El legado del filántropo ecologista

El fundador de las marcas de ropa de aventuras “Esprit” y “The North Face” era para muchos ecologistas una cara amable del Norte en el Sur. Para otros, una peligrosa vanguardia de un nuevo imperialismo “verde”. En medio de esa controversia, Douglas Tompkins murió el miércoles 9 de diciembre en su adorada Patagonia chilena, y murió en su ley.

Douglas Tompkins

Tompkins, de 72 años, volcó en su kayak en las heladas aguas del lago General Carrera. Según la Armada de Chile, el fuerte viento hacía desaconsejable surcar el lago, pero el empresario desafió las olas de tres metros de alto. Seis horas después de su rescate, Tompkins murió en el hospital de Coyhaique. Termina así la vida de un emprendedor pionero de la “ecología profunda”, un soñador y un guerrero.

Desde pequeño le atrajo la aventura en los grandes espacios naturales de Estados Unidos. Con sus marcas de ropa mezcló el éxito empresarial con sus ideales. En los ochenta se trasladó a vivir a Chile y en ese país y Argentina dedicó gran parte de su fortuna a una empresa quijotesca que para algunos locales era una ayuda en la preservación del ambiente y para otros, un peligro.

Compró tierras (al final fueron más de un millón de hectáreas, más otro millón largo en donaciones de sus amigos) Algunas, como el Parque Pumalín, las donó a fundaciones privadas para que fueran de acceso público. Otras, como el Parque Nacional Corcovado, las donó al estado chileno. También compró grandes terrenos para la conservación en los alrededores del Parque Nacional de Iberá, en el noreste de Argentina.

Pero esta práctica, muy extendida en Estados Unidos, fue vista desde el principio como peligrosa por movimientos sociales y sectores de izquierda en el Cono Sur. ¿Por qué este empresario compraba tantas tierras? En la geografía chilena, larga y estrecha, hay sitios en el sur que no se pueden atravesar hoy sin pasar por tierras de Tompkins. ¿No sería la pasión ecológica una tapadera para otros intereses?

El filántropo dio la cara a sus críticos, pero lo cierto es que sus ideas siempre atrajeron más a líderes de la derecha que de la izquierda. Había un tufillo de suficiencia en esta idea de que él podía cuidar mejor los espacios naturales que los estados del Sur. Y a veces, como en el escándalo reciente por su permiso a un amigo para cazar caballos salvajes en una de sus haciendas, los gustos de los millonarios que lo apoyan chocan con su ideario personal austero y humanista.

Hoy la polémica se detiene para rendir homenaje a un hombre que vivió sus sueños, que se instaló en los duros paisajes que quería proteger, que protegió muchos ecosistemas e impidió su destrucción, y fue consecuente hasta el final. Pero mañana, cuando los herederos de Tomkins hereden muchas de esas tierras, sus admiradores y adversarios se encontrarán con que nadie sabe qué harán con su emporio y su legado.

Probablemente sus intenciones de Douglas Tomkins eran buenas Pero dejar el bien de todos en manos de unos pocos tiene esa dificultad. ¿Qué pasará ahora con el patrimonio público que tantos gobiernos, empresarios y organizaciones dejaron en las manos de un hombre?

¿Censurar al censurador (y asesino) Hitler?

Con “Mein Kampf”, la escalofriante combinación de memorias e ideario que Adolf Hitler publicó en 1925, sucede algo curioso.

Todos los dictadores han censurado las obras que los critican, que contradicen su visión de la realidad o que no les gustan. Los nazis organizaron quemas de libros en todas las plazas. No solo los libros ardían: los críticos y tibios eran apresados, torturados, asesinados, enviados a los campos de concentración. La política de los nazis era aniquilar al distinto.

Si bien esto sucedió y sucede también en muchos otros regímenes dictatoriales, los nazis dieron un paso más. El objetivo de su totalitarismo era que el disenso no esté meramente prohibido: debía ser impensable. Y para eso, lo malo no debía estar oculto. Debía estar siempre presente, pero como imposibilidad.

Los discursos, los libros, los cuadros, las obras musicales, eran ridiculizados públicamente. Se pregonaba que los autores contrarios al régimen eran enfermos e imbéciles. Que la música y el arte que no comulgaba con su estética era “degenerado”.

Esta idea de la obligación de aplaudir (no solo obedecer), de la pureza de lo ario y de la degeneración de lo distinto (sobre todo lo judío) ya estaba en “Mein Kampf”, Mi lucha, el farragoso libro de Hitler. Eso era lo terrible: cuando muchos alemanes votaron a su partido, las ideas que iba a poner en práctica estaban al alcance de todos. Pero pocos lo habían leído.

Mein Kampf

En 1945 Alemania Occidental se propuso crear una democracia radical. Por eso ni siquiera prohibió el “Mein Kampf”. El heredero de sus derechos, el Estado de Baviera, simplemente se rehusó a republicarlo, pero no estaba prohibido poseer o comprar una de las viejas copias. En otros países el libro estaba prohibido. En Alemania no se reimprimía. Y pocos lo extrañaban.

Pero el próximo 1 de enero de 2016, a los 70 años de la muerte de su autor, vence el copyright. Y el Instituto de Historia Contemporánea quiere volver a publicarlo. Pero quiere que ahora se lea en contexto. Que sus repugnancias, delirios, mentiras y tergiversaciones sean claramente visibles. Por eso, sus 748 páginas llegan a 2.000 con notas y ensayos.

¿Qué hacer con “Mein Kampf”?

Muchos postulan que es un peligro, un insulto a la memoria de las víctimas y sus deudos, un ataque a la humanidad y los derechos humanos. Que en tiempos de auge de la xenofobia y ataques a los refugiados, es una bomba.

Otros piensan que al retirarlo obligatoriamente de circulación es darle el aire rebelde y contestatario de todo lo prohibido. Y que es mejor que se conozca su contenido de primera mano.

Entre los dos grupos hay una diferencia esencial: tiene que ver con la confianza en la capacidad de los lectores de hoy de acercarse al libro con la distancia y desde los valores democráticos. Los que piensan que el libro de Hitler es peligroso en realidad creen que el peligro anida entre quienes lo leen. ¿Los jóvenes de hoy sabrán leer como los de las generaciones de la posguerra europea quieren?

¿Ustedes qué piensan? ¿Que hay que prohibirlo, no republicarlo? ¿O que ante el gran censurador, mejor no censurar nada, ni siquiera el “Mein Kampf”?