Dudamel y Beethoven en Bogotá: Aprender a pensar la música

Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela presentaron en la capital colombiana la integral de las sinfonías de Beethoven. Con mis alumnos de un seminario de Periodismo Musical en la Universidad de los Andes peregrinamos a verlos y escucharlos y aprender juntos cómo escribir sobre el arte que emociona sin palabras  

Dudamel Beethoven Bogotá 15

“¿A qué hora tenemos que salir para llegar a tiempo al Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo? ¿Alcanza con media hora?”

Mis alumnos del curso de periodismo musical de la Universidad de los Andes me miraron entre divertidos y perplejos. Mi ignorancia de las distancias y el tráfico de Bogotá era más enciclopédica de lo que habían supuesto. No: desde el aula en El Campito, al borde del cielo subiendo innumerables escaleras, el sitio de nuestro taller de una semana en julio de 2015, debíamos cruzar toda la ciudad y después un poco más. Nos llevaría, con suerte, dos horas.

De modo que me encontré con tres voluntarias que se ofrecieron a acompañarme antes de las seis debajo de la estatua de La Pola, la heroína de la independencia colombiana fusilada por los españoles a los 23 años, e iniciamos un largo camino hacia la música. En el Transmilenio (dos autobuses unidos por la cintura a los que se sube por un andén, como a un tren) atravesamos el centro de negocios y oficinas de la ciudad, nos internamos en barrios de clases medias, en zonas de talleres mecánicos con coloridos grafitis en paredes descascaradas, pasamos enormes centros comerciales y ríos y remolinos de autos a la hora punta.

Tres jóvenes se subieron a pedir dinero. El vozarrón aguardentoso de uno de ellos, explicando que pedir es mejor que robar, sonaba más a amenaza que a pedido. El último se subió con un arpa y nos tocó una melodía paraguaya, el Pájaro Chogüí. A ese sí le di plata. Nos bajamos en plena noche bogotana y nos subimos a otro bus, que enfiló por calles más despejadas, hasta parar frente a un edificio reluciente al que se accede por anchas escaleras entre jardines recién regados.

La mitad de los estudiantes del curso nunca habían venido a este templo del arte “culto”. En el hall se cruzaban los ricos de la ciudad – ellos con sus trajes a medida y ellas con sus joyas y sus peinados en suflé -, con el público típico de los conciertos sinfónicos en el mundo: clase media ilustrada, profesores, artistas, hijos nostálgicos de padres que les legaron esta cultura europea. Este segundo grupo es el que define a una ciudad melómana: los que tuvieron que calcular qué gastos debían sacrificar por una noche en comunión sagrada con Beethoven.

El sonido de “va a empezar la función”, un timbre o un gong o una fanfarria que en cada auditorio anuncia lo inminente, y los ricos y menos ricos van cada uno por su lado, a la platea o a los pisos altos. Yo sigo con la mirada a mis alumnos. Los participantes de este taller de verano vienen de muy diversos orígenes: en su mayoría incluye a músicos profesionales y estudiantes de artes y letras, por un lado, y por otros periodistas y estudiantes de periodismo. Unos se acercan al periodismo musical por la música, para entender mejor cómo contarla, cómo transmitirla. Otros, desde el oficio de contar, para acercarse a esta especialidad, el periodismo cultural ejemplificado por la música clásica.

Durante la semana hablamos de periodismo y cultura, de los papeles y funciones y habilidades del crítico y el entrevistador y el cronista. Les presenté a algunos grandes escritores que transformaron las notas y su interpretación en palabras y narraciones. Músicos que escriben de música (Robert Schumann, Hector Berlioz, Pierre Boulez, John Cage), novelistas y ensayistas (Bernard Shaw, Julio Cortázar, Edward Saïd), críticos amados y temidos, divulgadores apasionados (Alex Ross del New Yorker, Anthony Tommasini del New York Times, Pablo Kohan de La Nación, Rubén Amón de El Mundo, Juan Ángel Vela del Campo de El País).

Ya tenía armado el taller cuando me enteré de que la misma semana en que estaríamos reunidos vendría a Bogotá la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela con su director titular, Gustavo Dudamel, el más famoso y admirado de los jóvenes directores de orquesta de hoy. Entonces cambié, quité, agregué, y gracias al director de la Maestría en Periodismo de la universidad, mi amigo Omar Rincón, hubo entradas para uno de los conciertos.

La visita sería muy especial. Dudamel y los jóvenes surgidos de El Sistema, un plan visionario para acercar la música a las barriadas pobres y peligrosas de las ciudades venezolanas, no vendrían a tocar un típico concierto de visita: lucirse con una obra para solista (piano o violín), una sinfonía bombástica y al final, unos bises de agitado sinfonismo latinoamericano.

Nada de eso: venían a tocar, en cinco conciertos consecutivos, la integral de las nueve sinfonías de Beethoven, en orden cronológico. La Biblia de la música sinfónica como una fiesta y a la vez una clase magistral. El orden fue inflexible: ni siquiera cambia para terminar cada concierto con la obra más conocida y enérgica: por ejemplo, en el segundo concierto la primera parte tocan la revolucionaria y famosa Tercera Sinfonía, y en la segunda parte, la más conservadora y menos conocida Cuarta. Y así hasta el domingo, donde estallará el canto a la alegría en el final de la Novena, en una hermandad sin aspavientos entre dos países con gobiernos enfrentados: a la orquesta venezolana se sumarán tres coros de Colombia.

*          *          *

Para poder trabajar en el aula alrededor de la peregrinación al concierto, debíamos ir el miércoles, el primero de todos, con las sinfonías 1 y 2. Es el comienzo del viaje de Beethoven que cambiaría la música occidental para siempre. Por la brevedad de estas piezas de juventud, Dudamel había decidido tocar antes de cada una de ellas, cada una de las dos romanzas para violín y orquesta de Beethoven, que son de la misma época. El segundo piso, donde nos esparcimos los del curso, está lleno de jubilados melómanos y jóvenes entusiastas.

Una pareja de padres novatos se sienta delante de nosotros con su niña pequeña en medio. La niña se recuesta, con la cabeza sobre las piernas de su padre y los pies sobre le vestido festivo de la madre. Seguramente así escucha música clásica en casa. Los padres se toman de la mano por encima de su hija. Empieza la música y ella les habla pero no la callan; le acarician la cabeza con dulzura.

Pese a que ya no se llama Orquesta Juvenil, los músicos siguen teniendo una edad muy inferior a la de la mayoría de las orquestas. Se siente un aire de excitación que no suele invadir las salas sinfónicas. Y entra el Maestro: se ha alisado y peinado su pelo, que ya no es su  habitual brócoli rebelde, pero aún a la distancia es inconfundible: camina, sonríe, domina el escenario desde la humildad y el compañerismo. Y empieza el viaje de Beethoven.

Las cuerdas suenan robustas y flexibles; las maderas, dulces y precisas; los metales vigorosos hasta estallar un frenesí  contagioso. Dudamel baila y actúa la música, parece a la vez perdido en sí mismo y atento a cada detalle de sus chicas y muchachos, a los que conoce desde niños.

Nunca, salvo en el inicio de un ciclo completo, se programa un concierto con las primeras dos sinfonías de Beethoven. Pero en este viaje que continuará con la revolución política de la quinta, la infinita dulzura campestre de la sexta y el himno universal de la humanidad de la novena, el andante de la primera suena emotivo y limpio, y el final de la segunda preanuncia la tormenta. Se nota bien el desarrollo de la una a la otra. Los músicos tocan como un grupo de niños felices y como una de las mejores orquestas del mundo.

Al final, como hace siempre Dudamel, se baja del podio sin darse vuelta a saludar, y la reverencia al público viene desde abajo, rodeado por sus músicos, en el mismo nivel, abrazándolos. No para el aplauso y vuelve una y otra vez, se abraza con los violines, y con los chelos, y con los vientos, con una enorme sonrisa, como posando para un selfie interminable.

A la mañana siguiente hablamos del concierto, de lo que sentimos, de cómo se escribe una crónica y una crítica. Leemos el excelente perfil de Dudamel que hizo el cronista peruano Julio Villanueva Chang, analizamos una crítica del periodista musical Juan Ángel Vela del Campo, miramos el comiendo del extraordinario documental sobre El Sistema y su creador, el maestro José Antonio Abreu, hecho por Paul Smaczny y Maria Stodtmeier.  ¿De qué querían escribir? Algunos de la orquesta y su historia, otros del director, otros más del teatro y también del público. ¿Y para qué medio, para qué público? ¡Manos a la obra!

*          *          *

Era la primera vez que dedicaba una semana a compartir con un grupo de estudiantes mi oficio, mi pasión, lo que había aprendido en quince años de escribir sobre música. Con Dudamel y los suyos la tarea era fácil y difícil a la vez. Habíamos sentido una corriente de entusiasmo, de esperanza por el porvenir y la vigencia y utilidad de esta música para el mundo del aquí y ahora. Y sin embargo, mucho de lo que había que decir, ya lo decía la música, ya lo decían ellos. Nosotros nos beneficiamos del ejecicio: pudimos gozar de un concierto especial y una experiencia mundana y espiritual. Pero, ¿para qué escribir sobre ella?

Esa es la pregunta de siempre cuando se trata de escribir sobre el arte y los artistas. De música, de literatura, de danza, de pintura, de cine: ¿tiene sentido decir algo más, después de ver una obra que nos conmueve y nos transforma, que la muy escueta invitación al lector? “Vayan a verla”. Punto. ¿Para qué más?

Y en el caso contrario, podríamos también argumentar que el periodista especializado, el crítico, el conocedor, sabe por qué recomienda mantenerse alejado de obras que no tienen valor, que son insultos a la inteligencia, que son intentos frustrados, pomposos y sentimentaloides o ejercicios de dedos de creadores que deberían mostrar su obra una vez que la hayan desarrollado más. “No vayan”. Y punto.

Pero este taller en Bogotá me confirmó algo que ya intuía: que el arte es una conversación permanente, sin final, y muchas veces lo que queremos hacer antes y después de encontrarnos con obras que nos llegan al alma es hablar y escuchar: compartirlas, discutirlas, aprender sobre cómo y por qué se hicieron y cómo las piensan los ejecutantes, y cómo y por qué nos llegan de una determinada manera.

A los que les gusta el fútbol sin límite y sin medida, no les alcanza con ver el partido. Tienen que ver las conferencias de prensa, las entrevistas, los comentarios de los analistas, las estadísticas, los datos de este partido y estos equipos y estos jugadores comparados con otros, del presente o del pasado. Y cuanto más sepan de historia y de estrategia y más lo compartan con sus amigos, más disfrutarán del próximo encuentro.

En las artes, todo se construye y se valora a partir del conocimiento de lo que vino antes. Las vidas y carreras de los compositores nos ayudan a apreciar mejor y entender más de las obras que nos gustan. Y en la interpretación, las vidas y las ideas y los talentos de los artistas nos acercan de una manera muy personal a las obras.

Las obras teatrales de Sófocles y Eurípides en la Grecia clásica eran juzgadas, comentadas, discutidas: se le daba premio a una sobre las demás, lo que quiere decir que había críticos, criterios y debates. Si miramos en la historia de la música, de la ópera, del teatro, en los sitios y momentos en los que fue más vigorosa y original la creación, más competente y de calidad era el periodismo que la acompañaba.

El arte bueno debe dar de qué hablar. Y si no queremos leer sobre lo que vamos a ver o lo que acabamos de ver, es que fue un mero y banal divertimento, para pasar el rato y olvidar.

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