Teoría del transandino: ponernos en el lugar del otro y mirarnos desde allí

Yo tenía 19 años y el pelo por los hombros. Mi novia, mi primera novia, tenía el pelo casi por la cintura y vestía faldas de colores. Íbamos de mochileros a Bariloche. Cruzamos a Chile, y el paso fronterizo, un gendarme con cara de piedra le quitó a mi novia las flores silvestres que yo le había regalado esa mañana y las arrojó en un horno.

Era una campaña contra las plagas que se transmiten por animales y vegetales. No se podía pasar con productos frescos por la frontera. Pero ese policía fronterizo echando las flores con asco en un horno fue para mí una de esas escenas potentes, de las que refuerzan una idea apelando a los sentidos.

¿Me caían mal los chilenos? Supongo que en esa época hubiera respondido: “Sí, como a todo el mundo”. Eran el otro, el que estaba del otro lado.

¿Cómo cambié? No empecé por un sentimiento: ni la empatía ni la simpatía ni mucho menos la tolerancia.

No: poco a poco, día a día y año a año, yo me fui acercando a ver, preguntar, oler, entender, hasta comprobar que el otro es otro yo.

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¿Qué estás haciendo?, le pregunté a un artesano chileno hace seis años, cuando entré a su tienda en Puntarenas, en la punta sur del continente, a comprar pilas para mi grabador.

Yo estaba en un viaje de investigación para mi libro Los viajes del Penélope. Acababa de aterrizar de las Islas Malvinas y estaba a punto de volar a Santiago, y de ahí a Buenos Aires.

El artesano chileno estaba grabando plaquitas para los soldados del regimiento. Para que se supiera quiénes eran cuando sus cuerpos no fueran reconocibles.

¿Vos también hiciste el servicio militar?, le pregunté. Y me contó que la instrucción consistía en perseguir una oveja y degollarla con la bayoneta. Y yo me acordé de la bayoneta de mis compañeros de ejército, en 1981, atacando a un muñeco de paja y gritando “¡Muerte al chileno!”.

Obviamente, la instrucción chilena preparaba mejor para la guerra. Para la paz, ahí estábamos, en medio del frío patagónico, el hombre de las plaquitas y yo, recordando el servicio militar y cómo nos habían enseñado que el otro era el enemigo y había de aniquilarlo.

Y yo sentía que era yo el siguiente en la línea, que ya había pasado el chico de campo que mató su oveja sin problema, y que ahora me tocaba a mí: tenía que agarrar mi oveja, ante la mirada del teniente.

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Verlo desde adentro y en ese proceso, verme a mí mismo desde afuera, desde su lugar. El periodismo narrativo, al acercarse, compartir mucho tiempo, vivir la vida del otro, aprende a ver que lo que pensábamos que era exótico es en realidad muy cercano a nuestra propia experiencia.

Pero también nos permite vernos a nosotros mismos, a nuestro grupo, sociedad o generación, desde afuera. Vistos de muy cerca, todos somos rarísimos.

En Argentina, cuando uno escribe un artículo donde aparece un chileno y no quiere repetir mucho la palabra, en la segunda o tercer mención pone `transandino’. El chileno es el que está del otro lado de los Andes. Nosotros estamos del lado de acá. Ellos, los transandinos, están del lado de allá.

Cuando me presentó un profesor en la primera conferencia que dí allá, en la Universidad Católica de Valparaíso, les dijo a los asistentes: “Tenemos al profesor transandino Roberto Herrscher”.

Y yo lo miré y pensé: ¿Cómo transandino? ¿Transandino yo? ¡Si son ustedes!

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Es obvio: para ellos la montaña está hacia el este, y del otro lado, nosotros. Desde su lado, el transandino soy yo. ¿Qué pasaría si los judíos y palestinos tuvieran la misma palabra para unos y otros? Y los católicos y protestantes en Irlanda, y los serbios y croatas…

O sea que yo creía que ellos eran trasandinos, y resulta que en Chile el transandino soy yo. Pero hay que meterse mucho en la casa del otro para verse a sí mismo con sus ojos.

En definitiva, todos somos transandinos del otro. La montaña que los hombres tenemos que cruzar para acercarnos a la forma de ver el mundo de las mujeres es la misma que tienen que cruzar ellas, ustedes. Entre nosotros y nuestros padres, entre nosotros y nuestros hijos, entre nosotros ciudadanos de a pie y los dueños del mundo, entre nosotros los blancos y los inmigrantes africanos, hay una montaña. Hay que cruzarla.

Y el camino para cruzarla es iniciar un relato. El relato del viaje.Image

Periodismo literario: vivo, vigente y cálido – incluso en Finlandia

Acabo de volver de la 8ª conferencia de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario (IALJS).

Es la cuarta a la que acudo, y ya siento que formé una familia a la distancia con esta treintena de académicos enamorados del periodismo narrativo, veteranos periodistas convertidos en profesores y estudiantes de doctorado hambrientos de descubrir nuevos autores (qué antiguo suena eso).

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La primera vez fui de la mano de mi viejo amigo Pablo Calvi, antiguo periodista de Clarín que saltó sin red a la academia. Pablo es el primer latinoamericano en doctorarse en periodismo en la Universidad de Columbia. Su tema es la comparación entre el Nuevo periodismo del norte de América y la crónica del Sur.

En 2010, en la Universidad de Roehampton, en Londres, en un panel sobre nuevas formas de contar, escuché a la profesora Leonora Flis, de Eslovenia, hablar del gran Joe Sacco, autor de Notas al pie de Gaza y maestro del cómic de no ficción.

En 2011, en Bruselas, el doctor Todd Shack, quien en otra vida fuera barman en Amsterdam, me abrió los ojos a la obra poética y terriblemente real de Charles Bowden, el cronista de la frontera entre EEUU y México, el autor de Ciudad del crimen.

Ya les hablé en este blog tanto de Notas al pie de Gaza como de Ciudad del crimen. Esos descubrimientos empezaron para mí en los congresos de la IALJS.

Y siguieron brotando autores y descubrimientos. En 2012, en Toronto, la imponente voz del noruego Jo Bech-Karlsen me introdujo en el debate moral alrededor del relato de no ficción El librero de Kabul, de su compatriota Asne Seierstad. ¿Cuáles son los límites de la no ficción?

Este año la conferencia central corrió a cargo de Robert Boynton, el influyente autor de El nuevo nuevo periodismo: nos habló de las formas en que Internet, los blogs, los libros digitales y la auto-edición están abriendo nuevos rumbos para el oficio.

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Pero en las dos salas de la Universidad de Tampere, bajo un calor inesperado (bueno, inesperado para mí, que llevé toneladas de abrigo innecesario a Finlandia), se sucedían decenas de presentaciones.

Voces de Australia, de Brasil, de Suecia, de Sudáfrica, de Canadá, de Bélgica, de Inglaterra y Alemania recuperaban a grandes cronistas del pasado y llamaban la atención de nuevos periodistas literarios que de otra forma no pasan las fronteras de su país o de su idioma.

¿Sala 1 o sala 2? Era como pedir a un niño que elija entre una juguetería y una dulcería. 

Y en las cenas y desayunos, departir con los popes de esta creciente disciplina, como el gran Norman Sims (autor de la indispensable antología El periodismo literario), el maestro paternal David Abrahamson (experto en historia de las revistas norteamericanas) o la profunda escudriñadora de los abismos humanos Sue Joseph (creadora de la escalofriante serie de perfiles Speaking Secrets, de la que les hablaré algún día).

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Tras cuatro años, ya sabiéndome arropado en esta cofradía, me animé a hablarles de mi reverenciado Gabriel García Márquez y sus tres libros de no ficción (Relato de un náufrago, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile y Noticia de un secuestro), y a contarles la historia de mi guerra, la de Malvinas de hace ya 31 años. Creo que los hice viajar un poco con la historia de mi crónica Los viajes del Penélope.

Vuelvo más rico, más seguro del camino que emprendí hace una década, y esperando ya la 9ª conferencia de IALJS.

Mayo de 2014: Bonjour, París!

La clase magistral como espectáculo

El dramaturgo Terrence McNally fue el primero en entenderlo. En 1995, vio la semilla de una obra de teatro en las clases magistrales que la soprano María Callas había dado para jóvenes cantantes de ópera en Nueva York en los setenta.

Callas era una cuarentona, todavía era joven, pero su increíble voz estaba en ruinas, y el amor de su vida, Aristóteles Onassis, la había dejado por Jackie Kennedy. Guardaba, eso sí, todo su arte, y lo descargaba a palazos en sus pobres alumnos, junto con su bilis, su enorme frustración, y unas impagables lecciones de vida.

De Broadway a París, la obra de McNally, Master class, fue un éxito planetario. Nuria Espert paseó una Callas memorable por media España.

Con la proliferación de Youtube y las redes sociales, la filmación con cámara fija de clases de música se convirtió en un hit. La periodista literaria argentina Leila Guerriero termina su antología de crónicas Frutos extraños usando una de las ‘master class’ más visitadas: el viejo león Daniel Barenboim le explica al joven tigre Lang Lang que debe ejecutar un determinado crescendo en una sonata de Beethoven “como si fueras a saltar y, en el último momento, ante el precipicio, no saltas”.

La música, ese arte efímero, inmediato, que se crea en cada momento y que deja de existir apenas las ondas se disipan por el aire, es ideal para que su enseñanza se transforme en un espectáculo.

Desde la película y la serie Fama hasta el reality show Operación triunfo y la escarizada El cisne negro, un maestro, un alumno y sus respectivos instrumentos – el cuerpo, la voz, un par de pianos – es todo lo que se necesita para que surja con fuerza la metáfora: aprender a tocar, aprender a bailar, aprender a cantar es siempre ahondar en el autoconocimiento y acercarnos por un momento a lo inefable.

(Una versión de este texto fue publicada en Cultura/s de La Vanguardia como acompañamiento a una crónica de la Master Class del pianista Alfred Brendel con el Cuarteto Casals el año pasado)