H. G. Wells y las pesadillas de la ciencia

Las vacaciones navideñas, dice mi amigo y gran lector Jordi Carrión, son épocas para leer los libros atrasados, los libros que apartamos para cuando tuviéramos tiempo. Pero para mí, suelen ser más bien tiempos de reencuentro con los libros de mi pasado, los que más me impresionaron. Los que me hicieron ver el mundo de una nueva manera. Mis libros fundamentales.

Yo vuelvo al creador de las más perfectas y aterradoras obras de ciencia ficción: H. G. Wells está más vigente que nunca.

        G. H. Wells Novelas portada

Hace más de cien años, H. G. Wells, un joven escritor inglés de origen humilde, lanzó al mundo cuatro fábulas oscuras y aterradoras. Aún hoy, La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundosnos atrapan y nos repelen. Su lectura despierta en fieles lectores de todas las edades admiración y una extraña, indefinible inquietud, más profunda e íntima que el simple miedo.

Wells no fue un gran pensador y sus armas retóricas apenas le sirvieron para contar con precisión y fuerza las aventuras que pueblan sus libros. Pero con unas pocas ideas simples y machaconas y con un estilo directo y repetitivo alcanzó a construir pesadillas que generación tras generación seguimos soñando con un sudor frío y los ojos bien abiertos.

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Herbert George Wells nació en Bromsley, en el condado de Kent, un suburbio de Londres, el 21 de setiembre de 1866. Su padre tenía una pequeña tienda y sueños de destacar como jugador profesional del deporte inglés por excelencia, el cricket.

El negocio y el sueño se fueron al garete, y el niño Herbert pasó una niñez pobre y una adolescencia de duro trabajo como aprendiz de tapicero, oficio al que siguieron otras actividades poco prometedoras: ayudante de maestro en una escuela y estudiante de biología en la universidad, de la que se marchó sin obtener ningún título. Pero mucho antes de eso, a los siete años, una pierna rota lo postró en cama varios meses y le hizo conocer la fiebre de la literatura.

Desde temprana edad devoraba libros y escribía cuentos con moraleja social, pero no se decidía a ser escritor, y su futuro no se veía más prometedor que el de su padre.

A los 30 años, enfermo de tuberculosis y angustiado, tomó la decisión trascendente de escribir una novela de un tirón y apostarlo todo a lo que saliera. La pequeña historia que resultó de dos semanas de trabajo casi sin parar se llamó La máquina del tiempo, y lanzó casi instantáneamente a Wells a la fama y el mimo de la crítica. Desde entonces y hasta su muerte a los 80 años, Wells fue rico, influyente, muy leído y tremendamente prolífico. Publicó más de 100 libros, la inmensa mayoría novelas realistas de crítica social y ensayos históricos y políticos. Casi todos están atados a su tiempo y casi no se leen en la actualidad.

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¿Por qué sus primeras cuatro novelas son inmortales? Porque en ellas Wells no pontifica ni describe, sino que inventa fábulas enteramente originales, donde no nos embute sus ideas y visiones, sino que las vamos pensando a medida que nos adentramos en historias apabullantes que nos obligan a pasar las páginas y entregarnos por entero.

Y todo comenzó con La máquina del tiempo.

Como muchos libros de su tiempo, el libro comienza con un narrador a quien un amigo cuenta una historia fantástica. El narrador y otros londinenses ilustrados son convocados por un excéntrico inventor, quien quiere enseñarles los efectos de su última obra: una máquina capaz de transportarlo a cualquier época del pasado o el futuro. Unos días más tarde, el viajero vuelve y cuenta a sus asombrados contertulios lo que vivió en el año 802.701.

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En una época en que el discurso tanto de los poderosos capitalistas como de los comunistas predecía un desarrollo industrial y científico que produciría maravillas sin fin, paz perpetua, la desaparición de las clases sociales y el dominio completo de la naturaleza, el futuro de la novela de Wells era todo lo opuesto: dentro de ochocientos milienios, la humanidad se habría dividido en dos razas irreconciliables, que habrían perdido toda capacidad para la escritura y la creación.

Ambas especies vivirían como animales, y el fuego de un fósforo les produciría asombro y excitación. Pastando en verdes praderas, una de las subespecies, los Eloi, unos seres pequeños, blandos y bellos, viviría en total indolencia e ignorancia.

En la atroz oscuridad del subsuelo, sus enemigos, los Morlocks, esperarían cada anochecer para cazar Eloi y alimentarse de su carne en espantosas madrigueras. Antes de abandonar ese terrible futuro, el viajero deberá rescatar su máquina del tiempo de las garras de los Morlocks y perderá en la última lucha encarnizada a una joven Eloi que, con su generosidad y cariño infantil, le hará pensar que a pesar la destrucción casi total de lo que consideramos humano, no todo sentimiento noble habría desaparecido del futuro lejano.

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La máquina del tiempo es la más amarga, visionaria y perfecta de las novelas de Wells. En ella están contenidos todos sus grandes temas: la ciencia como forma de acercarse al futuro y hacerle grandes preguntas al universo, pero también el instrumento para obtener respuestas aterradoras; un protagonista ligado a la modernidad y el desarrollo tecnológico representante del lector culto e inquieto al que aspiraba Wells; y un fascinante viaje iniciático: el descenso de este personaje sensato y analítico a infiernos que ni imagina al iniciar su viaje.

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Los tres siguientes libros de Wells, que terminaron de cimentar su lugar preponderante entre los grandes escritores en lengua inglesa, son más descensos a descubrimientos científicos que también esconden metáforas que destruyen los mitos de la modernidad: en La isla del doctor Moreau, un científico genial “fabrica” mezclas de animales y humanos, seres que sufren atroces torturas físicas e igual de terribles punzadas sobre su identidad y naturaleza. Es un doctor Frankenstein de la era industrial que en alguna forma predice los inimaginables experimentos del doctor Mengele.

En otras obras, Wells predice los bombardeos aéreos, la bomba atómica, los viajes a la luna y los debates éticos de la biotecnología cuando esta disciplina todavía no había comenzado. Por eso muchos lo emparentan con Julio Verne en su asombrosa capacidad para adelantarse a los inventos que vendrían.

Pero en el mundo literario de Wells, las máquinas y los inventos son un mero instrumento para colocar a sus personajes a merced de fuerzas terribles que no controla y que muchas veces entiende sólo a medias.

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Uno de los más brillantes recursos de Wells es que los narradores de sus historias van descubriendo los mundos extraños donde caen a medida que nos lo van contando.

El futuro se va tornando más y más aterrador para el viajero del tiempo mientras más va entendiendo qué pasa en él.

Lo mismo ocurre con el joven e inocente diplomático en La isla del Doctor Moreauy con el hombre que se vuelve invisible. A medida que descubren cada nuevo elemento de los extraños mundos donde cayeron, los personajes aventuran teorías y explicaciones que a la larga prueban ser falsas.

No conozco ningún otro escritor que dude y se equivoque con tanta maestría, llevando así a su lector al desconcierto y acrecentando el horror que poco a poco se le va revelando.

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El experto en ciencia ficción Robert Silverberg resumió de manera magistral el legado de Wells. “En un lapso de veinte años, concibió y exploró sistemáticamente cada uno de los temas principales de la ciencia ficción: el conflicto entre mundos, las consecuencias sociales de los grandes inventos, el viaje en el tiempo, la posibilidad de la destrucción del mundo, el futuro de las estrategias bélicas y mucho más… Es el verdadero padre de la ciencia ficción de hoy, pues es quien estableció las reglas y la técnica que siguen la mayoría de los escritores contemporáneos”.

Wells no sólo inventó historias. Inventó los mundos donde esas historias tienen sentido, con sus reglas, sus lógicas, sus arquitecturas y sus costumbres. Bajo nuestro propio riesgo nos internamos en esos mundos para encontrarnos con la cara más atroz de la humanidad en lucha constante y feroz por su supervivencia.

Tres libros favoritos para la Navidad de 2014

El suplemento Cultura/s de La Vanguardia me pidió mis recomendaciones navideñas. Me di cuenta de que muchos de los libros que había leído este año o no estaban publicados en España o no eran de la cosecha 2014.

Pero en la alta pila de los libros recién leídos (algo menos alta que la de los libros por leer) encontré estas tres joyas con las que disfruté mucho este año. Las tres son, como corresponde, obras de periodismo narrativo.

Lo más difícil fue atenerme al espacio, digno de un haiku. Les comparto el ejercicio; me costó mucho estrujarme tanto y estoy orgulloso. Y porque estos libros lo merecen.

Diego Fonseca Hamsters tapa

  1. Javier Cercas: El impostor (Random House)

El autor de Soldados de Salamina sigue al farsante Enric Marco, que se inventó como sobreviviente de un campo de concentración nazi para personificar el pasado glorioso que España quería ver en el espejo. El libro alterna la historia real de Marco, tal como investigó el novelista con saña y vigor, con ensayos sobre la verdad y la mentira, sobre la memoria histórica y la memoria personal, sobre el sentido y la construcción del pasado. Al final, Cercas descubre que el Marco de verdad es más interesante que el otro, porque es la imagen poco heroica pero mucho más real de nuestro pasado.

Albert Londres: Obra periodística completa, Vol. 1 (ECC)

El padre del grand reportage francés (1884-1932) inventó el relato cierto de investigación y de denuncia. Denunció especialmente los abusos del colonialismo y la situación en las cárceles y en las redes de tráfico de mujeres. Lo acusaron de traidor por desenmascarar las lacras de su orgulloso país. Encontró en el relato de viaje su vehículo perfecto para narrar el nacimiento y desarrollo de su perplejidad e indignación: el viaje a los horrores de la modernidad. Jaime Rodríguez rescata tres de sus crónicas (El judío errante ha llegado, Los pescadores de perlas y Tierra de ébano), y así, con este primer volumen, comienza de la valiosa publicación de sus obras completas.

Diego Fonseca: Una casa con historias que ruedan (Libros del KO)

The Irene es un señorial edificio de Washington donde se cruzan las historias de una limpiadora guatemalteca, un constructor ruso y los fantasmas de residentes y visitantes como John F. Kennedy, Jorge Luis Borges y Barack Obama. El joven periodista argentino Diego Fonseca encuentra en The Irene un lugar de encuentros de épocas, sensibilidades, orígenes y miradas, y una metáfora de un país en permanente construcción. Es la historia de EE.UU. que se eleva en una fascinante Torre de Babel que cuenta su propia historia.

Antígona en Colombia, en Guatemala, en México

En Iguala, los padres buscan a sus hijos. No se resignan a que estén muertos: no han visto sus cuerpos mancillados. ¿Hay peor crimen que no dejar a los padres enterrar a sus hijos?

En Alta Verapaz, Guatemala, decenas de miles de indígenas claman para que los verdugos de sus hijos digan al menos dónde están sus cuerpos.

En un basurero en un barrio pobre y castigado de Medellín, Colombia, las madres exigen que dejen de tirar basura en La Escombrera, donde se sospecha que generaciones de asesinos, sicarios y paramilitares arrojaron cientos de cadáveres.

En España los ancianos hijos de los muertos y arrojados en las cunetas del franquismo piden, al menos, ver antes de morir los dulces huesos de sus padres muertos.

Hoy, en este mundo y este siglo, sigue brillando la tenue y persistente luz de Antígona, la llama de una justicia más fuerte que el más sangriento poder.

Antigona tapa

En la tragedia de Sófocles, Antígona era la hija que tuvo Edipo con su madre Yocasta, la que pasó su juventud acompañando al angustiado padre ciego por los amargos caminos del destierro.

Creonte, el sucesor de Edipo como rey de Tebas, se convirtió mientras tanto en un tirano, y los dos hermanos varones de Antígona, Etéocles y Polinices, se enfrentaron en el campo de batalla, el primero defendiendo a Creonte y el otro luchando por echarlo del trono.

En el feroz combate las fuerzas del tirano triunfaron, pero ambos hermanos perecieron. Creonte decidió dar “funerales de estado” a Etéocles y dejar a Polinices a merced de las aves de rapiña en el mismo campo de batalla.

La tragedia Antígona – representada de mil maneras en el teatro actual – es la historia de la valiente decisión de la hija de Edipo por cumplir con su deber de hermana: sepultar a Polinices, a pesar de que Creonte haya decretado la pena de muerte para quien homenajeara así a los “traidores”.

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Antígona muere sobre el escenario proclamando su libertad de elección y su seguimiento fiel a una ley más poderosa que los dictados del mandamás: el amor filial. Para muchos esta es la base del pensamiento individual del ciudadano libre en la sociedad moderna. Aunque las consecuencias pueden ser graves, el personaje reivindica el derecho a cumplir con su propia conciencia irreductible.

Algo tan antiguo, tan “mítico” como quitar el derecho a las familias a enterrar a los muertos propios volvió a cobrar actualidad en los setenta con uno de los crímenes más abominables de las dictaduras del Cono Sur de América.

Las Madres de Plaza de Mayo de Argentina – que provenían de familias tanto ricas como pobres, de la izquierda más combativa y la más rancia derecha, que eran católicas, o judías, o ateas – se unieron en la exigencia más elemental: el derecho de las madres a que el Estado les entregue los cuerpos de sus hijos muertos, poder enterrarlos, hacer su duelo.

Por supuesto, detrás del atropello inhumano de la “desaparición” se adivinan todos los demás pisoteos.

¿Quién tiene derecho a jugar de esa manera con una de las ceremonias más antiguas y profundas de los seres humanos, el entierro de los “suyos”?

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Estoy trabajando en la formación de periodistas jóvenes de América Latina para que aprendamos juntos a contar las historias de las víctimas: los que no pueden ni empezar a llorar sobre las tumbas de los queridos que fueron secuestrados. En talleres de dos semanas, con periodistas de Argentina, Chile, Perú, Brasil, Colombia, El Salvador y Guatemala, producimos revistas con relatos de memoria histórica. Las llamamos El Retrovisor.

En las historias que los participantes en estos talleres de la Academia de la Deutsche Welle (DWA), encuentro un horror mayor que el ver el cuerpo de un hijo despedazado por la tortura: es no verlo nunca, es soñar cada noche con lo que le pueden haber hecho, es pensar sin razón y sin medida que podría estar vivo, y saber que no lo está, y sentirse culpables hasta por saberlo.

Escuchando y leyendo los testimonios de los familiares de los desaparecidos, siento que no habla el militante de tal o cual partido, no habla ni el credo ni ideología. Habla la sangre mancillada. Habla, hoy más fuerte que nunca, Antígona.