Cuando Juan José Millás entrevió la podredumbre que vendría

Hace 10 años, me impresionó un libro de Juan José Millás. Hay algo que no es como me dicen era entonces de lo más parecido a la crónica latinoamericana que se ha producido en España. No es extraño, porque Millás es un hombre muy culto, un ávido lector, que busca en tradiciones lejanas y dispares la forma más apropiada para acercarse a una historia. Aquí, la historia es de indignación moral, de nacimiento de la conciencia, de intriga política. En la época más alta del Reino del Ladrillo, cuando España era soberbia y nadie hablaba de crisis, esta pequeña joya muestra el comienzo de la degradación.

Sigo a Millás desde que llegué a este país hace 16 años. Sus artículos y anticuentos en El País me parecen modelos de imaginación feliz y síntesis laboriosa. Sus comentarios de fotos, en la revista semanal de ese diario, un hallazgo: inventó una forma de mirar. Y por supuesto, la he pasado muy bien con varias de sus novelas (Papel mojado, Dos mujeres en Praga, El mundo). Pero hoy quiero recordar el día en que Nevenka Fernández, en representación de una sociedad aturdida y olvidadiza, dijo basta y metió el dedo en la llaga.

Lo que sigue es una versión actualizada de lo que publiqué en 2004 sobre este libro en la recordada revista Lateral.   

Millás caso Nevenka foto tapa

Hay un tipo de personaje muy agradecido en el cine de “denuncia” norteamericano: el buen ciudadano, respetuoso de las leyes, que cree en las bondades del sistema y mira con extrañeza a los protestones y los rebeldes. Cuando de pronto se vuelve víctima de la injusticia y la crueldad inherente al mundo al que sirve, cambia su visión de la realidad.

Es el personaje que interpreta Jack Lemmon en El síndrome de China y en Desaparecido, el que borda Russell Crowe en El Dilema.

Las películas funcionan cuando el espectador se identifica con el inocente en el momento en que cae en la cuenta del engaño en el que vivía.

Juan José Millás, exponente del pequeño y poco prestigiado colectivo de periodistas literarios españoles, se distingue desde hace años por dotar a sus columnas de opinión en El País del elemento narrativo, el suspense y el don de la descripción justa y reveladora que le falta a la mayoría de los textos de ese género.

En vez de entonar homilías, Millás cuenta historias.

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En Hay algo que no es como me dicen, el autor desgrana en un libro humilde y bien enfocado una historia “cierta” de apertura de ojos con sensibilidad, muy buena dosificación de datos, ritmo y construcción de personajes.

La historia es simple: Nevenka Fernández, joven concejal del ayuntamiento de Ponferrada, es acosada hasta la desesperación por el alcalde, Ismael Álvarez, del Partido Popular. Contra la opinión de casi todos sus allegados, Nevenka lleva al alcalde a juicio, y gana. En el proceso, cambia su visión del mundo, de la política, de la relación entre hombres y mujeres en esta sociedad, de ella misma y del poder de la palabra. 

Nevenka Fernández no es una militante feminista, ni una activista de izquierda, ni siquiera una intelectual del grupo de amigos de Millás. Al comienzo de la historia pertenece al mundo de Ismael Álvarez, y su camino tiene el patetismo doméstico del que termina siendo ganado por la necesidad de ver algo de lo que no quería enterarse.

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Al contar ese camino, Millás lleva al lector por la pequeña historia de su propio itinerario: cómo se encontró con la noticia del “caso Nevenka”, cómo decidió escribir el libro, y cómo terminó enfrentándose a una amiga suya que prefería ver a la víctima como una vampiresa. Con ira, la amiga le gritaba a Millás que cómo se podía creer en una chica que acudió al juicio por acoso en minifalda “hasta aquí”.

Pero esa era la forma en que la amiga quería, podía o se permitía verla.

En realidad Nevenka había acudido a la sala en pantalones. Al darle la palabra y obligarla a desandar su camino y contar su dolorosa historia, Millás nos pone frente a una Nevenka con pantalones, y le pone los pantalones largos a la crónica española.

 

 

Lorin Maazel: la lección de un músico-pensador

En un momento dado, cuando ya llevábamos una hora de entrevista, Lorin Maazel me miró con esos ojos claros, penetrantes, casi transparentes. Sin pena y sin alegría, me dijo: “El verdadero artista tiene un solo amigo, que es su voz interna”.

No lo olvidaré jamás.

Esta semana murió el maestro Maazel a los 84 años, en su casa de Virginia, en su querida costa este de Estados Unidos. Alrededor de su casa tenía una granja enorme, y había construido ahí teatros y salas de ensayo. Todos los veranos organizaba un festival exquisito, donde compartía su particular sentido de la música con una generación que podía ser la de sus nietos o bisnietos.

Yo lo entrevisté para la revista dominical de La Vanguardia en 2011. Estaba  punto de dejar la dirección artística del Palau de les Arts de Valencia, y la última ópera que presentaría sería un estreno en España: su propia versión musical de la escalofriante y actual novela 1984, de George Orwell.  
Así lo vi yo en ese momento y estas son algunas de las cosas que me dijo.

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La historia se ha contado mil veces. En 1939, a los nueve años, Lorin Maazel dirigió su primera orquesta, a instancias de Arturo Toscanini. Una foto lo inmortaliza con pantalones cortos y blandiendo una batuta, en el gesto entre juguetón y seguro del niño prodigio. Antes de cumplir 15 ya había dirigido a la mayoría de los orquestas de Estados Unidos.

Había nacido en Neuilly-sur.-Seine, Francia, en 1930, de padres norteamericanos judíos. Después de la Segunda Guerra Mundial, fue pionero en la generación de directores que cruzaron puentes de entendimiento entre los músicos y los públicos de los países que salían de la guerra. Fue el primer director norteamericano en dirigir las obras de Wagner en su templo de Bayreuth (en 1960), y el que más Conciertos de Año Nuevo dirigió con la Filarmónica de Viena: once, el último en 2005.

En su dilatada trayectoria, grabó más de 300 discos, algunos tan notables como la integral de las sinfonías de Beethoven con la Orquesta de Cleveland, la obra orquestal de Sibelius con la Filarmónica de Viena, o los clásicos del impresionismo galo con la Orquesta Nacional de Francia. Como director de ópera, es asiduo del Covent Garden londinense, la Scala de Milán y el Metropolitan de Nueva York. E hizo más que casi nadie por popularizar el género, dirigiendo musicalmente tres de las películas más recordadas que plasmaron óperas en escenarios reales: el Don Giovanni de Joseph Losey (1979), la Carmen de Francesco Rosi (1984) y el Otello de Franco Zefirelli (1986).

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Con el nuevo siglo, ya septuagenario, Maazel se lanzó a un reto insólito: la dirección musical del Palau de les Arts de Valencia, un teatro recién construido. Eligió personalmente a cada miembro de la orquesta, y en un lustro la transformó en una de las más perfectas máquinas de hacer música en España. En Valencia dirigió jornadas memorables de Parsifal, Madama Butterfly, Cavalleria Rusticana, y hasta salió airoso de su primer contacto con La vida breve, de Manuel de Falla.

Sus ‘tempos’ son habitualmente lentos, el sonido surge nítido y crece desde algún rincón secreto, en sus mejores noches sus interpretaciones suenan como una ceremonia sacra y se tiene la impresión de que trae colores orquestales de la época de oro de la dirección, como cultor y sobreviviente de una dinastía perdida.

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Una de las primeras cosas que le pregunté fue por sus influencias ¿Qué director lo impresionó, lo inspiró más en su larga y exitosa carrera en el podio?

Pensó unos segundos y de su prodigiosa memoria surgieron nombres de grandes directores de la primera mitad del siglo XX: Arturo Toscanini, Victor de Sábata y Bruno Walter. “Pero”, agregó inmediatamente, “mis modelos a la hora de dirigir no eran todos directores. Me influyó mucho la forma de actuar de Lawrence Olivier. Me encantaba ver cómo se metía en el personaje, cómo lo dominaba. Lo que lograba proyectar. Todas las artes están relacionadas. Como violinista, me marcó Jasha Heifetz. Tenía un acercamiento a su instrumento así”.

En ese momento, colocó sus manos como si sostuviera un violín, pero con cariño, como acariciando un bebé. “Era el control perfecto, y al mismo tiempo una identificación total con la partitura que estaba tocando.”

Yo creía que ya había terminado y me disponía a hacer otra pregunta, cuando sacudió la cabeza, como si acabara de pensar algo nuevo. Y entonces me lo dijo:

“Todo artista que merezca ese nombre tiene una voz interna. Ya sea un intérprete de un instrumento, un cantante, un director. Todos compartimos un factor común, una voz interna, la intuición. Al final del día estamos todos solos, y el verdadero artista tiene un solo amigo, que es su voz interna. Debe seguirla hasta el final, no importa qué digan los demás. Si no puede, ha fallado. Pero si lo logra, y los demás lo consideran valioso, se incorporará a los que hicieron avanzar la humanidad de alguna manera.”

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El tiempo pasó volando. Hacía rato que había terminado el tiempo pactado, el jefe de prensa se asomó por tercera vez, pero Maazel parecía contento y locuaz. Ya habíamos hablado de sus conciertos con la Filarmónica de Viena, su histórico viaje a Corea del Norte, sus grabaciones y sus memorables noches de ópera, y también habíamos hablado largamente de su interés por la política y la literatura y su visión pesimista del momento actual. De hecho, él pensaba que 1984 era mucho más relevante en esta segunda década del siglo XXI que en 1948, cuando Orwell soñó su pesadilla totalitaria.

Y entonces le hice una pregunta que no había planeado: “Usted es muy enfático en denunciar los males políticos, económicos, sociales del mundo. Pero a lo que ha dedicado más tiempo y esfuerzo ha sido a hacer bien y difundir la música clásica”, le dije. “¿Le parece que contribuye en algo a mejorar este planeta?”

Ni cinco segundos pasaron antes de que saliera el torrente de sus ideas. “Las artes son vitales para transformarnos en personas independientes. Estamos rodeados de guerras, violencia, hambre, opresión, horror. Si no proveemos un ambiente para que surjan creadores como Einstein, Heine, Shakespeare, Benedetto Croce, Rimbaud, Walt Whitman, el espíritu morirá”, enfatizó, sin un ápice de dramatismo.

“El mundo de allí afuera es horrible, es ruidoso, es feo, apesta. Nos alimentamos de comida basura, nos insultamos por la calle, terminamos el día viendo programas horribles en televisión, con la familia nos tratamos a los gritos… ¿eso es vida?”

Y como si se contestara a sí mismo, concluyó. “Las artes intentan comunicar al ser humano con otras áreas que muchas veces están ocultas u oxidadas, pero están. No todo es comida basura y comunicación basura. Las artes apelan a nuestro intelecto, nuestra sensibilidad y nuestro sentido del humor. Yo, por supuesto, no sé quién sería sin la música y los libros y las películas y los cuadros. Me mantienen vivo y más activo que nunca”.

Una semana más tarde, lo saludé en el camerino antes del estreno de 1984. Estaba feliz, excitado como un adolescente a los 81 años. Fue la última vez que lo vi. Les confieso que no me termino de creer que se haya muerto. 

El pulgar inquieto del Emperador Tertuliano

Cuenta la leyenda que apenas terminaba la lucha feroz en la arena del circo, los emperadores romanos decidían la suerte de los gladiadores sin más razón que su capricho y con un gesto arbitrario del pulgar.

En las ondas de radio y televisión de España y Latinoamérica, un ejército de bien pagados tertulianos perdonan o castigan a los protagonistas de la actualidad, muchas veces con la misma alegría ignorante de un Calígula o un Nerón.

Gladiator Joaquin Phoenix Cómodo pulgar

Esta es la breve historia de las tertulias en radio y televisión. En un principio, un periodista se enfrentaba a un personaje que tenía algo que decir, y se lo llamaba “entrevista”.

Con la transición de las dictaduras a las democracias, en nuestros países se acabó la única voz autorizada y salió de las sombras una saludable cacofonía de voces, historias y opiniones. Así comenzaron a hacerse entrevistas conjuntas, donde un periodista interrogaba en simultáneo a varios personajes. A eso se lo llamó “debate”.

Vinieron más tarde programas más complejos, en los que un entrevistado era bombardeado por varios comunicadores; pero no podía faltar mucho para que se llegara al perfeccionamiento lógico del modelo: en las actuales “tertulias” se ha prescindido por completo de los personajes noticiosos, sean éstos políticos, artistas, académicos o testigos presenciales.

Ni uno ni muchos: ninguno. ¿Para qué los necesitamos, si con nosotros nos bastamos?

Ahora los periodistas discutimos, nos reconciliamos y nos volvemos a pelear entre nosotros, pensando que nuestras opiniones valen más que las de las viejas fuentes.

¡Bienvenidos a la era de los tertulianos!

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La tertulia actual consiste en un grupo de entre tres y cinco periodistas que discuten entre sí en un estudio de televisión o un estudio de radio, como si estuvieran en la mesa de un bar. Contentos y satisfechos de sí mismos, pontifican con la misma convicción tanto de aquello que dominan como de lo que no tienen ni idea.

Para ser buen tertuliano hay que hablar rápido y empezar a desembuchar en el mismo momento en que se empieza a pensar en qué decir. Hay que tener una voz reconocible – no necesariamente bien modulada ni atractiva – y aportar garra y convicción, ya sea que estemos hablando del último Nobel de Química, de la situación en Ucrania, de los árbitros del Mundial o de las razones por las que los niños se orinan en la cama.

Hay que demostrar que se conoce a los que cortan el bacalao como si fueran de la familia, y que la noche anterior se cenó a lo grande y con los grandes.

Por lo demás, en Tertulandia todo es opinable y cualquier dato puede ser refutado con un argumento de bar.

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Hay, como en todo, notables y muy honrosas excepciones que, en vez de martillarnos respuestas a velocidad de vértigo, plantean buenas preguntas.

En la SER, el filósofo Josep Ramoneda realmente ha leído y escrito mucho, tiene mundo y reconoce con hidalguía su ignorancia de ciertos temas, para aportarnos siempre un ángulo nuevo o un dato histórico que nos sirve para entender lo que se está discutiendo.

En la noche de 8TV, el mesurado notario Juan José López Burniol pone siempre por delante su capacidad de análisis y su insobornable sentido común, para hacernos mirar nuestras propias ideas con escepticismo e intentar explicarlas con claridad y elegancia.

Pero son eso, excepciones. En su conjunto, el fenómeno predominante de los programas de noticias cumple el triste pronóstico del tango Cambalache, de Enrique Santos Discépolo: todo es igual, nada es mejor, se mezcla la Biblia con el calefón y, a final de cuentas, vale “lo mismo un burro que un gran profesor”.

Es fácil llenar un par de horas de forma barata y previsible: si es martes, les toca al ex político que nunca salió del país y a la cronista de moda, aunque el tema sea el conflicto de las dos Coreas. Los dos hablan con convicción y gracia de lo que sea. Ya se arreglarán.

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Recuerdo perfectamente el momento en que sentí que la lógica de estas tertulias era perversa: fue el 15 de mayo de 2011. La directora de un programa de radio matinal leyó los primeros cables, confusos, sobre la detención del ex director del FMI Dominique Strauss-Kahn por denuncias de una camarera del hotel Sofitel de Nueva York.

Los tertulianos de aquel día debían opinar sobre algo muy delicado, espinoso, y de lo que no se sabía casi nada.

El que se quedaba callado corría el riesgo de ser tildado de mal tertuliano, y no ser incluido en el elenco de la temporada siguiente. Una tragedia para un periodista que quiere estar vigente: su nombre y su voz todas las semanas en horario de máxima audiencia, llueve o truene, bien vale improvisar sobre un hombre que como todos merece el beneficio de la investigación, y un tema – el acoso sexual – que no puede ser tratado con ligereza.    

Entonces uno de los contertulios tuvo una revelación: recordó que Strauss-Kahn había sido acusado por promover a su amante, que trabajaba en el FMI, a un puesto más alto. De ahí dedujo que seguramente sería culpable de violación, como si fueran la misma cosa.

Ahí se desató la marimorena. Se quitaban la palabra unos a otros, todos hablando con absoluta propiedad de algo que acababan de conocer fragmentariamente, y sobre lo cual cualquier periodista que se precie dedicaría horas a investigar antes de publicar una línea. Pero ese día los tertulianos estaban obligados a hacer lo contrario de lo que haría un becario cuidadoso. Y como en general son veteranos profesionales conocidos, el público y los estudiantes de periodismo asumen que eso es lo que se espera de un informador.

Subimos el pulgar, y Strauss-Kahn va a su casa. Lo bajamos, y el político socialista francés va a la cárcel. En este caso judicial, como en muchos otros, los opinadores tienen mucha influencia sobre los tres poderes del Estado.

¿Pero qué responsabilidad hay, si era solo una opinión?

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¿Cómo los llamamos? ¿Calígula? ¿Nerón?

No, no son tan terribles. Tal vez a la mayoría les cuadre más el nombre del emperador que personifica Joaquin Phoenix en Gladiator.

Ese, que aparece en este fotograma a punto de subir o bajar el pulgar, se llamaba Cómodo.

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Federico Gargiulo: Un editor aventurero en el fin del mundo

Federico Gargiulo: Un editor aventurero en el fin del mundo

Me lo tuvo que repetir. Cuando en 2008 me llamó por Skype desde Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, hasta mi casa en Barcelona, yo no terminaba de entender lo que Federico Gargiulo me quería ofrecer.

Al final todo quedó claro. Él acababa de leer mi libro, Los viajes del Penélope, que Tusquets había publicado en Buenos Aires en 2007, y quería traducirlo y publicarlo en inglés, en la pequeña ciudad patagónica, principalmente para beneficio de turistas y viajeros internacionales.

“Pero me falta el traductor”, me dijo. Así empezó nuestra aventura común y nuestra amistad.

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Federico se había especializado en libros de viajes, empezando con su propio relato de una peripecia a pie por Tierra del Fuego: Huellas de Fuego, en 2007. De hecho, Gargiulo se convirtió en editor para publicar sus propias obras y las que le gustan leer, relacionadas con el embrujo de la Patagonia, con los viajes y los aventureros. Quería compartir su pasión, mostrar a los visitantes sus descubrimientos y traer al español a autores lejanos, como el inglés Ernest Shackleton y el alemán Gunther Plüschow.

“La idea inicial era que fuese una editorial especializada en expediciones y viajes por el sur (Patagonia, Tierra del Fuego y Antártida), pero luego me di cuenta que lo que me interesaba era el tema de los viajes. Y entonces la meta es consolidar a la editorial como la más importante en Argentina dentro de lo que se refiere a literatura de viajes, un nicho que no está muy explotado en nuestro país”, me resumió Gargiulo hace poco,  cuando empecé a hacerle preguntas sobre su editorial para transformar mi admiración en estas palabras en mi blog.

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La editorial se llama Südpol, Polo Sur en alemán. Y los libros que saltan al mundo desde la capital de Tierra del Fuego son cuidados con mimo artesanal: las portadas, con fotos que invitan a soñar con aventuras, la inclusión de fotos y mapas, la edición cariñosa. Poco a poco, en su siete años de vida Südpol ha ido saliendo de su refugio sureño y se ha expandido por Argentina y Latinoamérica.

En el camino obtuvo grandes éxitos. Por ejemplo, publicó por primera vez en castellano el clásico Sur, de Shackleton, el aventurero por excelencia que fracasó en llegar al Polo Sur pero volvió para salvar a todos sus hombres. Cien años después de su gesta sigue siendo admirado por cumplir su promesa imposible y pensar en los demás antes que en sí mismo. Un aventurero cabal.

“También dimos a conocer en castellano Tierra de Tempestades, de Nick Shitpon, un escalador británico famosísimo que anduvo por la Patagonia pero que es más reconocido aún por sus expediciones al Himalaya”, me cuenta mi editor, con la misma contagiosa alegría de sus primeros días.

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Y va a más. El año pasado publicó A vela hacia el país de las Maravillas, el único libro que no estaba disponible en castellano del legendario aventurero alemán Gunther Plüschow, el primero en tomas fotos y grabar película en los lagos y montañas del sur de América en los años 20. Este libro es un orgullo extra para mí, porque la traducción es de mi tía Marion Kaufmann, traductora del alemán al castellano y viceversa, y estupenda periodista en ambos idiomas.

Y este año finalmente se hizo un hueco en los suplementos literarios y las listas de los más vendidos con la excelente crónica El mejor trabajo del mundo, de la gran viajera Carolina Reymúndez.

La intensa búsqueda de un cassette con una entrevista realizada hace casi veinte años al escritor Paul Bowles es el punto de partida para el sustancioso viaje interior de esta cronista que recorre el mundo por trabajo. De Marruecos a Lima y de Suiza a la cordillera riojana, en el libro pasan geografías, paisajes y apuntes de viaje”, dice entusiasmado Federico en su comentario al libro. Reymúndez cuenta sus viajes con deleite y reflexiona sobre el arte de viajar y sobre qué la mueve a salir una y otra vez a descubrir el mundo.

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Federico también sigue mejorando su propia prosa: de la fascinación juvenil de su primer libro pasó a Papeles de Tierra y Mar, una sucesión de exquisitas crónicas que incluyen más viajes por su isla, recorridos por la costa patagónica, experiencias en crucero a la Antártida y hasta el día en que corrió una maratón en las Malvinas.

En parte soy responsable de esa, su gran aventura en Puerto Stanley: su anfitrión fue el traductor que le propuse para The Voyages of the Penelope: el maestro malvinense John Fowler, quien vivió y sufrió la guerra entre nuestros dos países en 1982, como yo, y que  ahora es amigo de los dos. Para la época en que Federico me llamó para decirme que quería publicar mi libro en inglés pero le faltaba un traductor, me escribió John.

La casa de John había sido destruida durante la guerra por un misil británico mal calibrado. Esa noche del 12 de junio de 1982, mientras yo temía la lucha cuerpo a cuerpo con los Marines ingleses en las calles de Puerto Argentino, murieron en casa de John los únicos tres civiles malvinenses de toda la guerra.

John quería ayudar a difundir Los viajes del Penélope. Pronto llegamos a un acuerdo: él lo traduciría al inglés melodioso y preciso de los malvinenses. Ni inglés británico, ni norteamericano, ni australiano: el lenguaje que se habla en esas islas castigadas por el viento y la historia. De paso, le agregó una dimensión más al diálogo que quise emprender con el pasado, con las memorias de guerra de los dos lados y con un desencuentro trágico.

Hace unos días John me llamó para decirme que uno de los “personajes” principales de mi libro, el capitán del Penélope Finlay Ferguson, había muerto. Y que en la ceremonia religiosa, el sacerdote había leído un fragmento de mi libro, traducido por John Fowler y publicado por Federico Gargiulo en Ushuaia.

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El editor sigue trabajando con su traductor malvinense: John Fowler ya vertió al inglés dos libros más para Südpol: Vagabundeando en el Eje del Mal, de Juan Pablo Villarino, y La Patagonia Vendida, de Gonzalo Sánchez. Son visiones del mundo de adentro y de afuera desde miradas criollas, vertidas al inglés por uno de los principales escritores e intelectuales de las Malvinas y publicadas en el fin del mundo. Y todo por la ambición y el entusiasmo de un editor loco y carismático.

En estos siete años Südpol ha crecido y se ha sofisticado. Federico quiere crear una revista digital de periodismo de viajes, publicar más en castellano, encargar textos nuevos.

Ya publicó 14 títulos, pero si se cuentan los que salieron en varios idiomas, ya son 20 libros. El que quiera dar con ellos, los encontrará en su web: www.sudpol.com

Me enorgullece ser parte de este proyecto original y valiente y de que este camino me haya traído la amistad de Federico Gargiulo. De hecho, trabajo y amistad son para él, como para mí, lo mismo. Eso lo hace tan buen editor y tan buen amigo.