Dos voces resuenan en los Alpes

En las desoladas laderas alpinas se pueden escuchar ya las voces de dos jóvenes cantantes de ópera. Sus cuerpos se hallan esparcidos, perdidos en aquellas escarpadas soledades, pero sus maravillosas voces, desprovistas ya de envoltorio terrestre, se mueven con las ventiscas y los copos de nieve.

Radner y Bryjak

María Radner era una contralto alemana de 27 años, cuya carrera estaba despegando. Grandes directores como Zubin Mehta, Christian Thielemann, Simon Rattle y Antonio Pappano la eligieron para cantar sobre todo en las óperas de Richard Wagner.

Su rol preferido, el último que representó en el Liceu de Barcelona dos días antes del vuelo fatal, es el de Erda, la diosa madre de las valkirias, encarnación de las fuerzas de la naturaleza y la sabiduría. La voz de Radner era grave, vigorosa, expresiva al máximo. Conmueve ver hoy en Youtube una muestra de su arte en la canción Morgen, un melancólico adiós a la vida de Richard Strauss.

Se estaba preparando para debutar este verano en el Festival de Bayreuth, la meca del canto wagneriano. Volaba a Dusseldoff con su esposo y su bebé. Seguramente, entre atender al niño y conversar con su compañero de vida, debía estar estudiando una partitura desplegada sobre la mesita del asiento.

Quién sabe si por delante o por detrás en el avión volaba su compañero de reparto Oleg Bryjak, un bajo-barítono de Kazajstán también especializado en Wagner. Oleg, de 54 años, también venía de cantar Sigfrido. Su papel, en el que había ya descollado en Berlín, Londres, Salzburgo y Baden Baden, era el del malvado Alberlich, el nibelungo que roba el oro a las doncellas del Rin y se hace confeccionar el célebre anillo.

Bryjak tenía una apostura viril, una ironía inteligente en la cara redonda y barbuda, una voz bruñida como una campana de bronce, la apostura de un adorable villano. ¿Estaría él también repasando sus próximos papeles, tomando agua, tal vez leyendo un libro en esos últimos minutos sobre las cumbres nevadas?

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Los teatros que los tenían contratados deben buscar a nuevos intérpretes. Pero tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados, por las noches y entre las melodías del viento, los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

Anuncios

Doctor Atomic: la música de John Adams explota en Sevilla

Con Doctor Atomic, el Teatro de la Maestranza de Sevilla trae a España por primera vez una ópera de John Adams, el compositor clásico más polémico y uno de los más representados e influyentes de la actualidad. Para mí está entre lo más sorprendente y atrevido que se hace en música este año en España.

Estoy a punto de salir para el teatro sevillano, y quiero compartir este pequeño ensayo y entrevista al compositor que publiqué esta semana en La Vanguardia.

Ayer el director artístico de La Maestranza Pedro Halffter recordó que en cinco meses se cumplirán 70 años de los crímenes de Hiroshima y Nagasaki. Y que hoy mismo los líderes de Israel, Irán y Estados Unidos se amenazan y caminan por la punta del precipicio por la bomba atómica. Hoy llega a España una ópera importante, actual, necesaria, porque hace pensar y sentir nuestra historia común de una nueva manera.    

Foto de la producción de Yuval Sharon de Doctor Atomic que se verá en Sevilla

Foto de la producción de Yuval Sharon de Doctor Atomic que se verá en Sevilla

En 1987, John Adams compuso una ópera sorprendente: en Nixon en China cantan el presidente de EEUU Richard Nixon y el líder chino Mao Tse Tung. Los espectadores salían perplejos. ¿Es esto una ópera? Sí: era una ópera que eleva a arte lírico historias que estaban en las portadas de los diarios.

El viaje de Nixon a la China comunista en 1972 había significado un parteaguas en las relaciones entre dos imperios y dos culturas. Adams, la libretista Emily Goodman y su director de escena Peter Sellars dieron vuelta lo que habitualmente hacía la ópera. En vez de contar viejos mitos e historias clásicas para hablar del presente, como hacían Mozart, Verdi o Wagner, contaron la política del presente para sacar a la luz su condición universal, profunda, mítica. Nixon como agonista de su propia tragedia.

En 1991, Adams, Goodman y Sellars se metieron en aguas mucho más peligrosas. El tema de su siguiente ópera, La muerte de Klinghoffer es el secuestro del crucero Achille Lauro en el Mediterráneo en 1985. Los secuestradores, jóvenes terroristas palestinos, asesinaron a Leon Klinghoffer, un turista judío en silla de ruedas, y lo arrojaron al mar.

Hace cuatro meses, cuando el Metropolitan de Nueva York estrenó una nueva versión de esta ópera, cientos de manifestantes se apostaron en las puertas del teatro con pancartas y gritos, acusando a los creadores de antisemitismo y de glorificar el terrorismo. Casi ninguno de los manifestantes había visto o escuchado la ópera. Pero poner sobre un escenario a estos guerrilleros palestinos ya era inaceptable para ellos.

Ante los ataques personales, Goodman se bajó del barco y abandonó la escritura de libretos. Pero Adams y Sellars tomaron el alboroto como evidencia de que lo que hacían tenía sentido: ponían el dedo en la llaga, pegaban donde dolía. Su arte era incómodo. Mostrar sobre un escenario de ópera de hoy un coro de exiliados judíos y luego un coro de exiliados palestinos, hacía pensar, obligaba a sentir.

*          *          *

En 2005, ahora con Sellars como libretista, John Adams produjo una obra maestra: Doctor Atomic vuelve la vista atrás a otro gran momento de la historia de su país y del mundo: el momento en que el equipo de físicos liderado por el Dr. Robert Oppenheimer creó la bomba atómica.

En la madrugada del 16 de junio de 1945, en la instalación secreta de Los Álamos, el equipo de Oppenheimer detonó por primera vez una bomba de prueba. Dos meses más tarde, la ciudad de Hiroshima quedó devastada.

¿Por qué se arrojó la bomba atómica, si Alemania – la potencia que podía estarla desarrollando – ya se había rendido y Japón estaba a punto de capitular? Los científicos y militares de Los Álamos – Oppenheimer, Edward Teller, Robert Wilson, el meteorólogo Jack Hubbard, el general Leslie Groves, grandes personajes operísticos – debatían apasionadamente sobre qué debía hacerse. Habían creado un monstruo capaz de exterminar a la raza humana. Estaba a punto de comenzar la era nuclear.

*          *          *

Le pregunté a John Adams, por su interés por acercar la ópera al mundo de la ciencia.

“Al trabajar en Doctor Atomic me di cuenta de lo expresiva y poética que puede ser la ciencia”·, me dijo. “Todos los descubrimientos de la física de comienzos del siglo XX (Einstein, Niels Böhr, Heiselberg) me emocionaban. Muchos científicos me escribieron agradeciéndome después de ver Doctor Atomic, ¡y hasta me invitaron a hablar en un congreso de físicos!”

Pero físicos hay muchos. ¿Por qué había elegido a Robert Oppenheimer como protagonista de una ópera?

No dudó ni un segundo. “Oppenheimer es uno de los grandes héroes trágicos de nuestro tiempo. Era un hombre inmensamente culto, hablaba cinco idiomas, dominaba la ciencia de su tiempo y tenía la energía y el carisma de liderar el proyecto que hizo posible la bomba atómica. Al final fue destruido por el gobierno al que sirvió tan fielmente. Lo persiguió el FBI y en parte, su orgullo y su desprecio por los mediocres lo terminaron de hundir.”

Finalmente, me dio una primicia: “Creo que es una gran historia, y Peter Sellars y yo estamos pensando en hacer una secuela de Doctor Atomic, sobre la caída de Oppenheimer.”

*          *          *

Como sus dos antecesoras, el libreto de Doctor Atomic está escrito con palabras tomadas de documentos y cartas reales, y también usa un lenguaje poético, de profunda carga filosófica: lo que discuten estos hombres, las decisiones que toman, sus dudas y certezas, tiene que ver con cuestiones de vida y de muerte. La noche del 16 de junio de 1945 se jugaba en ese árido pedregal de Nuevo México el futuro de la humanidad.

Doctor Atomic y sus hermanas son obras polémicas, fácilmente comprensibles y desasosegantes. La línea vocal sigue la prosodia del habla popular norteamericana, y en momento clave se derrama en arias melodiosas; pero la mayor parte de la música está producida por la orquesta, en una excitante variedad de ritmos, de colores y timbres. Los lúgubres melismas, las fanfarrias potentes y las danzas salvajes producen un efecto directo y visceral.

Su estilo surge del minimalismo de Steve Reich y Philip Glass (tonal, basado en la riqueza armónica, formado por pequeñas células melódicas que se repiten hasta formar un tapiz sonoro), pero se escaba de esta denominación: juega con la música popular, se infecta de una pulsión rítmica contagiosa y es mucho más dramático.

Nadie como John Adams se ha tomado tan en serio la ambición de decir algo importante al público de hoy. En sus manos, la ópera, un género que fue relevante para entender el mundo hace cien años, vuelve a cobrar valor como forma de mirar el presente con más profundidad.

Por eso es importante la llegada de una ópera de Adams a España. El Teatro de la Maestranza de Sevilla y su director artístico Pedro Halffter, que dirige la compleja y vibrante partitura desde el foso, han sido valientes en esta época de crisis.

¡Bienvenido, Doctor Atomic!

Un regalo inesperado

Todavía no sé por qué merecí este regalo. Nunca había visto a Hugo Passarello Luna, el creativo y generoso fotoperiodista argentino radicado en París. Ni siquiera recuerdo cómo fue que nos hicimos amigos en Facebook. Pero un día me envió por esa vía un mensaje misterioso: quería mandarme una caja, un regalo, una sorpresa. Me pedía mi dirección postal.

Unos pocos días más tarde me llegó un presente hermoso e inesperado: era una cajita de cartón atada con un cordel. Adentro, cintas de papel mullido guardaban las joyas delicadas: una tiza y una piedrita.

¿Una tiza y una piedrita? ¿Para qué pueden servir estos simples adminículos? Obvio: para jugar a la Rayuela. Acompañaban a la caja una pequeña selección de sobres con postales: eran los retratos de unos 70 ávidos lectores de la obra maestra de Julio Cortázar, la novela-río Rayuela publicada en 1963, que se abre como un delta o estuario de múltiples caminos y direcciones.

Yo, que nací unos meses antes que la novela, pasé de mis lecturas de adolescente a las de joven adulto siguiendo a Horacio Oliveira y a la Maga por las calles, las plazas, las bohardillas y los puentes de París. Rayuela es como nosotros, los argentinos: mezcla ideas complejas con sentimientos simples, una deslumbrante retórica y una profunda cultura universal con sentimientos desgarrados y primarios.

Rayuela Passarello Luisa Valenzuela Café au Chien qui Fume

 “¿Por qué Cortázar hoy?”, se pregunta Passarello en la exquisita página web de su proyecto (http://www.hugopassarello.com/rayuela/projet_es.html).

Y se contesta: “El 2014 es un año Cortazariano: se cumplen 100 años de su nacimiento y 30 de su muerte. Quise unirme a la ola de celebraciones y hacer un reportaje para descubrir a sus lectores y a la ciudad donde escribió gran parte de sus obras.

“Pero ¿cómo hacer un trabajo periodístico inesperado sobre un narrador de historias inesperadas? ¿Cómo evitar repetirse haciendo siempre las mismas entrevistas y los mismos artículos, recorriendo una y otra vez los mismos ángulos? Intenté una respuesta apoyando la narración sobre tres ejes: visual, lúdica y participativa.”

Passarello tardó un año (de mediados de 2013 a mediados de 2014) en juntar a los setenta voluntarios, hacerlos cómplices del proyecto, y armar un mapa tripartito del mítico París del Cronopio Mayor: Los personajes (escritores, artistas plásticos,  músicos, estudiosos de la literatura, las artes y la historia de ambas orillas del Sena y del Atlántico) eligieron un fragmento de Rayuela donde se menciona un rincón de París.

En las postales, por el lado B aparece el fragmento en cuestión junto con un texto donde el personaje explica por qué lo eligió y qué significa para ella o para él.

Del lado A de cada postal, Hugo Passarello les hace un retrato en el sitio elegido: la novelista Luisa Valenzuela en el Café au Chien qui Fume; el dibujante Rep en la Rue Danton; el bailarín de tango Coco Díaz en la Rue de Tombe Issoire; el pintor Rubén Alterio en el Café de la Paix; el periodista francés Rafaël Proust en la Rue Hermel; la mimo española María Cadenas en el Pont Marie; Mario Goloboff, biógrafo de Cortázar, en la Madeleine.

*          *          *

¿Por qué? Cada lector tiene su razón. Alberto Manguel quiso posar en la esquina en la que Cortázar empezó a mostrarle su París. Otros buscaron lugares donde pasan cosas que les son cercanas en el libro. Unos más, sitios que les gustan, les importan, les afectan de la ciudad de ciudades.

Miguel Vitagliano posa con cara de pregunta y las manos en los bolsillos de unos vaqueros ajados frente a la estación de Saint-Lazare.

En la cara B de la postal, un fragmento del Capítulo 19 de Rayuela: “Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era una yerba perfectamente asquerosa que droguería de la estación de Saint-Lazare vendía con la vistosa calificación de ‘magé sauvage, cueilli par les indiens’, diurética, antibiótica y emoliente”.

Al lado de esta cita, el texto de Vitigliano: “La primera vez que leí Rayuela el hábito del mate me resultaba una costumbre ajena; lo mismo seguí pensando a lo largo de sucesivos encuentros con la novela a través de los años. El episodio del capítulo 19 siempre se me cayó del recuerdo, no estaba entre los más vistosos. Quizá por eso elegí ese lugar, para no olvidar lo que se olvida.”

*          *          *

Para no olvidar, Julio Silva, el gran amigo de Cortázar, eligió el único lugar que no figura en Rayuela: la tumba del escritor en el cementerio de Montparnasse. Pero se está yendo; aparece de espaldas, apoyado en un bastón.

¿Por qué este lugar?, le pregunta, como a todos, el fotógrafo. “Es un lugar que frecuento cuando la nostalgia se ampara de mis recuerdos.”

¡Muchas, muchísimas gracias, Hugo! Estoy tan orgulloso y feliz por tener la caja número 51, con mi tiza y mi piedrita. Todavía no la tiré pero siento que estoy un poco más cerca del cielo y más lejos de la tierra.