Anécdota matutina

Me lancé a la calle corriendo, con dos cuchillos grandes en una mano y una perra negra por la correa en la otra, a seguir el rastro de un sonido agudo y juguetón. 
Era, como en mi infancia, la flauta del afilador. 
Le di caza media cuadra calle abajo. El hombre me contó que la rueda de afilar ya la usaba su abuelo. Los cuchillos quedaron de miedo. 
¡Ojalá pasaran por mi calle afiladores de prosa!