Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

Exterminad a todos los salvajes, tremendo libro del desmesurado reportero sueco Sven Lindqvist, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios:

“Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

1. No hubo excesos: el exterminio era el plan

Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

2. Historia de los ‘daños colaterales’

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura deeste segundo libroes de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia.

Bibliografía en castellano

Sven Lindqvist: Historia de los bombardeos (Turner, 2002)

Sven Lindqvist: Exterminad a todos los salvajes (Turner, 2004)

 

Canciones grandes para chicos: homenaje a María Elena Walsh

Pasan las generaciones, cambian las modas y se revoluciona la tecnología, pero la mayoría de las canciones ‘para niños’ siguen siendo las mismas cursilerías llenas de almíbar, moralejas y condescendencia.

Más que la moralina y lo rancio de los mensajes de las canciones, lo que más me molesta es lo previsible de los argumentos y las rimas. Las gallinas se las pasan poniendo huevos, los zorros robándolos y los pavos reales luciendo sus plumas. Las niñas sueñan con casarse, los niños con hacerse ricos y todos terminan bailando rondas mareantes.

Pero hubo un momento mágico en que una creadora genial demostró que otra canción infantil era posible. En la década de 1960 en Argentina y su zona de influencia cultural una joven poetisa descendiente de irlandeses, María Elena Walsh, se apiadó de los chicos – ella nos llamaba, con cariño e ironía, ‘cebollitas’ – y se puso a componer canciones que empezaron a tratarnos como personas maduras pero chiquitas, inteligentes, capaces de entender y apreciar ideas complejas y palabras nuevas. En resumen, como un público merecedor de buenas, y hasta grandes, canciones, como El reino del revés, La pájara pinta, El twist del Mono Liso o Canción de tomar el té.

Los de mi zona del mundo y los de mi generación… ¿se acuerdan?

“Estamos invitados/a tomar el té./La tetera es de porcelana/pero no se vé./Yo no sé por qué”.

“Yo soy la pájara pinta,/viuda del pájaro pintón./Mi marido era muy alegre/y un cazador me lo mató/con una escopetita verde/el día de San Borombón”.

“¿Saben saben lo que hizo/el famoso Mono Liso?/A la orilla de una zanja/cazó viva una naranja/¡Qué coraje y qué valor!/Aunque se olvidó el cuchillo/en el dulce de membrillo/la cazó con tenedor”.

“Me dijeron que en el reino del revés/nada el pájaro y vuela el pez;/que usan barbas y bigotes los bebés/y que un año dura un mes”.

No tuve que buscar libros, ni discos, ni meterme en Internet para escribir estos versos: estas y otras cuarenta o cincuenta canciones están bajo mi piel, zumbándome en los oídos, en mi ADN literario, son la riqueza que le transmití a mi hijo José Pablo desde antes de que supiera hablar.

Hoy su música es muy distinta, muy alejada de la estética de María Elena. Sin embargo, el otro día lo desafié a que sí se acordaba de todas estas canciones.

“Estaba la reina batata…” , empecé, y le salió sin esfuerzo “sentada en un trono de lata”.

*          *          *

Hace dos años, el 10 de enero de 2011, murió María Elena Walsh en su casa de Buenos Aires, después de una larguísima enfermedad que le fue minando las fuerzas pero nunca la inteligencia, la ironía y la mala leche divertidísima que sólo destilaba para sus amigos.

Hoy María Elena sigue enriqueciendo con su voz grave, expresiva nuestro paisaje sonoro. Lo hace de una forma que parece simple, pero que tiene detrás una cultura asombrosa. Usa métricas venidas del Siglo de Oro español o de la poesía satírica inglesa, las coloca en géneros musicales antiguos tratados con esmero, como zambas, gatos, chacareras, tangos, valses camperos y citadinos, así como citas cultas pero no soberbias a melodías del jazz y de la música clásica.

¿Y dónde están hoy los seguidores de María Elena Walsh? Los padres de la ‘generación Manuelita’ tuvimos que cantar y hacer escuchar a nuestros hijos las mismas canciones de nuestra artista, porque si vamos a las disquerías o prendemos la tele para ver algún programa infantil, comprobamos que siguen dominando las sandeces pueriles, el imitar el habla de los tontos con agudos patéticos y risas bobaliconas, y las canciones son otra vez simplezas banales, como si María Elena Walsh no hubiera existido nunca.

Tal vez, sin quererlo, la culpa sea de María Elena. ¿Cómo inventaba esos argumentos? ¿Cómo le salían esas rimas? ¿De dónde surgían esas melodías redondas y luminosas? Dio el ejemplo pero nadie fue capaz de seguirlo.

Pero no todo está perdido: nos siguen quedando sus canciones, ahora casi para los nietos de su generación, tan vigentes como cuando no había ni ordenadores ni videojuegos, como cuando la televisión era en blanco y negro y una poetisa se atrevió a soñar para los niños en colores de estreno.