La historiadora Aviva Chomsky se mira en el rostro de los migrantes latinos en EE.UU.

Pocos intelectuales de Estados Unidos han comprendido tan a fondo la lucha de los trabajadores, las comunidades campesinas e indígenas y los oprimidos en América Latina, y sus nuevas luchas desiguales como inmigrantes en Estados Unidos. Desde hace cuatro décadas, la historiadora Aviva Chomsky cumple un triple papel: 

como académica, como divulgadora de verdades incómodas y como activista contra el olvido en su país.   

Visité a Chomsky en el verano de 2009, durante la investigación para mi libro Crónicas bananeras. Escribí para mi obra una crónica de mis entrevistas con ella y la lectura de sus libros. Al final, Crónicas bananeras resultó demasiado amplio y abarcativo, y entre muchas otras cosas, ese relato de mi día con Aviva en Salem, Massachusetts, se cayó del libro.

Hoy lo recuperé, corté unas cosas y cambié otras, y quiero compartirlo con ustedes. Los temas de Aviva Chomsky – la globalización y su efecto en los trabajadores, la inmigración, el efecto de las políticas públicas y privadas de EE.UU. en sus vecinos del sur – siguen estando vigentes.

La brillante y lúcida prosa de esta gran intelectual pública nos sigue enriqueciendo. Aquí, entonces, la crónica que escribí tras esa visita al pueblo de Aviva Chomsky.  

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 “¿A quién reconoces?”, me pregunta Aviva Chomsky frente al mural, en una tranquila calle en las afueras de la pequeña ciudad de Salem, Massachusetts.  

La pintura colorista y vital representa una calle del barrio, con edificios como cajas con gente. Los edificios del mural son muy parecidos a los bloques de pisos que hay atrás, como si fuera una visión expresionista del paisaje que lo rodea. La gran diferencia es que los edificios pintados están doblados, arqueados, como si estuvieran discutiendo o bailando. Otra diferencia es el paisaje: en la calle pintada en el mural, unos campesinos venden comida como si estuvieran en un pueblo de Centroamérica.

En el primer plano de la pintura, a la derecha, un edificio abierto, sin pared frontal, muestra la vida de dos familias de inmigrantes latinos. Las personas tienen facciones definidas, como si hubieran querido representar a gente real del barrio. La estética se coloca en algún punto entre el infantilismo didáctico de principios del siglo XX y el cómic actual.

Pero lo que más me llama la atención es la escena que cubre casi toda la mitad izquierda: un coche descapotable viene hacia el observador. Al volante, una joven rubia de sonrisa misteriosa. A su lado y en los dos extremos de asiento trasero, tres adolescentes latinos. Entre dos de atrás, un señor de pelo cano y bigote blanco.

“¿Ese no es…?”, le digo, dubitativo.

“Sí. Es Gabriel García Márquez. Lo pintaron los alumnos dominicanos del colegio público. Se representaron a sí mismos como pasajeros, con Gabo en medio. La que conduce el auto es su maestra, Carmen Ruiz”.

Nos quedamos unos minutos mirando el mural. Entonces noto, en la orilla derecha, casi saliéndose del cuadro, la cara de perfil de un barbudo que canta.

“¿Es…?”

“Sí, ese es Juan Luis Guerra. A estos chicos dominicanos les encanta su música”.

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Entiendo por qué Aviva Chomsky quiso dar un rodeo en la caminata hasta su casa para traerme a ver este mural. Es un retrato en positivo de los sueños de los jóvenes inmigrantes: la pintura muestra el talento de estos chicos, su mirada que une lo de allá y lo de acá en una síntesis personal. Los personajes de García Márquez y Guerra, sus referentes artísticos, aparecen como razones para el orgullo de su identidad latina. Pero la clave, me dice Chomsky, es el personaje de la conductora del descapotable. Sin la maestra, el mural y el proyecto de vida de los chicos que lo hicieron no serían posibles.

Aviva Chomsky entrevistó a la maestra Carmen Ruiz para su último libro, Linked Labor Histories (Historias de trabajo vinculado, o historias vinculadas de trabajo). En el libro reproduce el mural, en una página donde la maestra, puertorriqueña, explica cómo no se ve reproduciendo modelos y enseñando listas, sino como una activa participante en la formación de una comunidad. Para eso tiene que hacer que los niños dominicanos piensen en quiénes son, por qué están en Salem, de dónde vienen y a dónde quieren ir.

Linked Labor Histories muestra la enorme complejidad de las estrategias de capitalistas y obreros a lo largo del siglo XX, centrándose en las profundas y cambiantes relaciones entre la costa de Nueva Inglaterra, en el norte de Estados Unidos, y la costa caribeña de Colombia. Este libro de Aviva Chomsky, profesora de historia en Salem College, es un relato muy ambicioso y logrado de cómo la industria textil primero y la del carbón después han movido a lo largo del siglo XX a miles de trabajadores, inversiones, materias primas y productos manufacturados a través de fronteras y atravesando barreras sociales, lingüísticas y culturales. El largo camino que llevó a estos adolescentes de República Dominicana a este pueblo colonial de Nueva Inglaterra.

El caso de la formidable industria textil de Nueva Inglaterra le sirve para demostrar que la globalización no es un fenómeno reciente, sino que los empresarios han movido desde hace siglos capitales, máquinas, procedimientos y trabajadores de un país a otro según su conveniencia. Para bajar costos y subir sus beneficios ‘importaron’ trabajadores, y cuando esto no fue suficiente, ‘deslocalizaron’ sus industrias y despidieron a los trabajadores.

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Irónicamente, como refleja con palmaria claridad el libro de Chomsky, los mismos empresarios que traían trabajadores ‘baratos’ a Estados Unidos eran fervientes defensores del nacionalismo y apoyaban a candidatos políticos que proponían quitar derechos a los mismos trabajadores extranjeros que ellos utilizaban. Luego, cuando eran ellos mismos los que deslocalizaban sus industrias, apoyaban campañas xenófobas contra los países de los que ellos se beneficiaban.

El relato de la exacerbación de la violencia en la región de Urabá en Colombia, región bananera por excelencia, marca la línea directa que va desde las estrategias de la United Fruit Company que conté en la primera parte de este libro, usando y citando muchas veces a Chomsky, y los intereses y prácticas de las multinacionales actuales.

La información más controvertida y novedosa que aporta Linked Labor Histories es la alianza entre estos empresarios norteamericanos, los gobiernos de EE.UU. y los sindicatos mayoritarios del país. El libro se detiene a analizar la connivencia de la AFL-CIO con los intereses y maniobras del Departamento de Estado y de las grandes corporaciones, muchas veces en directo conflicto con las luchas desiguales que libraban los sindicalistas locales. Y relata los tímidos intentos de sindicatos minoritarios y líderes rebeldes de AFL-CIO para desmarcarse de esa política y trabajar conjuntamente con los obreros de Latinoamérica.

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Yo sabía que quería visitar a Avi Chomsky desde que leí su libro Obreros de las Indias Occidentales y la United Fruit Company en Costa Rica (1870-1940), una versión adaptada a libro y ampliada en su marco histórico de su tesis de doctorado. Chomsky, nacida en Boston en 1957, es hija del célebre lingüista y polemista de izquierda Noam Chomsky, pero no le gusta que le mencionen a su padre en entrevistas sobre su propia obra. Y ni falta que hace: en las tres décadas que lleva estudiando la historia de las relaciones laborales, con énfasis en el trabajo inmigrante y los movimiento transfronterizos, se convirtió en una voz insustituible en el actual debate económico y político en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Estar en la pequeña universidad de Salem, me explica, la aparta de la ruta hacia las grandes cátedras de los centros de referencia, como el vecino Harvard, pero le permite hacer activismo político-social y tomar su trabajo como una vía hacia el cambio y el entendimiento de los problemas.

Por eso pudo escribir, en 2007, en plena batalla por los derechos de los inmigrantes, un alegato a la vez lleno de pasión y brío y colmado de datos duros, argumentos fríos y razones incontrovertibles. Cuando el gobierno de George W. Bush proponía perseguir y quitar derechos fundamentales a los trabajadores sin papeles y sus familias, Chomsky publicó They Take Our Jobs! (¡Nos quitan nuestros empleos!) y otros 20 mitos sobre la inmigración. Es un manifiesto que presenta, evalúa y destruye uno a uno los prejuicios, las mentiras y las tergiversaciones sobre las que se basa la campaña anti-inmigración.

Como en su título, cada capítulo está titulado con la expresión más directa y clara de un mito (como ‘Los inmigrantes no pagan impuestos’, ‘Los inmigrantes compiten con los trabajadores locales con poca formación y hacen bajar los salarios’, ‘Estados Unidos tiene una política muy generosa con los refugiados’, ‘Estados Unidos es una olla de cocción que siempre dio la bienvenida a inmigrantes de todo el mundo’, ‘Los inmigrantes no quieren aprender inglés y la educación bilingüe agrava el problema’, o ‘El pueblo norteamericano se opone a los inmigrantes y las posiciones en el Congreso reflejan esa actitud’). 

Como historiadora, relata con datos y documentos la fundación de la nación basada en el exterminio de los indígenas, la persecución de inmigrantes irlandeses e italianos y las dificultades casi insalvables que tienen los perseguidos por regímenes dictatoriales, con la enorme excepción de los cubanos, de quedarse.

Con datos económicos demuestra que los inmigrantes aportan más a la economía que lo que sacan, y que la política de bajar salarios nos los favorece y en cambio beneficia a los empresarios, con la connivencia de los gobiernos. Y así sucesivamente. Es un libro claro, lúcido, que toma los argumentos que no comparte con seriedad y nunca insulta o estigmatiza a los contrarios. Aspira a ser leído por los trabajadores estadounidenses, víctimas de las campañas anti-inmigración de la prensa conservadora y los políticos de derecha.

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Para encontrarme con Avi Chomsky vine al pueblo costero de Salem, a un par de horas de Boston. Salem es famoso por las brujas: en 1692, en un delirio de fanatismo religioso, 25 mujeres fueron acusadas de brujería y ejecutadas. En 1955 se estrenó The  Crucible (Las brujas de Salem), una de las obras más conocidas y representadas del dramaturgo Arthur Miller. Miller transformó el juicio de los puritanos, donde los vecinos de Salem fueron obligados a declarar contra las supuestas brujas con torturas y bajo amenaza de ser acusados ellos también si no lo hacían, en una alegoría de los juicios por comunismo que el senador Joseph McCarthy estaba llevando a cabo en esos años. Desde entonces, la historia sobrevive como símbolo de la barbarie del fanatismo y la persecución, y Salem es visitado por millones de turistas, que se atiborran de souvenirs brujeriles.

El centro de la ciudad, donde está mi hotel, el legendario The Hawthorne, es un laberinto de callecillas donde ya nadie sabe cuáles son las auténticas casas coloniales y cuáles las modernas imitaciones. De los souvenirs no hay duda: casi todos los de plástico.

Aviva me pasa a buscar por The Hawthorne y vamos a tomar café a un bar universitario de las inmediaciones. Pedimos, para ponernos en tema, sendos ‘banana cakes’. Ella me cuenta de su implicación desde la adolescencia con los movimientos de izquierda, y en concreto con la lucha por los derechos de los trabajadores agrícolas mexicanos que llevó a cabo en los setenta el líder sindical César Chaves, a quien muchos consideran el Martin Luther King de los derechos de los inmigrantes latinos.

A los 18 años, en su primer año de universidad, Aviva ya participaba en campañas en las puertas de grandes cadenas de almacenes para que los clientes no compraran verduras de fincas que no aceptaran trabajadores afiliados al sindicato de Chávez. Acabado ese primer año de universidad, dejó las aulas y se incorporó a la lucha. “Fue mi momento de concientización en muchos sentidos; no pensaba en lo que querría hacer en el futuro, sino que vivía el presente”, me cuenta.

En 1987, vuelta a los estudios, Nicaragua atrapa su atención: ve en la lucha contra la dictadura de Somoza el afán de un pueblo pequeño por su liberación y la posibilidad de pelear dentro de Estados Unidos para que su gobierno cambie de política.

“Ni en esa época ni ahora sentí ninguna contradicción entre mis objetivos profesionales y mi trabajo político”, me aclara. Desde entonces, su trabajo para cambiar la política de su país en el mundo se centró en Latinoamérica, “porque era la región más afectada por los políticas norteamericanas”.

En lo académico, se vinculó con latinoamericanistas y por esa época le vino la idea de centrar su trabajo doctoral en la historia de la United Fruit Company. Quiso combinar su lucha política con la investigación asentándose en Nicaragua, pero pronto vio que no tendría las condiciones mínimas para trabajar, y se mudó a Costa Rica.

El tema en que la tesis de Aviva Chomsky innova y marca nuevas vías de investigación es en la relación entre la política de salud de la United Fruit Company y la cultura en ese sentido de los inmigrantes jamaiquinos.

En los documentos encontró un tema fascinante: la compañía se ufanaba de traer la salud, la ciencia, la modernidad al trópico, con sus hospitales, medicinas y médicos importados. Pero las organizaciones de trabajadores, sus líderes religiosos y muchos trabajadores y trabajadoras a nivel individual emprendieron una lucha para liberarse de ese sistema de salud. ¿Por qué estos trabajadores rechazaban el moderno sistema de salud de la compañía?

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Para la compañía, el problema central era la malaria: le hacía perder trabajadores y horas de trabajo, que era lo que le importaba. Pero no estaba dispuesta a emprender las reformas en las casas y habitaciones, en las horas de trabajo, en la alimentación y en las condiciones generales de vida que prevendrían esta enfermedad. Los blancos, bien alimentados y que vivían en sitios salubres y cómodos, casi no sufrían de malaria. A los trabajadores negros les recetaban quinina, pero sólo producía efectos secundarios nocivos: los beneficiosos funcionan cuando el cuerpo está sano.

Los médicos de la compañía, en cambio, promovían cambios de hábitos que iban directamente en contra de la cultura caribeña de las familias de los trabajadores, y en algunos casos, como su insistencia en darle a los bebés leche envasada traída de Estados Unidos en vez de leche materna, era un error médico.

El relato de Chomsky de la lucha, primero desorganizada e individual, luego más orgánica, de los trabajadores contra las imposiciones de salud de la compañía es un avance enorme en la historiografía bananera. Ataca directamente uno de los pocos logros obvios de los que la UFCO podía presumir, al constatar que su amplia y sistemática política de salud estaba basada en premisas equivocadas, tenía bases racistas y etnocentistas, y terminaba siendo ineficiente por no considerar la salud como un problema social.

A finales de los ochenta, Aviva se instaló un año y medio en Costa Rica, hurgó en archivos en San José y viajó muchas veces al Caribe.

“Me sorprendió el nivel de pobreza y destrucción que la compañía dejó de los lugares por donde había pasado”, me dice.

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Caminamos desde la cafetería hasta el puerto y bordeamos la bahía. Me cuenta que anoche estuvo enseñando inglés a un grupo de inmigrantes guatemaltecos, que trabaja en ayuda solidaria a grupos de derechos humanos de esos países, apoyo legal y de integración, como clases de idiomas, y que no ve su investigación como algo diferente de estas tareas de voluntaria y militante.

Sobre el agua, para aprovechar su paso, se alza aún la vieja fábrica textil de la ciudad, abandonada. Aquí trabajaban los inmigrantes colombianos que habían aprendido con las mismas máquinas en fábricas instaladas por la misma empresa en su país. Seguimos caminando y nos topamos con la enorme planta generadora de energía. “En los ochenta recibía carbón de minas de Colombia que destruían bosques, aldeas y dejaban a la gente con el único futuro posible de la emigración”, me explica.

Voy viendo claro esto de las historias laborales interrelacionadas: es como el cuento del aleteo de la mariposa en China que provoca un tsunami en Perú, pero contada por Karl Marx.  De la esquina del mural con García Márquez, Juan Luis Guerra y la maestra, seguimos camino hacia la casa de Avi y su familia.

Es una pequeña pero robusta casa de dos plantas, con piso de madera vieja y muebles rústicos, llena de libros y papales en las mesas, en el suelo, por los rincones. Avi se quita los zapatos y yo la imito. Va a un estante lleno de sus obras y me regala ejemplares de Linked Labor Histories y de They Take Our Jobs! Tiene varias copias de su libro de la UFCO en Costa Rica, pero yo ya lo había comprado por Internet, a precio de oro. 

En la sala hay un piano de madera percudida, vivida. Parece tan rústico como el banco de la cocina y el piso. Me acerco a ver qué aprenden a tocar sus hijos: una sonata de Mozart y Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Desde la cocina me ofrece té. “¿Qué té quieres?”, me dice en su melodioso acento centroamericano, con un levísimo deje inglés.

Casi sin pensarlo, le digo: “Voy a escribir sobre vos, así que voy a tomar lo mismo que te sirvas, para conocerte mejor”.

Vuelve a sonreír, y aparece con dos jarros de cerámica artesanales. El té es negro, deliciosamente amargo, y nos lo tomamos sin azúcar, sin leche y sin quitar el saquitos. Así, con cada sorbo el sabor es más fuerte. 

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