Que parezca un accidente

La revista científica ScienceMag ha publicado un estudio con resultados aterradores. No sólo certifica que el uso intensivo de combustibles fósiles y la destrucción de hábitats naturales por una sola especie (la humana) están causando la extinción acelerada de muchas especies. También demuestra que, a diferencia de otras eras, ahora éstas desaparecen sin dejar rastro.

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“Durante décadas, los paleontólogos han podido cavar la tierra, descubrir fósiles y averiguar las causas de la extinción de las diferentes especies”, pero esto ya no es así. La extinción es tan rápida y las áreas en que sucede resultan tan modificadas por la acción humana que ya no quedarán rastros para que los científicos del futuro busquen las causas del drama que nos rodea. “La extinción ahora es diferente a todo lo que ha ocurrido en el pasado, no solo en el número de especies que se extinguen, sino también en la forma en que está sucediendo: está siendo impulsada por una sola especie”, se lee en el estudio. La nuestra, claro.

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Hasta ahora, yo no había reparado en la relación entre estos dos elementos. Por un lado, las investigaciones de los paleontólogos sobre extinciones remotas, como los dinosaurios, el tigre de Tasmania o el Aguará Guazú en el noroeste argentino. Por el tiempo que tardaron en desaparecer, los sedimentos que se acumularon sobre los huesos que quedan como reliquias de su paso por la tierra y la huella de las causas de su extinción en estos restos, los paleontólogos pueden encontrar respuestas: cómo y por qué.

Por otro lado, nos llega información sobre las extinciones actuales. Desaparición de hábitats, cacería y pesca masiva, cambio climático. Y de esto no quedan marcas. Con las especies desaparece todo el mundo que los rodea, todo el ambiente que los hacía posibles y les daba sustento y cobijo. No queda nada. Ni la memoria ni un trocito enterrado o congelado al que hacerle preguntas.

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Hace poco entrevisté al historiador israelí Omer Bertov, que investigó durante años la rica historia de los judíos en Galitzia, el territorio que hoy queda en Ucrania Occidental. Los judíos eran un tercio de la población, en algunos pueblos más de la mitad. Entre 1941 y 1945 fueron masacrados por los nazis con la ayuda de milicianos locales.

Hoy se construye la identidad ucraniana borrando el pasado, escondiendo 500 años de su presencia y protagonismo en la cultura, la política, la economía, la vida social de Galitzia. Claro: esos milicianos locales son también los que se rebelaron contra las tropas soviéticas. Son los héroes del pasado que los ucranianos de hoy quieren recordar. Mientras, a los judíos asesinados se los vuelve a matar. No queda ni el recuerdo. El libro se llama “Borrados”.

¿Quedarán así borradas las especies que hoy desaparecen cada día, algunas sin que los científicos hayan llegado a estudiarlas jamás? Es peor que las extinciones del Jurásico, porque se puede desenterrar los huesos de los dinosaurios e investigar qué fue lo que las mató.

Con las especies que desaparecieron ayer y que se están extinguiendo hoy mismo, eso no es posible. Como en el caso de los judíos de Europa Oriental, hay razones para ocultar el crimen, para contar el pasado como si hubiera sido un hecho imponderable sin culpables y sin respuesta. Fuimos nosotros. Solo estamos borrando nuestras huellas. Que parezca un accidente.

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