El hombre del gramófono

El excelente fotoperiodista Xavier Cervera me preguntó dónde me parecía mejor hacer un retrato mío para que acompañara una reseña de “El arte de escuchar”, mi libro de crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas y ensayos alrededor de la música clásica.

Sin dudarlo, le propuse encontrarnos en la puerta del Gran Teatre del Liceu, en plena Rambla de Barcelona. El libro contiene un retrato del teatro en el momento en que estaba a punto de reinaugurarse después del devastador incendio de 1994. Y también un perfil del entrañable apuntador Jaume Tribó, el último de su especie. Y el recuerdo de funciones memorables con la incandescente soprano Natalie Dessay. Y las noches de descubrimiento de la ópera y de compartir la vida con mi hijo José Pablo.

Pero no habíamos pedido permiso para hacer fotos dentro de la sala, y no nos dejaron entrar. Nos fuimos al Café de la Ópera, enfrente, donde tantas tardes tomé cortados esperando las funciones. Una vez me había citado ahí con la gran cronista mexicana Alma Guillermoprieto y la persona con la que iba a ir al Liceu me llamó para cancelar. La invité en un arrebato y nos deleitamos con el Andrea Chenier de Giordano, la ópera convulsa sobre la Revolución Francesa. No había nadie en el piso superior, lleno de carteles de óperas del pasado: una Tosca con el cuchillo ensangrentado, una Carmen con flor carmín, una Madama Butterfly en sepia. Pero no: no era lo que estaba buscando.

Entonces Xavier y yo pedimos (ya éramos socios, yo era el personaje de su retrato pero también su colega)  un objeto precioso, de museo, que llamaba la atención en el aparador de la boletería del Liceu, a un costado de la entrada principal. Era una caja de madera con posadiscos de felpa para esos gruesos vinilos de 78 revoluciones por minuto. Una poderosa púa se posaba en los surcos y el sonido salía por una gran bocina. Era un viejo gramófono.

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Lo tomé entre mis brazos como a un bebé y salimos al medio de la Rambla. Era pleno invierno, hacía frío pero el sol me daba en la cara. Me tomó fotos de cara y de espaldas al sol. En las de cara, como la que eligió para ilustrar esta preciosa reseña de mi libro por el erudito Mauricio Bach, aparezco entrecerrando los ojos. No tengo suficientes cejas ni pestañas que me protejan. Mis ojos son muy claros. Pero también puede parecer que estoy entrecerrando los ojos para escuchar mejor la música que sale del gramófono de mi imaginación. Para inspirarme, canturreaba “Un bel dì vedremo”, de Madama Butterfly.

Esa es la historia de esta foto. Gracias, Xavier. Del nombre de mi libro, “El arte de escuchar”, y de lo que te conté de él armaste esta pequeña historia en una foto. Me gusta mucho cómo salió.

 

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