La historiadora Aviva Chomsky se mira en el rostro de los migrantes latinos en EE.UU.

Pocos intelectuales de Estados Unidos han comprendido tan a fondo la lucha de los trabajadores, las comunidades campesinas e indígenas y los oprimidos en América Latina, y sus nuevas luchas desiguales como inmigrantes en Estados Unidos. Desde hace cuatro décadas, la historiadora Aviva Chomsky cumple un triple papel: 

como académica, como divulgadora de verdades incómodas y como activista contra el olvido en su país.   

Visité a Chomsky en el verano de 2009, durante la investigación para mi libro Crónicas bananeras. Escribí para mi obra una crónica de mis entrevistas con ella y la lectura de sus libros. Al final, Crónicas bananeras resultó demasiado amplio y abarcativo, y entre muchas otras cosas, ese relato de mi día con Aviva en Salem, Massachusetts, se cayó del libro.

Hoy lo recuperé, corté unas cosas y cambié otras, y quiero compartirlo con ustedes. Los temas de Aviva Chomsky – la globalización y su efecto en los trabajadores, la inmigración, el efecto de las políticas públicas y privadas de EE.UU. en sus vecinos del sur – siguen estando vigentes.

La brillante y lúcida prosa de esta gran intelectual pública nos sigue enriqueciendo. Aquí, entonces, la crónica que escribí tras esa visita al pueblo de Aviva Chomsky.  

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 “¿A quién reconoces?”, me pregunta Aviva Chomsky frente al mural, en una tranquila calle en las afueras de la pequeña ciudad de Salem, Massachusetts.  

La pintura colorista y vital representa una calle del barrio, con edificios como cajas con gente. Los edificios del mural son muy parecidos a los bloques de pisos que hay atrás, como si fuera una visión expresionista del paisaje que lo rodea. La gran diferencia es que los edificios pintados están doblados, arqueados, como si estuvieran discutiendo o bailando. Otra diferencia es el paisaje: en la calle pintada en el mural, unos campesinos venden comida como si estuvieran en un pueblo de Centroamérica.

En el primer plano de la pintura, a la derecha, un edificio abierto, sin pared frontal, muestra la vida de dos familias de inmigrantes latinos. Las personas tienen facciones definidas, como si hubieran querido representar a gente real del barrio. La estética se coloca en algún punto entre el infantilismo didáctico de principios del siglo XX y el cómic actual.

Pero lo que más me llama la atención es la escena que cubre casi toda la mitad izquierda: un coche descapotable viene hacia el observador. Al volante, una joven rubia de sonrisa misteriosa. A su lado y en los dos extremos de asiento trasero, tres adolescentes latinos. Entre dos de atrás, un señor de pelo cano y bigote blanco.

“¿Ese no es…?”, le digo, dubitativo.

“Sí. Es Gabriel García Márquez. Lo pintaron los alumnos dominicanos del colegio público. Se representaron a sí mismos como pasajeros, con Gabo en medio. La que conduce el auto es su maestra, Carmen Ruiz”.

Nos quedamos unos minutos mirando el mural. Entonces noto, en la orilla derecha, casi saliéndose del cuadro, la cara de perfil de un barbudo que canta.

“¿Es…?”

“Sí, ese es Juan Luis Guerra. A estos chicos dominicanos les encanta su música”.

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Entiendo por qué Aviva Chomsky quiso dar un rodeo en la caminata hasta su casa para traerme a ver este mural. Es un retrato en positivo de los sueños de los jóvenes inmigrantes: la pintura muestra el talento de estos chicos, su mirada que une lo de allá y lo de acá en una síntesis personal. Los personajes de García Márquez y Guerra, sus referentes artísticos, aparecen como razones para el orgullo de su identidad latina. Pero la clave, me dice Chomsky, es el personaje de la conductora del descapotable. Sin la maestra, el mural y el proyecto de vida de los chicos que lo hicieron no serían posibles.

Aviva Chomsky entrevistó a la maestra Carmen Ruiz para su último libro, Linked Labor Histories (Historias de trabajo vinculado, o historias vinculadas de trabajo). En el libro reproduce el mural, en una página donde la maestra, puertorriqueña, explica cómo no se ve reproduciendo modelos y enseñando listas, sino como una activa participante en la formación de una comunidad. Para eso tiene que hacer que los niños dominicanos piensen en quiénes son, por qué están en Salem, de dónde vienen y a dónde quieren ir.

Linked Labor Histories muestra la enorme complejidad de las estrategias de capitalistas y obreros a lo largo del siglo XX, centrándose en las profundas y cambiantes relaciones entre la costa de Nueva Inglaterra, en el norte de Estados Unidos, y la costa caribeña de Colombia. Este libro de Aviva Chomsky, profesora de historia en Salem College, es un relato muy ambicioso y logrado de cómo la industria textil primero y la del carbón después han movido a lo largo del siglo XX a miles de trabajadores, inversiones, materias primas y productos manufacturados a través de fronteras y atravesando barreras sociales, lingüísticas y culturales. El largo camino que llevó a estos adolescentes de República Dominicana a este pueblo colonial de Nueva Inglaterra.

El caso de la formidable industria textil de Nueva Inglaterra le sirve para demostrar que la globalización no es un fenómeno reciente, sino que los empresarios han movido desde hace siglos capitales, máquinas, procedimientos y trabajadores de un país a otro según su conveniencia. Para bajar costos y subir sus beneficios ‘importaron’ trabajadores, y cuando esto no fue suficiente, ‘deslocalizaron’ sus industrias y despidieron a los trabajadores.

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Irónicamente, como refleja con palmaria claridad el libro de Chomsky, los mismos empresarios que traían trabajadores ‘baratos’ a Estados Unidos eran fervientes defensores del nacionalismo y apoyaban a candidatos políticos que proponían quitar derechos a los mismos trabajadores extranjeros que ellos utilizaban. Luego, cuando eran ellos mismos los que deslocalizaban sus industrias, apoyaban campañas xenófobas contra los países de los que ellos se beneficiaban.

El relato de la exacerbación de la violencia en la región de Urabá en Colombia, región bananera por excelencia, marca la línea directa que va desde las estrategias de la United Fruit Company que conté en la primera parte de este libro, usando y citando muchas veces a Chomsky, y los intereses y prácticas de las multinacionales actuales.

La información más controvertida y novedosa que aporta Linked Labor Histories es la alianza entre estos empresarios norteamericanos, los gobiernos de EE.UU. y los sindicatos mayoritarios del país. El libro se detiene a analizar la connivencia de la AFL-CIO con los intereses y maniobras del Departamento de Estado y de las grandes corporaciones, muchas veces en directo conflicto con las luchas desiguales que libraban los sindicalistas locales. Y relata los tímidos intentos de sindicatos minoritarios y líderes rebeldes de AFL-CIO para desmarcarse de esa política y trabajar conjuntamente con los obreros de Latinoamérica.

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Yo sabía que quería visitar a Avi Chomsky desde que leí su libro Obreros de las Indias Occidentales y la United Fruit Company en Costa Rica (1870-1940), una versión adaptada a libro y ampliada en su marco histórico de su tesis de doctorado. Chomsky, nacida en Boston en 1957, es hija del célebre lingüista y polemista de izquierda Noam Chomsky, pero no le gusta que le mencionen a su padre en entrevistas sobre su propia obra. Y ni falta que hace: en las tres décadas que lleva estudiando la historia de las relaciones laborales, con énfasis en el trabajo inmigrante y los movimiento transfronterizos, se convirtió en una voz insustituible en el actual debate económico y político en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Estar en la pequeña universidad de Salem, me explica, la aparta de la ruta hacia las grandes cátedras de los centros de referencia, como el vecino Harvard, pero le permite hacer activismo político-social y tomar su trabajo como una vía hacia el cambio y el entendimiento de los problemas.

Por eso pudo escribir, en 2007, en plena batalla por los derechos de los inmigrantes, un alegato a la vez lleno de pasión y brío y colmado de datos duros, argumentos fríos y razones incontrovertibles. Cuando el gobierno de George W. Bush proponía perseguir y quitar derechos fundamentales a los trabajadores sin papeles y sus familias, Chomsky publicó They Take Our Jobs! (¡Nos quitan nuestros empleos!) y otros 20 mitos sobre la inmigración. Es un manifiesto que presenta, evalúa y destruye uno a uno los prejuicios, las mentiras y las tergiversaciones sobre las que se basa la campaña anti-inmigración.

Como en su título, cada capítulo está titulado con la expresión más directa y clara de un mito (como ‘Los inmigrantes no pagan impuestos’, ‘Los inmigrantes compiten con los trabajadores locales con poca formación y hacen bajar los salarios’, ‘Estados Unidos tiene una política muy generosa con los refugiados’, ‘Estados Unidos es una olla de cocción que siempre dio la bienvenida a inmigrantes de todo el mundo’, ‘Los inmigrantes no quieren aprender inglés y la educación bilingüe agrava el problema’, o ‘El pueblo norteamericano se opone a los inmigrantes y las posiciones en el Congreso reflejan esa actitud’). 

Como historiadora, relata con datos y documentos la fundación de la nación basada en el exterminio de los indígenas, la persecución de inmigrantes irlandeses e italianos y las dificultades casi insalvables que tienen los perseguidos por regímenes dictatoriales, con la enorme excepción de los cubanos, de quedarse.

Con datos económicos demuestra que los inmigrantes aportan más a la economía que lo que sacan, y que la política de bajar salarios nos los favorece y en cambio beneficia a los empresarios, con la connivencia de los gobiernos. Y así sucesivamente. Es un libro claro, lúcido, que toma los argumentos que no comparte con seriedad y nunca insulta o estigmatiza a los contrarios. Aspira a ser leído por los trabajadores estadounidenses, víctimas de las campañas anti-inmigración de la prensa conservadora y los políticos de derecha.

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Para encontrarme con Avi Chomsky vine al pueblo costero de Salem, a un par de horas de Boston. Salem es famoso por las brujas: en 1692, en un delirio de fanatismo religioso, 25 mujeres fueron acusadas de brujería y ejecutadas. En 1955 se estrenó The  Crucible (Las brujas de Salem), una de las obras más conocidas y representadas del dramaturgo Arthur Miller. Miller transformó el juicio de los puritanos, donde los vecinos de Salem fueron obligados a declarar contra las supuestas brujas con torturas y bajo amenaza de ser acusados ellos también si no lo hacían, en una alegoría de los juicios por comunismo que el senador Joseph McCarthy estaba llevando a cabo en esos años. Desde entonces, la historia sobrevive como símbolo de la barbarie del fanatismo y la persecución, y Salem es visitado por millones de turistas, que se atiborran de souvenirs brujeriles.

El centro de la ciudad, donde está mi hotel, el legendario The Hawthorne, es un laberinto de callecillas donde ya nadie sabe cuáles son las auténticas casas coloniales y cuáles las modernas imitaciones. De los souvenirs no hay duda: casi todos los de plástico.

Aviva me pasa a buscar por The Hawthorne y vamos a tomar café a un bar universitario de las inmediaciones. Pedimos, para ponernos en tema, sendos ‘banana cakes’. Ella me cuenta de su implicación desde la adolescencia con los movimientos de izquierda, y en concreto con la lucha por los derechos de los trabajadores agrícolas mexicanos que llevó a cabo en los setenta el líder sindical César Chaves, a quien muchos consideran el Martin Luther King de los derechos de los inmigrantes latinos.

A los 18 años, en su primer año de universidad, Aviva ya participaba en campañas en las puertas de grandes cadenas de almacenes para que los clientes no compraran verduras de fincas que no aceptaran trabajadores afiliados al sindicato de Chávez. Acabado ese primer año de universidad, dejó las aulas y se incorporó a la lucha. “Fue mi momento de concientización en muchos sentidos; no pensaba en lo que querría hacer en el futuro, sino que vivía el presente”, me cuenta.

En 1987, vuelta a los estudios, Nicaragua atrapa su atención: ve en la lucha contra la dictadura de Somoza el afán de un pueblo pequeño por su liberación y la posibilidad de pelear dentro de Estados Unidos para que su gobierno cambie de política.

“Ni en esa época ni ahora sentí ninguna contradicción entre mis objetivos profesionales y mi trabajo político”, me aclara. Desde entonces, su trabajo para cambiar la política de su país en el mundo se centró en Latinoamérica, “porque era la región más afectada por los políticas norteamericanas”.

En lo académico, se vinculó con latinoamericanistas y por esa época le vino la idea de centrar su trabajo doctoral en la historia de la United Fruit Company. Quiso combinar su lucha política con la investigación asentándose en Nicaragua, pero pronto vio que no tendría las condiciones mínimas para trabajar, y se mudó a Costa Rica.

El tema en que la tesis de Aviva Chomsky innova y marca nuevas vías de investigación es en la relación entre la política de salud de la United Fruit Company y la cultura en ese sentido de los inmigrantes jamaiquinos.

En los documentos encontró un tema fascinante: la compañía se ufanaba de traer la salud, la ciencia, la modernidad al trópico, con sus hospitales, medicinas y médicos importados. Pero las organizaciones de trabajadores, sus líderes religiosos y muchos trabajadores y trabajadoras a nivel individual emprendieron una lucha para liberarse de ese sistema de salud. ¿Por qué estos trabajadores rechazaban el moderno sistema de salud de la compañía?

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Para la compañía, el problema central era la malaria: le hacía perder trabajadores y horas de trabajo, que era lo que le importaba. Pero no estaba dispuesta a emprender las reformas en las casas y habitaciones, en las horas de trabajo, en la alimentación y en las condiciones generales de vida que prevendrían esta enfermedad. Los blancos, bien alimentados y que vivían en sitios salubres y cómodos, casi no sufrían de malaria. A los trabajadores negros les recetaban quinina, pero sólo producía efectos secundarios nocivos: los beneficiosos funcionan cuando el cuerpo está sano.

Los médicos de la compañía, en cambio, promovían cambios de hábitos que iban directamente en contra de la cultura caribeña de las familias de los trabajadores, y en algunos casos, como su insistencia en darle a los bebés leche envasada traída de Estados Unidos en vez de leche materna, era un error médico.

El relato de Chomsky de la lucha, primero desorganizada e individual, luego más orgánica, de los trabajadores contra las imposiciones de salud de la compañía es un avance enorme en la historiografía bananera. Ataca directamente uno de los pocos logros obvios de los que la UFCO podía presumir, al constatar que su amplia y sistemática política de salud estaba basada en premisas equivocadas, tenía bases racistas y etnocentistas, y terminaba siendo ineficiente por no considerar la salud como un problema social.

A finales de los ochenta, Aviva se instaló un año y medio en Costa Rica, hurgó en archivos en San José y viajó muchas veces al Caribe.

“Me sorprendió el nivel de pobreza y destrucción que la compañía dejó de los lugares por donde había pasado”, me dice.

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Caminamos desde la cafetería hasta el puerto y bordeamos la bahía. Me cuenta que anoche estuvo enseñando inglés a un grupo de inmigrantes guatemaltecos, que trabaja en ayuda solidaria a grupos de derechos humanos de esos países, apoyo legal y de integración, como clases de idiomas, y que no ve su investigación como algo diferente de estas tareas de voluntaria y militante.

Sobre el agua, para aprovechar su paso, se alza aún la vieja fábrica textil de la ciudad, abandonada. Aquí trabajaban los inmigrantes colombianos que habían aprendido con las mismas máquinas en fábricas instaladas por la misma empresa en su país. Seguimos caminando y nos topamos con la enorme planta generadora de energía. “En los ochenta recibía carbón de minas de Colombia que destruían bosques, aldeas y dejaban a la gente con el único futuro posible de la emigración”, me explica.

Voy viendo claro esto de las historias laborales interrelacionadas: es como el cuento del aleteo de la mariposa en China que provoca un tsunami en Perú, pero contada por Karl Marx.  De la esquina del mural con García Márquez, Juan Luis Guerra y la maestra, seguimos camino hacia la casa de Avi y su familia.

Es una pequeña pero robusta casa de dos plantas, con piso de madera vieja y muebles rústicos, llena de libros y papales en las mesas, en el suelo, por los rincones. Avi se quita los zapatos y yo la imito. Va a un estante lleno de sus obras y me regala ejemplares de Linked Labor Histories y de They Take Our Jobs! Tiene varias copias de su libro de la UFCO en Costa Rica, pero yo ya lo había comprado por Internet, a precio de oro. 

En la sala hay un piano de madera percudida, vivida. Parece tan rústico como el banco de la cocina y el piso. Me acerco a ver qué aprenden a tocar sus hijos: una sonata de Mozart y Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Desde la cocina me ofrece té. “¿Qué té quieres?”, me dice en su melodioso acento centroamericano, con un levísimo deje inglés.

Casi sin pensarlo, le digo: “Voy a escribir sobre vos, así que voy a tomar lo mismo que te sirvas, para conocerte mejor”.

Vuelve a sonreír, y aparece con dos jarros de cerámica artesanales. El té es negro, deliciosamente amargo, y nos lo tomamos sin azúcar, sin leche y sin quitar el saquitos. Así, con cada sorbo el sabor es más fuerte. 

Adolfo Suárez, héroe de una novela verídica: recuerdo de Anatomía de un instante de Javier Cercas

Esta mañana pasé aterricé en el Aeropuerto Madrid-Barajas. Venía de Guatemala, de impartir y compartir un taller intenso y fascinante sobre memoria histórica de las masacres de una dictadura atroz. Unas horas más tarde, salía hacia Barcelona, pero por decisión urgente del gobierno español, el aeropuerto ya tenía otro nombre: Adolfo Suárez. Todos los diarios del aeropuerto y todas las cámaras de televisión tenían la mirada intensa del recién fallecido primer presidente de la democracia española. Las fotos de Suárez son impactantes: parece que nos está mirando a cada uno de nosotros.

En el vuelo me acordé de un libro que me hizo pensar de nuevo, de forma novedosa, que no me deja pensar como antes, en la figura del hombre a quien hoy todos rinden honores. Es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Hace tres años, cuando revisé y amplié mi libro Periodismo narrativo para Publicaciones de la Universidad de Barcelona (antes había salido en Chile, el mes que viene saldrá en Costa Rica), le agregué una presentación y análisis de dos grandes de estas tierras: Josep Pla y Javier Cercas.

Y de Cercas, dediqué estas líneas a hablar de ese libro excepcional, Anatomía de un instante, y de su héroe insólito, el joven falangista simpático devenido en fundador de la Transición española. En el día de su funeral, quería compartir estas páginas de mi libro. España y su historia reciente son algo distinto para mí desde que conocí a este hombre que hoy está en la memoria de todos, y que murió con Alzheimer, sin acordarse de todo lo que hizo, y de todo lo que le hicieron.

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Los españoles de cierta edad recuerdan haber visto en blanco y negro algunos segundos de la escena del asalto al Congreso de los Diputados por una tropa de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero, la tarde del 23 de febrero de 1981.

Tejero manda a los diputados a tirarse al suelo y disparan al techo con sus fusiles. En un paneo de la cámara de Televisión Española que siguió grabando la escena por más de media hora, se ve que los escaños quedan vacíos, con manos o calvas asomando medrosas por detrás las sillas de adelante.

Todos menos tres: hay tres diputados que no se agachan. Que desafían a los golpistas, y que se enfrentan a un probable ajusticiamiento. El primero es el presidente del gobierno Adolfo Suárez, un joven ‘chisgarabís’ (palabra que Cercas usa una y otra vez para describir al pícaro arribista). Suárez había subido y subido, desde un puesto como ‘gallito de provincias’ en el movimiento falangista de su Ávila natal, hasta convertirse en el último secretario general del movimiento, luego director de Televisión Española, amigo y aliado del joven rey Juan Carlos, y sorprendentemente en presidente del último gobierno antes de la constitución, nombrado por el nuevo rey.

Y que, más sorprendentemente aún, se había presentado a las elecciones de 1979 con un partido centrista hecho a su medida. Y encima las había ganado.

Pero en 1981 la carrera de Suárez estaba acabada. Tras transformar España para siempre, había perdido los últimos apoyos que le quedaban: el del rey y el de su propio partido. Suárez había renunciado hacía tres meses; de hecho, la sesión del Congreso del 23 de febrero era para nombrar a su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, y los primeros diputados habían empezado a votar cuando Tejero y sus hombres irrumpieron en la sala.

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El segundo que no se tira al suelo es el vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado, golpista en 1936.

A finales de ese año, en plena Batalla de Madrid, el teniente Gutiérrez Mellado había sobrevivido por muy poco a la masacre de Paracuellos, donde fueron fusilados sin juicio cientos de quintacolumnistas en el Madrid republicano. Gutiérrez Mellado había permanecido leal durante todo el franquismo, pero con la transición, convencido de que debía desmontarse el régimen, se había convertido en firme aliado de Suárez en su obra de instalar en España una democracia europea y su audaz empeño de legalizar el Partido Comunista.

Por todo esto, Gutiérrez Mellado era el segundo personaje más odiado por el estamento militar, que en 1981 seguía pegado a sus ideas y gestos franquistas. El más odiado, por supuesto, era Suárez.

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El tercero que no se agacha el 23-F, sino que sigue fumando erguido en su escaño, es Santiago Carrillo.

Carrillo fue el mítico líder de los comunistas españoles en el exilio, el que acordó con Suárez el desmonte de la estructura franquista a cambio de plegarse a una legalidad que instaurara el olvido, a abandonar la lucha armada y hasta los fines por los que tantos habían perdido la vida. En 1979 y 1980, poderoso diputado, Carrillo negoció con Suárez la forma y las leyes de la nueva España, para estupor y rabia de los viejos franquistas.

Por todo aquello, Carrillo era el tercer hombre más odiado por los hombres del golpe.

¿Qué pasado unía a estos hombres? En una vuelta de tuerca típicamente ‘cerquiana’, Carrillo había dirigido a las fuerzas de seguridad en el caótico Madrid de 1936, a los 21 años. Nunca se pudo comprobar su participación en la masacre de Paracuellos, pero es probable que la haya conocido y aprobado.

Es decir, probablemente tenga algo de responsabilidad, aunque sea por omisión, en la masacre donde a punto estuvo de perder la vida el entonces teniente Gutiérrez Mellado. Y ahora, a las dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981, ambos enfrentan con una valentía sin aspavientos pero enorme a los mismos golpistas, sin saber que una cámara está grabando el gesto de ellos y de Suárez, así como el gesto más entendible pero sonrojantemente anti-heróico de los otros 347 diputados.   

¿Qué pasa en ese instante? ¿Qué hacen estos tres dementes? ¿Quiénes son, de dónde viene, qué les debe pasar por la cabeza? ¿Y qué fue ese extraño episodio, que bien pudo acabar con la incipiente democracia española y que terminó reforzado la imagen y la autoridad de un rey que para la mayoría era, hasta ese momento, poco más que el joven educado por Franco y elegido por el dictador para sucederlo?

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Anatomía de un instante es, en parte, la historia de la transición española. Una historia única en el mundo, que se toma como modelo o como peligro en procesos de cambio aún hoy y a lo largo del mundo, y sobre la que los españoles siguen discutiendo como si hubiera sido ayer.

Es que no fue ayer: es hoy.

Y en su forma de unir en un gesto a tres hombres tan dispares y simbólicos como Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, Javier Cercas logra transformar ese instante es una fabulosa e inspiradísima manera de hablar de la historia reciente y hablar también de la psicología política de hombres que forjaron esa historia. Una historia escrita con la profundidad de los cuentos de Borges.

Ya sabíamos que Cercas era ‘borgiano’ Pero en esa introducción, donde el autor explica por qué abandonó su proyecto de novela sobre el 23-F y se puso a escribir un nuevo libro, de no ficción, deja claro su ideario y su credo narrativo al proponer averiguar y contar todo lo que averigua a partir de esa escena de los tres hombres erguidos, los energúmenos con sus fusiles y los escaños vacíos:

“De repente, me pareció una imagen hipnótica y radiante, minuciosamente compleja, cebada de sentido: tal vez porque todo lo verdaderamente enigmático no es lo que nadie ha visto, sino lo que todos hemos visto muchas veces y pese a ellos se niega a entregar su significado, de repente me pareció una imagen enigmática. Fue ella la que disparó la alarma. Dice Borges que ‘cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es’.”

Y Cercas quiso saber si estos hombres supieron en ese momento quiénes eran realmente, pero sobre todo le intrigaba, le hipnotizaba, le acicateaba la imagen de Suárez sentado en su banca mientras las balas zumbaban a su alrededor.

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Suárez es el hombre de Anatomía de un instante. Pero los otros, dos viejos soldados de la Guerra Civil, son los que permiten entender el extraño caso del hombre menos indicado para cambiar la historia de España, y el único que pudo cambiarla en un plisplás.

Si no estuvieran las imágenes en blanco y negro, el hecho de que quienes se negaran a cumplir la orden de tirarse al piso fueran precisamente tres personajes tan simbólicos y tan precisos como Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo parecería la invención fácil de un guionista de Hollywood. Pensaríamos que las cosas nunca pasan de forma tan diáfana, nunca los personajes políticos representan de forma tan precisa su papel en un segundo clave.

Y sin embargo así es como pasó ese momento. Y para entender y explicar ese momento, Cercas necesitó cuatro años de investigación y 462 páginas (comparadas con las 209 de Soldados de Salamina y las 304 de La velocidad de la luz). 

La estructura de Anatomía de un instante vuelve a la maestría, la mano firme de Soldados de Salamina. Qué fácil es decir que un libro con una estructura clara, se lee y se sigue mucho mejor, y qué difícil lograrlo. Aquí sentimos otra vez que estamos en manos de un maestro.

Las páginas avanzan y retroceden en el tiempo. Por un lado cuentan minuciosamente los hechos del 23 al 24 de febrero, comenzando en cada una de las cinco partes en que se divide el libro con una descripción minuciosa y de alto vuelo verbal, de lo que se ve en las imágenes televisivas a medida que avanza la jornada golpista. Los relatos que siguen a cada una de estas introducciones permiten entender qué es lo que está pasando, quiénes son los que aparecen y los que no aparecen en la escena, y por qué pasa lo que pasa.

Una segunda serie de historias se abre a partir de la presentación de cada uno de los personajes fundamentales en el instante ‘cebado de sentido’.

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Cercas se detiene para contar, con alarde de datos y un gran talento para la psicología política, en la historia personal de los tres valientes y de los otros personajes importantes de esta tragedia: Juan Carlos I, su jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, el jefe de la unidad de operaciones especiales del servicio de inteligencia (CESID), José Luis Cortina y los máximos responsables del golpe y del fracaso del golpe, al menos hasta que otra investigación logre demostrar que hubo responsables más arriba: el untuoso general Alfonso Armada, antiguo jefe de la casa del rey y viejo educador del joven príncipe, el general Jaime Milans del Bosch, franquista de viejo cuño a cargo de las tropas en Valencia – la única unidad militar que salió a la calle para apoyar el golpe – y el mismo teniente coronel Antonio Tejero.

En su segunda mitad, Anatomía de un instante se pierde un poco, creo, en intentar resolver todos los enigmas del golpe. Con la cota puesta tan alto por el propio autor, al final me cuesta perdonarle ciertas páginas farragosas.

En conclusión, como obra divulgativa para quienes queremos entender el pasado reciente y el presente de España, toda la obra es necesaria. Pero para los que no, los lectores de otros países, por ejemplo, se detiene demasiado morosamente en personajes muy menores y reyertas internas. Es como si Soldados de Salamina trazara la biografía entera de todos los que fundaron Falange junto con Sánchez Mazas, y también se detuviera en los pormenores de la caída de Barcelona y la marcha a pie en el gélido enero de los miles de republicanos que huyeron a Francia en los últimos días de la guerra.

Pero la frondosidad no le quita un ápice de altura al gigantesco árbol de este libro. Qué menos que darle la razón a Cercas cuando dice que algunos episodios tienen tanta fuerza, tanta poesía, tanta capacidad para asombrarnos por sí solos que no hay que novelarlos. Que es mejor usar las dotes literarias – que a este autor le sobran – para intentar contar lo que pasó y tratar de sacar las conclusiones, extraer el sentido de un episodio, como repite una y otra vez, ‘cebado de sentido’.

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En el final descuella, poderoso y apenas mencionado, el padre de Cercas, un ‘suarista’ de la primera hora, un sobreviviente simpático, como lo fueron la mayoría de los que, sin ser héroes ni villanos, se abrieron camino negociando la conservación de algo de dignidad personal en las aguas pantanosas y pestilentes del franquismo.

El padre de Cercas murió en el momento en que Suárez, aquejado por las últimas etapas del Alzheimer, reaparecía en las noticias, como un fantasma sin memoria ni consciencia de haber sido vilmente traicionado. La foto, que inundó las portadas de los diarios, muestra a Suárez sin memoria caminando por los jardines de su casa, abrazado por el rey Juan Carlos, el hombre poderoso que lo dejó solo cuando el político centrista más lo necesitaba.

En unas pocas líneas puedo ver y entender al padre de Cercas, el porqué del libro, de crear un gigantesco edificio de investigación palabras para explicar la formación de la España de hoy. Y al mismo tiempo puedo maravillarme con la construcción de un gran personaje real, el chisgarabís (¿qué querrá decir esa dichosa palabra?) que no molestaba a nadie y fue puesto en el papel de presidente para que nada cambie, y se lo creyó y lo cambió todo, y en el instante supremo se jugó la vida.

El aborrecible falangista Sánchez Mazas, que existió para perjuicio de España, no se merecía ser el centro de atención de un gran autor. Miralles, el supuesto miliciano de la República, se lo merecía, pero no existió: para encontrar un miliciano a la medida de sus ideales, Cercas se lo tuvo que inventar.

Ahora sí, finalmente, Javier Cercas logró el que para mí es el mejor libro de periodismo narrativo de lo que llevamos de siglo XXI. Y su personaje, Adolfo Suárez, impagable, contradictorio y heroico a su pesar, a la vez verdadero y cierto, sí se lo merecía.

 

Gerard Mortier, despedida y gratitud al maestro espiritual

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La foto que preside este pequeño homenaje es una de las últimas que el fotógrafo del Teatro Real (apropiadamente llamado Javier del Real) le tomó a Gerard Mortier. La jefa de prensa internacional del teatro, Graça Ramos, nos la envió a los corresponsales poco después de saberse la noticia del fallecimiento de Mortier, a los 70 años, el sábado, en su casa en Bruselas. Acababa de perder una valiente batalla contra el cáncer.

En la foto se lo ve consumido, agotado, pero con la mirada viva, inteligente, penetrante, irónica, que recordamos los que tuvimos el privilegio de entrevistarlo.

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Hijo de un panadero belga, Mortier llegó a la cima de la gestión y organización de exquisitos eventos musicales por sus propios méritos y con una auto-exigencia, cultura y ambición artística únicas en las últimas décadas. Fue el sucesor de Herbert von Karajan como director artístico del Festival de Salzburgo, llevó al teatro de ópera de su ciudad natal, La Monnaie, a la vanguardia de la ópera contemporánea, y en la Ópera de París mostró las grandes obras del pasado de una forma nunca antes vista.

Se alió durante su larga carrera con muchos de los creadores más innovadores de la escena teatral y musical contemporánea: directores de escena como Robert Wilson, Peter Sellars, pintores y escenógrafos como Eduardo Arroyo, directores de ópera como Sylvain Cambreling, Teodor Currentzis o la joven y prometedora batuta española Pablo Heras-Casado.

Eran alianzas artísticas y espirituales: los convocó, los trajo a Madrid para llevar al Teatro Real a cotas nunca vistas de osadía artística. Como en Salzburgo o en París, a muchas sensibilidades conservadores los “inventos” de Mortier no les gustaban: preferían lo de siempre, el brillo y el oropel, el triunfo de las voces famosas, las óperas del repertorio usual, puestas en escena tradicionales.  

En su última etapa como mago y dinamizador cultural, Mortier creyó que la ópera de la capital española se merecía estrenos como The Perfect American de Philip Glass o el reciente Brokeback Mountain de Charles Wuorinen, la recuperación de joyas del pasado remoto, como The Indian Queen de Henry Purcell o del siglo XX, como San Francisco de Asís de Olivier Messiaen o el Wozzeck de Alban Berg.

Todas sus puestas fueron cuidadas al máximo, todas las que ví (más de la mitad de las que puso en escena en Madrid) me dejaron pensando, con preguntas y dudas profundas, en un estado de gozo y desasosiego interior, todo al mismo tiempo. De varias de las que más me impresionaron (como el Cosí fan tutte mozartiano dirigido por Michael Haneke) escribí en este blog.

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El año pasado lo entrevisté en su despacho, cuando todavía no lo habían despedido ignominiosamente por haber opinado que quería participar en la elección de su sucesor. Hablamos de ópera, de música, de teatro, pero sobre todo de espiritualidad. En su discurso percibí algo que pocas veces se escucha en estos días: un llamado pasional por hacer volver, crecer, ganar espacio los valores del espíritu, la cultura y el arte en la sociedad contemporánea, pero no el espíritu como servidor de ninguna religión. Un espiritualidad a-confesional.

Ahora están de vuelta los católicos, con su jefe Francisco en la cresta de la popularidad, llamando a una lucha entre la religión establecida y la superficialidad, el consumismo. Como si fueran las únicas posibilidades. Los valores espirituales por los que predicó, luchó y dio hasta su último aliento Gerard Mortier no son los de la católica ni de ninguna otra iglesia. Son valores ligados por un lado a la ilustración europea, pero por otro lado a una búsqueda personal, universal, en el fondo ácrata, propia de los artistas de verdad, que no sirven a ningún amo.

En su última rueda de prensa, hace un mes y medio, para presentar Brokeback Mountain, con 40 grados de fiebre y con el cáncer royéndole el páncreas, habló de la emoción del amor, de la lucha contra las ataduras y prohibiciones de los censores, y por la libertad individual en su sentido más profundo. En castellano, en inglés, en francés y en alemán, siempre a velocidad de vértigo y con un humor inagotable, hizo su último chiste, después de despotricar contra los ataques del gobierno de España y de Madrid a los derechos sexuales y reproductivos que tanto costó conseguir. “Yo digo lo que pienso. A mí ya me echaron”, dijo con una sonrisa seráfica. “¿Me van a echar otra vez?”

Nadie lo podrá echar de la memoria agradecida de los que disfrutamos de los espectáculos importantes, actuales, desafiantes que creó. Por él sentimos, por un momento, que tiene sentido y valor social y político este arte anquilosado, caro y favorito de los que llenan sus plateas, los encorbatados y las perfumadas que no sufren la crisis.

Gracias, maestro íntegro. Te echaré de menos, Gerard Mortier.  

La novela ‘real’ de un crimen sin piedad en Guatemala

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La muerte de un obispo en extrañas circunstancias puede ser la punta del hilo que desate la madeja de horrores más espantosa de Latinoamérica.  Quienes lean El arte del asesinato político, la apasionante disección de la podredumbre moral de los grupos de poder en Guatemala que Anagrama publicó en España en 2009, entenderán esto y muchas cosas más.

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Estoy a punto de emprender otro viaje a Guatemala. Como hace cuatro meses, voy con la Academia de formación de periodistas de la radio-televisión pública alemana Deutsche Welle, y el tema es el Periodismo de Conflictos y Memoria Histórica.

Vamos a trabajar en un lugar hermoso y desasosegante: el Archivo Histórico de la Policía Nacional, hoy convertido en espacio de la memoria y sitio donde un centenar de abnegados investigadores analizan y ponen orden en 80 millones de documentos.

Los documentos cuentan la historia de la burocracia policial en Guatemala. En lenguaje frío y formal, permiten asomarse al horror. Un hombre fascinante, el ex guerrillero y antiguo director de la Fundación Rigoberta Menchú, Gustavo Meoño, dirige ese milagro que es el archivo.

Ahí voy a trabajar junto con un colega alemán y otro guatemalteco para ayudar a un  grupo de jóvenes periodistas locales a escribir sobre el pasado. Su pasado.

Con el tiquete aéreo ya en mis manos, quiero compartirles hoy una reseña que escribí hace unos años para La Vanguardia.

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Se trata del gran relato de no ficción El arte del asesinato político, de Francisco Goldman. Mi visión de Guatemala, de Latinoamérica y de la lucha por la justicia y contra el olvido no serán nunca más las mismas después de leer este libro.

El libro fue un faro y una linterna en mi viaje a Guatemala. Y también una invitación a seguir la obra de Goldman. En 2012 me tocó presentarlo en una mesa redonda del encuentro de Nuevos Cronistas de Indias de la Fundación Nuevo Periodismo en México. Después leí su deslumbrante y dolido relato sobre su esposa muerta: Dí su nombre. Este mismo mes me llegó una antología de textos sobre13 países de América Latina a 40 años del golpe de estado de Pinochet: Crecer a golpes, fantásticamente editado por Diego Fonseca. El capítulo de Guatemala está a cargo de Goldman: revisita su investigación del Caso Gerardi y se reúne con los fiscales y la juez que lograron la condena del dictador Efraín Rios Montt por genocidio.

La condena fue luego anulada por la Corte Constitucional por un fallo técnico.

Pero quedan las causas de la condena, duras como piedras.

Pero quedan los miles de testimonios de las víctimas.

Pero queda, para la posteridad, el luminoso libro de Francisco Goldman.     

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El arte del asesinato político es, entre muchas otras cosas, el relato de una muerte, una investigación, un juicio y sus consecuencias. Combinando las herramientas y la infinita paciencia de un rocoso periodista de investigación con las dotes literarias y la sensibilidad de un gran narrador, el guatemalteco-norteamericano Francisco Goldman se abocó a la tarea de atar todos los cabos sueltos y encontrar a todos los personajes del sórdido ‘caso Gerardi’. Le tomó ocho años. Este libro justifica y premia tamaño esfuerzo.

Este fue el ‘caso Gerardi’: En 1998, tras décadas de abusos militares e impunidad, la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (OHDA) de Guatemala sacó a la luz un pormenorizado informe de los crímenes, cometidos príncipalmente contra la población indígena. Dos días después de la presentación del documento, el obispo Juan Gerardi, quien coordinó la investigación, apareció muerto a golpes en el garaje del arzobispado.

Las usinas de los rumores y la desinformación se pusieron rápidamente en funcionamiento: un crimen pasional entre homosexuales, una banda de delincuentes juveniles… hasta hicieron viajar a Guatemala a un extraño profesor español quien sostuvo la hipótesis de la participación en el crimen del viejo perro del cura.

Tres años más tarde, cuando comenzó el juicio, los acusados no eran ninguno de los ‘sospechosos habituales’: pertenecían a la élite de inteligencia del ejército, una casta nunca tocada por la justicia guatemalteca. Sorprendentemente, los militares y sus cómplices fueron condenados pese a las presiones – a veces violentas – y el ruido mediático. Los condenados apelaron, hubo más presiones, y la corte ratificó la condena. “Durante medio siglo el mundo clandestino militar había parecido inexpugnable”, explica Goldman al final de su libro. “El caso Gerardi abría un camino para penetrar esa oscuridad”. 

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Este es, por lo tanto, un drama judicial, donde el tenaz reportero sigue a los investigadores, descubre por su cuenta hechos desconocidos y personajes insólitos, cae en trampas y encuentra finalmente la luz. Su estructura, similar a la de Todos los hombres del presidente, de Bob Woodward y Carl Bernstein, sigue el camino de las entrevistas del autor y de los descubrimientos de los fiscales y de los abogados de la OHDA, todos jóvenes, muertos de sueño y hambrientos de justicia. Es una historia de lucha por llegar a una verdad peligrosa.

Los personajes principales de El arte del asesinato político son los generales, tenientes, cabos e informantes que forman la tenebrosa estructura de un ejército legendario en América Latina por su violencia y su impunidad. Y son los fiscales, abogados, luchadores por los derechos humanos y periodistas que los desafiaron a través de este caso histórico.

El libro– que comenzó como una investigación para la revista New Yorker – se lee como una trepidante novela de investigación, peligro y suspense. En definitiva, explora y explica los abismos y las raíces del país pequeño y trágico donde durante 35 años los ejércitos regulares e informales del poder desaparecieron a 45.000 personas y asesinaron a casi 200.000.

Para las estadísticas son número. Para un gran cronista y escritor como Francisco Goldman, son las huellas de un arte asesino, atroz.