¿Qué hacemos con las humanidades?

La revista de pensamiento y crítica El Ciervo me pregunta por el destierro de las humanidades, junto con otros profesores, escritores, filósofos, maestros: José Ramón Alonso, Enric Prats, Eloi Babí, Miquel Martínez y David Morales Escalera. En los últimos años, postula la revista, “las asignaturas llamadas instrumentales han ido ocupando mayor espacio en los programas de enseñanza y las de humanidades lo han ganado en su destierro y progresiva marginalidad. ¿Por qué? ¿Qué sentido o explicación tiene eso?¿Qué hacemos con las humanidades? ¿Qué haremos sin ellas?”

El Ciervo Humanidades Tapa

Pienso que en las dos últimas preguntas hay un sujeto implícito. Y creo que allí está el meollo de la cuestión. Con o sin humanidades, el sujeto que no se nombra es un “nosotros” cada vez más desdibujado.

Si ese “nosotros” son los que toman las decisiones en materia educativa, vamos listos. En España cada nuevo gobierno traza su nueva política educativa destinada a formar generaciones de alumnos, y en menos de una década un nuevo gobierno impone un nuevo programa, una nueva ley.

Si somos los que intentamos producir, enseñar, vivir de las humanidades, creo que no hemos sabido explicar bien y ganar para nuestra causa a las víctimas de la educación “instrumental” y la cultura vacía y chabacana. Y si es la gente, la sociedad, el pueblo… creo que se ha destruido tanto desde el discurso hegemónico que hay que empezar casi de cero.

En este mundo económico/tecnológico, es cierto que las llamadas humanidades están perdiendo fuelle. Desaparecen de los currículos escolares la filosofía, el arte, la música. El placer de la lectura, la discusión, la belleza y la precisión de lo bien dicho, lo bien escrito.

Muchos lo han apuntado: enseñar el cómo pero no el para qué es una decisión nada inocente: de las causas y las consecuencias se encargan los otros. Dentro de las aulas, aprender a funcionar dentro del sistema, es decir, aprender a sostener el sistema. Y fuera, promover generaciones de jóvenes aterrados por el destino del desempleo y el subempleo, de la pobreza, del exilio o la conformidad.

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Hace diez años, una alumna universitaria creó un concepto: el mileurista. Era el peligro de estudiar para cobrar poco. Hoy ser mileurista ya no es un temor: es un sueño. La crisis ha demolido las expectativas. Ha sembrado el miedo entre las nuevas generaciones. Y sin embargo, sigue habiendo sueños. Sigue habiendo interés por entender y cambiar el mundo.

Pero para eso necesitamos el pensamiento, el cuestionamiento, la creación, el arte, el teatro, el cine, la música, las artes plásticas, la poesía, la ficción, el ensayo, y las clases donde los nuevos alumnos se familiaricen con los grandes pensadores y creadores del pasado, su contexto y su aporte, y con el mundo de la creación y la discusión hoy día.

Muchas más cosas están disponibles, en un menjunje caótico, en Internet. Casi todo está allí. Pero hacen falta maestras y maestros, compañeras y compañeros que nos ayuden a separar lo necesario del ruido, a entender qué piensan los demás y aprender a sacar lo que pensamos y sentimos nosotros.

Sin conocimiento y disfrute del arte y del pensamiento nos empobrecemos. No podemos pensar y sentir con claridad. Los grandes poetas y músicos y pintores encontraron formas de expresar lo que crecía en su interior, que era muy parecido a lo que nos pasa y muchas veces no entendemos. Los grandes filósofos, contadores, ensayistas, nos ayudan a pensar, nos muestran caminos y nos guían si queremos construir nuestro sistema para ver el mundo y actuar en él.

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Sin las humanidades no sabremos dónde ir. Solo podremos bajar la cabeza y obedecer órdenes. El qué, el por qué y el para qué ya lo decidirán los que mandan. Tal vez ese es el propósito.

En la novela futurista “1984” de George Orwell, el Gran Hermano controlaba en todo momento la conducta de sus súbditos. El terror y la tortura mantenían al populacho en silencio y en orden. En la otra gran distopia de mediados del siglo XX, “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, las clases medias y bajas aprendían a obedecer, bajar la cabeza, disfrutar de los pocos placeres que el sistema les proporcionaba y contribuir al sostenimiento de un orden inmutable.

En un mundo sin humanidades, no sólo las desigualdades e injusticias se perpetúan y amplían. Tampoco se verán compelidos a discutir estas ideas luminosas y estas historias aterradoras.

Están creando un sistema educativo donde ningún profesor los invitará a leer a Orwell y a Huxley.

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