Con Leila Guerriero todo es simple, pero nada es sencillo

Decía Borges que el escritor debe buscar la forma más sencilla de contar historias complejas. Esto ha hecho la periodista narrativa argentina Leila Guerriero con su último libro, una ‘nouvelle’ de no ficción engañosamente ‘simple’ que cuenta la historia de un joven bailarín de malambo.

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En las pampas argentinas, el malambo es un baile tradicional, cuya variante más vistosa y legendaria es ejecutada por un hombre solo que zapatea a ritmo de vértigo durante casi cinco minutos acompañado por una guitarra, con botas de cuero rústico que no llegan a cubrirle todo el pie, y que muchas veces lo dejan roto y sangrando.  

En el pueblo de Laborde cada año se dan cita los mejores atletas del malambo. Que nadie espere evoluciones con boleadoras o cuchillos como las versiones para turistas: el malambo que se juzga en el Festival Nacional de Laborde es estricta y orgullosamente tradicional.

Como los héroes de Grecia, el momento triunfal de cada campeón es a la vez su ocaso: no puede presentarse a otros concursos y se despide al entregar el cetro en el festival siguiente, tras demostrar que es el mejor. La periodista construye su crónica como el relato de un hombre común, Rodolfo González Alcántara, que sobre el escenario de Laborde se convierte en un semidiós.

El malambo, nos enseña Leila Guerriero, es metáfora de muchas cosas: une la tradición y la modernidad, un mundo que se acaba y otro que nace, la línea tenue entre el triunfo y el fracaso.

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Ya lo había hecho en su primer libro, la escalofriante fábula real Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2006) sobre un pueblo patagónico donde se empiezan a suicidar los adolescentes. Y lo continúa con sus precisas y poéticas historias de ganadores amargos y perdedores luminosos que componen su antología Frutos extraños (Alfaguara, 2012). El año pasado Mario Vargas Llosa elogió con entusiasmo su colección de perfiles de escritores, Plano americano.

En América Latina, Guerriero es parte fundamental del avance de esta forma de contar novelísticamente hechos reales que, como decía Tom Wolfe del Nuevo periodismo en la Norteamérica de los 60 y 70, está produciendo la mejor literatura de la actualidad. Con el placer y el dolor del taconeo del malambo y con el aliento de las grandes épicas, lo ha conseguido otra vez.

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