Testimonios del horror domesticado

Durante 17 años, las autoridades públicas y fundaciones privadas encargadas de velar por el bienestar de niños en peligro enviaron decenas de infantes a la casa de David Donet en el pueblo de Castelldans, en Lleida. Varias veces al año, un grupo de inspectores profesionales entrevistaba a Donet y a sus niños acogidos y se aseguraba de que todo fuera bien.

Pero el 27 de junio de 2013, a raíz de una denuncia de la madre de otro niño, a quien Donet pedía fotos “insinuantes” por Internet, la policía entró en su casa y encontró miles de fotos, videos y “recuerdos” de relaciones sexuales con varios de sus menores acogidos. Hoy Donet cumple una pena de 51 años de cárcel, después de haber confesado delitos de pederastia y violación de la intimidad de los niños. Los medios locales bautizaron el caso con el nombre de “la casa de los horrores”

Pero pronto algo muy extraño comenzó a emerger: las principales víctimas, ahora mayores, se solidarizaban con su maltratador, lo defendían, querían ayudarlo. Hasta se ofrecían a pagar la fianza. Y lo seguían llamando “padre”.

¿Qué había pasado en esa casa? ¿Quién era este genio del mal, que durante tanto tiempo había podido engañar a tantos? ¿Cómo contar esta tragedia que produce asco y rabia? ¿Cómo entrar en el corazón de esta historia de maldad, enfermedad, dolor, desamparo, podredumbre sexual y mentes perturbadas? ¿Desde dónde?

Carles Porta Le llamaban padre tapa

El periodista de investigación Carles Porta pensó que la mejor manera era dejar que las voces principales hablaran, contaran, reflexionaran, recordaran. Sin intermediarios, como si se tratara de una obra de teatro en donde cuatro personajes enfrentan al público a cara descubierta y desgranan en monólogos sus certezas, sus dudas y sus culpas.

Después de entrevistar a decenas de víctimas, testigos, policías y funcionarios, Porta eligió cuatro voces para desgranar esta cadena de desastres: en primer lugar habla el policía que sospechó, luchó para conseguir el permiso judicial para entrar a la casa y encontró las pruebas incriminatorias. Después, la víctima principal, un joven que entró a la casa de Donet a los 11 años y que encuentra normal la forma en que éste lo trataba. En tercer lugar, el monstruo, un hombre suave y gentil. Dice que se arrepiente pero nunca sabremos si de verdad lo siente. Y por último, la directora de una de las entidades que enviaba niños a la casa donde, sin saberlo, muchos de ellos fueron abusados.

Cada uno comienza por contar el momento en que sus destinos se cruzaron. Vemos la escena de la entrada de los policías en la casa y el descubrimiento de un cuarto secreto lleno de cámaras, fotos y cintas de video desde los puntos de vista de todos los personajes y el efecto es perturbador y fascinante: a diferencia de Rashomon, la película de Akira Kurosawa, aquí los hechos son básicamente los mismos. Pero las sensaciones son muy distintas. El policía está asqueado; el criminal está hundido; el niño… es muy difícil describir lo que le sucede en ese momento a la víctima principal, el niño del que Donet se había enamorado, del que había abusado durante años y que ya adulto, había formado una extraña sociedad con su maltratador. Lo escuchamos pero no lo terminamos de entender. Tal vez de eso se trate.

*          *          *

Escuchando esta historia cuatro veces vamos entrando en un mundo más complejo y ambiguo de lo que suponíamos al principio. Cada uno cuenta su historia de vida, su forma de vivir y sobrevivir, sus sueños y pesadillas. Con gran sensibilidad, Porta trata con igual respeto a los cuatro. Somos nosotros, los lectores, los que condenamos. El libro es un ambicioso viaje a lo profundo del mal.

En la solapa del libro se lo compara con los grandes ejemplos de relatos de crímenes reales, sobre todo A sangre fría, de Truman Capote. Sin embargo, creo que se inscribe mejor en el “testimonio”, una corriente que acaba de darle al periodismo dos de los principales premios literarios.

La bielorrusa Svetlana Alexievich (autora de Las voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer) ganó el Nobel de literatura el año pasado. La mexicana Elena Poniatowska (famosa por La noche de Tlatelolco y Hasta no verte Jesús mío) ganó el Cervantes en 2014. Las principales obras de ambas dan la voz cantante a los personajes, que le cuentan su historia al lector en primera persona. En estas obras, los monólogos se construyen con pericia desde la arquitectura y el ritmo. La voz literaria se basa en las transcripciones de muchas y largas entrevistas, pero no son un atestado notarial o policial: son a la vez la verdad y un artificio.

Con Le llamaban padre, Carles Porta se inscribe en esta escuela del testimonio, una rama del periodismo literario que tenía grandes referentes en Europa del Este, Latinoamérica y Estados Unidos pero hasta ahora no había atracado en estas costas. Y nos regala una historia atroz, con la que nos costará dormirnos al apagar la luz.

 

Anuncios

Que parezca un accidente

La revista científica ScienceMag ha publicado un estudio con resultados aterradores. No sólo certifica que el uso intensivo de combustibles fósiles y la destrucción de hábitats naturales por una sola especie (la humana) están causando la extinción acelerada de muchas especies. También demuestra que, a diferencia de otras eras, ahora éstas desaparecen sin dejar rastro.

animalespeligro-768x512

“Durante décadas, los paleontólogos han podido cavar la tierra, descubrir fósiles y averiguar las causas de la extinción de las diferentes especies”, pero esto ya no es así. La extinción es tan rápida y las áreas en que sucede resultan tan modificadas por la acción humana que ya no quedarán rastros para que los científicos del futuro busquen las causas del drama que nos rodea. “La extinción ahora es diferente a todo lo que ha ocurrido en el pasado, no solo en el número de especies que se extinguen, sino también en la forma en que está sucediendo: está siendo impulsada por una sola especie”, se lee en el estudio. La nuestra, claro.

*          *          *

Hasta ahora, yo no había reparado en la relación entre estos dos elementos. Por un lado, las investigaciones de los paleontólogos sobre extinciones remotas, como los dinosaurios, el tigre de Tasmania o el Aguará Guazú en el noroeste argentino. Por el tiempo que tardaron en desaparecer, los sedimentos que se acumularon sobre los huesos que quedan como reliquias de su paso por la tierra y la huella de las causas de su extinción en estos restos, los paleontólogos pueden encontrar respuestas: cómo y por qué.

Por otro lado, nos llega información sobre las extinciones actuales. Desaparición de hábitats, cacería y pesca masiva, cambio climático. Y de esto no quedan marcas. Con las especies desaparece todo el mundo que los rodea, todo el ambiente que los hacía posibles y les daba sustento y cobijo. No queda nada. Ni la memoria ni un trocito enterrado o congelado al que hacerle preguntas.

*          *          *

Hace poco entrevisté al historiador israelí Omer Bertov, que investigó durante años la rica historia de los judíos en Galitzia, el territorio que hoy queda en Ucrania Occidental. Los judíos eran un tercio de la población, en algunos pueblos más de la mitad. Entre 1941 y 1945 fueron masacrados por los nazis con la ayuda de milicianos locales.

Hoy se construye la identidad ucraniana borrando el pasado, escondiendo 500 años de su presencia y protagonismo en la cultura, la política, la economía, la vida social de Galitzia. Claro: esos milicianos locales son también los que se rebelaron contra las tropas soviéticas. Son los héroes del pasado que los ucranianos de hoy quieren recordar. Mientras, a los judíos asesinados se los vuelve a matar. No queda ni el recuerdo. El libro se llama “Borrados”.

¿Quedarán así borradas las especies que hoy desaparecen cada día, algunas sin que los científicos hayan llegado a estudiarlas jamás? Es peor que las extinciones del Jurásico, porque se puede desenterrar los huesos de los dinosaurios e investigar qué fue lo que las mató.

Con las especies que desaparecieron ayer y que se están extinguiendo hoy mismo, eso no es posible. Como en el caso de los judíos de Europa Oriental, hay razones para ocultar el crimen, para contar el pasado como si hubiera sido un hecho imponderable sin culpables y sin respuesta. Fuimos nosotros. Solo estamos borrando nuestras huellas. Que parezca un accidente.

Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas

Hoy la revista cultural EÑE de Clarín publica una versión extendida de mi ensayo a propósito de un proyecto que busca revivir, en impresiones 3D, las esculturas milenarias de Oriente Medio a medida que el Estado Islámico va destruyendo los originales. Un acto de rebeldía artística y tecnológica.

*             *             *

Después de la Segunda Guerra Mundial, muchas ciudades europeas reconstruyeron sus centros históricos, sus catedrales y sus palacios piedra a piedra, para que se vieran como si los bombardeos nunca los hubieran tocado. Fue una laboriosa y fascinante tarea de reparación emprendida unos años después del final del conflicto.

Berlín, Dresde, Colonia, Varsovia: ciudades milenarias reducidas a escombros por la aviación militar. En las décadas del 50 y 60 del siglo pasado, un ejército pacífico de arquitectos, ingenieros, artesanos y albañiles volvieron a la vida centenares de monumentos, palacios, hospitales, iglesias, museos y teatros.

Hoy conviven en el centro histórico de Colonia la enorme Catedral original, que no fue bombardeada (se decía que para que sirviera como punto de referencia para los atacantes en una ciudad reducida a escombros) con edificios de apariencia medieval pero que son reconstrucciones actuales. Y entre el pasado original y el reconstruido, el metal y el vidrio frío de los edificios modernos.

No todo fue reconstruido. En cada una de estas ciudades, los reconstructores del pasado dejaron al menos un edificio en ruinas, para que las generaciones que no vivieron la guerra tuvieran idea y conciencia de la destrucción, del horror. En el centro de Berlín, frente al reluciente Europa Center se sostiene lastimosamente el esqueleto quemado y en ruinas de la antigua Iglesia Kaiser Guillermo. 

Pero esta época nuestra es mucho más confusa y mucho más rápida que aquella: ahora las reconstrucciones se deben llevar a cabo en medio de la guerra, en plena destrucción, siguiendo los pasos de los demoledores de la memoria.

Material Speculation ISIS Lamassu

No hay tiempo para la tristeza. No hay espacio entre la destrucción y nuestro conocimiento del desastre, porque nuestro conocimiento es el eje de la guerra actual.

Hoy ya no nos enteramos de la destrucción de seres humanos y de ciudades enteras cuando llega la paz, cuando las tropas libertadoras recuperan la zona y encuentran los destrozos. Antaño ese era el momento en que aparecían las cámaras y las grabadoras de los periodistas.

Hoy la destrucción se transmite en vivo y en directo. Y los mismos destructores se convierten en periodistas de sí mismos. Con la emergencia de Al Qaeda primero y el Estado Islámico después, la destrucción ya no es un crimen que se busca ocultar: en la era de la publicidad y las relaciones públicas, el desastre es a la vez noticia y propaganda.

Los torturadores de la ESMA trabajaban escondidos en un sótano. Los decapitadores del ISIS operan en la plaza pública, ante las cámaras. Para las cámaras.

El mes pasado escribía Peter Pomerantsev en la exquisita revista Granta: “La guerra solía tratarse de capturar territorio y plantar banderas… La propaganda siempre acompañó a la Guerra, pero como escudero del combate verdadero. La era de la información, sin embargo, ha hecho que esta ecuación se diera vuelta: ahora las operaciones militares son el escudero de la guerra verdadera, que es la de la información”.

Pomerantsev estaba reporteando desde la region de Donbas en el oriente de Ucrania, una de las tantas tierras de nadie de las guerras actuales.

Destruir es principalmente transmitir información. Decir: Nunca más podrán apreciar estas obras, que ustedes consideran valiosas. Gritar: ¡podemos aniquilar el pasado y todo lo que no somos nosotros!

Por eso no extraña que sea en el mismo terreno de la información – esta vez como contracara constructiva – que haya surgido un movimiento de defensa, de sanación, de vuelta a la vida. Está en manos de una mujer iraní, una artista. Y va avanzando en su trabajo a medida que los iconoclastas destruyen los íconos de todos los que no son ellos.

Material Speculation ISIS King Uthal

Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas. Suena como el título de un cuento de Borges.    

La artista iraní Morehshin Allahyari lidera actualmente un grupo de investigadores, escultores y técnicos en el proyecto artístico, político y tecnológico de recuperar las obras antiguas destruidas por el Estado Islámico a medida que avanzan las huestes de Daesh por los desierto se Siria e Irak. El proyecto se llama “Material Speculation: ISIS”

Así lo define su página web: “Material Speculation” es un proyecto de fabricación digital e impresión en tres dimensiones que inspecciona las relaciones petropolíticas y poéticas entre la impresión en 3D, el plástico, el petróleo, el tecnocapitalismo y la jihad”. Tal cual.

Para ello reconstruyen las esculturas recién demolidas por el Estado Islámico diseñándolas por computadora para posteriormente imprimirlas en 3D. Como es arte digital que corporiza una máquina, se pueden imprimir cuantas veces se quiera. La resurrección artística en la época de la multiplicación técnica.

Las fotos que ilustran la página web del proyecto muestran una serie de esculturas obra que fueron destruidas por Estado Islámico hace un año. Una estatua de la era Romana muestra al Rey Uthal de Hatra, la mirada hierática, la mano alzada en un saludo congelado, un sombrero cónico sobre la soberbia cabeza. Otra, al caballo alado Lamassu. Tiene cabeza de viejo sabio, con la barba larga, enrulada y cuadrada de los babilonios. Durante tres mil años estuvo siempre a punto de alzar el vuelo. Ahora yace en pedazos en el suelo del museo de Mosul.

Cuando hace un año los jihadistas entraron al museo de esta ciudad, la tercera más grande de Iraq, se dedicaron a destruir metódicamente las obras de arte con martillos, sierras y explosivos. Muchos de los artefactos eran replicas pero había abundantes obras originales, unicas, de la época asiria, como las de Uthal y Lamassu, provenientes del antiguo centro comercial de Hatra.

En el interior de cada escultura, en vez del cinturón de explosivos de los terroristas suicidas, hay más información.

Cada escultura guarda en su interior una tarjeta de memoria. “Como cápsulas de tiempo, estos objetos están sellados y guardan el pasado para las generaciones futuras”. Los lápices de memoria incluyen imágenes, mapas de dónde se construyeron y destruyeron los objetos, archivos PDF y videos.

Con la recreación de estas estatuas, el grupo de Morehshin Allahyari espera “reparar la historia y la memoria”, porque el proyecto “va más allá del gesto metafórico”.

*             *             *

¡Ojalá se pudiera volver a la vida a los “herejes” decapitados, a las mujeres lapidadas, a los homosexuales arrojados desde terrazas! El primero que reviviría yo sería el valiente arqueólogo Khaled al-Asaad, torturado y asesinado por negarse a revelar el sitio de los tesoros del sitio de Palmira.

Ni la más avanzada tecnología es todavía capaz de revertir esos horrores. No se puede recuperar al gran sabio ni a las miles de víctimas de sus verdugos. Se puede, mínima y pacientemente, crear nuevas mujeres y nuevos hombres como ellos: que piensen por sí mismos, que sean abiertos a todos los pensamientos y creencias, que sepan vivir y morir con dignidad. Para eso sirve, entre otras cosas, la educación en libertad.

Pero si la vida asesinada no vuelve, los objetos inanimados crearon manos sabias hace milenios pueden rehacerse y crear la ilusión del retorno. Eso hizo gran parte de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Eso están haciendo ahora mismo con las estatuas mártires de Mosul.

Esta alianza de arte, lucha contra el olvido y tecnología de impresión 3D es el último de los instrumentos de la lucha por la memoria y contra el fanatismo destructor.

Lo único que falta es que en esta Europa pusilánime, estas estatuas de cuerpos libres de pecado no se tapen después al paso de los clérigos con petrodólares, como sucedió en Italia este año, cuando el gobierno del primer ministro Matteo Renzi cubrió estatuas del renacimiento porque venía una delegación de Irán.

Irán: el mismo país de donde emergió Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas.   

Hambre o veneno: el dilema del Chernóbil de Svetlana Alexievich

Leo en la página 44 del impresionante testimonio colectivo “Voces de Chernóbil”, de la última Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich: “Este libro no trata sobre Chernóbil, sino sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas, y se han sacado centenares de miles de metros de películas. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”. 

En poco más de 400 páginas, Alexievich habla poco, muy poco. Lo necesario. La descripción de una viuda sirviendo te como si su muerto fuera a volver y soplar la taza antes de sorberlo. El camino en la nieve para llegar a la casa desvencijada de un funcionario que perdió la fe. Los nombres de los sobrevivientes de Chernóbil que se sentaron a la lumbre de sus preguntas y reabrieron sus heridas para contarle sus historias.

Casi todo “Voces de Chernóbil” son monólogos de tristeza, de incredulidad, de dolor mal digerido. Los habitantes de la región de Bielorrusia donde la central nuclear explotó y liberó su veneno radioactivo en 1986 seguían haciéndose preguntas veinte años más tarde. Por qué las autoridades prefirieron negar los hechos, ocultar las consecuencias, abandonar a las víctimas. La mayoría creía en la bondad del sistema soviético. Fueron traicionados.

Hoy han pasado diez años más desde que el gran libro de Alexievich viera la luz en ruso. Hoy muchos lectores españoles e hispanoamericanos lo están leyendo, junto con su dura, flamígera hermana de testimonios “La guerra no tiene rostro de mujer”. Los leemos porque su nombre se hizo famoso tras la concesión del Nobel, que por primera vez premia a un reportero por su obra periodística.

chernobil_alimentos_radiactivos-985x656

Una de las noticias del día, la que acompaña esta foto funesta, reza: “Familias del área afectada por Chernóbil vuelven a comer alimentos radioactivos. La crisis económica azota a Rusia, Ucrania y Bielorrusia, obligando a miles de personas a volver a comer alimentos contaminados, 30 años después del desastre nuclear Chernóbil”.

La foto muestra una anciana, las manos como garras callosas, los ojos como ranuras incrédulas, mirando un billete como si el papel le pudiera contestar su pregunta de décadas. Entre los testimonios recogidos recientemente por Greenpeace, el grito ronco de una madre: “Tenemos leche y cocemos el pan aunque esté con radiación. Todo aquí es radiación”.

¿Para qué sirvió la grandiosa alianza de denuncia y arte en el libro de Svetlana Alexievich? ¿Para qué el Nobel? ¿Para qué la investigación de Greenpeace? Las madres de Chernóbil alimentan hoy a sus hijos con alimentos radioactivos. Los envenenan, porque la alternativa es matarlos de hambre. ¿En qué mundo estamos? ¿Nada cambió en 30 años? ¿Nada cambiará?

El subtítulo de “Voces de Chernóbil” da una respuesta desesperanzada y realista. Se llama “Crónica del futuro”.