Catorce horas de Wagner en tres días – ¡y quiero más!

Esta semana vinieron a Barcelona la orquesta, el coro y un impresionante grupo de solistas del Festival de Bayreuth, que se dedica cada verano a tocar exclusivamente las 10 obras de madurez de Richard Wagner.

Me instalé en la platea del Liceu y me atacó durante 14 horas (divididas en tres días, eso sí) la embriagadora música de El holandés errante, Lohengrin y Tristán e Isolda.

Elegí la palabra ‘embriagadora’ a propósito: para unos es algo bueno, una adicción gozosa; para otros es nociva e insufrible. Para mí, Wagner es una placer culposo. 

Bayreuth es el primer festival de música que haya existido: el mismo Wagner lo fundó en 1876, cuando todavía no se habían inventado los festivales de verano y no existían ni el jazz, ni el rock ni el blues. Wagner inventó la música como pasión.

Desde entonces, el culto wagneriano se extendió por Europa, América y Asia (hay fieles de estricta observancia en Japón y un culto considerable en Buenos Aires). Pero en Barcelona prendió como hierba seca. En su armonía compleja, sus melodías interminables y en el culto a un pasado medieval glorioso, la burguesía catalana ilustrada del cambio de siglo vio reflejados su auto-imagen y sus anhelos como nación.

Mientras tanto, Bayreuth creció como templo musical: la orquesta y el coro, que son como una selección de los mejores instrumentistas y cantantes de tradición wagneriana, reunían año a año a fieles de lo que fue instalándose como religión, gobernada por la extrañísima familia de Wagner.

Sí, Wagner era un enfebrecido nacionalista alemán, creyente en el poder aplastante de los fuertes, en la fidelidad como valor supremo de la mujer (solo de la mujer) y un antisemita furibundo. Pero en su época esas eran ideas.

En los años treinta, muchos después de su muerte, la familia abrazó una ideología y un líder que llevaron esas ideas a cotas delirantes. La nuera del compositor se hizo amiga íntima y defensora a ultranza de Adolf Hitler, y Bayreuth se convirtió en el templo del nazismo.

Después de la guerra el teatro volvió a abrir, pero muchos miraban ese culto y a esa gente con sospecha. Fue entonces cuando el Liceu de Barcelona le abrió las puertas: en 1955 la orquesta, el coro y los solistas de Bayreuth salieron por primera vez de la Verde Colina de su templo en Baviera, y se instalaron por unos días en la ciudad condal. Fue una apoteosis.

Bayreuth sobrevivió, y desde hace cuatro años está dirigido por las bisnietas del compositor, que no vivieron el nazismo. El año pasado fui a Bayreuth para hacer un reportaje para el Magazine de La Vanguardia. Me sorprendió el hecho de que después de décadas en que los dos nietos de Wagner trataron de ocultar su pasado oscuro, ahora las bisnietas se hayan lanzado a confrontarlo: con puestas en escena rompedoras, que cuestionan la lectura de las óperas como glorificación de lo ‘alemán’ y de la pureza de la raza, invitando a una orquesta israelí por primera vez, y este año, despidiendo fulminantemente a un cantante que se había tatuado una esvástica en su juventud.

¿Es suficiente? Es más de lo que se había hecho en medio siglo.

Esta semana volvió a Barcelona el formidable conjunto musical que toca y canta el mejor Wagner posible.

Las óperas se dieron en versión de concierto, por lo que no había terreno para la relectura de las puestas en escena: los cantantes, en traje de gala, actuaban con el gesto y con pequeños movimientos sobre el escenario. Y con la voz desnuda.

No había decorados, ni vestuario, ni movimiento escénico. Era como teatro leído. En esas condiciones, el texto anticuado, machista y nacionalista de Wagner, que aparecía traducido en los sobretítulos, llegaba sin paliativos.

¡Pero la música brillaba con un esplendor glorioso!

Este jueves, Tristán empezó a las 7 de la tarde, y era pasada la medianoche y casi nadie se quería ir. Todas las funciones terminaron con la platea de pie, aplaudiendo a rabiar.

Me impresionó mucho el joven Samuel Youn como el Holandés. Fue quien reemplazó con muy poco tiempo de aviso al cantante de la esvástica.

Me emocionó la voz clarísima, purísima de Klaus Florian Vogt como Lohengrin.

Y la potencia sobrehumana de Irene Theorin como Isolda.

Pero la maravilla fueron la orquesta y el coro, dirigidos por Sebastian Weigle en las primeras dos óperas y por Peter Schneider la tercera. Por su sonido preciso y envolvente, yo cerraba los ojos e imaginaba noches estrelladas, cisnes voladores, castillos brumosos y un aterrador buque fantasma. Se abrían mundos mágicos en cada página de la partitura.

No quiero amar a Wagner, siento que no debo. Cuando se prenden las luces, tengo la impresión de que a mi alrededor algunos de los wagnerianos de pro que aplauden a rabiar lo hacen por ideas o sentimientos que aborrezco.

¿Pero qué le voy a hacer? Su música me envolvió otra vez, estoy intoxicado.

Wagner era un tipo aborrecible y en su nombre se cometieron atrocidades, pero su música vivirá para siempre.

Y en ese trayecto hacia el infinito, esta semana pasó por una Barcelona hundida en la crisis y el desconcierto el soplo de su arte. Un arte atroz y sublime.

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