuntado en su declaración de impuestos, obviamente mucho menos que su valor real. La CIA y la UFCO pusieron en su lugar al general Castillo Armas, quien inmediatamente devolvió las tierras al Pulpo.

Arbenz cayó, y con él el sueño de alcanzar la democracia y la justicia social por vías pacíficas. La izquierda concluyó que sólo serviría la vía armada, y el desarrollo de América Latina se paralizó durante treinta años.

En los años que siguieron, la todopoderosa compañía bananera perdió su hegemonía (hoy comparte el mercado con Del Monte y Dole, las otras dos grandes), cambió incluso su nombre (hoy se llama Chiquita, como su producto estrella), y se lanzó amejorar sus prácticas desastrosas en el cuidado del medio ambiente y de la salud de los trabajadores. Chiquita cuenta hoy con un sello de buena conducta ambiental otorgado por la ONG Rainforest Alliance. Cambió mucho, pero otros grupos ecologistas más batalladores aún cuestionan sus logros.

Sin embargo, la historia literaria de las tropelías de la compañía que creó el mito de la multinacional todopoderosa no termina.

El año pasado, el juez Kenneth Marra, del Estado de Florida, admitió a juicio una demanda de 4.000 familias colombianas contra Chiquita por haber financiado a grupos paramilitares. Personeros de la empresa habían aceptado en el 2007 que pagaban a los paramilitares, pero adujeron que lo hacían obligados, ante amenazas contra sus trabajadores. En un dictamen que puede leerse como un nuevo capítulo en esta historia, el juez Marra ve indicios de connivencia entre la empresa y los criminales que hostigaron y asesinaron a miles de líderes sindicales y militantes de izquierda.

Mientras tanto, sin saber dónde comenzó todo y por qué es importante conocer la historia literaria de una empresa mítica, en algún lugar del mundo un diputado enrojecido de cólera estará levantando el dedo acusador para aullar: “¡Esta no es una república bananera…!”

 

El té de Zenab – un momento de mi viaje a Sudán en 2010

El té de Zenab – un momento de mi viaje a Sudán en 2010

          Parece una escena de hace tres mil años: unos pescadores reman por el Nilo a bordo de una barca de madera, preparados para arrojar sus cestas de paja y pescar la comida del día. Esa es la escena que se ve en la foto que elegí junto con mi esposa Ifigenia para encabezar este blog.

            La saqué en las afueras de Jartúm, la capital de Sudán – hoy Sudán del Norte – a   mediados de 2010, y marca casi exactamente el lugar en que los dos Nilos, el azul y el blanco, se juntan para formar el gran río creador de civilizaciones, que fluye hacia el norte, cruza Egipto y muere ‘deltamente’ en el Mediterráneo.

  Viajé a Sudán invitado por mi querido amigo, ex alumno y dueño de un diario valiente y brillante que lucha cada día contra la censura y la falta de medios en el corazón de África. Mi amigo se llama Awad Mohamed Awad-Youssif. Su diario, Al Jareeda, que quiere decir ‘El Periódico’ en árabe.

 Aprovecho la apertura de mi blog para compartir con ustedes un pedacito de la crónica que escribí al volver de ese viaje que me cambió la mirada.

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            “¿Qué estás escribiendo?, ¿de qué es tu columna de mañana?”, le pregunto a Amal Habani, una mujer de mirada vivaz que no para de mover la cabeza debajo de su pañuelo colorido que se tornasola con el sol de la mañana.

Me dice que el gobierno municipal ha emprendido una campaña contra las señoras que venden té y café en las esquinas. Es un paisaje típico de Jartum: sentadas sobre taburetes de madera, de plástico o sobre ladrillos, estas vendedoras de la calle despliegan sobre una mesita inestable vasos, cucharas y frascos con especies, y en una hornalla calientan las infusiones. A su alrededor se sientan los paseantes, que combaten el calor del mediodía con estas bebidas calientes. “Tienen familia, son el sostén de sus hijos, que gracias a ellas pueden estudiar”, me dice Amal.

            Acto seguido me lleva a la ventana. Al abrirla, entra un vaho seco y caliente, como si hubiéramos dirigido a nuestra cara un secador de pelo. Cinco pisos más abajo, entre los árboles y frente a la calle de tierra con bolsas plásticas esparcidas por doquier se sienta contra una pared de ladrillos una de estas señoras.

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Al mediodía, mientras la plana mayor de Al Jareeda come una ensalada de tomates, pepinos, queso, yogurt y unas guindillas picantísimas agarrando porciones con la mano en trozos de pan desde una ensaladera de plástico, la responsable de investigación del diario se me acerca con una pregunta.

La chica apenas sabe unas palabras en inglés, así que viene con un compañero, que nos traducirá. Ambos visten ropas tradicionales sudanesas, ella un manto colorido que le cubre de la cabeza a los pies, él con una jilaba color crema de los hombros hasta los tobillos y un gorro cilíndrico en la cabeza.

Quiere saber cómo hacer periodismo de investigación en un país como Sudán. Pero antes tiene una explicación que darme: en su país hay tres temas prohibidos: el sexo, la religión y el gobierno.

La luz diáfana de la tarde y el calor de las calles de tierra entran a raudales por la ventana del quinto piso de un edificio céntrico que en España se consideraría a medio construir. Me tomo unos segundos para pensar la respuesta. ¿Qué le puedo decir?

Reporteros sin Fronteras coloca a Sudán en el puesto 148 entre los 175 países que evalúa en su índice de libertad de prensa, y el fiscal del tribunal penal internacional de La Haya ha pedido el procesamiento del presidente Omar Hasan al-Bashir por crímenes contra la humanidad, por las matanzas en Darfur.

Sin embargo, pude ver que al menos en la redacción de Al Jareeda, hay jóvenes periodistas que no tienen la cabeza anestesiada por la autocensura. Saben cuáles son los límites externos, y procuran poco a poco y con cuidado, empujarlos un poco y ganarse la atención de un público ávido de novedades, de información confiable y de sensatez.

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            Al día siguiente, apenas llego a la redacción, Amal me anuncia que tiene una invitación para mí. Me lleva a tomar té con la señora de la esquina.

            La señora se llama Zenab y viene de Darfur. A su alrededor se sientan tres hombres negros, del sur de Sudán. Dos visten chándal y zapatillas deportivas, pero uno lleva traje oscuro y zapatos negros. Se dirige a mí en inglés. Se llama Dafallah (me lo deletrea), y se queja de la discriminación, de que los del sur no consiguen trabajo en el norte. En 100 días habrá un referéndum en el sur, y el más grande país de África corre el riesgo de desmembrarse.

En Jartum todo el mundo habla del referéndum de enero y del peligro de una nueva guerra civil, que ya se cobró dos millones y medio de vidas en los últimos tres lustros. Dafallah quiere la unidad y la paz, me dice, pero se siente excluido en la capital. Está desempleado, y pasa sus días sorbiendo té en el puesto callejero de la señora Zenab.

            Le pregunto a Zenab, con Amal de traductora, sobre los ingredientes que se esparcen en su mesita de fórmica emplazada sobre un mantel de paja que cubre una caja de plástico que se alza a su vez sobre cuatro pilas de ladrillos. Me los va pasando, para que los pueda oler: las especies para el té incluyen el naná (unas hojas verdes), el kerkedé (unas flores rojas) y la girfa (endulzante, como azúcar moreno).

            Zenab llegó de Darfur hace 20 años. Tiene cuatro hijos, el mayor de doce. Vino escapando de la guerra y la miseria y apenas puede sobrevivir en Jartum con su comercio móvil de té, relata sin drama, sin quejarse. Pero la policía la hostiga. La semana pasada le quitaron todo: los taburetes, la tetera y la cafetera, las especies…

            “Creen que estas señoras están relacionadas con los movimientos armados en Darfur”, me explica Amal.

            “Si no puedo hacer esto, ¿de qué vivo?”, gesticula Zenab que les pregunta a los policías municipales. “¿De qué van a comer y vestirse mis hijos? Se volverán mendigos en la calle…” Los tres hombres del sur la escuchan en silencio.

            Degusto mi té con naná y azúcar moreno. Fuerte, aromático, delicioso. Es cierto que para combatir el calor, nada mejor que beber caliente. Por un momento, el aire parece más fresco, mientras la infusión milenaria baja por la garganta y pone el calor circundante en perspectiva.

Biblioteca soñada de periodismo narrativo: La literatura está en la mirada

La legendaria revista de libros, ensayos y pensamiento progresista El Ciervo tiene una sección llamada Biblioteca soñada. La idea es presentar una lista de libros existentes o inexistentes que conformarían una sección de la biblioteca borgeana, a la vez profunda y juguetona.

A mí me encargaron hablar de periodismo narrativo, y yo intenté defender el género en las líneas que siguen, y presentar una serie de libros (todos reales, créanme), algunos recientes y otros antiguos, que muestren la riqueza, utilidad y variedad de temas y estilos de esta especialidad y esta cofradía. Salió en junio de este año, y al planear mi blog Periodista narrativo, se me ocurrió empezar con este ciervo saltarín.

Espero que lo disfruten, y que se sorprendan con algunos de los ejemplos.

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Acabo de leer un libro espantosamente luminoso: Ciudad del crimen, de Charles Bowden, un relato poético-periodístico sobre la violencia en Ciudad Juárez. Uno de sus personajes es la inolvidable Miss Sinaloa, una aspirante a reina de belleza secuestrada y violada durante días por ocho policías, que sobrevive en la frontera entre la locura y la rabia en una tristísima residencia psiquiátrica. En el delirio de Miss Sinaloa, pasado por el tamiz de la sensibilidad alucinada de Bowden – un Bukowski del periodismo – se entiende mejor el drama de frontera que en miles de noticias que enumeran los muertos y citan la palabrería hueca de dirigentes políticos, jueces y expertos mediáticos. Quiero decir: se entiende algo.

También en las crónicas de Anna Politkovskaia se entiende el drama de Chechenia. También en las historias de Amira Haas nos sumergimos en lo que significa vivir en Palestina. Yo, al menos, entiendo, siento, pienso más y mejor cuando me cuentan que cuando me explican.

Por eso persigo y leo con desesperación a los periodistas narrativos de hoy, herederos de la novela realista francesa y los desbordes del Nuevo Periodismo norteamericano: porque juntan historias de aliento trágico, escenas cómicas, y agudos análisis para ayudarme a unir los puntos. Ya saben: como en esos cuadernos donde los niños tienen que unir puntos desperdigados trazando líneas, y de pronto aparece la cara del payaso, la casita o el perro saltarín.

En 1971 Tom Wolfe denunció que los periodistas habían perdido la capacidad para hacernos entender el presente, porque nos presentaban datos sueltos, sin unir los puntos ni dotar la información de vida, de aliento, de humanidad, mientras que los novelistas habían renunciado por completo a explicarnos la realidad. La respuesta de Wolfe era el Nuevo Periodismo: ver, escuchar, oler, tocar el mundo con las armas exacerbadas del mejor periodista de investigación, y escribir la historia y su significado con la sensibilidad de un poeta y la capacidad analítica de un científico social.

El mundo es hoy mucho más complejo que en 1971, y parece que tanto los periodistas como los literatos han continuado deslizándose por la misma pendiente.

¿Por dónde empezar? Para mí, las primeras tres tareas son recuperar el legado de los grandes periodistas narrativos del pasado; traer a nuestra cultura y nuestro idioma lo que se hace en tierras lejanas; y doblar las campanas por las buenas crónicas periodístico-literarias que se están haciendo ahora mismo.

El camino de Buenos Aires – Albert Londres

            El padre del reportage francés creó a principios del siglo XX una serie de relatos de viaje, tan personales como inclasificables. En Terror en los Balcanes se adelantó a la comprensión del terrorismo religioso-nacionalista moderno; en Tierra de ébano denunció como un Joseph Conrad de la no ficción los males del racismo y la esclavitud, y en Dante no vio nada viajó a los presidios militares de ultramar para pintar con escalofriante minuciosidad un panorama, bueno, dantesco. Murió en extrañas circunstancias, en 1932, mientras investigaba una red mafiosa en China, pero dejó una obra insustituible, que incluye El camino de Buenos Aires, el relato desgarrado de las jóvenes francesas que vendían su cuerpo en la entonces fértil capital del Plata.

Fuerte es el silencio – Elena Poniatowska

Una serie de relatos donde se extrema la prosa poética sin dejar de ser narrativa de no ficción. Brillan los retratos de niños de la calle en Ciudad de México y la historia de cómo un grupo de familias sin techo toman un descampado y arman su barrio, organizándose entre ellos con una mezcla de sentido de justicia y afán de orden. Presenta la construcción de un barrio como una épica de la pobreza en nuestro tiempo. Desde que ganara el Premio Alfaguara con La piel del cielo en 2001, la Poniatowska novelista es bien conocida en España. Pero su impresionante obra periodística, como este gran libro o La noche de Tlatelolco, sobre la matanza de estudiantes en el DF en 1968, no se han publicado aún en España.

El regreso de Eva Perón y otras crónicasV. S. Naipaul

El Nobel más viajero peregrinó a principios de los setenta a tres puntos calientes del mapa: la Argentina del sorprendente regreso de Perón, su desastroso gobierno y el principio de la sangrienta dictadura militar; la Zimbabwe del principio de la era Mobutu; y su nativa Trinidad, donde imperaba una variante tropical del Black Power que en esos momentos sacudía Estados Unidos. Su ‘nuevo periodismo’ se basa poco en las invenciones de Tom Wolfe y compañía y mucho en la invención personal de un modelo afincado en la tradición británica del viajero ilustrado que describe, analiza, entrevista y comparte con el lector su asombro y su crecimiento. No es una cruza de reportaje con novela, sino de reportaje con ensayo. En el mundo anglosajón creó escuela. En el nuestro es un clásico que merece revistarse.

Hiroshima John Hersey

Apareció primero como un número completo de la revista New Yorker en 1946. En 1968 Hersey agregó un capítulo final. Este libro cambió la visión del mundo de los norteamericanos que se aventuraron a leerlo, y muestra que el enemigo es uno mismo, si nos tomamos el trabajo e iniciamos la aventura de conocerlo. Seis personajes inolvidables de la tradicional y cosmopolita Hiroshima cuentan a Hersey minuto a minuto su vida en las horas anteriores y posteriores al estallido de la bomba que cambió la historia del mundo. Hersey, hijo de misioneros protestantes, detalla con rigor y genuino talento literario la vida, los sueños y los temores de estos japoneses. Con el correr de las páginas, cada uno va adquiriendo un espesor, una especificidad inolvidable. El autor no analiza, no comenta, no moraliza. Dos décadas más tarde, vuelve a encontrarse con los seis y muestra con contenida emoción en qué formas muy distintas la bomba cambió y guió la vida de cada uno. Una parábola perfecta.

En Patagonia – Bruce Chatwin

El libro de viajes por excelencia. Chatwin, modelo de viajero del siglo XX, emprende cada viaje como un descubrimiento interior a la vez que un perderse adrede en los confines del mundo. La Patagonia que descubre es la tierra de hombres rudos y enloquecidos de silencio, paisajes abismales y leyendas terribles. Sigue la pista del viaje final de Butch Cassidy, desentraña los descubrimientos de huesos de dinosaurios, rescata la leyenda de los gigantes indígenas, busca vestigios de la historia del delirante Rey de la Araucania, y en cada viaje descubre algo sobre el Viaje, la Búsqueda, el Exilio. El exquisito viajero australiano, muerto muy joven por el Sida, es también autor del hermoso recorrido por su país Los trazos de la canción, y de la colección de relatos de viaje ¿Qué hago yo aquí?

Coyotes Ted Conover

Ted Conover es el Gunter Wallraff norteamericano. Sólo que en un país donde cada uno se inventa quien quiere ser, con tal que sea blanco y varón, a Conover no le hace falta disfrazarse, pintarse el pelo ni aprender un acento extraño para vivir aventuras que cualquiera puede vivir. Cualquiera, claro, con tal que sea audaz hasta la locura y tenga una capacidad de observación aguileña. Conover vivió un año saltando de tren en tren con los vagabundos (Rolling nowhere); estudió para guardiacárceles y pasó después varios meses trabajando con presos de alta seguridad en Sing-Sing (Novato); buscó las raíces del SIDA por los caminos polvorientos de África (The Routes of Man); y cruzó la frontera de ilegal con un grupo de mexicanos simpáticos y desesperados. De este último periplo sale un libro estremecedor, un viaje al corazón del ‘otro’. En el proceso, se estudia a sí mismo en el papel del rico, inteligente y triunfador por el solo hecho de ser gringo y blanco y rubio y alto y haberse educado en una universidad para triunfadores. Entendiéndose a sí mismo entiende a los ‘espaldas mojadas’ y a los coyotes, a los blancos como él que los emplean en la frontera y a los mexicanos que los esperan en sus pueblos polvorientos. De paso, nos pinta un retrato inolvidable del mundo de la frontera.

País de plomo – Juanita León

Juanita León, por muchos años periodista de la revista Semana de Bogotá, es una de las más creativas y valientes reporteras de Latinoamérica. País de plomo, publicado hace una década en Colombia, es un fresco amplio, escrito con cuidado por los detalles, mirada histórica y sociológica de los fenómenos que causan y son provocados por la violencia y el narcotráfico en su país. Es una serie de crónicas de viajes, investigaciones y personajes relacionados con el pasado y presente violentos de un país vibrante y rico, con una población sometida a diferencias sociales sangrantes y una mafia poderosa que se mueve alrededor del mercado de la droga. No juzga pero se juega: Juanita León no deja que sus personajes escapen a sus preguntas, ni que sus lectores cierren los ojos a la realidad violenta que nos circunda. Un libro importante, actual y que da mucho que pensar.