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En septiembre, a punto de comenzar la temporada 2013-2014, lo echaron de mala manera de la dirección artística del Teatro Real de Madrid mientras se trataba de un cáncer en Alemania. Pero para que los artistas que él convocó no se rebelaran y para presentar una temporada que él planeó y soñó, tuvieron que volverlo a llamar, inventando para él a la posición de “asesor artístico”. Gerard Mortier volvió sin rencor y con su sabiduría intacta, a presentar las dos primeras obras, que tienen que ver con uno de los temas que siempre lo desvelaron: la conquista de México.

Así, esta temporada de ópera en Madrid comenzó con dos obras poco conocidas pero que me dejaron una experiencia estética e intelectual inolvidable. Dos visiones profundas y muy diferentes sobre el cruce, encuentro y choque de dos mundos tras la llegada de Hernán Cortés a América.

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Primero vino una ópera moderna, La Conquista de México (Der Eroberen von Mexiko) compuesta entre 1987 y 1991 por el alemán Wolfgang Rihm.

Montezuma (la soprano Ausrine Stundyete) es conquistado/a por Hernán Cortés (el barítono Holger Falk), pero por lo que se ve y escucha en el escenario, podría ser cualquier pareja en conflicto, reconciliación, desencuentro y guerra doméstica. Parecen representar a dos culturas enfrentadas, marchando hacia el cataclismo, acompañados por textos del gran pensador del “teatro de la crueldad” Antonin Artaud, de un poema del Nobel mexicano Octavio Paz y de breves aforismos de fuentes anónimas precolombinas.

Con estos mimbres textuales, Rihm construye una partitura abstracta, unas veces vibrante en su pulsión rítmica y otras espiritual en su lenta agonía melódica. La música es rara pero atrapa, suena contemporánea y al mismo tiempo mantiene un poder de comunicación emocional que viene directamente de la ópera tradicional.  

El joven director argentino Alejo Pérez, especialista en obras contemporáneas, guió a la gran masa dispersa con mano segura. Y pocas veces vi a los músicos tan repartidos: el coro venía grabado, la percusión estaba esparcida entre palcos de dos pisos a ambos lados del foso y en el Palco Real, y a cada lado, una cantante acompañada de un puñado de instrumentos interpretaba inquietantes melismas sin letra en interludios que confluían en total armonía con las extrañas danzas guerreras del emperador azteca y su conquistador español.

No era música para disfrutar: apelaba a la mente y junto con los versos de Paz y de Artaud, pintaba un México abstracto, soñado pero extrañamente solar y cercano. No encuentro otras palabras para explicar un arte musical que se desvanece dejando en la mente ideas más que melodías.

El director de escena, Pierre Audi, recurrió a la emoción desnuda de la danza moderna y a proyecciones en video con imágenes vagamente aztecas y otras que recordaban al renacimiento español y que fluían como movidas por el viento.  

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Esto fue en octubre, para la inauguración de la temporada. Un mes más tarde, volvió el tema de la conquista de México en otra reinvención sutil y melancólica: la reescritura completa de La reina india (The Indian Queen) la última e incompleta ópera de Henry Purcell, que estrenó en Madrid uno de los más creativos y osados directores de escena de los últimos años, el norteamericano Peter Sellars.

The Indian Queen se representa muy poco porque las escasas escenas que dejó terminadas Purcell al morir no suman un todo orgánico: son como exquisitos ingredientes de un plato imposible: un coro de conquistadores victoriosos, un dúo de sacerdotes mayas, un diálogo de amor y desencuentro de una reina indígena y un capitán español, el lamento de unas víctimas.

Por eso sentí en este caso que la introducción de otras músicas y textos contemporáneos que incluyó Peter Sellars no cambiaba el sentido de una obra cerrada, sino que completaba los fragmentos: usó el libreto original del poeta isabelino John Dryden, que más que contar una historia relata impresiones románticas que llegaban a la Inglaterra del siglo XVII, mezclándolo con himnos y plegarias (la mayoría para coro a capella) del mismo Purcell y con largos fragmentos de la novela La niña blanca y los pájaros sin pies, de la escritora nicaragüense Rosario Aguilar.  

A diferencia de la ópera de Wolfgang Rihm, en The Indian Queen ya no hay caída de Tenochtitlan ni Moctezuma ni Cortés: esta es una etapa posterior de la conquista.

El gobernador Don Pedrarias Dávila (el cautivante tenor lírico Markus Brutscher) trajo a la provincial que controla a su esposa doña Isabel (la impecable soprano dramática belarusa Nadine Koutcher). Ella se siente sola, fuera de lugar y asqueada por lo que ve a su alrededor. Para aplacar a los nativos, el gobernador casa a su lugarteniente Don Pedro de Alvarado (el excitante tenor afroamericano Noah Stewart) a la princesa indígena Teculihuatzin (Doña Luisa para los españoles). El escenario del Real se encendía con los movimientos sinuosos y dramáticos y la voz dulce, tan apropiada al barroco, de la soprano mulata Julia Bullock.

Completaban el elenco un grupo danzante de dioses mayas, que pelean por su supervivencia cultural y por el alma de Doña Luisa, desgarrada entre el amor a su pueblo y la pasión por el conquistador foráneo, como una versión americana de Aída.

Pero las cotas más altas de emoción y angustia de este fascinante coctel (tan barroco en su combinación de elementos dispersos) era el uso de himnos de Purcell por los miembros del coro de la ciudad rusa de Perm. Como una única voz en muchas gargantas, las lentas melodías de Music for a while o de Hear my prayer, O Lord, se desvanecían como levísimos copos de nieve mientras los indígenas desarmados caían por las ametralladoras de conquistadores transformados en marines actuales. En un momento de dramatismo extremo, asesinos y asesinados, sacerdotes mayas y curas católicos cantan juntos una melodía suspendida en el aire, mientras la masacre negaba la salvación que prometía la plegaria.  

Entre coros y arias de Purcell, la actriz puertorriqueña Maritxell Carrero narraba con pathos griego la tragedia de Teculihuatzin y Don Pedro de Alvarado. En su perfecto inglés estadounidense, que viraba al castellano cuando aparecían los nombres de los conquistadores, percibí otra dimensión de esta historia de conquistas y encuentros culturales: Carrero personificaba sutilmente esa otra identidad doble: latina y ‘anglo’ norteamericana.  

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Al final, ni la ópera belicosa de Wolfgang Rihm, presentada como un oratorio suspendido por Pierre Audi y el director de orquesta Alejo Pérez, ni la nueva y compleja obra de Peter Sellars con la colaboración del director griego Teodor Currentzis a partir de la ópera póstuma e incompleta de Purcell cuentan la historia de la conquista de América. Son meditaciones e imágenes cautivadoras sobre la complejidad de las relaciones humanas en los encuentros entre culturas y sensibilidades dispares.

Tal vez esa sea la moraleja que deja en la capital de España la extraña historia de la llegada y partida de Gerard Mortier, un brillante soñador de espectáculos musicales, que nos hizo pensar y que iluminó el Teatro Real por un breve momento con una luz extraña, delicada, inolvidable. 

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