El pulgar inquieto del Emperador Tertuliano

Cuenta la leyenda que apenas terminaba la lucha feroz en la arena del circo, los emperadores romanos decidían la suerte de los gladiadores sin más razón que su capricho y con un gesto arbitrario del pulgar.

En las ondas de radio y televisión de España y Latinoamérica, un ejército de bien pagados tertulianos perdonan o castigan a los protagonistas de la actualidad, muchas veces con la misma alegría ignorante de un Calígula o un Nerón.

Gladiator Joaquin Phoenix Cómodo pulgar

Esta es la breve historia de las tertulias en radio y televisión. En un principio, un periodista se enfrentaba a un personaje que tenía algo que decir, y se lo llamaba “entrevista”.

Con la transición de las dictaduras a las democracias, en nuestros países se acabó la única voz autorizada y salió de las sombras una saludable cacofonía de voces, historias y opiniones. Así comenzaron a hacerse entrevistas conjuntas, donde un periodista interrogaba en simultáneo a varios personajes. A eso se lo llamó “debate”.

Vinieron más tarde programas más complejos, en los que un entrevistado era bombardeado por varios comunicadores; pero no podía faltar mucho para que se llegara al perfeccionamiento lógico del modelo: en las actuales “tertulias” se ha prescindido por completo de los personajes noticiosos, sean éstos políticos, artistas, académicos o testigos presenciales.

Ni uno ni muchos: ninguno. ¿Para qué los necesitamos, si con nosotros nos bastamos?

Ahora los periodistas discutimos, nos reconciliamos y nos volvemos a pelear entre nosotros, pensando que nuestras opiniones valen más que las de las viejas fuentes.

¡Bienvenidos a la era de los tertulianos!

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La tertulia actual consiste en un grupo de entre tres y cinco periodistas que discuten entre sí en un estudio de televisión o un estudio de radio, como si estuvieran en la mesa de un bar. Contentos y satisfechos de sí mismos, pontifican con la misma convicción tanto de aquello que dominan como de lo que no tienen ni idea.

Para ser buen tertuliano hay que hablar rápido y empezar a desembuchar en el mismo momento en que se empieza a pensar en qué decir. Hay que tener una voz reconocible – no necesariamente bien modulada ni atractiva – y aportar garra y convicción, ya sea que estemos hablando del último Nobel de Química, de la situación en Ucrania, de los árbitros del Mundial o de las razones por las que los niños se orinan en la cama.

Hay que demostrar que se conoce a los que cortan el bacalao como si fueran de la familia, y que la noche anterior se cenó a lo grande y con los grandes.

Por lo demás, en Tertulandia todo es opinable y cualquier dato puede ser refutado con un argumento de bar.

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Hay, como en todo, notables y muy honrosas excepciones que, en vez de martillarnos respuestas a velocidad de vértigo, plantean buenas preguntas.

En la SER, el filósofo Josep Ramoneda realmente ha leído y escrito mucho, tiene mundo y reconoce con hidalguía su ignorancia de ciertos temas, para aportarnos siempre un ángulo nuevo o un dato histórico que nos sirve para entender lo que se está discutiendo.

En la noche de 8TV, el mesurado notario Juan José López Burniol pone siempre por delante su capacidad de análisis y su insobornable sentido común, para hacernos mirar nuestras propias ideas con escepticismo e intentar explicarlas con claridad y elegancia.

Pero son eso, excepciones. En su conjunto, el fenómeno predominante de los programas de noticias cumple el triste pronóstico del tango Cambalache, de Enrique Santos Discépolo: todo es igual, nada es mejor, se mezcla la Biblia con el calefón y, a final de cuentas, vale “lo mismo un burro que un gran profesor”.

Es fácil llenar un par de horas de forma barata y previsible: si es martes, les toca al ex político que nunca salió del país y a la cronista de moda, aunque el tema sea el conflicto de las dos Coreas. Los dos hablan con convicción y gracia de lo que sea. Ya se arreglarán.

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Recuerdo perfectamente el momento en que sentí que la lógica de estas tertulias era perversa: fue el 15 de mayo de 2011. La directora de un programa de radio matinal leyó los primeros cables, confusos, sobre la detención del ex director del FMI Dominique Strauss-Kahn por denuncias de una camarera del hotel Sofitel de Nueva York.

Los tertulianos de aquel día debían opinar sobre algo muy delicado, espinoso, y de lo que no se sabía casi nada.

El que se quedaba callado corría el riesgo de ser tildado de mal tertuliano, y no ser incluido en el elenco de la temporada siguiente. Una tragedia para un periodista que quiere estar vigente: su nombre y su voz todas las semanas en horario de máxima audiencia, llueve o truene, bien vale improvisar sobre un hombre que como todos merece el beneficio de la investigación, y un tema – el acoso sexual – que no puede ser tratado con ligereza.    

Entonces uno de los contertulios tuvo una revelación: recordó que Strauss-Kahn había sido acusado por promover a su amante, que trabajaba en el FMI, a un puesto más alto. De ahí dedujo que seguramente sería culpable de violación, como si fueran la misma cosa.

Ahí se desató la marimorena. Se quitaban la palabra unos a otros, todos hablando con absoluta propiedad de algo que acababan de conocer fragmentariamente, y sobre lo cual cualquier periodista que se precie dedicaría horas a investigar antes de publicar una línea. Pero ese día los tertulianos estaban obligados a hacer lo contrario de lo que haría un becario cuidadoso. Y como en general son veteranos profesionales conocidos, el público y los estudiantes de periodismo asumen que eso es lo que se espera de un informador.

Subimos el pulgar, y Strauss-Kahn va a su casa. Lo bajamos, y el político socialista francés va a la cárcel. En este caso judicial, como en muchos otros, los opinadores tienen mucha influencia sobre los tres poderes del Estado.

¿Pero qué responsabilidad hay, si era solo una opinión?

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¿Cómo los llamamos? ¿Calígula? ¿Nerón?

No, no son tan terribles. Tal vez a la mayoría les cuadre más el nombre del emperador que personifica Joaquin Phoenix en Gladiator.

Ese, que aparece en este fotograma a punto de subir o bajar el pulgar, se llamaba Cómodo.

 

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