Fotos borrosas y una carta perdida

Hace más de 20 años publiqué mi primer relato autobiográfico en un diario. Yo ya hacía de periodista, estaba en los inicios de este largo camino, cuando el editor del suplemento joven de Clarín, Marcelo Franco, me propuso escribir un texto sobre mi experiencia como combatiente en Malvinas y como ex combatiente en lo que en las islas llamábamos “el continente”. Cuando salió sentí una de las emociones más fuertes de mi vida profesional: estaba ahí, en las dos páginas centrales del suplemento, ilustrado con un dibujo de un combatiente ametrallado de tinta, tal vez yo, obra del gran Hermenegildo Sabat.

Mi relato se llamaba Fotos borrosas y una carta perdida.

Pasado mañana, martes 6 de agosto, voy a dar mi primera conferencia pública en mi ciudad. Será a las 7 de la tarde en el Centro Cultural San Martín. Voy a hablar de “Cómo contar la guerra”. Estuve todos estos días leyendo, escribiendo, buscando, recordando, pensando. ¿Cómo contar la guerra?

Cuando se lo propuse al coordinador de las conferencias magistrales del San Martín, mi viejo amigo Maximiliano Tomás, me pareció que me saldría fácil. Y no es fácil.

Creo que ya lo tengo. Voy a hablar de libros y escritores, de guerras y de guerreros, de morir y de sobrevivir y de no poder olvidar.

Y voy a empezar con tres fragmentos de ese viejo artículo, que conservo en copias amarillentas del Clarín de finales de los ochenta. ¡Cuánta agua pasó! Primero, quiero leer este fragmento sobre la muerte del marinero Juan Ramón Turano. En mi libro Los viajes del Penélope (2006) volví a contar esta historia, sin fijarme en lo que había escrito tantos años antes. Y no me acordé de lo que había contado al final, que creo que es de lo más triste de ese texto tan lejano.

*          *          *

Juan Ramón se había metido en la Escuela de Mecánica de la Armada a los 15 años. Es lo que llaman la “conscripción económica”, una de las pocas formas que tienen los que nacieron en el tercio sumergido de zafar del hambre, de la incertidumbre, de la humillación del desempleo. Juan Ramón tenía empleo asegurado, comida, cama, beneficios sociales. Nunca se le había ocurrido que el empleo era prepararse para matar gente y para tratar de que no lo mataran a él. Era marinero de segunda cuando lo mandaron a las Malvinas. Tenía 17 años. Su cuerpo envuelto en una frazada fue enterrado en Bahía Fox una madrugada ventosa de fines de mayo.

Las versiones sobre su muerte no son claras. Parece que marchaban en fila india a esconderse en medio de una lluvia de esquirlas cuando empezó a correr y a disparar para cualquier lado. Los barcos ingleses tenían cañones que disparaban más lejos que la artillería argentina, y entonces se alejaban donde no podían alcanzarlos y tiraban bombas hasta cansarse.

“Se volvió loco,” decía uno de los cabos que lo trajo a la mañana siguiente. El cabo tenía el casco perforado por una bala que había disparado Juan Ramón. Pusieron el cuerpo envuelto en la frazada al lado de la manguera de donde sacábamos agua. Todo ese día y hasta la mañana siguiente nadie quería ir a buscar agua, para no encontrarse con esas botas saliendo por debajo de la frazada.

Sería agosto o setiembre del ’82, ya terminada la guerra, cuando entré a la oficina de veteranos del comando y había una señora agitando una papeleta y gritándole al suboficial que la escuchaba aburrido del otro lado del escritorio. Era la mamá de Juan Ramón. Le acababa de llegar la citación para hacer la colimba. Claro, pensé, ese año Juan Ramón cumpliría 18 años.

*          *          *

Quiero seguir con algo que me salió de un tirón y que recuerdo que me sorprendió, como si lo hubiera escrito otro. ¿Entonces es esto lo que pienso, lo que siento? Esto les decía a los jóvenes argentinos de una generación posterior a la mía:

*          *          *

La guerra de las Malvinas es menos la que yo viví que la que imaginaron ustedes. Tiene más de fantasía que de realidad. Como me imagino le pasará a los que conocieron a Gardel o frecuentaron a Marilyn Monroe, ya se me hace que lo que me acuerdo no es lo que pasó. Malvinas es lo que creen y piensan los millones que nunca pisaron esa turba porosa ni sintieron ese endemoniado viento, siempre del mismo lado, ni respiraron esa mezcla de olor a pólvora de afuera, suciedad del propio cuerpo y miedo de más adentro.

Pero aunque mi historia sea poco importante y nunca pueda transmitir la sensación exacta, quiero contarles dos o tres cosas de Malvinas. Si quieren, escúchenme como a un loco al que le pasó algo fulero y se quedó fijado en ese recuerdo que repite una y otra vez. Pobre tipo. En el fondo, todos somos locos que contamos siempre la misma historia. La diferencia es que ésta es con soldados, tiros y suspenso. Es una de guerra. Pero no es como la pintan en Hollywood. No hay música, no hay gloria, no hay montaje que te evite el espectáculo desagradable de cuerpos cortados por la mitad. El que se muere no aparece después en una de vaqueros. Se murió. Y para los otros, la cosa no termina a la hora y media. Si te cortaron una pierna, si viste a un amigo sin cabeza, si mataste a alguien, es para siempre. 

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