El monstruo lector: En la biblioteca de Bin Laden

¿Qué nos dicen de una persona los libros que atesora? ¿Puede definirse a un personaje por su biblioteca? En el caso de líderes, los dictadores, los asesinos: ¿saber lo que leían ayuda a conocerlos mejor, a entrar en su lógica, sus razones? ¿Y si descubrimos que leemos el mismo libro, que tenemos algol en común?

Estos días tenemos esa oportunidad de adentrarnos en la mente de un líder sin parangón: el hombre  que durante la primera década de este siglo fue el más buscado del mundo. Cuatro años después de la operación secreta en la que los Navy Seals de Estados Unidos acribillaron a Osama Bin Laden en su refugio en Abotabad, Paquistán, la web de la Oficina del Director Nacional de Espionaje publica hace poco la lista de libros de la biblioteca del mítico líder de Al Qaeda.

Entre los libros, algunos predecibles y otros sorprendentes. Por ejemplo, nos podíamos imaginar a Bin Laden como lector de Noam Chomsky. Dos de sus libros ocupaban espacio en la estantería. Uno lógico: “Hegemonía o supervivencia: la búsqueda norteamericana del dominio global”; y otro más inquietante: “Ilusiones necesarias: El control de pensamiento en las sociedades democráticas”. ¿Qué pensaría Bin Laden de la descripción de las técnicas de control del pensamiento en tierras del Gran Satán?

Pero entre sus libros se encuentran también una reveladora incursión en la mente del enemigo: “Las guerras de Obama”, del veterano investigador de Watergate Bob Woodward. Curiosa lectura: las guerras de Obama eran contra él.

Una sorpresa: la lista contiene más libros de historia que de actualidad. Por ejemplo, “Cristianismo e Islam en España de 756 a 1031”, de C. D. Haines, tal vez le dio munición intelectual para lanzar a Al Qaeda a plantar bombas en esos trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004.

Bin Laden con libros

No es la primera vez que se escarba en una librería para intentar entender a su dueño. El arte de bucear en la mente retorcida de un déspota ha dado buenos frutos en el pasado.

Sin ir más lejos, en 2007, el periodista chileno Cristóbal Peña, del centro de investigación CIPER, se sumergió en los libros de Augusto Pinochet. Su reportaje, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, que ganó un premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, muestra al dictador como acaparador (55.000 libros con un costo de casi tres millones de dólares), tacaño, apasionado de la historia militar y por Napoleón.

Pinochet, descubrió Peña, era un vigoroso subrayador. Por ejemplo, en una autobiografía del almirante Erich Bauer, del Tercer Reich, el dictador subrayó la definición que hace el autor sobre su colega Von Ingenohl: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.

¿No es esta, en el fondo, una autodefinición del mismo Pinochet?

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Pensando en ese ejemplo de CIPER, me zambullí la semana pasada en la lista de los libros que tenía Osama Bin Laden cuando lo mataron.

Antes de seguir, hay que recordar que la publicación de la lista en este momento es una reacción: busca contrarrestar con datos un ataque a la credibilidad de la forma en que el Presidente Barack Obama y su gobierno contaron la operación para matar a Bin Laden.

En la edición del 21 de mayo del London Review of Books, el legendario Seymour Hersh calificó de mentirosa y tendenciosa la versión oficial del ataque que terminó con la vida del líder de Al Qaeda.

Aún a sus 78 años, Hersh sigue siendo de los más prestigiosos periodistas de investigación del mundo. Fue él quien, al comienzo de su carrera, dio a conocer la masacre de My Lai en Vietnam: una matanza de ancianos, mujeres y niños que cambió la forma en que la opinión pública estadounidense veía la guerra. Hace diez años volvió a poner el dedo en la llaga con su trabajo para The New Yorker sobre las torturas de soldados de su país a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

Ahora Hersh embestía contra la historia oficial de la muerte del enemigo público número uno. Según sus fuentes, altos funcionarios y militares en retiro, Estados Unidos no llevó a cabo la operación en solitario, como aseguró Obama, sino que participó la inteligencia paquistaní. Tampoco hubo combate en la casa, y tampoco se arrojó el cuerpo de Bin Laden al mar.

Un oficial retirado aseguró al periodista que “no se retiraron de la casa bolsas de basura llenas de computadoras y dispositivos de almacenamiento”, como decía la versión oficial. “Solo se llevaron algunos libros y papeles que encontraron en su habitación.”

La muerte de Bin Laden fue un arma fundamental en la campaña de Obama a la reelección en 2012. Y para justificar que entraran en una casa con niños, a la noche, a matar a un hombre, debían crear la impresión de que estaba dirigiendo operaciones letales contra Estados Unidos y que se defendió, amenazando la vida de sus atacantes.

Todo eso, según Hersh, es mentira. El terrorista no se defendió. Su cuerpo no fue tratado según el rito musulmán, y de la habitación se llevaron “algunos libros y papeles”.

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Unos días más tarde, en medio del escándalo del artículo de Hersh, aparece la lista de esos “libros y papeles” de Bin Laden. No incluyen ninguno que pruebe que el enjuto barbudo estuviera planeando atentados.

Pero lo que hay es una lectura fascinante: es una ventana para entrar en una mente brillante, extraña y perturbada, sin la cual el mundo de hoy no sería igual. Y es también una forma de entender a quienes seleccionan algunos de estos objetos para contarnos qué leía el monstruo.

Hay, por ejemplo, un formulario que tenían que rellenar los postulantes a entrar en Al Qaeda. Se parece mucho a los documentos que nos piden para ser contratados o para unirnos a un club. La penúltima pregunta es: “¿Quiere Ud. participar en una operación suicida?”. Y la última: “¿A quién quisiera que contactáramos si Ud. se convierte en un mártir?”.

También hay un videojuego violento: Delta Force Extreme II, donde el jugador mata jihadistas en el desierto y en ciudades abandonadas. Los periodistas de NBC y del Huffington Post concluyen que este juego era para los niños, los hijos de Bin Laden que vivían con él. ¿Por qué están tan seguros? A mí me causa escalofríos imaginarme al barbudo y sus lugartenientes jugando Delta Force Extreme II en una de esas interminables tardes de bochorno en el desierto paquistaní.

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¿Qué más? Las primaveras árabes, movimientos juveniles que debían dejar muy perplejo a Bin Laden, pudieron haberle llevado a encargar y leer “Democracia civil islámica: socios, recursos y estrategias”, de Cheryl Benard.

Y un clásico, la “Oxford History of Modern War” de Charles Townsend, pudo tal vez provocarle destellos de nostalgia de aquellos días como estudiante en Oxford, los de la célebre foto en la que posa, irreconocible, con sus hermanos, vestido a la occidental y con pantalones de botamanga ancha, acodado en un auto deportivo.

Pero la lista no está completa. Faltan los videos eróticos. Es una gran pena. Sería interesante, hasta quizá instructivo, saber qué motivaba a Bin Laden en ese terreno. Para algunos sus gustos en porno pueden parecer superficiales. Yo creo, por el contrario, que en esas preferencias secretas, en el tipo de jovencitas que esperaba encontrar en el Paraíso de los creyentes, puede haber una llave secreta a la mente del hombre que inauguró el Siglo XXI.

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