Bru Rovira y el periodismo como poesía de la calle

Vittorio. Ramón. El gitano. Josefa. José Antonio. Rosa. Benavente. Ana Luisa. Pobres y dignos luchadores de la vida, heridos pero enteras, habitantes de los viejos barrios bajos de Barcelona. En manos del cronista Bru Rovira, son personajes inolvidables.

Rovira se labró una sólida reputación como reportero de conflictos olvidados, pobrezas africanas, luchas y epifanías del Sur del mundo. Muchas están recogidas en su estupenda colección de relatos, Áfricas.

El lector de Bru Rovira espera que viaje lejos y le traiga la voz y las historias de “los otros”. Por eso sorprenderá a muchos que esta vez se haya fijado en sus vecinos, los hombres encallecidos y las mujeres ojerosas que uno puede encontrarse en cada esquina de la Barcelona macarra.

Bru Rovira Solo pido un poco de belleza foto portada

Pero para Rovira no hay cerca ni lejos: hay historias que se consiguen con mucho tiempo escuchando y acompañando a la gente que le interesa. Y con ellas, construye textos vibrantes y humanos, que tienen el pulso de las novelas y la economía verbal de la poesía.

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Uno fue legionario. Otro, mercenario en África. Aquella anciana toca el piano pero las ratas se están comiendo su instrumento. Aquel se vio envuelto en un confuso episodio de violencia doméstica. “El periodista”, como lo llaman, los escucha a todos con empatía y con piedad. No los justifica, no los defiende: les otorga la dignidad del respeto absoluto.

El libro abre y cierra con la muerte y entierro de Vittorio, el mercenario italiano. A medida que lo vemos caminar con parsimonia y fumar y beber a saco y contar su vida deshilachada por el Raval, cada lector se acordará de personajes cercanos a los que en algún momento no prestó la debida atención.

La realidad política y económica – durante los años en que Rovira acompaña a sus personajes entre jornadas en la redacción de La Vanguardia y largos viajes a África – se desencadena la crisis, se desploma el estado de bienestar, los servicios sociales pierden financiamiento, la red pública de apoyo a desamparados como muchos de estos personajes se desmorona.

El libro trata también de lo que pasa en la política española pero desde abajo, a pie de calle. Donde duele.

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Hacia el final, Rovira relata la historia de un reportero del diario Rocky Mountain de Denver. El hombre fue tan feliz recorriendo como periodista las calles de la ciudad, hablando con la gente, escuchando sus historias, tomando el pulso de su época, que quiso que al morir sus cenizas se enterraran en la columna del vestíbulo de la redacción. Hoy el diario fue comprado por una impersonal cadena de publicaciones.

El autor imagina a un nuevo director de Recursos Humanos que quisiera sacar las cenizas de ahí, para “borrar cualquier huella del pasado. Atajar preventivamente cualquier posible ataque de nostalgia entre los jóvenes periodistas”.

Pero, en la ilusión de Rovira y también en el indispensable ideal que ha guiado siempre su carrera y su importante obra, este funcionario terminaría descubriendo “que si sacaba las cenizas de la bendita columna, el edificio entero se hundiría”.

 

Bru Rovira: Solo pido un poco de belleza. Papel B. 248 páginas.

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