¿Por qué Primavera silenciosa sigue siendo un clásico?

A más de medio siglo de la publicación de su obra capital, Rachel Carson es el ejemplo más claro y todavía vigente de científico que toma la difusión, divulgación, educación del público y participación apasionada en los debates donde  se cruza lo científico, lo político, lo económico y lo social.

Carson trabajó 15 años, gran parte de su vida como científica, en el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. Sus investigaciones en el fondo marino, las costas y la biodiversidad de los mares, publicados en reputadas revistas científicas, le dieron fama y prestigio entre sus colegas.

Pero lo que la llevó a ser despedida por el New York Times con un obituario de una página, que la describe como “la esencia de la elegancia académica” es la forma en que se fue introduciendo en la divulgación y el trato directo con infinidad de lectores.

La mayor parte de su obra para el gran público se centra en los misterios del mar, los descubrimientos sobre la riqueza de sus fondos marinos y costas, y en los peligros que la sobrepesca y la contaminación causan a todos los seres vivos.

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Su primer libro, Bajo el viento del mar (Under the Sea-Wind, 1941) es el primero en compartir con todo tipo de lectores las últimas investigaciones sobre la vida que bulle en las profundidades, hasta entonces desconocida.

El segundo, El mar que nos rodea (The Sea Around Us, 1951), abre nuevos caminos: la relación entre los mares y la vida en la tierra, y especialmente con las comunidades que viven con y del mar: un enfoque muy ambientalista. 

Estos dos libros la convirtieron en una autora muy exitosa. No eran especialmente controvertidos; denunciaban los problemas que provocaba el desarrollo económico, y sobre todo la irresponsabilidad de usar el mar como fuente inagotable de comida y basurero, pero su eje era la visión positiva y poética del potencial y la riqueza de los océanos.

En el tercero, El borde del mar (The Edge of the Sea, 1955), se adentra en un tema que no ha dejado de tener relevancia desde entonces: el peligro del desarrollo y el arrojar residuos líquidos y sólidos a los ríos y al mar para la vida en las costas.

Rachel-Carson-Silent-Spring

Pero el nombre de Rachel Carson se ha vuelto sinónimo de periodismo ambiental y denuncia airada de los males de las empresas contaminadoras con su último y más influyente libro: Primavera silenciosa (Silent Spring, 1962). Esta investigación nació de su descubrimiento de lo que estaban haciendo las poderosas  compañías agroquímicas en la llamada “revolución verde”.

Una ingente cantidad de insecticidas y pesticidas estaban siendo arrojados como bombas en millones de hectáreas de plantaciones sin haber estudiado los efectos que estos productos tendrían en las mismas frutas y verduras que la población comería, en el medio ambiente terrestre y acuático, y en la salud de las poblaciones que vivían cerca de estas plantaciones.

Su principal enemigo era el DDT (Dichloro-Diphenyl-Trichloroethane), hoy prohibido en gran parte gracias a sus explicaciones y campañas, que soliviantaron a la opinión pública, hasta el punto que se convirtió en uno de los detonantes del movimiento medioambientalista mundial en los años 60.

Carson llamaba al DDT, “elíxir de la muerte”, “Por primera vez en la historia del mundo”, decía, “todo ser humano está ahora en contacto con productos químicos peligrosos, desde el momento de su concepción hasta su muerte. En menos de dos décadas de uso, los plaguicidas sintéticos han sido tan ampliamente distribuidos a través del mundo animado e inanimado, que se encuentran virtualmente por todas partes.”

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Primavera silenciosa nació como una serie de tres artículos muy extensos publicados en 1962 en la revista New Yorker. Esto hizo que su resonancia en la opinión pública fuera enorme e inmediata. Las compañías agroquímicas, que estaban creciendo a grandes zancadas y vieron en los artículos, que pronto se convirtieron en libro, y en el prestigio académico y popularidad de Carson una amenaza, se lanzaron a atacarla. Incluso utilizaron en su contra el cáncer, la enfermedad contra la que luchaba y que hizo que cada página de Primavera silenciosa le costara mucho sufrimiento. Decían que la enfermedad le había amargado el espíritu y le impedía ver los enormes beneficios que los plaguicidas habían traído a la humanidad, brindando comida abundante y barata a una población hambrienta.

Pero Carson contó con dos grandes aliados. En primer lugar, un público cada vez más concienciado y deseoso de escuchar a los que saben y tienen una posición independiente. A su conocimiento técnico, su profunda investigación y su independencia, Rachel Carson sumó una cualidad que había estado desarrollando desde sus primeros libros del mar: un gran talento para transformar complicados problemas ambientales en una prosa clara y poética, con comparaciones y metáforas que hicieran a la vez comprensible y atractivo el tema. No todos los científicos tienen esta cualidad.

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Esto se puede ver muy bien en el título de la obra, que se explica en el primer capítulo. Imaginemos un pueblo del centro agrícola de Estados Unidos, nos dice Carson. Termina el invierno, viene la primavera, pero no hay cantos de pájaros, murmullos de insectos, colores de flores y olores primaverales.

¿Por qué? Las toneladas de DDT y los otros pesticidas, arrojados sin miramientos para acabar con todas las especies nocivas acabaron también con las beneficiosas, cuando la ciencia no había explicado las funciones ecológicas de estas especies.

Era como jugar a ser Dios, eliminar una parte de la naturaleza sin haber investigado sus efectos. Y la escena que explicaba este horror era la de la primavera muerta, silenciosa. Uno de los puntos más altos de la historia del periodismo, escrito por una científica.

 El segundo impulso que sacó a su obra del reino de la controversia y acalló por un tiempo a los críticos fue el apoyo sin fisuras del gobierno y personalmente del Presidente John Kennedy, quien avaló los datos y las conclusiones de Carson.

Sin embargo, la historia de la lucha de esta gran escritora/científica por no ser tergiversada y la campaña furibunda contra ella fueron el principio de lo que sigue pasando en el debate y el periodismo ambiental en todo el mundo. Por eso muchos periodistas ambientales y científicos que usan las tribunas del periodismo para alertar, informar y formar, se declaran todavía y a mucha honra, hijos de Rachel Carson.

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