Una medialuna de viajes e historias

Vengo de Porto Alegre, de zambullirme en otra de las conferencias de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario, la organización más divertida, profunda y hippie que conozco. Cada año presento, entre otras cosas, la obra y el lugar de un cronista latinoamericano.

Este año elegí a Martín Caparrós, el eximio viajero. Me centro en su reciente obra maestra, El hambre. Pero recorriendo lo que escribí de él, encontré esta crítica de su libro breve y jugoso de 2009, Una luna. En ese momento lo publiqué en Cultura/s de La Vanguardia. Hoy quiero compartirlo por aquí.  

Caparrós Una luna tapa

En 2008, el Fondo de Población de las Naciones Unidas le encargó al escritor argentino Martín Caparrós que viajara por un mes a diversos puntos del planeta donde jóvenes refugiados le contarían sus dramas y sus luchas por superarlos. Los textos resultantes, ya publicados en medios, trazan un mapa del dolor, de la incomprensión, de la ignominia y de la dignidad en este comienzo de siglo.

El proyecto de la ONU era un lujo: Caparrós es, creo yo, el mejor cronista actual de América Latina, un soberbio entrevistador, un viajero dotado de cultura enciclopédica, de una avidez cósmica por saber más y de una fina ironía. Con esas armas, publicó ya dos modélicos libros de viajes, Larga distancia y La guerra moderna. Su obra de no ficción incluye también la investigación sobre la corta vida y la aleccionadora muerte de una anarquista argentina (Amor y anarquía), la deliciosa historia del legendario club de fútbol Boca Juniors (Boquita) y la trilogía La voluntad, un profundo relato y análisis de los años de plomo en Argentina y la generación que optó por la violencia para cambiar el mundo.

Además, Martín Caparrós es novelista (fue primero conocido por el público español por Valfierno, una novelización del robo de la Gioconda hace un siglo, que le valió el Premio Planeta de su país), fue pionero de las tertulias de madrugada en la radio, con el nuevo siglo se convirtió en innovador de la televisión y el documental unipersonal, y – last but no least – es un personaje imprescindible de las tertulias literarias y periodísticas en Latinoamérica.

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Con su encargo a cuestas, Caparrós se lanzó a unir ciudades de los cinco continentes (Monrovia, Lusaka, París, Johannesburgo, Amsterdam…) en lo que tarda la luna en crecer, llenarse, apagarse y morir. En un mes lunar se enfrentó con historias como la de una rumana vendida como esclava sexual por su marido, como la de un marfileño que emprendió la durísima odisea de la patera, como la de un salvadoreño que se enfangó en el pantano de la pandilla violenta, o como la de una inmigrante marroquí en Holanda, abrumada por su deseo de ser mujer musulmana en Europa en medio del clima tóxico tras el 11-S y sometida a una familia castradora.

Una luna (Anagrama, 2009) contiene estos relatos, estos retratos al carboncillo de víctimas de la violencia, la pobreza y la humillación, trazados con la mano agil del periodista avezado. Pero estas pinceladas configuran tal vez un cuarto del libro.

Alrededor, antes, después y durante sus viajes para encontrarse con estos sufrientes, Caparrós anota en sus libretas lo que le va sucediendo en el viaje.

Esta parte – la más voluminosa – es una invitación a acompañarlo en sus filias y fobias, sus disquisiciones políticas, económicas, antropológicas, estéticas e ideológicas, sus recuerdos de juventud y sus expectativas de futuro. Es de esos libros donde la única estrategia de disfrute consiste en ‘dejarse llevar’ por el viajero agudo y experto, enamorado de sí mismo y de su pluma, y con razón, porque Caparrós tiene oído absoluto para la prosa precisa y la metáfora feliz.

Martín Caparrós foto

Hay momentos en que aturde tanta opinión, otros en que choca la yuxtaposición de las breves y dramáticas historias de los golpeados por la globalización y sus entornos hostiles con los satisfechos apuntes de viaje de un escritor en la cima del éxito. Pero aunque estos momentos hacen que queramos pelearnos y discutir con Caparrós, nunca nos tientan a abandonar el libro. Como maestro de la polémica, sus frecuentes boutades probablemente buscan producir ese efecto.

En definitiva, Una luna es un buen aperitivo para acercarse a la obra de un gran cronista, para pasar de aquí a sus obras mayores. Más que una luna se asemeja a esas exquisitas pastas argentinas que acompañan el café con leche o el mate de la mañana: la medialuna de grasa, un cruasán delgado, entre saladito y dulzón, con una costra dura y un centro tierno, que al mojar en el café con leche se impregna, pero que también cambia y complejiza el sabor de la infusión, y también es capaz de manchar un bigote nietscheano como el del mismo Caparrós.

El libro es breve, el estilo ágil, el trazo fácil y ligero. Pero esta medialuna mancha. Muchas de sus imágenes y sus ideas quedarán deshaciéndose lentamente en la memoria y el paladar del lector.

 

La ópera también celebra a Shakespeare

A 400 años de su muerte, William Shakespeare está más vivo que nunca: en los teatros, en el cine, en los libros, en los debates intelectuales… y también en la ópera.

El crítico literario Harold Bloom lo “acusó” de haber inventado “lo humano”, al hombre moderno. El idioma inglés le debe cientos de palabras y una capacidad única para la precisión y la ironía. El teatro le debe todo. Y la política, casi todo: sin él serían incomprensibles las campañas electorales, las series de televisión. No se puede contar ni ejercer el poder sin sus tragedias de reyes y emperadores.

No es extraño entonces que haya sido fuente de inspiración de tantos músicos. La musicalidad de sus sonetos y monólogos parecen pedir melodías, y muchas de sus obras, sobre todo las comedias románticas, incluyen canciones. Pero fue a partir de Henry Purcell que los compositores empezaron a excavar la profunda mina de su obra.

Primero farsa, después tragedia

En 1692, a menos de un siglo de la  muerte de Shakespeare, el más grande de los compositores ingleses puso música incidental a una versión ligera del Sueño de una noche de verano. The Fairy Queen se interna en lo fantástico, lo divertido del juego de disfraces, la alegría del amor. Ritmos ágiles, melodías frescas y un uso chispeante de los instrumentos de viento.

En 1976, Aribert Reiman compuso una ópera áspera, angulosa, con un acusado sentido dramático que lamentablemente no abunda en la lírica contemporánea. Lear fue estrenada con gran éxito en la Ópera de Múnich. Pocas veces la música contemporánea sin melodía discernible ha sido capaz de transmitir tanta emoción, de delinear con lentas punzadas musicales un puñado de personajes marcados por la desesperación.

Lear Reimann DFD tapa disco

Entre estos dos extremos, más de una veintena de compositores de todas las épocas y tradiciones sucumbieron al embrujo de Shakespeare.

Este año de aniversario presenta una muestra de esta riqueza y variedad en los principales teatros de ópera de la península. En diciembre, el tenor devenido barítono Plácido Domingo estrenó en el Palau de les Arts de Valencia su personificación de uno de los más grandes papeles verdianos, Macbeth, el “primer Shakespeare” del italiano. Dos meses más tarde, el Teatro Real de Madrid estrenó una rareza de Wagner: Das Liebesverbot (La prohibición de amar), su segunda ópera, basada en la comedia Medida por medida. Y en mayo, el Liceu de Barcelona presentará una joya del bel canto, I Capuletti e i Montecchi, la versión de Vincenzo Bellini sobre Romeo y Julieta.

Bel canto, Verdi, ¡Wagner!

Sin duda, el compositor más marcado por el bardo fue Giuseppe Verdi. Macbeth es su décima ópera, compuesta a los 33 años, y con ella los especialistas dicen que comienza una nueva relación, más profunda y moderna, con la dramaturgia.

Como Macbeth y Lady Macbeth, Domingo y la imponente soprano rusa Ekaterina Semenchuk se sumergen en la locura del poder, el crimen y la culpa en una puesta en escena oscura: una sucesión de paredes que se van cerrando sobre la pareja protagonista. En esta versión, Macbeth es vencido más por sus propios fantasmas y su fragilidad que por la fuerza de sus enemigos.

Macbeth - Les Arts Reina Sofía - Tato Baeza (12)

Verdi volvió a Shakespeare al final de su vida, en lo más alto de su carrera: cuando ya consideraba cerrada su obra, el libretista y compositor Arrigo Boito lo convenció para que volviera: a los 74 años compuso Otello, su obra maestra. Y a los 80, Falstaff, la comedia llena de piedad y empatía por las debilidades humanas, basada en el personaje del adorable gordinflón lascivo que aparece en Enrique IV, Enrique V y en Las alegres comadres de Windsor. El gran trágico Verdi se despide con una sonrisa comprensiva.

El gran rival de Verdi en la ópera en el siglo XIX, Richard Wagner, está mucho más alejado del universo de Shakespeare. Por eso fue una agradable sorpresa descubrir este año su segunda ópera, la única comedia que había compuesto antes de Los maestros cantores de Nuremberg, que termina de una forma tan wagnerianamente seria y solemne.

Das Liebesverbot (La prohibición de amar) es la historia de un hipócrita gobernador que impone un código moral estricto y sentencia a muerte a un joven que se acostó con su novia. Cuando la hermana del joven, una monja, le ruega piedad, al gobernador se le despierta la misma libido que castigaba en los otros, y ofrece a la monja clemencia a cambio de sexo. Todo termina bien: en la obra original de Shakespeare, Medida por medida, el gobernador es castigado por su superior, un duque. En la versión de un Wagner revolucionario de 20 años, es el pueblo el que se rebela.

En el Teatro Real, como parte de la divertida puesta en escena de Kaspar Holten, todo termina con un aquelarre final, con el gobernador entrando disfrazado en el carnaval que él mismo había prohibido para encontrarse con la religiosa que lo desvela. Los personajes aparecen en el carnaval vestidos como los adustos héroes del Wagner maduro: el más desopilante es el jefe de policía, que lleva larga peluca rubia y cuernos, como una valquiria.  ProhiAmar 2011

Para terminar con las celebraciones operísticas de Shakespeare, el Liceu de Barcelona programa en mayo y junio una joya del bel canto: I Caputelli e i Montecchi, de Vincenzo Bellini. Aunque para muchos estudiosos el libreto de Felice Romani puede haberse basado en las mismas leyendas renacentistas italianas en que se basó Shakespeare, al ojo y al oído de hoy no hay duda: es el Romeo y Julieta de Shakespeare hecho ópera.

Y a diferencia de su “rival”, el Roméo et Juliette de Charles Gounod, en el que Romeo es un tenor, aquí el joven enamorado está interpretado por  una mezzosoprano. En el estreno de 1830 fue la legendaria Giudita Grissi. En el Liceu lo interpretará la gran mezzo de coloratura Joyce di Donato.

¿Y qué le aporta la música al gran bardo?

Shakespeare enriqueció enormemente el mundo de la lírica. ¿Pero qué aporta la ópera a las obras tan completas y redondas que el gran dramaturgo inglés creó para el teatro hablado? ¿Qué les agrega la música orquestal y el canto?

Creo que tres cosas, que se ven patentes en Macbeth, en La prohibición de amar y en Montescos y Capuletos. La primera, la más obvia, es la inclusión del coro: nunca el teatro hablado tendrá un personaje coral tan potente y locuaz. El coro es el pueblo que clama, grita e implora con una sola voz en decenas de gargantas.

En la ópera, lo coral que bulle en los argumentos de Shakespeare se magnifica: el pueblo escocés llora por su opresión y al final celebra la caída de Macbeth. Wagner cambia el final de Medida por medida para que al gobernador hipócrita no lo venza el duque que lo nombró sino el pueblo, harto de sus arbitrariedades. Es el coro que triunfa sobre la injuticia. Y en la versión de Bellini, Romeo y Julieta son antes que nada miembros de familias rivales. No es extraño que esta obra tan coral se llame I Capuletti e i Montescchi.

En segundo lugar, los personajes de Shakespeare detienen la acción para hablar consigo mismos. El monólogo filosófico de Hamlet; el delirio heroico de Falstaff; la confesión feroz de maldad de Iago. Los libretistas de ópera transforman con facilidad estos momentos en grandes arias. Y los compositores, en música sublime.  Lo mejor del desparejo Hamlet de Ambroise Thomas es el aria de la locura y muerte de Ofelia, que enloquece cantando en una cascada aterradora de notas agudas, con las que deslumbró hace una década la soprano Natalie Dessay en el Liceu.

Por último, las descripciones de estados de ánimo, las tormentas y amaneceres y noches estrelladas, las escenas de alegría y tristeza colectiva, las batallas… El paso del teatro al libreto de ópera elimina o reduce muchas de las escenas en las que personajes secundarios cuentan lo que pasa fuera de escena. Los compositores lo reemplazan por paisajes sonoros: Otelo rumia en silencio sus celos y la música es el taladro de la duda insidiosa dentro de su cabeza; el bosque encantado del Sueño de una noche de verano florece en las cuerdas y los oboes de Purcell; en mundo se vuelve hostil y maligno en la música angulosa e inquietante del Lear de Aribert Reimann.

En estas obras geniales, la música completa y acaricia las palabras de Shakespeare.