Mi nombre es rojo

En mi columna subjetiva de esta semana en The Objective, comento una foto terrible de matanza sangrienta en la tierra de las túnicas blancas, y rindo un homenaje implícito al gran novelista turco Orhan Pamuk.

 

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Salto a la vista, ¿no creen? Llamo la atención, despierto pasiones fuertes. En cuanto me ven en una foto, se nubla el entendimiento y salpican las emociones. Así, desparramada por las túnicas blancas y brillando al sol en el asfalto, soy horror, soy espanto, soy el fruto exacto de la violencia reciente. Soy la sangre de los muertos.

Pronto estaré seca. Pero ahora soy de un rojo violento. Llamo a la furia, al ataque, a justificar la venganza. O provoco la desesperación, el llanto, la impotencia. Soy irreversible: la sangre no puede volver a su vena. 

Hubo un tiempo en que no brillaba tanto. Hasta hace 50 años, el periodismo era en blanco y negro. Sí, había fotos de muertos, de masacres, de sangre derramada. Pero eran matices de grises. Y la televisión en blanco y negro y con locutores engolados, informaba, no chillaba. 

Cuando irrumpió el color, muchos diarios serios siguieron prefiriendo no usarlo, para no alarmar, para no ser tildados de “amarillistas”. Pero no duró mucho. Recuerdo que en 1998, cuando los editores del ‘New York Times’ se rindieron a la modernidad y aceptaron las fotos en color en sus portadas, lo primero que comentaron sus lectores era que las mismas fotos de muertos ahora los hería, los aturdía. Ya lo sé: ante mí se abren los ojos al espanto y se cierran los puños. 

Mírenme. Estoy desparramado por las túnicas blancas y el asfalto hirviente. Son chiíes asesinados por suníes en Irak. Podría ser al revés, podría ser en otro país. Pero esta foto tiene que ser de ahora, porque hoy la violencia es vista al instante, y en toda la majestad digital del rojo embrutecedor. 

Ya lo saben. Me llamo rojo. Estoy en todas partes y ya no podrán quitarme de sus pesadillas.

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Un pensamiento en “Mi nombre es rojo

  1. Lo grave, lo triste es que la muerte y la sangre derramada es en nombre de Dios y las diferencias son matices, son distintos caminos para llegar a un mismo objetivo y esa diferencia genera muerte, cuando Dios, en sus distintas formas nos lleva a la vida. Ponernos en contacto con la sangre fresca nos puede producir impacto en un primer momento, lo preocupante es que podemos acostumbrarnos a ella sin impactarnos y sin buscar soluciones para que no se produzcan más muertes violentas.

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