El poder de los zapatos

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Hace un mes me ‘fichó’ la revista digital The Objective (www.theobjective.com), un medio nuevo y creativo, que informa a partir del fotoperiodismo. Comienza con fotos impactantes y relevantes y desde allí va a los datos, los relatos y las opiniones. En la falsa pelea entre textos y fotos, este medio radicalmente de este tiempo sale de esa idea de que “una imagen vale más que mil palabras”, para hacer que estas dos formas de contar dialoguen y se refuercen mutuamente.

Quiero decir: para The Objective, una imagen da lugar a mil palabras.

Yo, hombre de palabras, estoy orgulloso de pertenecer a El Subjetivo, el equipo de columnistas de The Objective, junto con grandes firmas como Carme Barceló, Carlos Carnicero, Carme Chaparro y Antonio Orejudo. Parto de alguna de las fotos que llenan los ojos y hacen pensar, para contar, recordar o reflexionar. Es un género de riquísima historia este de reflexionar a partir de lo que dicen las fotos. Susan Sontag es la gran referente. En España  el gran “lector de fotos” es Juan José Millás en la Revista Dominical de El País.

En mi colaboración de esta semana, miro la foto impactante que ven aquí arriba y me acuerdo de un texto que publiqué hace unos años en la exquisita revista Etiqueta negra, sobre mi amigo panameño Hitler Cigarruista. Vueltas de la vida: me ayudó muchísimo a dar forma y sentido a aquel texto el entonces editor de Etiqueta negra y hoy responsable editorial de The Objective, el excelente periodista y editor peruano Toño Angulo Daneri.

Les comparto ahora estas ideas sobre los zapatos de los muertos.  

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En el Museo del Holocausto en Washington hay una sala donde el visitante se enfrenta, sin aviso y sin preparación, con la imagen más espantosa de los campos de concentración. Es la sala de los zapatos. Centenares de zapatos, ablandados y deformados por el uso, se desparraman por el piso como reliquias de sus viejos dueños. Son zapatos reales de víctimas reales de la locura homicida nazi. Los zapatos gritan, acusan, atormentan las conciencias.

Una vez, hace años, di un taller de periodismo en Panamá y uno de los participantes, un morocho engominado y sonriente, llevaba por nombre Hitler. El nombre se lo había puesto su padre, un panameño de ideas, digamos, radicales. ¿Por qué le puso a su hijo semejante nombre? ¿Por qué el hijo no se lo cambió? Se lo pregunté una y otra vez. Y la única respuesta de Hitler el periodista fue contarme que de un viaje profesional a Washington le trajo a su papá una postal con los zapatos del Museo del Holocausto. Y al visitarlo, le entregó la postal. Nada más. Ni una palabra. El padre, me contó Hitler, guardó la postal de los zapatos en su mesa de luz. Y tampoco le dijo nada. Pero Hitler me dijo, en voz queda, que su padre se impresionó mucho con la foto de los zapatos.

De esta historia me acordé hoy cuando vi en ‘The Objective’ la foto de los zapatos viejos y gastados conmemorando en Ucrania el “holocausto” del SIDA. Los miles y miles de muertos por la horrenda enfermedad que nació en los ochenta, que deja sin defensas a una mayoría de víctimas de estigma social: homosexuales, drogadictos, pero también cada vez más amplias de la población: heterosexuales, fetos por nacer, enfermos que necesitan transfusiones de sangre.

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¿Qué está pasando con el SIDA? ¿Por qué no está tan presente en los medios como en su época más visible, los noventa?  Tal vez porque en los países ricos de Occidente se han encontrados medicinas que alargan y mejoran mucho la vida de los afectados. Tal vez porque ahora se ha vuelto, como otras enfermedades invisibles (el cólera, la lepra, la tuberculosis, el mal de Chagas), una enfermedad de pobres.

El SIDA sigue matando a mansalva en el Tercer Mundo, sobre todo en África. Los discursos de líderes religiosos como el anterior Papa Benedicto condenan el método más efectivo y barato para combatirlo, el condón. ¿Se animará éste nuevo a romper con ese crimen? Para animar a Francisco a no seguir condenando a millones a este otro “holocausto”, propongo inundarlo de postales de esta plaza de Ucrania. Tal vez, la foto le cause una impresión similar a la que tuvo el padre cuando su hijo Hitler lo obligó a mirar a la cara esos zapatos que su ídolo había dejado huérfanos.

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