Un manifiesto sobre (y para) los desahuciados

‘Estamos en deuda con vosotros’, escribe el ensayista, editor y actual director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Se lo dice a uno de los tipos de víctimas más injustas y notorias de la actual crisis española. Como la crisis no es el sujeto, sino que tiene nombres y apellidos y culpables y criminales, también tiene víctimas con nombres, historias y dramas. Están perdiendo sus casas y sus pertenencias y sus cobijos contra el desamparo hoy, ayer, mañana. Unos 50 cada día. Es el primer texto de este tipo que copio en mi blog, pero estoy convencido de que el tema y la claridad con la que lo trata su autor lo justifican. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

En honor de los desahuciados

 Después de haber vivido los logros de la prosperidad, el ciudadano se ha despertado asustado en medio de una ruina cuyo origen desconoce y cuyas causas no puede comprender. El trastorno ha sido tan repentino que nadie sabe si contempla la realidad del mundo o esta sumergido en el fondo de una insoportable pesadilla.

Los padres se quedan sin trabajo, los hijos sin escuela, los ancianos ven menguadas sus pensiones, los enfermos languidecen en la sala de espera; los ciudadanos viven a todas horas amenazados por la promesa de un futuro lúgubre y miserable.

Ante la consternada mirada de este hombre golpeado, se procede al derribo de las ilusiones alentadas durante décadas de gran credulidad. Lo que se creyó edificado en sólidos cimientos, se desploma. Los derechos que parecían protegidos, se disipan en medio de la humareda. Los salarios, los médicos, los maestros, las pensiones que se recibían como retorno del patrimonio levantado con el trabajo y los impuestos de todos, desaparecen como si hubieran sido una efímera gracia prestada y perdida.

El primer efecto de la crisis se ha revelado ya en toda su eficacia: la humillación. El ciudadano ha descubierto su impotencia, la nulidad de su estatus político, la farsa jurídica orquestada para hacerle creer que es un sujeto de derecho. Conmocionado, aturdido por el miedo a perder lo poco que tiene, ha comprendido que no tiene nada. Ni seguridad ni garantía alguna de conservar lo que creyó suyo. La consternación actual es un acontecimiento histórico: se le condena de nuevo a malvivir en el reino de la necesidad.

Ver así arruinado el proyecto político de la democracia social, ver sacudida de este modo la civilización europea y derrotado el logro histórico proclamado en la declaración Universal de los Derechos Humanos, nos hace a todos víctimas y cómplices del Gran Fracaso.

Pero en medio de este humillante espectáculo, han surgido, como tantas veces a lo largo de la historia, el grupo de seres humanos que encabeza el retorno a la dignidad, que en nombre de todos arremete contra este infame estado de cosas.

Ellos son los desahuciados, nombre que anuncia lo que incuban en su íntima desesperación: aquellos que nada tienen ya que perder, que lo han perdido todo, son los primeros en comprender que todo está de nuevo por conquistar.

Ellos han puesto en evidencia la estafa,  la truculencia y la complicidad de los gobiernos con la usura.

Pero son ellos mismos los que han desencadenado los episodios de solidaridad a la que se han incorporado por cuenta propia vecinos, jueces, policías, bomberos y secretarios de juzgados que, al verles condenados al padecimiento, han comprendido que su primera obligación como ser Humano es estar junto al dolor y el sufrimiento de los demás.

La trascendencia del movimiento contra los desahucios es más profunda de lo que dan a entender las noticias que sobre ellos nos llegan. Ante la pasividad de los partidos políticos, de los sindicatos y de las instituciones, los hombres y mujeres que se han sumado a esta manifestación de apoyo mutuo entre ciudadanos, que nada sabían el uno del otro hace unos meses, los que se encadenan a los portales y se abrazan para impedir que el desahucio tenga lugar, han demostrado que sí se puede.

Cuando los ciudadanos conmovidos por la indefensión de sus vecinos han dado un paso adelante y no se han dejado asustar, cuando han superado la pereza y la ceguera y han alentado con su fuerza personal la determinación de la dignidad, han repelido a los despiadados ejecutores de la sentencia judicial y detenido los deshaucios. 

Fijaos en esta escena: cuando los vecinos se apiñan abrazados frente a las fachadas de los hogares amenazados por el desahucio, nos recuerdan cómo debe ser la vida en sociedad. Cuando el Estado renuncia a proteger a los débiles, son los débiles los que se constituyen en un nuevo estado de cosas.

Pero fijaos también en esta otra escena: la del sacrificio. El de los hombres y mujeres desesperados, que después romper en el llanto que nadie quiso atender, se convierten en aquellos sagrados seres que mueren en nombre de todos los demás. Aquellos ciudadanos que al verse empujados a la humillación de perder su hogar, al verse imposibilitados de proteger a su familia, deciden dar el paso funesto del suicidio. Y se quitan la vida para no vivir el horror de estar vivos.

Con todos ellos estamos en deuda. A todos ellos les debemos la casa que les quitaron, el respeto que les negaron, la vida que han perdido. Este manifiesto, el de los abajo firmantes, los declara ciudadanos de honor y les libra para siempre del olvido al que seguramente se creyeron condenados.

Este manifiesto es el reconocimiento de la deuda que con ellos tenemos contraída: una deuda por la que todos nosotros seremos embargados, una hipoteca por la que todos seremos desahuciados.

A todos vosotros, hombres y mujeres desahuciados, que habéis despertado a nuestro país del sueño estúpido en el que había caído y que nos habéis enseñado lo que hay que hacer cuando se padece el hambre y la sed de justicia.

En vuestro honor.

Basilio Baltasar

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