El arte de que te rompan la nariz

En estas fiestas quería rescatar al maestro de los excesos, el Gran Gonzo Hunter S. Thompson. Parece que su prosa fluye como el chorro descuidado de un adicto con mono, pero todo está cuidado hasta el detalle, y en sus libros se cuelan citas clásicas para quienes saben encontrarlas. Publiqué estas líneas el año pasado en el diario Perfil de Argentina, en la época en que mi amigo Maxi Tomás lo enriquecía con un excelente suplemento cultural.

Una mañana de finales de 1965 el editor del primer libro de Hunter Thompson lo llamó para decirle que todo estaba listo. Todo estaba a punto para publicar la obra que lo lanzaría a la fama y crearía el periodismo gonzo, de inmersión a fondo en mundos de drogas, sexo y violencia para contarlo con la prosa alucinada de un poeta y los datos precisos de un periodista de sí mismo. El libro se llamaría Los ángeles del infierno, una extraña y terrible saga.

Era un perfil a la vez cercano y crítico de la banda de moteros que para la derecha era el símbolo de lo anti-norteamericano y para la izquierda, ejemplo de rebeldía juvenil. Thompson se pasó un año bebiendo cientos de litros de cerveza con la banda, se compró una moto para seguirlos y descubrió que no eran rebeldes con causa sino enamorados de la velocidad, de la libertad para hacer el gamberro, del machismo y de la violencia. El idilio con la izquierda se rompió un año después, cuando irrumpieron en una marcha contra la guerra de Vietnam y molieron a palos a los manifestantes.

El texto de Thompson se un alucinante viaje al corazón de un grupo profundamente norteamericano. Para el autor, eran los auténticos herederos de la tradición de los cowboys, los aventureros del Oeste. Bebían hasta caer desmayados y pegaban y violaban a las mujeres. Seguramente como los verdaderos cowboys. Los diálogos del libro son precisos, punzantes y reveladores. Nadie da discursos. Hablan como habla la gente, sobre todo la gente borracha y drogada. Y las descripciones son específicas, poéticas, pegadas a lo que ve y oye y al mismo tiempo, llenas de citas literarias y religiosas. 

Pero al libro le faltaba algo: le faltaba la foto para la portada. Así que seis meses después de las jornadas infernales, meses después del último contacto con ellos, Thompson se volvió a echar a la carretera para sacarles fotos. Y todo salió mal. O muy bien, según cómo se lo vea.

Esto lo cuenta Marc Weingarten, quien escribió la biografía conjunta de esta pandilla de soberbios inadaptados que formó lo que el más soberbio de ellos, Tom Wolfe, llamó Nuevo Periodismo.

En el libro de Weingarten, The Gang  That Coudn’t Write Straight (La banda que no podía escribir recto) salen Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Truman Capote, Gay Talese y el más loco de la banda, el joven Thompson.

La cosa es que Hunter tomó su cámara de fotos y volvió a la carretera con sus Ángeles del infierno. En el lago donde acampaban y se bañaban con sus jeans mugrientos – nunca se sacaban la ropa de andar en moto para bañarse – Thompson les tomó decenas de fotos. Pero se armó una bronca. Uno de los Ángeles empezó a golpear a su novia. Thompson la defendió, y pronto se vio rodeado por los personajes de su libro. Su editor dijo después que de toda su investigación, él debía haber previsto lo que iba a pasar. Lo molieron a golpes. Le rompieron la nariz.

Con la nariz sangrando logró subirse a su coche y condujo hasta el pueblo más cercano. Ahí se encontró con una pandilla local de para-policías dispuestos a darle una lección al primer Ángel del Infierno que se apareciese. Estaban podridos de las visitas de la banda de indeseables. Condujo un par de horas más y se encontró con la sala de emergencias del hospital llena de miembros de los Gypsy Jokers, una banda rival a la que los Hell’s Angels acababan de dar un paliza. Hunter Thompson terminó de arreglarse la nariz él solo, con la ayuda del espejo retrovisor de su coche.

Jim Silberman, su editor en Random House, lo tenía claro: tu método de investigación, le dijo, consiste en atarte a la vía del tren cuando sabes que viene el expreso, y quedarte a ver qué pasa. Lo que estás buscando no es la foto, sino una escena fuerte para el final del libro. Querías que te partieran la cara.

Nadie había hecho ese tipo de periodismo antes. O si lo hicieron, no lo llamaron periodismo. Ahora, 40 años después del nacimiento del Nuevo periodismo, estoy convencido de que si seguimos leyendo sus textos luminosos como Hells Angels y aplicando sus métodos es fundamentalmente por el enorme talento, la mirada única para mirar y entender su tiempo de cambios y la voz que cada uno creó para sí mismo: una voz literaria, tan reconocible como sorprendente, para los hechos periodísticos.  

¿Y de dónde venía este genio? Thompson había nacido en Kentucky, en el corazón rural del Sur. Muy joven demostró su capacidad para ser echado a patadas de escuelas, empleos y asociaciones. Lo echaron de la revista de su colegio, lo echaron del liceo militar, donde recaló para escapar de casa, lo echaron de la revista Time y del diario Middletown Daily Record. Se marchó a trabajar a Puerto Rico, al diario El Sportivo, y de ahí no lo echaron porque el diario cerró antes de que pudiera protagonizar alguno de sus habituales escándalos.  

Mientras tanto, había escrito dos novelas, se había casado, había intimado con los popes de la generación Beat y estaba listo para dar el salto: cuando el director de la revista de izquierda The Nation le propuso hacer un artículo sobre los Ángeles del Infierno, saltó sobre la moto y los siguió de la forma intensa, personal, a fondo, que creía que correspondía a la tarea que tenía entre manos. Fue muchos años después, cuando Jan Wenner, el mítico fundador de Rolling Stone, le propuso que viajara a Las Vegas para cubrir una delirante carrera con un abogado mexicano, que Thompson se lanzó deliberadamente a presentar su método como algo nuevo, llamado Gonzo.

De ese viaje salió Miedo y asco en Las Vegas, y la consagración definitiva en 1972. A partir de entonces, casi todas sus grandes crónicas salieron en la revista de rock. De hecho, Thompson fue el mejor y el más entusiasta de los que vieron que Rolling Stone no debía ser una revista sobre rock, sino de y para la generación del rock sobre todo lo que estaba cambiando en el país y el mundo, de Vietnam al secuestro de la democracia por las grandes corporaciones, y de las nuevas normas sexuales en la pareja a las revueltas en el Tercer Mundo. Para la revista Thompson cubrió las elecciones de 1972 y 1976, y siguió escribiendo sobre política hasta la época de su odiado George W. Bush. Siempre con miedo y con asco.  

Se suicidó en 2005, de un escopetazo. Sus amigos dijeron que estaba sufriendo mucho, tanto física como espiritualmente. Y no quería dar lástima. Con su absoluta falta de sentimentalismo, dejó escrito en un papel lo más parecido a una nota de despedida, jugando con la pasión por el fútbol americano, que nunca dejó de apasionarlo. “Football sesason is over. Se acabó la temporada, chicos.

Y todo había empezado en esa aventura de los moteros impresentables, y el día en que Hunter Thompson descubrió que la única forma en que podía hacer su periodismo sin concesiones era lograr que le rompieran la nariz, y vivir para contarlo. Todavía lo veneramos.

Siguen viniendo y pasando periodistas de lo obvio, que son como el pregonero que lee el bando del preboste en la plaza. Al leer su cháchara, no puedo dejar de escuchar un lejano rumor de flauta. Es Hunter Thompson, el Flautista de Hamelín del periodismo narrativo, que toca su feroz cacofonía destemplada y lo seguimos hasta tirarnos por el precipicio.

Anna Politkovskaya: Tolstoi en Chechenia

Aprovecho la salida de mi libro Periodismo narrativo en Publicaciones de la UB para compartir una versión resumida del epílogo, dedicado a la gran cronista rusa Anna Politkovskaya, asesinada hace seis años. Lo llevé a las presentaciones en Barcelona y Madrid, pero como siempre pasa, improvisé, hablé sin papeles, contesté preguntas y no leí este texto. Pero quería que se recordara a esta maravillosa colega.

Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados. Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado.

Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn.  Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada. “Mejor sería que no fueran”, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica.

En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa que trataba de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte.

Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar. Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin. Pasado el momento de dramatismo, la conferencia de Bonn siguió por los cauces habituales. Pero yo no me podía sacar de la cabeza la participación destemplada, fuera de tono, de la reportera rusa cuyo nombre, en los documentos de la conferencia, no me decía nada.

Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia y Terror en Chechenia, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco.

Anna Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. Allí convivió con los perseguidos y se ganó la confianza de todo tipo de chechenos, desde los que participan en las guerrillas o las apoyan hasta los que quieren parar la guerra o se limitan a sufrirla con infinita resignación.

También se adentró en los batallones rusos, resaltando los casos aislados y emocionantes de decencia y valentía en algunos soldados y oficiales, intentando entender el por qué y el cómo de la represión brutal e inhumana que transforma a la mayoría de estos militares en animales.

A diferencia de muchos libros de denuncia, contados en el lenguaje del informe policial, acumulando datos sin arte ni concierto, sus libros van mucho más allá del memorial de agravios: son novelas contadas en un estilo que debe más a las novelas de Tolstoi y Dostoievsky que al periodismo de investigación de nuestro tiempo.

En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Anna Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción inteligente, una historia bien contada. Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana, de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten en el lugar más espantoso del mundo.

En Terror en Chechenia, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.

Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio – casi el único por atrocidades en Chechenia – y la defensa del coronel y los medios afines al gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo.

Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian.

Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable.

La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Anna Politkovskaya en el portal de su edificio.

Pasaron seis años. En la farsa de juicio no se dio con los culpables. Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano, casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza.

Anna Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final.

¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y golpear.

Es tiempo de periodismo activo

En tiempos de crisis, lanzamos una nueva colección de libros.

El 10 de diciembre de 2012 presentamos en Barcelona la colección Periodismo Activo, de Publicacions de la Universidad de Barcelona. Dos días más tarde lo presentamos en Madrid. Salieron sus dos primeras obras: mi Periodismo narrativo y Ética del periodismo, del catedrático de ética y decano de Filosofía de la UB Norbert Bilbeny.

En Barcelona nos presentó la periodista y escritora Margarita Rivière; en Madrid, el director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Ambos me enriquecieron con sus comentarios y me ayudaron a ver mi propio libro de otra manera.   

Quiero compartir aquí unas palabras que preparé para la presentación en la librería La Central del Raval, en Barcelona, donde vinieron más de 50 amigos, colegas, alumnos y ex alumnos. Por supuesto, no lo leí sino que improvisé a partir de estas ideas.

¿Por qué Periodismo activo?

Es asombroso y valiente que una universidad pública apueste por una nueva colección de libros de periodismo en medio de unos recortes brutales al presupuesto social, cultural, y en especial al destinado a las universidades, que supuestamente deben ayudar a sacarnos de esta crisis con su producción de conocimiento, pensamiento crítico y ciudadanos formados e informados.

En este proyecto tuvieron mucho que ver el vicerrector Pere Quetglas, la directora de Publicaciones y Ediciones de la UB, Meritxell Anton y sus predecesores, Joan Duran y Jordi Raventós. Y también un equipo editorial con gente tan valiosa como la editora Alicia Ferrer y la encargada de prensa y mercadeo Cruz Artidiello; y en el caso de estos dos libros, el lujo de contar con grandes periodistas para las fotos de las portadas: Leo Faccio y Gianluca Battista.

En los años de creaciones y cambios, casi todos propuestas de Meritxell, le dimos vueltas al nombre de la colección. Una de las propuestas era Periodismo Actual.

Pero no queríamos que se hablara solo del periodismo de hoy. Queríamos traer también del pasado buenos ejemplos de una tradición que en nuestro oficio muchas veces se pierde en el olvido. También es esa una de las funciones de la universidad: recuperar el pasado, mantener viva la llama de las luchas que se dieron por la libertad de prensa, de opinión, por el derecho a ser informados. Y queríamos adelantarnos al futuro, soñar y advertir.

Nos quedamos con Periodismo Activo, que pone en primer lugar una palabra más necesaria que nunca.

No es tiempo de periodismo pasivo. No es tiempo de cubrir pasivamente actos, anuncios, ruedas de prensa sin preguntas, informes y decisiones del poder.

Es interesante la polisemia de esta palabra, cubrir. Empezamos pensando que nuestra tarea es cubrir lo que hacen otros al trasladar al público lo que dicen, lo que dicen que hacen, y terminamos cubriendo sus desaguisados, sus crímenes y sus errores.

Hace pocos días el presidente de gobierno, Mariano Rajoy, dijo que hace lo que hace porque se lo impone la realidad.

Es tiempo de descubrir la falacia de esta aseveración. Descubrir la realidad de las causas y los efectos de las medidas económicas que se están tomando ahora. Es tiempo de un periodismo activo.

El pensamiento activo no saca de la aparente contradicción que muchos plantean ahora entre el pensamiento positivo y el negativo.

¿Ver lo que está bien o ver lo que está mal? Ninguno de los dos como actitud de entrada. Ver activamente, mirar con detenimiento lo que pasa. Entenderlo y después explicarlo.

Los dos libros con los que lanzamos la colección tienen que ver con dos aspectos que para mí son indisolubles de este mirar activamente y ayudar a mirar y entender, una de las bases que hacen al periodismo serio un pilar necesario de la democracia: la ética y la calidad de la investigación y la escritura, unidos, como decía García Márquez, como el zumbido al moscardón.

El periodismo activo, en definitiva, no se limita a contar qué pasó ayer o hace cinco minutos. Trata de desentrañar qué nos está pasando. ¿No es esa la función más importante del periodismo de hoy?

¿Cómo me voy a informar dentro de 10 años?

El Ciervo es un milagro: la revista cultural más antigua, más independiente de intereses creados y modas, lleva 60 años reflexionando y ayudándonos a reflexionar sobre lo que importa, lo de perdura. En su número de diciembre, el joven y cultísimo jefe de redacción, Alexis Rodríguez-Rata, pidió a ocho escritores y periodistas que imagináramos cómo nos informaremos en 2022. A veces la premura y el espacio breve nos obliga a pensar en lo esencial. Esta es mi respuesta:

¿Cómo se informan hoy los jóvenes? Los diarios, la tele y la radio ya son marginales: todo viene por la pantalla de la laptop o notebook y por la pantallita de los móviles y los iPod y los iPad. No soy experto ni especialmente afecto a las nuevas tecnologías, pero como cualquier periodista de hoy, sé que los medios tradicionales tienen los días contados y que en 10 años todos nos informaremos de forma digital. El único límite a la pequeñez de los dispositivos es lo incómodo que resulta leer en pantallas demasiado pequeñas. Si no, todo se podrá ver en un reloj de pulsera, como ya hacía premonitoriamente James Bond en los años setenta.

Pero para mí lo más importante no es el cómo, sino el qué. Antes había que esperar a pie de quiosco o a que se prendiera el viejo aparato de tele para ver qué nos ponían. Estábamos a merced del criterio de quienes controlaban el acceso de la información. ‘Gatekeepers’, guardianes de la puerta. En los ochenta, Noam Chomsky los denunció como censores: lo ‘noticioso’ era lo que les convenía a ellos que supiéramos. Sí, podíamos suscribirnos a pequeñas revistas, ir a la biblioteca, ajustar la antena para escuchar radios internacionales. Pero la oferta era limitada, y por eso se formaban cofradías de información secreta, que compartían lo prohibido o aquello que los medios al uso no querían difundir.

Ahora casi todo está ahí, afuera. La red es un inmenso depósito, y por Facebook y Twitter nos llegan más links por minuto de nuestros amigos, contactos y gente a quienes seguimos de lo que podemos llegar a leer o ver. Pero los mismos poderes políticos y sobre todo económicos que antes decidían que algo fuera de difícil acceso, hoy dirigen nuestra mirada a lo que ellos quieren: si hablamos con nuestros amigos de Moscú, nos llega la publicidad de vuelos a Rusia; si compramos comida, nos ofrecen vinos para acompañar; si averiguamos por una casa de campo, nos inundan de publicidad de turismo rural. Lo hacen los publicistas, y lo hacen cada vez más las usinas de propaganda política. ¿En tu familia hay votantes de tal partido? Ahora van a por ti. Vigilan nuestros hábitos de consumo y nos atosigan de mensajes.

Por otro lado, las recomendaciones de nuestros amigos y falsos amigos corporativos, que nos espolean desde las redes sociales, nos van achicando la posibilidad de sorprendernos con cosas nuevas, con lecturas y películas y con ideas distintas a las que estamos acostumbrados a escuchar. El lema es “si te gustó aquello, te gustará también esto”. Y así nos vamos arropando en nuestros viejos gustos. Nos bombardean con mensajes y productos nuevos, pero son copias de lo que ya probamos y compramos antes.

¿Recuerdan cuando íbamos a la librería, recorríamos los estantes y nos dejábamos sorprender por un autor que ni sabíamos que existía? Era la época de charlas con gente inesperada que nos desafiaba con ideas muy distintas a las nuestras. En 10 años ya casi no saldremos a buscar noticias y mensajes nuevos: vendrán a por nosotros. Es un camino imparable. Y el desafío ya no será tanto buscar en el desierto, sino sacudirnos la maraña de lo muchísimo que nos quieren vender a todas horas para poder sorprendernos con algo que nos cambie, que nos abra la cabeza.