Desenterrar el pasado, enterrar el futuro

Desenterrar el pasado, enterrar el futuro

Un libro indispensable. La tumba de Lenin, de David Remnick. El director de The New Yorker lo publicó originalmente en 1984, finalmente lo publicó en castellano Debate el año pasado, dura 863 páginas pero se hace corto. Esta es una versión abreviada de mi comentario, publicado en Cultura/s de La Vanguardia.

La tumba de Lenin Remnick tapa

El 19 de agosto de 1991, el coronel Alexander Tretetsky, de la fiscalía militar soviética, dirigía la excavación de huesos de militares polacos que habían sido asesinados en Katyn en 1940 por órdenes de Stalin, cuando le llegaron órdenes de la KGB de detener sus actividades.

Tretetsky decidió desobedecer. La orden era ilegal, como era ilegítimo el golpe de estado contra Mijail Gorbachov que ese día empezaron a ejecutar, con increíble torpeza, defensores del sistema soviético que la historia estaba barriendo. Los golpistas fracasaron, Gorbachov fue reinstalado, y poco después Boris Yeltsin abolió el sistema y declaró ilegal el Partido Comunista.

El periodista David Remnick, actual director de la revista New Yorker y corresponsal en Moscú del Washington Post de 1986 a 1991, comienza a contar su monumental relato de la caída del comunismo y la transformación del mundo con Tretetsky, un personaje menor pero que representa la importancia de desenterrar y confrontar el pasado para construir un futuro distinto.

A partir de allí, La tumba de Lenin se abre en cien direcciones. El libro tiene aliento tolstoiano y un puñado de personajes memorables, como la trágica y amable ‘conciencia moral’ de la nación, Andrei Sajarov, el profeta furibundo Alexander Solzhenitzyn, el duro alfil del partido convertido en constructor del cambio Nikolai Yakovlev, y sobre todo el destructor del régimen, el fascinante y contradictorio Mijail Gorbachov.

Como en una extensa novela histórica, estos personajes gigantescos son presentados como personajes de tragedia griega. La crónica del funeral de Sajarov, por ejemplo, es un momento memorable donde el periodismo combina el detalle con el mito para volverse gran literatura.

Pero lo que hace apasionante la lectura hoy de este libro, publicado originalmente en 1984 como historia del presente contada por un periodista excepcional, es su capacidad para entrelazar los grandes relatos de la Historia y las grandes teorías sociales y políticas con la historia pequeña, las desventuras, luchas y frustraciones de centenares de hombres y mujeres que vivieron uno de los experimentos sociales más profundos y ambiciosos que jamás se realizaron.

David Remnick, quien ganó con este libro el Premio Pulitzer e inició la carrera que lo llevaría a ser hoy el personaje más relevante del periodismo literario de su generación, comenzó su carrera como periodista de deportes y luego, como corresponsal del Washington Post, marchó a Moscú con su flamante esposa, que le haría la competencia para el New York Times.

Tras La tumba de Lenin publicó una colección de crónicas de la nueva Rusia (Resurrection) y dos colecciones de reportajes. Su perfil de Mohammed Alí, Rey del mundo, es un clásico del periodismo deportivo.

Hace dos décadas asumió la dirección de la revista New Yorker y la mantiene como el referente máximo de literatura de hechos reales en Estados Unidos. Cada tanto alegra a sus admiradores con historias de jazz, de béisbol o de la nueva y deprimente Rusia.

Para esta nueva edición de La tumba de Lenin, Remnick denuncia el retroceso de la democracia y la vuelta del autoritarismo con Vladimir Putin y su camarilla, pero confía, pese a la evidencia en contrario, en que algún día Rusia se transforme en “un país con problemas en vez de catástrofes, en un lugar que se desarrolla en vez de estallar”.

Si eso llega a pasar, este relato ya clásico de la caída del imperio seguirá siendo al menos tan valioso como el trabajo modesto del coronel Alexander Tretetsky desenterrando hueso a hueso los crímenes ocultos del estalinismo.

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Para escribir crónicas tengo una herramienta secreta. Se llama Lisa.

Acaba de cumplir tres años. Es negra azabache y saca una lengua descomunal cuando está cansada. Es un hermoso perro labrador hembra. ¿O debería decir una labradora?

Lisa tiene las cualidades perfectas para el periodismo: se detiene a oler cada pis y caca que encuentra en la calle, mete la nariz en el culo de todos los perros con los que se encuentra, tiene mucha paciencia y se adapta con gran inteligencia emocional a los juegos que proponen los otros chuchos.

En nuestra división del trabajo familiar, yo la saco a primera hora de la mañana y  después de cenar. Cuando volvemos de una cena o un espectáculo, ni siquiera me quito el abrigo. Abro la puerta, tomo la correa y la acompaño a la calle, aunque sean las cuatro de la mañana.

Cuando Lisa y yo salimos, mientras espero que de vueltas por el pasto y se decida a bajar las patas y levantar la cola para hacer caca, aprovecho para pensar, meditar, decidir, evaluar. Trabajo muy concentrado. Como mis salidas con Lisa son pura acción y alegría (Lisa siempre me pone contento), me deja toda la cabeza libre para darle vueltas a la crónica, el reportaje, el perfil, la clase o el capítulo de libro que estoy tramando.

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Creo que todos tenemos que tener uno o más momentos en el día en que nos obliguemos a desempeñar una tarea que nos dé tiempo para pensar. Tenemos que estar solos – puede ser en el baño, o caminando por la calle, o en la cama, o en un sillón – o mejor aún, con una perra como Lisa, que nos mira como diciendo: ¿Ya está? ¿Ya te diste cuenta de cómo tiene que empezar esa crónica? ¿Podemos volver?

Hace un par de años estaba trabajando en un largo perfil de Plácido Domingo para la revista Gatopardo. No lo hubiera podido hacer sin esas mañanas y noches con Lisa. ¿Qué tengo hoy? ¿Cómo voy?, me preguntaba cada día mientras recogía la caca en su bolsita negra y le hacía el moño.

En uno de esos momentos me vino la primera escena como una iluminación.

En un momento de la última función de ópera que cantó Domingo antes de cumplir los 70, las chicas del coro lo elevan sobre sus cabezas, y él, acostado sobre las manos de las bailarinas, descalzo, se pone a caminar por la pared mientras canta un aria muy difícil. Es en parte una escena circense, pero es mucho más: es gran arte, es un auto-desafío de un artista único y es la escena en la que veo, escucho, percibo con mis sentidos la locura de un hombre a punto de cumplir 70 años, que ya lo ha hecho todo, pero que necesita seguir caminando por las paredes.

Creo que es un buen comienzo, y muchos me lo comentaron después. Pero para que llegue la inspiración uno tiene que ponerse en situación, estar abierto, ayudarse. Y yo se lo debo a mi perrita negra.

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Nunca me siento a proponer, a organizar o a escribir un texto largo sin haber dedicado conscientemente dos, tres o cuatro salidas con Lisa a darle vueltas en la cabeza. Por eso les recomiendo a los que quieran escribir algo complejo (y casi todo lo que vale la pena es complejo), que se impongan una tarea diaria que no les implique estar con otra gente, ni frente a la tele, ni ante la pantalla. Cocinar es bueno. Lavar los platos, mejor.

Pero lo mejor de todo, para mí, es hacerse con un perro como la que duerme ahora a mis pies. ¿Verdad, Lisa? 

Charles Bowden: el gringo viejo salvado por la locura

La ciudad del crimen, que la editorial Debate publicó en España en 2011 en magnífica traducción de Jordi Soler, es una obra maestra de la prosa poética de no ficción. Charles Bowden, su autor, es un veterano, encallecido y aguardentoso cronista de la frontera entre Estados Unidos y México.

Bowden ive en el borde de la frontera, en Tucson, Arizona, y tanto su estilo como su pinta en las fotos me hacen pensar en un Charles Bukowski de la no ficción.Ya había ganado premios con Down by the River y con Some of the Dead are Still Breathing, y sus crónicas en las más importantes revistas de periodismo literario le habían traido un público fiel. Pero apenas se lo conocía en Latinoamérica y en España.

Hay algo viejo, de aliento clásico, en La ciudad del crimen. Tal vez eso es lo moderno: al buscar entre los cronistas o periodistas literarios norteamericanos actuales, uno de los hilos que se perciben es el desarrollo en la depuración, la sofisticiación de la prosa, el diálogo con los nuevos novelistas y cuentistas y con la poesía, hasta llegar a un punto casi experimental.

Contar el argumento de lo que sería un documental, imitar las formas de contar de lo audiovisual y el relato multimedia con imágenes y voces y cosas de colores que se mueven es hacer que la escritura siempre vaya a la zaga. Bowden para mí representa el camino inverso: de vuelta a lo que hace grande a la literatura, el fulgor del verbo, el construir mundos reales solo con palabras. Nada menos que con palabras.

“Estoy mirándola en su celda, en el asilo. Un pequeño colchón lo coupa todo, y al lado hay un recipiente amarillo de veinte litros para el producto de las micciones y las defecaciones. Las paredes son de baldosas blancas, porque los pacientes como Miss Sinaloa tienden a pintar las superficies con sus propias heces. La puerta es de metal sólido con una pequeña ranura para que las Miss Sinaloa del mundo no puedan arrojar sus heces al personal. Mantas de cuadros cubren los colchones.

“Esa fue su casa durante al menos dos meses. Nadie podía visitarla. Deliraba, estaba muy enojada. En parte fue encerrada para protegerla de otros pacientes que deseaban su piel clara y su belleza. Y en parte, porque en cualquier momento podía volverse loca.

“Estaba calva. El personal había tenido que cortar su hermosa cabellera porque constituía un riesgo. Hay pacientes que tienen tendencia a estrangular a las personas con su propio cabello.”

Miss Sinaloa es una hermosa muchacha de pueblo, violada durante días por una pandilla de policías, que acaba encerrada en un asilo y que el autor encuentra transitando al borde de la locura, de la desesperación, de la rabia y el odio a sí misma y al mundo. Así es Tijuana, el mundo de la frontera, un mundo a punto de romperse en mil pedazos que solo se puede entender y contar si uno se coloca, como Miss Sinaloa, en la frontera entre lo que se debe contar y lo que no se puede entender.

Bowden aparece entre los muertos, los futuros muertos, los deudos destrozados de los muertos, los periodistas que se apresuran a contar los muertos antes de que los maten a ellos también, los asesinos sensibles y los corruptos honesto. Sale y entra en escena como un fantasma. Es una voz que sobrevuela el escenario intolerable de crimen, droga, muertes y violaciones, una ciudad que si fuera una persona ya estaría muerta.

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“El silencio es mi viejo amigo aquí: una cosa que se siente como una mano en la gargata que elimina todos los sonidos. No es el silencio de la tumba o el silencio de la iglesia, es el mutismo del terror. Las palabras apenas se forman en la mente. Y después de un tiempo, incluso la idea pierde la forma y flota como un fantasma. Las cosas se explican ,pero las frases no tienen sujeto, solo un indicio de verbo, y después de un rato; incluso el objeto es algo confuso. Encuentran a dos hombres muertos, con signos de torutra no muy evidentes, hay casquillos alrededor de sus cuerpos. Ciertos elementos están matando personas en la ciudad. Las autoridades expresan su indignación por el caos y el trastorno. Todo esto es una forma de silencio. Juárez es un lugar donde una declaración puede ser un acto de suicidio”.

Y también:

“Hay dos maneras de estar a salvo y cuerdo. Una de ellas es el silencio, fingir que no ha pasado nada, y negarse a decir en voz alta lo que pasó. La otra es un pensamiento mágico, inventar explicaciones para lo que te rehúsas a decir, y gracias a estas explicaciones pas desestimando esa cosa que no puede llegar a tus labios. Por supuesto, estolo se aplica a los individuos. Prensa, políticos y agencias gubernamentales tienen un tercer método: citan a los carteles de la droga y dicen que todo l oque pasa es culpa de ellos. Esta táctica es muy atractiva y lo remita a uno a la infancia, cuando la noche pertenecía a los monstruos y a los fantasmas. Ésta era la herramienta de la guerra fría, cuando los comunistas estaban escondiddos debajo de la cama, y es la herramienta de las nuevas guerras contra el terrorisimo y las drogas. Como un reloj parado, es puntual ahora y entonces. Organizaciones de todo tipo mienten, engañan, roban y matan. Sin embargo, en Juárez casi nadie asocia que los asesinatos están vinculados a un hecho”.

Seguimos el hilo de sus palabras, nos parece que de alguna manera entendemos lo que nos dice. Pero es una verdad más verbal que basada en datos, entrevistas, la descripción fiel de escenas vistas y documentos revelados. Todo está entendido y asumido a un nivel muy profundo y en un área poética de la mente. Bowden grita en susurros, porque nos habla como quien cuenta una historia terrible y explica cosas que son inexplicables.

¿Cómo explicar los cuerpos de mujeres jóvenes y pobres, como Miss Sinaloa, que aparecen todas las semanas en el desierto? ¿Los cadáveres mianiatados y con signos de tortura que brotan a diario, sin que nada cambie, sin que los discursos tengan el más mínimo efecto?

La violencia extrema se apoderó hace décadas de Ciudad Juárez, y Charles Bowden le canta a la sinrazón metiéndonos en la cabeza de gente como Miss Sinaloa, que sufrió más de lo que alguien puede soportar, y al mismo tiempo nos cuenta a quién sirve este ambiente de terror, quién quiere que no termine el tráfico de droga y la lucha entre pandillas, por qué siguen en su puesto policías tan obviamente corruptos, crueles y cobardes. 

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¿Se puede contar semejantes historias, se puede entender este paisaje descorazonador desde el periodismo tradicional, o desde el periodismo narrativo elegante y bajo control del típico estilo New Yorker? El polvo de los muertos se te mete adentro, y uno comienza a desvariar al tratar de relatar ese horror.

Bowden está adentro de su tema, pero sale al borde a tomar aire y a escribir sus relatos espléndidos. La prosa siempre está al borde del eflubio poético, pero en su prólogo decide directamente escribirnos en un poema narrativo, un poema de no ficción, que interpela directamente al lector y lleva al autor, con una seguridad pasmosa, a escribir un prólogo directamente ne versos libres, interpelando al lector:

“Voy a decirte algo sobre la temprada de asesinatos.

¿Qué?

¿No te gusta la violencia?

Entiendo.

Pero súbete al coche.

¿Dices que es difícil ver por las ventanillas oscuras?

Ya aprenderás lo que es la oscuridad.

Miss Sinaloa es un detalle. Era especial, muy fina.

Subió al coche, por supuesto. Qué paseo, Dios mío.

Bueno, sí, está el tema de la cocaína, el whisky y la cordura que podría socavar su posicion en la comunidad.

¿Ves a esa gente en la calle fingiendo que no existes y esta máquina entorme con las ventanillas oscuras, fingiendo que nada de esto te está pasando a tí?

Eso eras tú hasta hace unos pocos minutos.”

¿Es esto periodismo, incluso en la acepción más inclusiva y laxa del término? Sí, si decides subirte al coche de Charles Bowden.

El camino al que nos invita en su versión fascinante y dolorosa de la narrativa de no ficción no es para cuaquier reportero, no es para cualquier tema y no es para cualquier lector. Pero en muchos blogs americanos y europeos estoy viendo intentos de transitar este camino. Ahora que el maestro Bowden está en castellano (y tenía que ser un novelista mexicano quien lo tradujera) podemos acercarse a una forma radicalmete nueva y osada de escribir periodismo.

Les desafío a asegurarme que no han cambiado después de leer La ciudad del crimen. 

La comedia de enredos más triste del mundo: Mozart ‘oscurecido’ por Michael Haneke

En principio, parecía un encargo imposible: juntar la que habitualmente se presenta como la ópera más divertida de Wolfgang Amadeus Mozart con el director de algunas de las películas más deprimentes, más inquietantes de la última década.

Così fan tutte es la última obra de la extraordinaria trilogía que Mozart compuso sobre libretos del cura libertino (una combinación muy del siglo XVIII) Lorenzo da Ponte. Después de Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, da Ponte le propuso a Mozart una comedia de enredos de tema exquisitamente amoral: dos soldados comprometidos con dos hermosas hermanas, están tan seguros de la fidelidad de sus chicas que aceptan el juego perverso del viejo tutor Don Alfonso: disfrazarse de albaneses y tratar de seducir cada uno a la novia del otro. Para lograr su propósito, el maestro de amoralidad se alía con la criada de las chicas, Despina, una adolescente práctica y precoz en cuestiones de sexo.

Pocas horas pasan desde que los soldados marchan a la guerra (otro engaño de Don Alfonso), cuando las novias ya están dispuestas a divertirse con los visitantes albaneses. En el momento en que firman los contratos de matrimonio (que hace 200 años era sinónimo de poder irse a la cama con sus nuevos amantes), suena la marcha militar que había despedido a los soldados. Los jóvenes quieren castigar a sus casquivanas prometidas, pero Don Alfonso canta con filosofía que no vale la pena enojarse porque “así hacen todas” (così fan tutte). Al final, se vuelven a formar las parejas originales. Todos aprendieron la lección y Don Alfonso ganó su apuesta.

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¿A quién se le podía ocurrir encargarle la puesta en escena de esta comedia rococó al director de la espeluznante La pianista, una película sobre la autodestrucción de una mujer torturada por su psiquis y por una madre perversa? ¿O al director de La cinta blanca, un oscuro relato de la maldad de los niños en el universo asfixiante de un pueblo feudal en la Alemania de hace cien años? Eso por no hablar de la última y más exitosa película de Michael Haneke, Amour, el angustioso final de una pareja de ancianos destruidos por la senilidad. 

Pero el director artístico del Teatro Real de Madrid, el belga Gerard Mortier, ya había emparejado a Haneke con el lado oscuro de Mozart. Cuando era director artístico de la Opera de París le había encargado un sorprendente Don Giovanni.  Sin embargo, ese encargo era más lógico: la historia del burlador de Sevilla, un libertino que mata al padre de una de sus efímeras conquistas, desafía a Dios y se quema en el infierno, tiene su costado oscuro mucho más a flor de piel.

¿Qué haría Haneke con esta comedia? Confieso que no esperaba mucho: en general, la idea de poner a directores de cine famosos a dirigir la parte teatral de las óperas es algo que proliferó en la España de los años del despilfarro. En el Palau de les Arts de Valencia Carlos Saura dirigió una Carmen deslavazada, pese a contar con cantantes de ensueño, el chino Chen Kaige perpetró una Turandot de péplum y Werner Herzog metió una imagen del edificio de Calatrava en su sonrojante final de Parsifal. Estas aventuras suelen fracasar por falta total de afinidad con el género. Una ópera es algo muy distinto de una película.

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Pero Haneke me sorprendió: es un artista de una cultura tremenda, conocedor a fondo de la música clásica, y estaba dispuesto a poner su sello, incluso si en algunos momentos su visión iba en contra de lo que habían querido decir Mozart y Da Ponte.

Para armar una fábula tristísima del desamor, lo primero que hizo el director fue vestir a los personajes como jóvenes burgueses actuales, cultos y aburridos. En las escenas de seducción, los soldados no llevan disfraz: son ellos mismos. Quieren jugar a ligar con sus parejas reales.

Entonces son ellas las que deciden cambiar, ser cada una seducida por el novio de su hermana. Ellas terminan siendo las seductoras, las que juegan, las que engañan, las que dan una lección a sus chicos aburridos.

Pero el elemento que cambia por completo esta comedia genial de Mozart y la convierte en una tragedia sofisticada de Haneke es el papel que juegan Don Alfonso y sobre todo Despina, que en las habituales producciones de la ópera se limitan a organizar el juego de enredos. Ella ya no es una sirvienta pizpireta que ayuda al viejo Don Alfonso en su plan. Es un personaje al borde del llanto o de la violencia, que está en escena desde el principio, viéndolo todo con amargura, sufriendo el seguro desenlace que es el triunfo de la hipocresía y la banalidad del sexo.

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La lección de Don Alfonso es que el amor romántico no existe, y cuando surge – las dos chicas se enamoran y sufren por sus nuevas conquistas – tiene que ser barrido, desterrado por las convenciones sociales.

Esta Despina es la pareja de Don Alfonso (eso no está en el libreto). Él es muy rico, la tiene amarrada en una perversa red de dinero y falsa felicidad, y no soporta ver a sus amigos enamorados.

Don Alfonso necesita demostrar que el amor es solo lo que él tiene y quiere: comprar a una jovencita, someterla a su poder. Despina llora, se enfurece, abofetea a Don Alfonso, soporta su beso violento (tampoco está, por supuesto, en el libreto), y su mirada desgarrada transforma la comedia mozartiana en otra cosa.

Los seis cantantes son soberbios actores, bellos y creíbles. Como marionetas en manos de Haneke, hacen que esta ópera de hace 200 años vuelva a la vida convertida en una historia actual, profunda, tristísima. Image

Susan Orlean: encuentros sorprendentes con lo extraño y lo doméstico

No creo que haya un periodismo narrativo masculino y otro femenino. Pero muchos de los más talentosos e innovadores cronistas de la actual generación norteamericana son mujeres. Encuentro en ellas una mirada absolutamente personal, un fijarse en lo que otros no perciben, en escuchar hasta los más modestos murmullos, en percibir detalles secretos en las cosas, la gente y las historias, en contar con una mezcla atrapante de gracia y piedad.

¿Es una mirada femenina?

Yo siento que hay una mirada distinta a la mía, pero pero también tiene que ver con una forma personal de acercarse a la realidad. Eso lo encuentro en muchas páginas de periodistas norteamericanos actuales como Ted Conover o Charles Bowden. En definitiva, eso lo tiene que decidir cada lectora o cada lector.

Total, que hoy quiero hablarles de Susan Orlean.  

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Hace una década, Susan Orlean publicó en el New Yorker un perfil de “El hombre americano a los 10 años”. Es un artículo delicioso. Se le podía haber ocurrido a cualquiera; pero se le ocurrió a ella.

Con un sentido muy acuciado de lo importante que es prestar atención a los detalles para entender los cambios generacionales, Orlean se lanza a pasar una temporada no en una guerra lejana ni con un grupo de fanáticos incomprensibles, sino con un niño de 10 años, de clase media relativamente acomodada, un niño relativamente interesado por el mundo, relativamente inteligente y sensible. Un representante de los niños de hoy, que navegan a través del bombardeo de imágenes y mensajes publicitarios, que viven las relaciones y las amistades con sus pares de forma muy distinta a la que solían sus padres, y que se comunican a través de la alta tecnología de una forma radicalmente nueva.

Colin Duffy, el niño en cuestión, invita a la periodista a entrar en su mundo, a jugar con él, a entender sus códigos. Y ella nos invita a nosotros, los lectores, de una manera tan clara y al mismo tiempo tan cargada de ironía y profundidad ligera que terminamos viendo el mundo como lo percibe la siguiente generación.

El hombre americano de 10 años ya es un clásico, sobre todo por la simplicidad clásica con que Orlean trata un tema nuevo. Así comienza:

“Si Colin Duffy y yo nos fuéramos a casar, deberíamos tener libretas de superhéroes que hagan juego. Usaríamos pantalones cortos, grandes tenis, camisetas amplias con los nombres de atletas famosos todos los días, incluso en invierno. Dormiríamos con la ropa del día puesta. Seríamos muy buenos jugando Nintendo Street Fighter II, pero Colin sería mejor. Haríamos los deberes, pero nunca sería muy difícil y siempre estaríamos acabando de hacerlos. Comeríamos pizza y golosinas en todas nuestras comidas. No tendríamos sexo, pero nos sentiríamos atraídos el uno al otro, y como por arte de magia, los bebés empezarían a aparecer en nuestra casa. Ganaríamos la lotería y compraríamos tierra en Wyoming, donde tendríamos toda clase de animales chulos”.

Y así hasta completar la primera página.  El truco es simple, tanto que es raro que no haya sido popular antes. Pero quienquiera que lo use ahora en un artículo de revista en Estados Unidos, sería una copia de Susan Orlean. El desplazamiento de los sueños, aspiraciones y forma de ver el mundo del personaje hacia el periodista provoca a la vez hilaridad, comprensión y una forma original de colocar al reportero en el centro de la acción.

Orlean pasó mucho tiempo e hizo muchas preguntas a Colin y a decenas de niños como él, obviamente, como para poder elaborar ese gran primer párrafo. A partir de allí, la escritura es algo más tradicional, y nos cuenta lo que hacen juntos, de qué hablan, cómo organiza su día y cómo ve su futuro. No hay nada de infantil, de búsqueda de un punto de vista aniñado en la prosa que usa la autora. Toma a Colin como un igual, y el resultado es a la vez divertidísimo y lleno de respeto.

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En la gran Antología de perfiles de New Yorker, hay otra obra maestra de Orlean: Show Dog, un perro de campeonato de belleza. Y el comienzo es una variante del mismo juego:

“Si yo fuera una perra, estaría enamorada de Biff Tuesdale. Biff es perfecto. Es amistoso, guapo, rico, famoso y está en perfecta forma. Casi nunca babea. No le asusta el compromiso. Quiere tener hijos – en realidad tiene varios, y quiere muchos más. Trabaja duro y es un gran profesional, pero también sabe cómo divertirse”.

Susan Orlean, una mujer esbelta, de piel muy blanca y pelo castaño que suele llevar largo y revuelto, juega con su propia autoimágen, con el juego de la mujer que se describe a sí misma como objeto de deseo de otros y que imagina relaciones con desconocidos. Tal vez esta sea una forma femenina de acercarse a los personajes de sus textos periodísticos, ya sea un niño o un perro. Pero yo prefiero verlo como una forma muy particular de una escritora de no ficción sorprendente, que ya traspasó la frontera del conocimiento popular.

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Buena parte de la fama de Orlean se la debe a su primera y brillante obra de no ficción, El ladrón de orquídeas, del que se hizo una película que no sigue la historia que cuenta el libro sino la investigación de la misma Orlean, representada por Meryl Streep. Con una perseverancia rayana en la obsesión, propia de todos los verdaderos periodistas literarios, Orlean se lanza a la caza de los buscadores de la orquídea perfecta. La delicadeza de esta flor única y su estética de formas y colores exagerados, que serían delirantes si no fuera que los creó la naturaleza, la llevan a seguir el camino de fanáticos orquidólogos.

El seguir a gente enamorada y obsesionada con su trabajo es una buena forma de interesar y atrapar al lector. Y en el mundo extrañísimo de las orquídeas, encuentra también Orlean, como en casi todos sus escritos, una forma de hablar de manera original de las pasiones, pulsiones y temores humanos.

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La colección de retratos de Orlean se llama La matadora revisa su maquillaje, y la portada la muestra a ella misma en pose torera, arrastrando el capote y mirando sobre su hombro al lector, como si este – nosotros – fuera el toro. Su personaje es la torera Cristina Sánchez, mujer valiente, osada y vilipendiada en un mundo de hombres.

Entre otros, incluye los perfiles de la cantante Tiffany, de 14 años, que vendió cuatro millones de álbumes de su disco debut, junto con los de famosos y desconocidos, todos extraños y llamativos.

En todos encuentra maneras de hacernos sentir de que son tan raros como para pensemos en nosotros mismos en nuevos términos, y que son al mismo tiempo parecidos, que nos podemos identificar con ellos, incluso con el perro Biff. Lo extraño y lo cercano, el alejamiento y la identificación, y siempre el personaje de la periodista en un lugar original, inesperado. 

Jon Lee Anderson y el tortuoso camino del África post-post-colonial

En los años setenta y ochenta, la mayoría de las viejas colonias africanas se liberó de sus amos europeos. Empezaban a vivir como estados independientes, gobernados por los héroes de la independencia. Pero pronto las esperanzas se truncaron: los liberadores se convirtieron en tiranos cleptócratas, las tribus obligadas a compartir territorio iniciaron cruentas y larguísimas guerras, los poderes coloniales volvieron en forma de amos económicos que alentaron y aprovecharon las guerras que decían combatir.

A este continente llega Jon Lee Anderson, uno de los más inquietos y ambiciosos periodistas internacionales de Estados Unidos de hoy. El resultado es una visión de África nueva, distinta a la que los medios tradicionales nos tenían acostumbrados. 

Como escribiría hoy Graham Greene si fuera reportero en África, Anderson cuenta sus viajes usando el ‘yo’ con encomiable economía, narra sus entrevistas con líderes gubernamentales y de la oposición, con víctimas y victimarios, con estudiosos y cooperantes como si fueran escenas de una novela en construcción. Hay una voluntad permanente por comprender, por más que muchos de los hechos que narra sean incomprensibles.

La mayoría de los reportajes de este libro siguen el célebre formato de los textos de política internacional de The New Yorker, donde Anderson ocupa el codiciado puesto de ‘periodista itinerante’. Son ensayos sobre los dramas de Angola, Liberia, Zimbabue, Somalia, Guinea, Libia, Sudán y Santo Tome, investigados con valentía y armas de periodista de investigación y vertidos con estilo depurado e incisivos análisis.

Anderson inició su carrera en América Latina, en un diario escrito en inglés en Lima, pero pronto se hizo un hueco en los grandes medios estadounidenses. Publicó una biografía imprescindible del Che Guevara, escribió sobre el Chile post-Pinochet, la Venezuela de Chávez y la Euskadi del final de ETA, y se curtió como reportero de guerra en las montañas de Afganistán y las calles humeantes de Iraq.

En castellano, Anagrama ya había publicado dos colecciones de sus reportajes literarios para The New YorkerLa caída de Bagdad El dictador, los demonios y otras crónicas. Anteriormente, Emecé había publicado una traducción de sus crónicas afganas: La tumba del león.  

Esta colección de relatos verídicos del África actual completa la variedad de los temas e intereses de Jon Lee Anderson, y lanza al terreno de la no ficción a la exquisita editorial Sexto Piso. Lo único reprochable es que en el título (La herencia colonial y otras maldiciones) no mencione la palabra ‘África’. Aunque en cierta forma se adivina: la escalofriante foto de portada muestra el torso negro de un niño soldado con dos fusiles esculpidos a cuchillo.