Vivir con las maletas hechas

Entre Franco y Perón. Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina, de Dora Schwarzstein, publicado por Editorial Crítica en 2001, no trata de Franco y apenas si habla de Perón. Es la historia de los exiliados republicanos en Argentina, sus desventuras, su relación con lo que estaba pasando en España y su difícil inserción en el país donde recaló su naufragio. Son las voces de una larga derrota.

En este siglo en que recrudecen los exilios y las migraciones, esta historia es tan actual como cuando se publicó, y el método de historia oral que su autora, su modelo para contar el pasado y el presente desde la memoria colectiva.

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La historiadora argentina Dora Schwarzstein usa con pericia las herramientas de la historia oral para atrapar las voces y los recuerdos de los exiliados republicanos en Argentina. Fueron protagonistas de la Historia con mayúscula y en su larguísimo exilio llegaron a comprender con tristeza que la historia de su país los había dejado atrás. Cuando murió Franco fueron otros los que protagonizaron ese futuro con el que ellos tanto habían soñado.

Es un libro tristísimo, pero su lectura se hace luminosa por la forma en que usa la historia oral para hacer presente y real, como en una novela, una de las mayores tragedias del siglo XX. Pero Entre Franco y Perón me llegó tarde. A un año de su publicación, murió Dora Schwarzstein en Buenos Aires. Buscándola ahora en internet, me encuentro con el obituario que le escribió su discípulo, mi amigo y gran cultor de la historia oral Federico Lorenz.

“Es difícil pensar lo que se conoce como ‘Historia Oral’ sin asociarlo al nombre de Dora”, Dice Lorenz. “Ella, ‘historiadora que utiliza fuentes orales’, como se definía, abrió caminos para quienes actualmente realizamos entrevistas para nuestras investigaciones. Por eso el parafraseo de Gramsci, porque durante toda su actividad profesional Dora desplegó una energía y un entusiasmo envidiables, una fuerte voluntad por instalar una metodología que resultó exitosa porque estuvo acompañada por un rigor y un muy alto nivel crítico y autocrítico.”

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Este estudio del exilio republicano en Argentina es erudito y vibrante al mismo tiempo, y combina casi en cada página los testimonios de personajes que sufren el desgarro del destierro con el análisis sosegado de una de las mayores tragedias del siglo XX. 

Volvamos a contarlo: entre enero y marzo de 1939, se calcula que cruzaron la frontera española hacia Francia unas 450.000 personas. La larga marcha por los Pirineos en uno de los inviernos más crudos del siglo aparece una y otra vez en los testimonios de los exiliados. “No éramos más que un pobre rebaño de parias, sin derecho alguno, sin hogar ni patria; y todo por el crimen de haber soñado con un mundo mejor y haber luchado por realizarlo,” dice Federica Montseny, una de los 87 exiliados entrevistados por Schwarzstein.

Pero al salir de la España franquista los derrotados estaban lejos de ver el fin de sus sufrimientos. Muchos fueron enviados a campos de concentración en Alemania, intelectuales y activistas políticos iniciaron azarosos viajes por mar hacia lo desconocido, y los que nadie quería vegetaron por años en campos de refugiados en el sur de Francia.

Unos 30.000 exiliados marcharon a América, que muchos veían como tierra de abundancia y promisión. Dos tercios de éstos fueron a México, donde el gobierno de Lázaro Cárdenas les abrió las puertas. El resto se desperdigó principalmente por Chile, Argentina y República Dominicana.

Los que fueron a Argentina se encontraron allí con inmigrantes españoles de principios de siglo y con republicanos que habían huido antes de la caída definitiva. Luego fueron llegando más víctimas de la represión franquista. La autora desgrana detalladamente las relaciones que se fueron formando entre estos grupos, con los argentinos que se encontraron y con los otros inmigrantes y exiliados de toda Europa que compartían su suerte en pensiones y conventillos de Buenos Aires.

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En el libro se presenta y se explica la Historia de grandes personajes: el apoyo de Perón a Franco, la política mexicana de abrir las puertas a los republicanos y la acción contraria del gobierno argentino, la actitud ambigua de las democracias europeas ante Franco luego de la Segunda Guerra Mundial, las luchas infructuosas de los representantes de la República en el exilio por vetar al franquismo de Naciones Unidas.

Pero su valor fundamental es volcar la historia viva, individual y colectiva de los exiliados: su cotidianeidad en Buenos Aires y la forma en que poco a poco iban arreglando sus recuerdos y su identidad para adaptarla a las circunstancias de su nueva vida.

Por ejemplo, el énfasis en considerarse exiliados, no inmigrantes.

Una mujer que se exilió de niña en Argentina recuerda que sus padres nunca compraron muebles, porque querían creer que en cualquier momento volverían a España. Hoy su hija se siente plenamente argentina.

“Poco a poco nos hemos ido argentinizando,” dice uno de los testimonios más punzantes. “Mi pensamiento está en España, pero está en la Argentina al mismo tiempo. Es decir, hemos dejado de ser totalmente españoles pero no somos totalmente argentinos. Somos del Atlántico, estamos a mitad de camino de la ida y de la vuelta.”

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Dora Schwarzstein murió hace 12 años, y hoy no puedo decirle lo que me gustó y me enseñó su libro sabio.

Los libros sobreviven a sus autores, igual pero exactamente al revés que las viejas minas anti-persona enterradas en el campo: de pronto y sin aviso, muchos años después, nos pueden explotar y cambiarnos para siempre. 

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El arte de aparear: dos óperas cortas sobre la opresión religiosa

Giacomo Puccini compuso Sour Angelica al final de la Primera Guerra Mundial; Luigi Dallapiccola creó Il Prigioniero durante y después de la Segunda. El director catalán Lluís Pasqual juntó estas óperas cortas en un espectáculo profundo, coproducido por el Liceu y el Teatro Real de Madrid. Hace dos años se vio en Madrid. Mañana 22 de junio a las 17hs. llega al teatro de las Ramblas.

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Dos víctimas condenadas por un poder opresor, enjauladas en cárceles físicas y mentales, que solo encuentran una vía de escape a su tormento: la muerte. Este es el hilo común que el gran director teatral Lluís Pasqual encontró para juntar dos obras breves, en apariencia dispares.

Extrajo Sour Angelica, la segunda de las tres óperas en un acto que el maestro verista Giacomo Puccini juntó en su Tríptico (las otras dos son la violenta y dramática Il tabarro y la comedia de enredos Gianni Schichi) y la colocó después de la desoladora y astringente partitura dodecafónica Il prigioniero, que Luigi Dallapiccola escribió 40 años más tarde.  

Pasqual y su escenógrafo habitual, Paco Azorín, imaginaron además un espacio escénico común para ambas óperas, pese a que la acción de la de Puccini se desarrolla en un convento en el siglo XVII y la de Dallapiccola, en una cárcel en la época de Felipe II.

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El emparejamiento suena en principio extraño por la diversidad de los lenguajes musicales de ambos compositores. El verismo de Puccini se mantiene en esta ópera de 1918 totalmente en lo tonal, con arias y dúos dignos de los clásicos tradicionales La Bohème o Madama Butterfly. Por su parte, Dallapiccola, una generación más joven (como adolescente melómano había visto desde la gradería alta el estreno italiano del Trittico en la Opera de Roma), fue un ferviente seguidor de las teorías dodecafónicas de Arnold Schoenberg, aunque en sus partituras se cuela un sol peninsular, un afán de melodismo, que lo hace no ser tan ortodoxo.

Para el mundo musical en el que se crió Puccini, la música melódica aportaba belleza a un mundo terrible; para la generación desencantada y asqueada de Dallapiccola, la áspera dureza de la música debía reflejar fielmente, no endulzar, la crueldad del mundo.

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El siglo XXI está viendo el auge de esta práctica, que al juntar obras cortas aparentemente poco afines, llevan al público a ver cada una de ellas de una manera nueva, original. Por ejemplo, hace dos años, el Teatro Real de Madrid apareó la ópera corta Iolanta, de Piotr Illic Tchaikovsky, con el drama lírico Persephone, de Igor Stravinsky. Las dos óperas rusas (una sobre una chica ciega que no sabe que lo es y otra sobre la no aceptación de la muerte de un ser querido) tienen lenguajes musicales y poéticos muy distintos, pero tratan sobre los problemas de aceptar, encarar y sacar consecuencias de la verdad, algo que repercute en la sociedad rusa de hoy y en el debate contemporáneo en general.  

Tan viva está la tradición, que el año que viene, el Liceu presentará la desgarradora La voix humaine, de Francis Poulenc junto con la dura Una voce in off, de Xavier Montsalvatge, mientras que el Teatro Real le agrega un nivel más de complejidad: juntará otra de las obras en un acto del tríptico pucciniano, Gianni Schichi, con la poco representada Goyescas, de Enrique Granados.

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En Il prigioniero (basado en un relato de Auguste Villers de L’Isle-Adam), un prisionero anónimo, condenado a muerte, cuenta a su madre que su carcelero lo ha empezado a llamar “hermano” y esto le da esperanza. La madre ha soñado cosas terribles. El carcelero le señala la puerta abierta, y el condenado respira el aire de la libertad. En ese momento, el carcelero se convierte en inquisidor. Todo ha sido un engaño macabro: la esperanza era la última y peor tortura.

“¿Por qué querías dejarnos en la vigilia de tu salvación?”, musita dulcemente el torturador. 

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Suor Angelica es la única ópera importante cuyo extenso elenco está compuesto sólo por mujeres. Al convento donde languidece la protagonista llega su aristocrática tía. Angélica ha tenido un hijo en su juventud, y su familia se lo ha quitado y la ha recluido entre monjas de clausura. Después de siete años sin saber nada de su familia, la tía viene a exigirle que firme la cesión de su herencia para que su hermana pequeña pueda casarse “bien” pese a la deshonra que ella hizo caer sobre la familia. Sour Angélica le pregunta exaltada por su hijo, y la tía, glacial, le dice que murió hace dos años.

Sin razón para vivir, la monja se suicida y mientras llora arrepentida por su pecado mortal, la Virgen se aparece con un niño.

¿Es un final mágico, donde la Madre de Dios se manifiesta ante la pecadora para darle el perdón que sus inhumanos representantes en la tierra le negaron, como el final del Tannhauser de Wagner, donde el Papa lo condena por haber estado con Venus, pero el cielo obra el milagro del perdón? ¿Es tal vez una alucinación de la agonizante, como el “súbito vigor” que acomete a Violeta Valery antes de su desplome final en La traviata? Como en muchas obras maestras, el final es abierto.  

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El espacio común en el que sufre el prisionero su tormento exterior y padece Sour Angelica su tortura interna es una enorme jaula de metal, que se colorea débilmente con la esperanza del fugitivo y que se llena de luz con visita divina a la monja.

Con esta construcción, que recuerda a los dibujos de cárceles intrincadas e imposibles de Giovanni Battista Piranesi, Pasqual y Azorín crean un edificio malévolamente inteligente, una ‘superestructura’ que representa el poder que sujeta y oprime.

Pasqual, quien ya triunfó en los teatros de las dos grandes ciudades españolas con puestas en escena potentes y sutiles como su Peter Grimes para el Liceu y su Don Giovanni para el Real, invita al público con esta unión de obras nunca pensadas para unirse (de hecho, Puccini pidió que su Trittico no se rompiera) a pensar en los puntos comunes y divergentes y en el compromiso de los artistas con su tiempo, porque Suor Angelica es hija del estupor de la Primera Guerra Mundial e Il prigioniero, fruto del horror de la Segunda, aunque cuenten fábulas del pasado remoto.

Juntas, llevan a pensar en similitudes y diferencias. Se activan y se potencian. 

El mundial, la guerra y las euforias colectivas

Hace doce años, para el inicio del Mundial de Fútbol de Corea y Japón, el diario argentino La voz del interior estaba preparando un suplemento con experiencias personales de escritores y periodistas sobre cada uno de los mundiales pasados. A mí me pidió una columna sobre el Mundial 82, el de la España de naranjito, el que empezó en los días finales de la Guerra de las Malvinas.

Hoy, a un día del estreno de Argentina en este Mundial de las protestas callejeras en Brasil, rescato ese texto. Mantengo intactas las sensaciones de entonces: las perplejidades ante un fenómeno que me atrapa tanto como me repugna, y un radical rechazo por el sentimentalismo barato y el uso político y económico del opio del fútbol que nos idiotiza en estas fiestas sacras de lo banal. 

Acompaño este texto con una foto para nostálgicos: Diego Armando Maradona en España 82, en su primera participación en un Mundial. 

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Siempre pensé que, para nosotros los argentinos, el fútbol es una guerra y la guerra es un partido, lleno de gritos, de polvo en los ojos y de cerrar los puños. Pero nunca como ese día se nos mezclaron tanto la muerte y los goles, la rendición y el silbato final, los disparos y las patadas. Fue el 13 de junio de 1982, un día antes del final de la guerra de las Malvinas. Les cuento dónde estaba yo, para que me entiendan mejor: tenía 19 años, era un conscripto flaco y desgarbado, me estaba convirtiendo en un futuro ex combatiente (aunque todavía no lo sabía) y acababa de sonar la alerta roja por los altoparlantes en las calles frías y empinadas de Puerto Argentino. Estábamos en la casa del funcionario inglés que los oficiales de Marina habían tomado como cuartel general y el teniente acababa de prender la radio que había sobre una mesa con mantel floreado en el centro de la cocina. Las noticias de la guerra no podían ser peores. Esa mañana un grupo de soldados y suboficiales habían traído a la cocina historias de gurkas nepalíes que degollaban a los pibes que dormían en sus pozos. El general Menéndez había dicho por los altoparlantes que no nos íbamos a rendir, que íbamos a luchar hasta el último hombre. Los ingleses ya habían tomado las montañas alrededor de Puerto Argentino y nos cercaban por tierra, mar y aire. Y el teniente, mientras tanto, aplicaba su oreja al vetusto aparato sobre la mesa y con la perilla trataba de sintonizar Radio Rivadavia, esmerándose en conectar con la voz familiar del “Gordo” José María Muñoz, el relator deportivo estrella de entonces. Argentina, con Kempes, Bertoni, Maradona y Ramón Díaz, iba a liquidar a Bélgica en el partido inaugural del mundial donde la gloriosa escuadra albiceleste defendía el trofeo conseguido en el Estadio Monumental en el ‘78. La radio era vieja y había que agarrar la antena con la mano para que se escuchara algo, para que se pudiera adivinar un partido remoto en el verano español de la movida y la transición. Recién había empezado el partido cuando sonó la alerta roja, señal de que los Sea Harriers estaban por atacar y había que correr al pozo que habíamos cavado en el jardín de la casa del funcionario inglés. Pero no podíamos dejar la radio, y el partido, y el Mundial de España. El teniente nos instruyó para que todos nos escondiéramos debajo de la mesa de la cocina, y a mí me tocó levantar la mano para sostener la antena de la radio. Imagínense la escena. Así estuvimos todo el partido, metidos debajo de la mesa, escuchando el partido, y yo con la mano agarrando la bendita antena, mientras afuera los ingleses cercaban el pueblo y los soldados heridos ya bajaban de las montañas con sus caras de fantasmas y su paso de viejos.

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Al final, Argentina perdió uno a cero ese partido inaugural, y la semana siguiente, cuando volvimos de Malvinas por la puerta de atrás, muchos descubrimos con sorpresa que nuestra guerra y el Mundial eran tomados por los argentinos, los que nosotros llamábamos “del continente”, con el mismo espíritu de banal fiesta deportiva. Después, Argentina perdió con Brasil y con Italia y se fue de ese Mundial sin pena ni gloria. Después se fueron los militares, vino Alfonsín, el equipo de Bilardo ganó el Mundial de México en el ‘86, vino Menem, se hundió Maradona, y así. Pasaron los mundiales y los presidentes y se nos fue pasando la vida.

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Ayer (esto lo escribí en mayo de 2002), cuando le dije a mi amigo alemán Sebastian Schoepp que estaba escribiendo este artículo y le conté la anécdota de la radio y la mesa y el bombardeo, me regaló una historia suya. En 1998 Sebastian estaba de vacaciones en las Islas Británicas y vio el partido Argentina-Inglaterra del Mundial de Francia desde un pub en un barrio obrero del norte de Inglaterra. Mi amigo dice que cuando empezó la tanda de penales, después del partido intenso y empatado, no se escuchaba ni las respiraciones. Cuando Argentina ganó y los jugadores ingleses se tiraron en el pasto a llorar, se hizo un silencio de muerte en el pub. Entonces un viejo aficionado, de esos con venas en la cara, se paró sobre una mesa y empezó a gritar: “¡Nos ganaron un partido pero nosotros les ganamos la guerra! ¡Ganamos todas las guerras!” Y empezó una arenga pastosa sobre el imperio. Cuando Sebastian me lo contó, vi una secreta y sutil relación entre ese encallecido obrero inglés trepado a una mesa gritando que ellos perdieron al fútbol pero ganaron en las Malvinas y mi teniente, agachado debajo de una mesa escuchando el partido en medio del bombardeo. Ahora siento que tal vez la relación sea demasiado tenue, demasiado traída de los pelos. Cuando la vida es absurda, a veces tratamos de buscar relaciones y darles un sentido a las cosas. Lo que sí es seguro es que cada vez que empieza un Mundial, yo me acuerdo de las Malvinas, del terror de las historias de los gurkas, de la radio y su antena, de la guerra y sus momentos de comedia delirante. Y me sube por la garganta una risa tan triste que ni les cuento.

Un proyecto multimedia para llorar: Final Salute, de Jim Scheeler y Todd Heisler

Cuando me tocó abrir el turno de preguntas, me llevé el micrófono a la boca pero no salían las palabras. Estaba en estado de shock.

El viernes 16 de mayo yo estaba moderando un panel en el segundo día de la 9ª conferencia anual de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario (IALJS), pero no podía cumplir con la primera obligación de cualquier moderador, que es no emocionarse con lo que está escuchando.

Hace cinco años que acudo y hablo en las conferencias de este exquisito grupo de estudiosos y cultores del periodismo literario o narrativo. Cada mayo, me junto con colegas y amigos de Australia, Europa, Norteamérica y unos poquitos latinoamericanos. En mis presentaciones suelo traer a cronistas de continente, por lo general desconocidos para este grupo: en Londres hablé de Cristian Alarcón; en Bruselas, de Rodolfo Walsh; en Finlandia, de Gabriel García Márquez. Este mes, llevé a París la obra inmortal de Elena Poniatowska.

Pero unos meses antes me preguntaron si quería también moderar un panel. Era sobre las posibilidades de Internet y las herramientas multimedia para contar historias reales. Busqué en la web datos sobre los panelistas que tenía que presentar. A dos los conocía de otras conferencias. El que más me intrigó era Julian Rubinstein, prolífico periodista de tranco largo y profesor invitado en Columbia: tenía un proyecto sobre un pintoresco jugador de hockey y ladrón de bancos de Hungría, y en su proyecto multimedia incluía, junto con textos, fotos, videos y mapas, el audio de una canción que el mismo Rubinstein había compuesto desde el punto de vista del ladrón, y que cantaba con voz rasposa y afinada en estilo folk.

El último de la mesa parecía un chico apocado. En la foto de su web se lo veía con saco y corbata. Se llamaba Jim Scheeler y trabajaba en el diario local Rocky Mountain News. Iba a hablar de “cómo multimedia cambia una historia”.

Su crónica, que le valió un Premio Pulitzer en 2006, se llama Final Salute. Jim y su fotógrafo Todd Heisler pasaron un año siguiendo al Mayor Steve Beck de los US Marines. El mayor Beck es el encargado de ir a la casa de los familiares de los soldados muertos en las guerras que Estados Unidos despliega por el mundo a darles la mala noticia. La mayoría de las víctimas de los últimos años murieron en Iraq y en Afganistán.

Cuando ven llegar al mayor Beck con su uniforme impoluto tachonado de medallas, sus guantes blancos y su bandera doblada como un pañuelo, los padres y las esposas se ponen a temblar, o a llorar, o a gritar, presintiendo la tragedia.

Poco a poco, Jim y Todd fueron encontrando a su personaje principal. No era Beck: era Katherine Cathey, una chica de 23 años, recién casada y embarazada. Su esposo volvía del frente en un ataúd cubierto con la bandera de las barras y las estrellas, y en el aeropuerto militar, ella se zafó de la mano de Beck y corrió al ataúd, para abrazarlo como un náufrago al madero.

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Cronista y fotógrafo siguieron a Katherine durante una semana. Grababan su voz, tomaban fotos que en el silencio de su casa cuyo ‘click’ sonaba como una bomba, pero sobre todo, permanecían a su lado. “Si quiere que nos vayamos, sólo díganoslo”, le decía Jim.

La última noche, después de la vela en el regimiento, Katherine quiso quedarse a dormir con su esposo por última vez. Los marines le prepararon un colchón al lado del ataúd. Es la foto que acompaña este relato.

“¿Todavía están ahí mis reporteros?”, dice Jim que Katherine le preguntó al marine de guardia.

Sin pestañear, el soldado dijo: “Sí. ¿Quiere que los echemos?”

“No. Solo quería saber que estaban ahí”.

Con esta foto todavía en el proyector de la sala de la Universidad Americana de París, me tocó ponerme de pie y abrir el turno de preguntas. No me salía la voz.

Sí, no me suelen caer bien los US Marines. Pero esta historia me interpelaba. El muerto podía haber sido yo. Katherine era yo. El pie de foto explica que en su última noche al lado de su hombre, prendió el ordenador e hizo sonar (¿para quién?) una canción que le gustaba a su apuesto soldado. Es lo que está haciendo cuando Todd Heisler gatilla su ‘click’ ensordecedor.

Y sí: las producciones multimedia también pueden servir para hacernos llorar.