Kapuscinski descubre su voz en el África de Lumumba

Estrellas negras es el último libro de Ryszard Kapuscinski en aparecer en castellano (en febrero de 2016), y también el primero de sus libros como corresponsal extranjero. Antes solo había publicado La jungla polaca: una colección de sus primeras crónicas en su país, pero el Kapuscinski que conocemos nace, creo con Estrellas negras.

Proviene de su primer viaje a África en 1959, que ya muestra, en embrión, todas las características del “mejor reportero del mundo”. Sus recursos, su estilo y sus ideas ya están allí, como si las estuviera creando ante nuestros ojos. Y también, la mirada sobre las luchas del Tercer Mundo que trajo a América Latina en los setenta.

Kapuscinski Estrellas negras tapa 16

I.

En 1959 Ryszard Kapuscinski es enviado por primera vez a África por la agencia oficial de noticias polaca. Tal como relata la académica puertorriqueña Sarah Platt en su tesis sobre el gran periodista literario: “Desde Londres tomó un vuelo hacia Accra, capital de Ghana, primer país africano independiente que visitó. Llega al país sin contactos y con muy poco dinero, aunque desde el inicio se sentirá más a gusto aquí que en India y China (sus primeros destinos como corresponsal). Alquila una habitación en el Hotel Metropol, un albergue que se encontraba en pésimas condiciones, en un barrio comercial de la capital. Luego recogerá su experiencia inicial de esta manera: ‘He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz’.”

Kapuscinski en estado puro, pero al inicio de su carrera. De su viaje traza retratos de dos países recién independizados y de dos grandes líderes que ayudan a entender la política anticolonial de la época y el personalismo cuasi-religioso que todavía lastra el continente: la Ghana de Kwame Nkrumah y el Congo de Patrice Lumumba.

Nkumah y Lumumba eran carismáticos líderes de sus pueblos. El joven periodista polaco escucha sus discursos al pie de la tarima, rodeado de enfervorizados negros. Es el único blanco. Cada tanto, constata que lo miran con odio: parece un colono. No, les explica, es uno de ellos, el periodista revolucionario de un pueblo pobre y socialista. Las cosas no pasan a más, pero mientras tanto, Kapuscinski va armando su asombrosa caja de herramientas narrativas. Los líderes adorados se van convirtiendo en mesiánicos y totalitarios; sus seguidores en turbas violentas. A Nkrumah lo echan del poder. A Lumumba lo asesinan sus enemigos proyanquis con ayuda de la CIA. Las estrellas negras estallan, y otras las reemplazan.

A medida que avanza su recorrido, aparecen otros personajes: los flamantes burócratas, los intelectuales enardecidos, los periodistas desorientados y, en un relato colectivo demoledor, el colono blanco: pocas veces fue tan duro el maestro polaco como con el blanco racista de África.

Y el Hotel Metropol, donde sus compañeros lo llamaban ‘Red’, en un texto que ya prefigura la forma que encontrará el Kapuscinski maduro, el de Ébano, La guerra del fútbol, El emperador y El Sha.

“Vivo en una balsa, en un callejón de un barrio comercial de Acra. La balsa se eleva sobre unos postes hasta la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropole. Durante la estación de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Pero ¡se mantiene en pie!”

Así comienza el capítulo dedicado a su añorado hotel. ¿Y qué se hace en el Metropole? Beber a saco.“En el trópico, beber es obligado. Cuando dos personas se encuentran en Europa, se saludan diciendo: ‘¡Hola! ¿Qué tal?’. En el tr´pico, intercambian un saludo distinto. ‘¿Qué vas a tomar?’ Aunque también se beba durante el día, el beber de verdad, el programático, empieza con el ocaso, pues el ocaso anuncia la noche, y la noche acecha al osado que se haya burlado del alcohol”.

Ya combinaba aquí el relato de hechos históricos, la anécdota personal, el análisis ensayístico y la pintura inigualable de personajes, que incluyen a los corresponsales de guerra: hay cobardes y valientes, sobrios y borrachos perdidos, éticos y veniales, divertidos y tacirurnos. Pero son su tribu en el otro lado del mundo, y el joven ‘Red’ los pinta con maestría, con piedad y con cariño.

II.

Tras volver de su primer viaje africano, Kapuscinski publicó 17 crónicas en una revista literaria y se disponía a armar un libro cuando fue enviado de vuelta a África, esta vez como corresponsal. Empezarían así, en 1961, las dos décadas más fructíferas del Kapuscinski, sus larguísimas estancias en África, Asia y América Latina, que la Colección Crónicas de Anagrama ha ido desgranando a lo largo de 20 años, siempre en impecables y luminosas traducciones de Agata Orzeszek.

Mucho del Kapuscinski maduro ya estaba en estas crónicas a vuelapluma. Muchas de sus ideas y certezas sobre el mundo surgieron por primera vez en las noches bochornosas del Hotel Metropol. Como recodaría una década más tarde en el primer libro que sí organiza él, La guerra del fútbol y otros reportajes, “Mi experiencia africana me llevó a descubrir una realidad que me atraía y me fascinaba mucho más que una expedición a un poblado de brujos o a una reserva de animales salvajes. Estaba asistiendo al nacimiento de la neuva África, y no se trataba de una metáfora ni del título de un artículo de fondo, sino de un auténtico parto que unas veces se producía en circunstancias dramáticas y dolorosas y otras entre el júbilo y la alegría”.

Esta experiencia africana, donde descubre la complejidad de la política post-colonial, con sus dramas y sus júbilos, con pueblos en marcha por su liberación y líderes fulgurantes que se inmolan por sus ideas fanáticas o se convierten en corruptos, será la principal maleta que lleve en los setenta, cuando desembarque en América Latina.

Su visión de la guerra fratricida en El Salvador y Honduras, de la represión en México, del dominio de las multinacionales en Guatemala, del golpe en Chile, le viene de sus años africanos. Sus historias de guerrilleros que luchan por el inasible concepto de la dignidad nacional, de miserables que recogen zapatos de muertos en medio del combate, de las maquinaciones de las grandes multinacionales aliadas con gobiernos entreguistas que jalonan La guerra del fútbol y Cristo con un fusil al hombre vienen de sus observaciones y sus largas charlas africanas.

Era la visión socialista que mamó en la Polonia de posguerra, pero sobre todo el protagonismo del sufrimiento y la lucha del pueblo que lo asombró en África.

Y también es el comienzo de su visión de la complejidad del poder, del ejercicio y el aura del poder, que brilla en El Emperador y El Sha. En Estrellas negras brilla el primer perfil de un líder complejo, el incandescente Lumumba. En la prosa del primer Kapuscinksi, se siente cómo el autor busca sus temas, sus personajes, piensa en voz alta. “Patrice es un hijo del pueblo. También a veces se mostrará ingenuo y místico, también tendrá ese temperamento propenso a súbitos saltos de un extremo a otro, de un estallido de felicidad a la más muda desesperación. Lumumba es una figura fascinante por lo enormemente compleja. (…) Apasionado, inquieto, caótico, poeta sentimental, político ambicioso, alma impulsiva, increíblemente rebelde y  dócil a la vez, confiado hasta el final en su verdad, sordo a las palabras de otros, seducido por su propia y magnífica voz”.

De allí viaja y nos sigue descubriendo a los latinoamericanos un continente que despuntaba entusiasmos en las figuras de Fidel Castro y el Che Guevara.

III.

Cuando Kapuscinski marchó en 1961 a tomar su puesto como corresponsal en 50 países, responsable por entender medio millar de grupos étnicos en un continente en llamas, sus editores juntaron sus 17 crónicas y publicaron, sin su participación, el que sería su primer libro, Estrellas negras.

Ahora ven la luz en castellano. Este año Anagrama y Orzeszek regalan a la legión de sus lectores este libro vibrante e imperfecto, que permite completar el camino vital y autoral del gran cronista. Es el último Kapuscinski, y también el primero.

Estrellas negras es un Kapuscinski en formación, que deja escapar sus entusiasmos y enconos, que se deja llevar en la descripción de largas escenas que podrían cortarse. Pero también permite presenciar, como testigos privilegiados, su descubrimiento de África, el continente que le ayudó a descubrirse a sí mismo.

Ryszard Kapuscinski: Estrellas negras. Anagrama. 220 páginas.

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