Adolfo Suárez, héroe de una novela verídica: recuerdo de Anatomía de un instante de Javier Cercas

Esta mañana pasé aterricé en el Aeropuerto Madrid-Barajas. Venía de Guatemala, de impartir y compartir un taller intenso y fascinante sobre memoria histórica de las masacres de una dictadura atroz. Unas horas más tarde, salía hacia Barcelona, pero por decisión urgente del gobierno español, el aeropuerto ya tenía otro nombre: Adolfo Suárez. Todos los diarios del aeropuerto y todas las cámaras de televisión tenían la mirada intensa del recién fallecido primer presidente de la democracia española. Las fotos de Suárez son impactantes: parece que nos está mirando a cada uno de nosotros.

En el vuelo me acordé de un libro que me hizo pensar de nuevo, de forma novedosa, que no me deja pensar como antes, en la figura del hombre a quien hoy todos rinden honores. Es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Hace tres años, cuando revisé y amplié mi libro Periodismo narrativo para Publicaciones de la Universidad de Barcelona (antes había salido en Chile, el mes que viene saldrá en Costa Rica), le agregué una presentación y análisis de dos grandes de estas tierras: Josep Pla y Javier Cercas.

Y de Cercas, dediqué estas líneas a hablar de ese libro excepcional, Anatomía de un instante, y de su héroe insólito, el joven falangista simpático devenido en fundador de la Transición española. En el día de su funeral, quería compartir estas páginas de mi libro. España y su historia reciente son algo distinto para mí desde que conocí a este hombre que hoy está en la memoria de todos, y que murió con Alzheimer, sin acordarse de todo lo que hizo, y de todo lo que le hicieron.

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Los españoles de cierta edad recuerdan haber visto en blanco y negro algunos segundos de la escena del asalto al Congreso de los Diputados por una tropa de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero, la tarde del 23 de febrero de 1981.

Tejero manda a los diputados a tirarse al suelo y disparan al techo con sus fusiles. En un paneo de la cámara de Televisión Española que siguió grabando la escena por más de media hora, se ve que los escaños quedan vacíos, con manos o calvas asomando medrosas por detrás las sillas de adelante.

Todos menos tres: hay tres diputados que no se agachan. Que desafían a los golpistas, y que se enfrentan a un probable ajusticiamiento. El primero es el presidente del gobierno Adolfo Suárez, un joven ‘chisgarabís’ (palabra que Cercas usa una y otra vez para describir al pícaro arribista). Suárez había subido y subido, desde un puesto como ‘gallito de provincias’ en el movimiento falangista de su Ávila natal, hasta convertirse en el último secretario general del movimiento, luego director de Televisión Española, amigo y aliado del joven rey Juan Carlos, y sorprendentemente en presidente del último gobierno antes de la constitución, nombrado por el nuevo rey.

Y que, más sorprendentemente aún, se había presentado a las elecciones de 1979 con un partido centrista hecho a su medida. Y encima las había ganado.

Pero en 1981 la carrera de Suárez estaba acabada. Tras transformar España para siempre, había perdido los últimos apoyos que le quedaban: el del rey y el de su propio partido. Suárez había renunciado hacía tres meses; de hecho, la sesión del Congreso del 23 de febrero era para nombrar a su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, y los primeros diputados habían empezado a votar cuando Tejero y sus hombres irrumpieron en la sala.

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El segundo que no se tira al suelo es el vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado, golpista en 1936.

A finales de ese año, en plena Batalla de Madrid, el teniente Gutiérrez Mellado había sobrevivido por muy poco a la masacre de Paracuellos, donde fueron fusilados sin juicio cientos de quintacolumnistas en el Madrid republicano. Gutiérrez Mellado había permanecido leal durante todo el franquismo, pero con la transición, convencido de que debía desmontarse el régimen, se había convertido en firme aliado de Suárez en su obra de instalar en España una democracia europea y su audaz empeño de legalizar el Partido Comunista.

Por todo esto, Gutiérrez Mellado era el segundo personaje más odiado por el estamento militar, que en 1981 seguía pegado a sus ideas y gestos franquistas. El más odiado, por supuesto, era Suárez.

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El tercero que no se agacha el 23-F, sino que sigue fumando erguido en su escaño, es Santiago Carrillo.

Carrillo fue el mítico líder de los comunistas españoles en el exilio, el que acordó con Suárez el desmonte de la estructura franquista a cambio de plegarse a una legalidad que instaurara el olvido, a abandonar la lucha armada y hasta los fines por los que tantos habían perdido la vida. En 1979 y 1980, poderoso diputado, Carrillo negoció con Suárez la forma y las leyes de la nueva España, para estupor y rabia de los viejos franquistas.

Por todo aquello, Carrillo era el tercer hombre más odiado por los hombres del golpe.

¿Qué pasado unía a estos hombres? En una vuelta de tuerca típicamente ‘cerquiana’, Carrillo había dirigido a las fuerzas de seguridad en el caótico Madrid de 1936, a los 21 años. Nunca se pudo comprobar su participación en la masacre de Paracuellos, pero es probable que la haya conocido y aprobado.

Es decir, probablemente tenga algo de responsabilidad, aunque sea por omisión, en la masacre donde a punto estuvo de perder la vida el entonces teniente Gutiérrez Mellado. Y ahora, a las dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981, ambos enfrentan con una valentía sin aspavientos pero enorme a los mismos golpistas, sin saber que una cámara está grabando el gesto de ellos y de Suárez, así como el gesto más entendible pero sonrojantemente anti-heróico de los otros 347 diputados.   

¿Qué pasa en ese instante? ¿Qué hacen estos tres dementes? ¿Quiénes son, de dónde viene, qué les debe pasar por la cabeza? ¿Y qué fue ese extraño episodio, que bien pudo acabar con la incipiente democracia española y que terminó reforzado la imagen y la autoridad de un rey que para la mayoría era, hasta ese momento, poco más que el joven educado por Franco y elegido por el dictador para sucederlo?

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Anatomía de un instante es, en parte, la historia de la transición española. Una historia única en el mundo, que se toma como modelo o como peligro en procesos de cambio aún hoy y a lo largo del mundo, y sobre la que los españoles siguen discutiendo como si hubiera sido ayer.

Es que no fue ayer: es hoy.

Y en su forma de unir en un gesto a tres hombres tan dispares y simbólicos como Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, Javier Cercas logra transformar ese instante es una fabulosa e inspiradísima manera de hablar de la historia reciente y hablar también de la psicología política de hombres que forjaron esa historia. Una historia escrita con la profundidad de los cuentos de Borges.

Ya sabíamos que Cercas era ‘borgiano’ Pero en esa introducción, donde el autor explica por qué abandonó su proyecto de novela sobre el 23-F y se puso a escribir un nuevo libro, de no ficción, deja claro su ideario y su credo narrativo al proponer averiguar y contar todo lo que averigua a partir de esa escena de los tres hombres erguidos, los energúmenos con sus fusiles y los escaños vacíos:

“De repente, me pareció una imagen hipnótica y radiante, minuciosamente compleja, cebada de sentido: tal vez porque todo lo verdaderamente enigmático no es lo que nadie ha visto, sino lo que todos hemos visto muchas veces y pese a ellos se niega a entregar su significado, de repente me pareció una imagen enigmática. Fue ella la que disparó la alarma. Dice Borges que ‘cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es’.”

Y Cercas quiso saber si estos hombres supieron en ese momento quiénes eran realmente, pero sobre todo le intrigaba, le hipnotizaba, le acicateaba la imagen de Suárez sentado en su banca mientras las balas zumbaban a su alrededor.

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Suárez es el hombre de Anatomía de un instante. Pero los otros, dos viejos soldados de la Guerra Civil, son los que permiten entender el extraño caso del hombre menos indicado para cambiar la historia de España, y el único que pudo cambiarla en un plisplás.

Si no estuvieran las imágenes en blanco y negro, el hecho de que quienes se negaran a cumplir la orden de tirarse al piso fueran precisamente tres personajes tan simbólicos y tan precisos como Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo parecería la invención fácil de un guionista de Hollywood. Pensaríamos que las cosas nunca pasan de forma tan diáfana, nunca los personajes políticos representan de forma tan precisa su papel en un segundo clave.

Y sin embargo así es como pasó ese momento. Y para entender y explicar ese momento, Cercas necesitó cuatro años de investigación y 462 páginas (comparadas con las 209 de Soldados de Salamina y las 304 de La velocidad de la luz). 

La estructura de Anatomía de un instante vuelve a la maestría, la mano firme de Soldados de Salamina. Qué fácil es decir que un libro con una estructura clara, se lee y se sigue mucho mejor, y qué difícil lograrlo. Aquí sentimos otra vez que estamos en manos de un maestro.

Las páginas avanzan y retroceden en el tiempo. Por un lado cuentan minuciosamente los hechos del 23 al 24 de febrero, comenzando en cada una de las cinco partes en que se divide el libro con una descripción minuciosa y de alto vuelo verbal, de lo que se ve en las imágenes televisivas a medida que avanza la jornada golpista. Los relatos que siguen a cada una de estas introducciones permiten entender qué es lo que está pasando, quiénes son los que aparecen y los que no aparecen en la escena, y por qué pasa lo que pasa.

Una segunda serie de historias se abre a partir de la presentación de cada uno de los personajes fundamentales en el instante ‘cebado de sentido’.

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Cercas se detiene para contar, con alarde de datos y un gran talento para la psicología política, en la historia personal de los tres valientes y de los otros personajes importantes de esta tragedia: Juan Carlos I, su jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, el jefe de la unidad de operaciones especiales del servicio de inteligencia (CESID), José Luis Cortina y los máximos responsables del golpe y del fracaso del golpe, al menos hasta que otra investigación logre demostrar que hubo responsables más arriba: el untuoso general Alfonso Armada, antiguo jefe de la casa del rey y viejo educador del joven príncipe, el general Jaime Milans del Bosch, franquista de viejo cuño a cargo de las tropas en Valencia – la única unidad militar que salió a la calle para apoyar el golpe – y el mismo teniente coronel Antonio Tejero.

En su segunda mitad, Anatomía de un instante se pierde un poco, creo, en intentar resolver todos los enigmas del golpe. Con la cota puesta tan alto por el propio autor, al final me cuesta perdonarle ciertas páginas farragosas.

En conclusión, como obra divulgativa para quienes queremos entender el pasado reciente y el presente de España, toda la obra es necesaria. Pero para los que no, los lectores de otros países, por ejemplo, se detiene demasiado morosamente en personajes muy menores y reyertas internas. Es como si Soldados de Salamina trazara la biografía entera de todos los que fundaron Falange junto con Sánchez Mazas, y también se detuviera en los pormenores de la caída de Barcelona y la marcha a pie en el gélido enero de los miles de republicanos que huyeron a Francia en los últimos días de la guerra.

Pero la frondosidad no le quita un ápice de altura al gigantesco árbol de este libro. Qué menos que darle la razón a Cercas cuando dice que algunos episodios tienen tanta fuerza, tanta poesía, tanta capacidad para asombrarnos por sí solos que no hay que novelarlos. Que es mejor usar las dotes literarias – que a este autor le sobran – para intentar contar lo que pasó y tratar de sacar las conclusiones, extraer el sentido de un episodio, como repite una y otra vez, ‘cebado de sentido’.

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En el final descuella, poderoso y apenas mencionado, el padre de Cercas, un ‘suarista’ de la primera hora, un sobreviviente simpático, como lo fueron la mayoría de los que, sin ser héroes ni villanos, se abrieron camino negociando la conservación de algo de dignidad personal en las aguas pantanosas y pestilentes del franquismo.

El padre de Cercas murió en el momento en que Suárez, aquejado por las últimas etapas del Alzheimer, reaparecía en las noticias, como un fantasma sin memoria ni consciencia de haber sido vilmente traicionado. La foto, que inundó las portadas de los diarios, muestra a Suárez sin memoria caminando por los jardines de su casa, abrazado por el rey Juan Carlos, el hombre poderoso que lo dejó solo cuando el político centrista más lo necesitaba.

En unas pocas líneas puedo ver y entender al padre de Cercas, el porqué del libro, de crear un gigantesco edificio de investigación palabras para explicar la formación de la España de hoy. Y al mismo tiempo puedo maravillarme con la construcción de un gran personaje real, el chisgarabís (¿qué querrá decir esa dichosa palabra?) que no molestaba a nadie y fue puesto en el papel de presidente para que nada cambie, y se lo creyó y lo cambió todo, y en el instante supremo se jugó la vida.

El aborrecible falangista Sánchez Mazas, que existió para perjuicio de España, no se merecía ser el centro de atención de un gran autor. Miralles, el supuesto miliciano de la República, se lo merecía, pero no existió: para encontrar un miliciano a la medida de sus ideales, Cercas se lo tuvo que inventar.

Ahora sí, finalmente, Javier Cercas logró el que para mí es el mejor libro de periodismo narrativo de lo que llevamos de siglo XXI. Y su personaje, Adolfo Suárez, impagable, contradictorio y heroico a su pesar, a la vez verdadero y cierto, sí se lo merecía.

 

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