Una historia terrible y luminosa: “Los escogidos”, de Patricia Nieto

Los escogidos de Patricia Nieto es una historia terrible y (no ‘pero’: ‘y’) luminosa. Patricia Nieto es una académica de la comunicación en la Universidad de Antioquia en su Medellín, pero no solo enseña a agradecidos alumnos hambrientos de crónica: ha organizado talleres para víctimas de la violencia, para que puedan sacar afuera el dolor y la angustia que los atragantaba, y que desde afuera se pueda escuchar su voz.

 

*          *          *

La historia parece simple: a Puerto Berrío llegan, flotando por el río Magdalena, los cadáveres de mujeres y hombres, víctimas de la violencia colombiana. Vienen sin nombre, sin identidad, sin historia. Un grupo de vecinos los acoge, los nombra, los entierra, los visita y les cuenta cosas. Son actos de desagravio, que vuelven a humanizar a los que fueron torturados, asesinados y deshumanizados. A veces vienen familiares en busca de sus deudos. A veces los encuentran, y entonces los vecinos los dejan ir como a amigos que parten.

*          *          *

Con estos mimbres, Patricia Nieto construye un libro de periodismo narrativo con mucho de poesía. De hecho, le encuentro puntos de contacto con relatos de grandes cronistas que destilan prosa poética para acercar al lector a la esencia y el sentimiento de una historia. En primer lugar,Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee. En América latina, uno de mis favoritos es Missing, de Alberto Fuguet. Y a caballo entre las Américas, Ciudad del crimen, de Charles Bowden. Cada uno a su manera, cuentan la realidad con prosa más poética que novelística. Leyéndolos, te dejas llevar por un ritmo intoxicante, que te hace bailar con las palabras como si fueras la serpiente del encantador hindú.

*          *          *

A veces hay conversaciones entre la periodista y los personajes. De pronto, ellos hablan con los muertos. En otros momentos, interpelan al lector.

Pasan por Los escogidos la historia terrible de Colombia, la ciencia bruñida del forense, y como en el mejor Kapuscinski, de la niebla de lo que ignoramos tras investigar mucho, surgen las preguntas en estampida: “¿Quién divisó tu cuerpo detenido en un recodo del río. A qué horas se sorprendieron los niños con tu cuerpo como toro desollado. Cuántas horas permaneciste en ese pozo oscuro. Se alimentaron los peces de tu carne. Sorprendiste a los perscadores cuando emergiste del lecho frío. Sabe a hierro la tierra después de la lluvia. Te acompañó la luna?”

El libro de Patricia tiene la levedad del susurro y la profundidad de las sentencias definitivas.

*          *          *

“Los escogidos” fue publicado en Medellín por la editorial Sílaba en 2012.Image

Steve Coll, flamante decano de la Escuela de Periodismo de Columbia, investigó a la sorprendente familia Bin Laden

En 2008, cuando Osama Bin Laden todavía estaba vivo y escondido, RBA publicó en español su estupendo reportaje Los Bin Laden. Una familia árabe en un mundo sin fronteras. 

El suplemento Cultura/s de La Vanguardia me envió la versión previa a la publicación, esa que viene con tapas en blanco, para que los críticos puedan leerse las más de 500 páginas a punto para su aparición en librerías.

El autor, Steve Coll, un “joven veterano” corresponsal de The Washington Post y habitual de las páginas de la revista New Yorker, era en ese momento desconocido para mí Desde entonces,  seguí la carrera de Coll, leí su estupendo Ghost Wars, the Secret History of the CIA (Premio Pulitzer) y varias de sus investigaciones posteriores. 

Hoy, 18 de marzo de 2013, la Universidad de Columbia anunció el nombramiento de Steve Coll como nuevo decano la su Escuela de Periodismo. Su antecesor, Nicholas Lemann, también es una prestigiosa firma del New Yorker y autor de libros relevantes, pero dedicado más a la política estadounidense

Por eso, quisiera rescatar compartir en este blog aquel comentario que escribí a partir del valioso libro de Coll. Como muchos saben, el Master en Periodismo BCN_NY que dirijo en la Universidad de Barcelona es un programa conjunto con Columbia, y espero que podamos tener a Coll pronto en nuestras aulas de la capital catalana. 

La emprendedora familia del enemigo de Occidente

Roberto Herrscher

¿En qué familia rica y extendida que se precie no hay una oveja negra? Si se trata de los Rockefeller o los Rothschild, el hijo díscolo puede ser un apéndice curioso de la historia familiar, pero cuando el clan en cuestión es el fundado por Mohammed Bin Laden, las cosas cambian.

Steve Coll (ex reportero del Washington Post, firma actual en la revista New Yorker y acreedor de dos Premios Pulitzer) trata de convencernos de que tiene sentido leer un libro sobre la familia Bin Laden donde Osama no es el protagonista, y donde el líder de Al Qaeda no aparece como adulto hasta la página 201.

En mi opinión lo consigue, en parte porque de su minucioso relato surge un fascinante argumento de teleserie con poder, dinero y sexo, y en parte porque su historia permite asomarse a la historia y la sociedad de los países árabes y especialmente de Arabia Saudí, con su peculiar combinación de fortuna petrolera, modernidad tecnológica y el choque de diferentes visiones del Islam.

La historia es relativamente simple: a principios del siglo XX, Mohammed Bin Laden llegó a la Arabia de los Al Saud desde un polvoriento pueblo yemení. Pobre de solemnidad pero más vivo que el hambre, Mohammed encontró la forma de hacerse millonario. Pronto comprendió que en el reino había un solo patrono con bolsillos sin fondo: el rey y sus príncipes. La empresa que fundó sigue hasta hoy como contratista privilegiado de los monarcas absolutos, para quienes construyen palacios, carreteras, aeropuertos, telefonía y la puesta a punto de las ciudades sagradas de La Meca y Medina para el turismo islámico global.

Sus fabulosos contratos permitieron a sus 54 hijos y sus incontables nietos vivir una vida de lujos y gastos desenfrenados. Algunos se ‘occidentalizaron’ como Salem, el hijo mayor y jefe del clan hasta su muerte en 1988. Otros siguieron más estrictamente los preceptos coránicos, como el actual cabeza de familia, Bakr.

¿Dónde encaja Osama, uno de los hermanos menores, en este puzzle? Hacia fines de los ochenta, Osama comenzó su deriva hacia la guerra santa, primero con cierta ayuda y después con la oposición de su familia. A mediados de la década siguiente lo desheredaron y congelaron oficialmente su acceso al dinero familiar. Tras el 11-S la familia se cerró en la versión de que siempre se habían opuesto a Osama, pero Steve Coll postula que la expulsión del núcleo familiar fue posterior.

Tal vez lo más interesante del libro sea ver la trayectoria de Osama en el contexto de la historia familiar. Por ejemplo, el uso de la más moderna tecnología y la pasión por los aviones, ejes de la identidad y la fortuna de los Bin Laden, permitieron a la oveja negra del clan combinar con éxito discursos medievales con vanguardia tecnológica.

Se frustrará quien espere encontrar en este libro el relato de la planificación y ejecución del 11-S. En cambio, Los Bin Laden ofrece una larga lista de personajes fascinantes, en primer lugar el vitalista, enigmático y exuberante Salem Bin Laden, en muchos sentidos la contracara perfecta de su famoso hermano y el protagonista de su propio drama. Coll se adentra con estilo terso, alardes literarios y buenas dotes para el detalle revelador en las operaciones financieras y los escándalos de alcoba de una familiar singular que una terrible mañana neoyorquina vio como el viento de la historia borraba de un plumazo todo lo que había significado durante un siglo el apellido Bin Laden.

La extensa biblioteca de la Yihad

Entre los cientos de libros sobre Al Qaeda, el terrorismo islámico y el 11-S disponibles en librerías españolas, casi todos los escritos por autores hispánicos se centran en el 11-M, los peligros para España y la presencia de yihadistas en el país.  

Un segundo grupo tratan sobre la experiencia individual de protagonistas, testigos o víctimas. A este segmento pertenece la colección de escritos de Bin Laden (Yihad, de Brad Berner, Ed. Popular, 2008), las memorias de Richard Clarke (Contra todos los enemigos: Confesiones del responsable del antiterrorismo de la Casa Blanca) o el ensayo periodístico-filosófico de Bernard–Henry Levy (¿Quién mató a Daniel Pearl?, Tusquets, 2006).

Para enfoques globales: el Informe del 11-S (Paidós, 2004), la investigación realizada por el Congreso de los Estados Unidos. Para bucear en las redes de financiamiento del terrorismo islámico, es muy útil el libro de Loretta Napoleoni, Yihad: Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía (Urano, 2004). Y para la comprensión de la reacción norteamericana y el desastre de Iraq: Obediencia debida, del 11-S a las torturas de Abu Ghraib, del insigne reportero de investigación Seymour Hersh (Aguilar, 2004). 

Un manifiesto sobre (y para) los desahuciados

‘Estamos en deuda con vosotros’, escribe el ensayista, editor y actual director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Se lo dice a uno de los tipos de víctimas más injustas y notorias de la actual crisis española. Como la crisis no es el sujeto, sino que tiene nombres y apellidos y culpables y criminales, también tiene víctimas con nombres, historias y dramas. Están perdiendo sus casas y sus pertenencias y sus cobijos contra el desamparo hoy, ayer, mañana. Unos 50 cada día. Es el primer texto de este tipo que copio en mi blog, pero estoy convencido de que el tema y la claridad con la que lo trata su autor lo justifican. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

En honor de los desahuciados

 Después de haber vivido los logros de la prosperidad, el ciudadano se ha despertado asustado en medio de una ruina cuyo origen desconoce y cuyas causas no puede comprender. El trastorno ha sido tan repentino que nadie sabe si contempla la realidad del mundo o esta sumergido en el fondo de una insoportable pesadilla.

Los padres se quedan sin trabajo, los hijos sin escuela, los ancianos ven menguadas sus pensiones, los enfermos languidecen en la sala de espera; los ciudadanos viven a todas horas amenazados por la promesa de un futuro lúgubre y miserable.

Ante la consternada mirada de este hombre golpeado, se procede al derribo de las ilusiones alentadas durante décadas de gran credulidad. Lo que se creyó edificado en sólidos cimientos, se desploma. Los derechos que parecían protegidos, se disipan en medio de la humareda. Los salarios, los médicos, los maestros, las pensiones que se recibían como retorno del patrimonio levantado con el trabajo y los impuestos de todos, desaparecen como si hubieran sido una efímera gracia prestada y perdida.

El primer efecto de la crisis se ha revelado ya en toda su eficacia: la humillación. El ciudadano ha descubierto su impotencia, la nulidad de su estatus político, la farsa jurídica orquestada para hacerle creer que es un sujeto de derecho. Conmocionado, aturdido por el miedo a perder lo poco que tiene, ha comprendido que no tiene nada. Ni seguridad ni garantía alguna de conservar lo que creyó suyo. La consternación actual es un acontecimiento histórico: se le condena de nuevo a malvivir en el reino de la necesidad.

Ver así arruinado el proyecto político de la democracia social, ver sacudida de este modo la civilización europea y derrotado el logro histórico proclamado en la declaración Universal de los Derechos Humanos, nos hace a todos víctimas y cómplices del Gran Fracaso.

Pero en medio de este humillante espectáculo, han surgido, como tantas veces a lo largo de la historia, el grupo de seres humanos que encabeza el retorno a la dignidad, que en nombre de todos arremete contra este infame estado de cosas.

Ellos son los desahuciados, nombre que anuncia lo que incuban en su íntima desesperación: aquellos que nada tienen ya que perder, que lo han perdido todo, son los primeros en comprender que todo está de nuevo por conquistar.

Ellos han puesto en evidencia la estafa,  la truculencia y la complicidad de los gobiernos con la usura.

Pero son ellos mismos los que han desencadenado los episodios de solidaridad a la que se han incorporado por cuenta propia vecinos, jueces, policías, bomberos y secretarios de juzgados que, al verles condenados al padecimiento, han comprendido que su primera obligación como ser Humano es estar junto al dolor y el sufrimiento de los demás.

La trascendencia del movimiento contra los desahucios es más profunda de lo que dan a entender las noticias que sobre ellos nos llegan. Ante la pasividad de los partidos políticos, de los sindicatos y de las instituciones, los hombres y mujeres que se han sumado a esta manifestación de apoyo mutuo entre ciudadanos, que nada sabían el uno del otro hace unos meses, los que se encadenan a los portales y se abrazan para impedir que el desahucio tenga lugar, han demostrado que sí se puede.

Cuando los ciudadanos conmovidos por la indefensión de sus vecinos han dado un paso adelante y no se han dejado asustar, cuando han superado la pereza y la ceguera y han alentado con su fuerza personal la determinación de la dignidad, han repelido a los despiadados ejecutores de la sentencia judicial y detenido los deshaucios. 

Fijaos en esta escena: cuando los vecinos se apiñan abrazados frente a las fachadas de los hogares amenazados por el desahucio, nos recuerdan cómo debe ser la vida en sociedad. Cuando el Estado renuncia a proteger a los débiles, son los débiles los que se constituyen en un nuevo estado de cosas.

Pero fijaos también en esta otra escena: la del sacrificio. El de los hombres y mujeres desesperados, que después romper en el llanto que nadie quiso atender, se convierten en aquellos sagrados seres que mueren en nombre de todos los demás. Aquellos ciudadanos que al verse empujados a la humillación de perder su hogar, al verse imposibilitados de proteger a su familia, deciden dar el paso funesto del suicidio. Y se quitan la vida para no vivir el horror de estar vivos.

Con todos ellos estamos en deuda. A todos ellos les debemos la casa que les quitaron, el respeto que les negaron, la vida que han perdido. Este manifiesto, el de los abajo firmantes, los declara ciudadanos de honor y les libra para siempre del olvido al que seguramente se creyeron condenados.

Este manifiesto es el reconocimiento de la deuda que con ellos tenemos contraída: una deuda por la que todos nosotros seremos embargados, una hipoteca por la que todos seremos desahuciados.

A todos vosotros, hombres y mujeres desahuciados, que habéis despertado a nuestro país del sueño estúpido en el que había caído y que nos habéis enseñado lo que hay que hacer cuando se padece el hambre y la sed de justicia.

En vuestro honor.

Basilio Baltasar