Para malvados, los de la ópera

Dicen que cuando a Freddy Mercury le propusieron subirse a un escenario para cantar “Barcelona”, la canción de la Olimpíadas de 1992 en esa ciudad, con la soprano Montserrat Caballé, pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor rockero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años.

Pero en el primer ensayo, el vendaval de gesticulación extrema y agudos que rompen copas de la gran cantante lo dejó con la boca abierta. Estaba ante una verdadera diva de la ópera… ¡lo que él soñaba ser!

Mercury y Caballé Barcelona 92

Nada es moderado en el arte lírico. Es cierto que el público sea por lo general gente mayor, vestida de gala, que no grita ni baila ni se desgañita cantando con sus ídolos. Pero sobre los escenarios de la ópera se desarrollan las escenas más dramáticas, los amoríos más fulminantes, las muertes más tremendas, los peores odios y también las risas más frescas, en las comedias inteligentemente divertidas de Rossini y Donizetti.

 

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Y entrando en el terreno de los personajes malos, nadie es más malo que un malo de ópera. Porque un malo que canta con bella voz mientras la orquesta acompaña con arrullo de violines o fanfarria de trompetas sus falsas promesas es el colmo de la maldad. Hay malos que se conocen desde la primera nota: por ejemplo Scarpia, el jefe de policía torturador y lascivo de Tosca de Puccini. O Salomé, la niña perversa que ordena cortar la cabeza del casto Juan Bautista en la ópera homónima de Richard Strauss. Pero los peores  malos son, como en la vida real, los que la van de buenos.

Hoy quiero traerles mis tres preferidos. Son malos que ponen en acción la maquinaria del drama, porque convencen a almas incautas de que sus fines son nobles y de que los otros – los verdaderos buenos – merecen ser destruidos.

Primero, La Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart.  Aparece en una nube de ritmo marcial y convence al príncipe Tamino de que su hija ha sido secuestrada por el padre y que ella, la madre doliente, sufre por la injusticia y la ausencia. Tamino corre a rescatar a la princesa, pero se encuentra con que el padre es un monarca sabio, que la princesa está con él por su voluntad y que la verdadera mala es la nocturna Reina.

En su última aparición, ya desprovista de la careta de buena madre, exige a la hija que mate al padre, le entrega un cuchillo y canta la famosa arias con una sucesión demencial de notas agudas: el agudo, que para los barrocos era la voz de la inocencia y del amor, con el gran dramaturgo Mozart se convierte en el aullido de la maldad demente. En un giro de guión genial, Milos Forman convierte en su película Amadeus el aria de la Reina de la Noche en el reproche constante de la suegra del compositor.

Reina de la noche Liceu 16

La última Flauta mágica que vi, esta semana, fue una producción sorprendente de la Ópera Cómica de Berlín que vino este año a Barcelona y Madrid, con dirección de escena de Suzanne Andrade, Barrie Kosky y videocreación de Paul Barritt. Todo está proyectado como en una película muda de 1927, con los cantantes integrados en las imágenes proyectadas. La reina de la noche es una enorme araña de metal.

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Segundo ejemplo: Ortrud, la bruja de Lohengrin de Wagner. Ortrud está casada con el noble Friedrich von Telramund y forman una pareja en busca de la venganza y el poder. El marido acusa a la inocente Elsa de haber matado a su hermano pequeño, el heredero al trono de Brabante. Elsa pide que un héroe la defienda en un combate a muerte contra Friederich. Como era de esperar, a los dos primeros golpes de bastón, no aparece ningún voluntario. Pero a la tercera, llega montando un cisne blanco el caballero de la reluciente armadura.

Él le exige que nunca le pregunte cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuál es su linaje. Lohengrin vence a Friederich pero le perdona la vida. En ese momento de debilidad comienza a llevarse a cabo el malvado plan de Ortrud: poco a poco, durante el larguísimo segundo acto, vierte en el inquieto oído de Elsa el veneno de la insidia: ¿por qué no te quiere decir cómo se llama? ¿qué te oculta? ¿cómo puedes confiar en él si no te confía lo más básico de su identidad?

Finalmente, en la noche de bodas (que se inicia con la Marcha Nupcial que aún resuena en las iglesias), Elsa no aguanta más y hace las preguntas prohibidas. Lohengrin no puede hacer otra cosa que contestar y marcharse de vuelta a su reino de caballeros. Ortrud cae derrotada (como antes la Reina de la Noche), pero el mal que propagó jugando con diabólica maldad de amiga y aliada ya hizo su efecto.

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Una gran pareja de Ortrud y Elsa: Evelyn Herzelius y Anette Dasch, en la versión dirigida por Daniel Barenboim en La Scala de Milán.

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Último ejemplo: la penúltima y para muchos la mejor ópera de Giuseppe Verdi: Otello, basada en la tragedia de Shakespeare. Otello, el moro de Venecia, está perdidamente enamorado de la rubia y aristocrática Desdémona. Acaba de volver de derrotar a los piratas y, aunque es negro y de origen humilde, los dueños de la ciudad le dan plenos poderes. Acaba de nombrar capitán a Casio, y el pérfido Iago, quien aspiraba al puesto, no lo perdona. Con maldad disfrazada de amistad desinteresada, Iago inocula lenta y magistralmente la enfermedad de los celos en la mente del inseguro Otello.

El plan de Iago es perfecto: primero emborracha a Casio y lo incita a la pelea con otro militar. Cuando Otelo lo castiga, le propone que convenza a Desdémona para que interceda por él. Cuando le dice a Otelo que sospecha de que hay algo entre su esposa y el capitán, la tragedia está servida. El moro se hunde en el abismo de sus celos, cada nuevo dato que le clava Iago con falsas advertencias de que son solo conjeturas lo abisman más y más, y al final asesina a su amada esposa en uno de los finales más espeluznantes de la historia de la ópera.

otello en valencia gregory kunde carlos álvarez 13

En Valencia en 2013 vi uno de los mejores Otellos de mi vida, con el tremendo barítono y actor Carlos Álvarez como Iago, el estupendo tenor trágico Gregory Kunde como Otelo y la batuta de Zubin Mehta.

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Iago, Ortrud y la Reina de la Noche terminan mal. La crueldad del falso amigo no paga, pero casi siempre es demasiado tarde. A diferencia del malvado sin fisuras, el que lleva su juego de cruel bondad hasta el final no piensa en salvarse: solo le interesa su obsesión por destruir a su enemigo.

Y la ópera es el terreno perfecto para que estas tragedias nos atrapen y nos horroricen. Nadie puede resistirse a un malo que canta, que extiende su red de destrucción en bellas melodías. Y para el oyente, cuando está bien ejecutada, la insidia cantada es tan insoportable como imposible de olvidar.

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La cámara y las calaveras de mazapán

Es de esas fotos que están moviéndose en la cuerda floja, entre lo sublime y lo cursi. Suele pasar cuando un fotógrafo o un editor buscan una imagen amable que ilustre un tema violento, duro, amargo. A mí me impactó mucho. Me pegó, me interpeló. Por eso la coloco, apenas, del lado de lo sublime.

Cámara y calaveras Carlos Jasso Reuters

Esta foto acompaña la noticia de un informe de la Campaña Emblema de Prensa (PEC con sede en Suiza: en los primeros seis meses de este año, han sido asesinados 74 periodistas en 22 países. De los seis países más peligrosos para ejercer este oficio, seis son de Medio Oriente, donde hay guerra desatada: Afganistán, Siria,  Irak y Yemen.

Pero los otros dos están en el centro de América. En México (ocho periodistas asesinados) y Guatemala (cinco), la combinación de terror narco, policía corrupta, estado cómplice, bandas juveniles y delincuencia feroz se ensaña con los reporteros. La muerte nos afecta siempre, pero como periodistas, los asesinatos de colegas nos duelen hasta lo indecible.

La foto es de México, y muestra esa iconografía de la muerte tan propia del sincretismo de ese país, que combina una religiosidad popular con elementos de cristianismo áspero, creencias indígenas y una filosofía de resignación y vitalismo. Sobre la mesa, unas calaveras de mazapán como las que proliferan el Día de los Muertos.

Los ojos, agujeros tapados por una luminiscencia violeta, parecen gritar. El lugar de las bocas (en las calaveras, los diente sin boca parecen reír con furia) está tapado por una especie de pañuelos que causan inquietud. Fue para taparles la boca que muchos de estos periodistas fueron asesinados.

Y en un cajón semi-abierto asoman un diario y una vieja cámara de fotos analógica.  El oficio de siempre. La lente nos apunta a nosotros: a usted que está leyendo, a mí, al asesino por última vez. Pero detrás de la cámara ya no hay nadie.

¿De qué escriben los jóvenes cronistas argentinos?

La más “vieja” nació en 1984. Los más jóvenes, en 1994. Los nueve estudiantes de periodismo que ganaron el concurso convocado por la Fundación Tomás Eloy Martínez, cuyo premio consistía en someterse a un proceso de edición de la admirada cronista y maestra Josefina Licitra y entrar en este libro (Nunca la misma historia, Editorial Marea), nacieron todos después del final de la dictadura.

Nunca la misma historia tapa

Estos chicos no vivieron ni un día bajo estado de sitio, no sintieron ese miedo en las calles de noche, esa censura en los medios, esas caras adustas de los generales en el poder. Y eso se nota.

Sus historias no son como las crónicas de los desaparecidos y los exiliados, de lo que no podía ser dicho pero debía ser dicho, de los temas que surgieron a borbotones cuando volvió la democracia. Sus temas son de la gente común, de los dramas de la falta de trabajo y dinero, de la soledad, de la inmigración, de la sexualidad. El Estado apenas si aparece. Las gestas del pueblo, tampoco.

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Sí se vislumbra un pasado político en uno de los mejores textos (publicado ya en la revista Viva de Clarín). En “El kilómetro cero del peronismo”, Emiliano Pasquier (nacido en 1989, terminado ya el gobierno de Alfonsín) traza un original cuadro costumbrista de la calle Nueva York de Berisso, cuna de los movimientos obreros que encumbraron a Perón, puntal de su movimiento y hoy gobernada por un radical, vacía de cultura obrera y en manos del comercio callejero y el deterioro. La política vive allí en los recuerdos del pasado.

En los otros textos se despliegan la crónica de un taller de constelaciones familiares, un viaje a la incomunicación de los inmigrantes chinos, el teatro lúcido y valiente de los ciegos, el dilema del arte contemporáneo donde el público es la obra, la lucha y la cultura de los trans-género, la historia del proyectista de un cine porno, una inmersión en el infierno de la ludopatía y el cariñoso perfil de una carnicera, un trabajo de amor que culminó con la presencia de la misma carnicera en la presentación de Nunca la misma historia en la Feria del Libro.

En la presentación hablamos la directora de la Fundación TEM, Victoria Rodríguez Lacrouts; la maestra y prologuista Josefina Licitra; Ezequiel Martínez, presidente de la fundación que lleva el nombre de su padre; el director de la revista Viva de Clarín Horacio Convertini, y yo mismo.

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Hay varios puntos en común en los textos. En todos es la historia, la sucesión de escenas, lo que empuja la narración.  Todos tienen como eje la búsqueda de la voz de los personajes, que se desgranan en diálogos que huelen a verdad.

No hay tesis, no hay conclusión: se presenta, se cuenta, no se demuestra nada. Pero de todos el lector sale sabiendo algo más, conociendo mejor el aquí y el ahora.

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Estos cronistas nóveles ya aprendieron el arte de la modestia, del hacerse a un lado y dejar que la historia se cuente sola. Los comienzos son mejores que los finales, pero eso es lógico: es mucho más difícil encontrar un buen final. Eso se aprende con el tiempo.

Lo que percibo como buena señal de este conjunto de periodistas narrativos del futuro es la ambición, el hambre, las ganas de trabajar, de salir de su zona de confort. Y el interés por conocer mundos desconocidos en su mismo entorno. Sus historias no vienen de fuera, no son ejemplos de causas o consignas. Crecen de dentro, orgánicamente.

Este libro es recomendable, entre otras cosas, porque es un mapa de cómo escriben los cronistas que no vivieron los años de plomo. Escriben con la levedad y la alegría del que sabe que tiene derecho a indagar, a entender, a contar.

Nunca la misma historia: Nueve nuevos cronistas. Prólogo de Josefina Licitra . Ed. Marea/Fundación Tomás Eloy Martínez.  116 páginas.

Esta crítica fue publicada originalmente en el suplemento cultural Ñ de Clarín.

Seis días de Ryan Gattis: Periodismo de ficción y una semana sin ley

Parece una novela de no ficción. Pero es lo contrario: es un relato inventado, con personajes y anécdotas que surgen de la imaginación del autor, pero que simula la estructura y el lenguaje de un relato periodístico.

Ryan Gattis Seis días tapa

Después de que los maestros del Nuevo Periodismo Truman  Capote, Norman Mailer, Gay Talese y compañía inventaran la novela de no ficción, ahora crece imparable el periodismo de ficción.

Puede seguir la supuesta investigación de un periodista que lleva el nombre del autor y que entrevista a sus personajes de ficción, como hace Javier Cercas en Soldados de Salamina. O puede proponer una sucesión de testimonios de protagonistas ficticios de un hecho real, como hace Ryan Gattis en Seis días.

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Ryan Gattis no es, nunca fue, periodista. Su mundo es la ficción, pero con mucha investigación detrás. Seis días (All Involved) es su tercera novela. Cuenta en todas las entrevistas que iba para militar pero en la adolescencia le rompieron la nariz y empezó a leer desesperadamente. Creció en Colorado y vive en California, el lugar donde se desarrollan estos hechos. Allí investigó durante dos años para escribir este libro.

Los “seis días” de su novela comienzan el 29 de abril de 1992. El lugar es un polvorín a punto de estallar llamado Los Ángeles. Cuando un jurado popular absuelve a los policías blancos que habían apaleado a un afroamericano llamado Rodney King, la población negra de la ciudad estalla en una cólera colectiva que siembra el caos durante seis días.

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El caso Rodney King fue pionero en muchos sentidos. La paliza había sido grabada en video. Una comunidad entera vio la escena y se sintió estafada con el veredicto. Fue la gota que rebalsó el vaso. Sin este precedente es difícil entender las revueltas recientes en Ferguson y en Baltimore.

Pero Seis días usa el caso King como telón de fondo de otra historia: sus personajes son casi sin excepciones latinos. Para esas pandillas, la semana sin ley es una oportunidad: de robar, de saldar cuentas, de asesinar. Las banda de Mosquito y de Gran Destino se disputan el territorio. Mosquito mata a la hermana menor de Destino y éste manda a matar al hermano mayor de Mosquito aprovechando que la policía les ha dejado el barrio libre.

Diecisiete jóvenes furiosos y excitados con apodos como Peligro, Apache, Momo o Termita cuentan en sus supuestas propias palabras los sucesos de la semana sangrienta y  nos sumergimos en la mente de estos jóvenes sin futuro que toman la cólera de los negros como una oportunidad.

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Hace medio siglo esta excelente novela podía leerse como una sucesión de voces literarias. Como Mientras agonizo, de John Steinbeck, digamos. Pero hoy no. Después de leer tantos testimonios en primera persona y ver tantos documentales, ya es imposible leer este texto como otra cosa que un gran reportaje de ficción.

Ryan Gattis: Seis días.

Seix Barral. Biblioteca Formentor. 492 páginas.