En blanco y negro: el cine sueña su infancia

Si el cine fuera un anciano que sueña con las escenas que estremecieron su infancia, este libro sería ese sueño.

Guía para hablar de cine, de los críticos Ascanio Cavallo y Antonio Martínez, destaca 30 de las miles de películas que se firmaron desde el nacimiento del séptimo arte a fines del siglo XIX hasta 1959. Hacia el final, unas pocas fueron rodadas en “tecnicolor”, pero la gran mayoría de las elegidas son en glorioso, inquietante blanco y negro.

El recorrido comienza con los pioneros: los inventores del cine realista y documental, los hermanos Lumière, y el adelantado del cine fantástico, Georges Méliès. Curiosamente, este último no aparece representado con la famosa Viaje a la luna sino con la más audaz y menos conocida Viaje a través de lo imposible, y esa es la primera de muchas decisiones valientes y bien fundamentadas de los autores.

En cada uno de los breves ensayos (entre tres y cuatro páginas), Cavallo y Martínez van trazando el camino que los genios, los iluminados y los artesanos desarrollaron para dar carnet de arte a su disciplina.

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En la lista destacan, por supuesto, los productos de Hollywood. Algunas son obras de honestos artesanos, como la Casablanca de Michal Curtiz; otros son films industriales de hábiles productores, como Lo que el viento se llevó; y unas pocas son obras maestras de genios como Orson Welles. De hecho, Welles es el único que merece dos menciones en la treintena: su inicial y deslumbrante Ciudadano Kane (1940) y su otoñal y sabia Sombras del mal (1958).

Pero también hay joyas del neorrealismo italiano (Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini), el expresionismo alemán (El ángel azul, de Josef von Sternberg), la estremecedora melancolía del cine clásico japonés (Cuentos de la luna pálida de agosto, de Kenji Mizoguchi) y el inclasificable surrealismo sucio de Luis Buñuel (Nazarín).

Y si hay una filmografía que aparece de principio a fin junto con la estadounidense, es la francesa. Desde Cero en conducta de 1932, en la que el gran Jean Vigo se sumerge como nunca antes en la sensibilidad de los niños, hasta la última de la lista, Pickpocket de Robert Bresson, cuyo carterista sin alma bien podría ser el adulto en que se convirtió alguno de los niños humillados de Vigo. Una desolación sin grandilocuencia, tan propia de los franceses.

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Los textos son eruditos sin sonar pedantes, informativos sin aridez, poéticos sin caer en el sentimentalismo. Y como los que saben de estructura y arco dramático, Martínez y Cavallo terminan cada breve ensayo con lo mejor que tienen para decir. Un párrafo, una frase que queda resonando como la última nota de una gran sonata o como el último latigazo de un castigo inmerecido.

Por ejemplo, el final de capítulo dedicado al oscuro western Más corazón que odio: “John Ford, que ya hizo la gloria de los grandes hombres, vuelve ahora su mirada hacia ese vagabundo del western al que nadie quiere recordar. Ethan Edwards yerra sin hogar por entre las bases de una nación: los suyos son los huesos sin herencia de un hombre sin leyenda”.

O el final de Río Bravo: “Para el genio austero y transparente de (Howard) Hawks (…) el verdadero espacio moral no está condicionado por la amplitud del paisaje, sino por la presencia del peligro”.

Casualmente – o no tan casualmente – Más corazón que odio y Río Bravo tienen el mismo actor protagonista: John Wayne. No se repiten ni Marlon Brando, ni Catherine Deneuve ni Katherine Hepburn. El único que aparece dos veces es Wayne. ¿Es mejor actor que los otros? Seguramente no, pero este libro no es un torneo de interpretaciones: es una guía de cine clásico, y John Wayne es el cine hecho figura, es la estampa del vaquero que se aleja en su caballo tal como lo vieron los genios que lo dirigieron.

¿Que faltan muchos? Por supuesto. A mí me falta mi favorita, la fábula moral El tercer hombre de Carol Reed. Pero un canon como este siempre tiene algo de personal, de subjetivo. Y que el lector quiera pelearse con los autores es muestra de lo mucho que le gustó compartir con ellos lo que aprendieron en tantas horas luminosas pasadas en las salas oscuras de nuestros sueños.

Dario Fo y Bob Dylan: la rebelión de los juglares

El mismo día en que el comité de los Premios Nobel concedía sorprendentemente el de literatura al cantautor estadounidense Bob Dylan, moría el actor y dramaturgo italiano Dario Fo. En 1997, el Nobel de Literatura a Fo (autor de las corrosivas Misterio Bufo, Muerte accidental de un anarquista) había causado un revuelo similar al que ahora despierta el compositor de Blowing in the Wind y The Times They are A’changing.

En ambos casos, está en discusión qué significa ser escritor, y si la inclusión de cantantes, actores o periodistas (como la ganadora del año pasado, Svetlana Alexievich) abarata y difumina el campo de la literatura, o si por e contrario lo abre, lo ensancha, lo enriquece.

Esto escribí para la revista digital The Objective y para el suplemento cultural Áncora de La Nación de Costa Rica.

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La concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan ya ha provocado oleadas de alegría y de indignación. Curiosamente, son muy parecidas a las que se enardecieron hace 19 años la noticia del Nobel al actor, bufón, monologuista y director italiano Dario Fo, quien murió casi en el mismo momento del anuncio de la coronación del cantautor de Minnesota. Los dos compartieron la semana pasada portadas en la prensa.

Roma . Dario Fo

Dylan y Fo son los mejores  en lo suyo, admiten los detractores. Pero lo suyo no es el terreno de otros candidatos, como Joyce Carol Oats, Philip Roth o Haruki Murakami. A lo largo de las décadas, han ganado el Nobel escritores poco conocidos, algunos incluso en sus propios países, y no hubo controversia. Se los premiaba por haber creado un “mundo literario propio”, como explica la escritora y periodista mexicano-catalana Lolita Bosch.

Para ella, como para muchos, la de Dylan no es una voz literaria. Es un autor e intérprete de canciones, que es otra cosa. Lo mismo se decía del difunto Fo: su mundo es el de la sátira expresada desde el escenario. Es un showman, un juglar, pero no es un literato.

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Entiendo esta crítica como la búsqueda de preservación de un espacio dentro de la actual cultura del espectáculo para las “letras puras”. El arte de Fo, aunque sus obras se sostienen muy bien en formato libro, es indisociable de su representación sobre el escenario. En su época, sus libretos eran vistos como la materia prima para sus corrosivos espectáculos. Y las letras de  Bob Dylan – luminosas, implacables –fueron siempre inseparables de su guitarra y su harmónica, su voz rasposa y el hecho obvio de que son parte de canciones.

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En las tertulias y las redes sociales, se dice que el premio a Dylan y a Fo es la invasión de un terreno impropio. Son genios, pero no de la literatura. Lo mismo se dijo también el año pasado a propósito de la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich. Que era una simple reportera sin voz propia. Dice el novelista peruano Santiago Roncagliolo: “Una periodista un año, un cantante el otro. No sé si la novela ha muerto, pero ha dejado de ganar premios Nobel”.

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Yo no estoy de acuerdo. Para mí los tres sí merecen el premio máximo de Literatura. Así como me alegré mucho con la concesión del Nobel a Svetlana por su trabajo como periodista, porque ensanchaba el campo de la creación en las letras, los juglares incómodos Bob y Dario son genios de la palabra en movimiento: la canción y la juglaresca son terrenos literarios. Primero porque la letra fue primero oral y después escrita. Segundo porque la imaginación verbal del siglo XX debe tanto a los cantantes y autores teatrales como a los escritores.

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Y por último, Fo y Dylan crearon dos personajes grandes y eternos: multifacéticos, poliédricos, antidogmáticos, rebeldes e inclasificables. Ellos mismos. No son menos que el mejor de los cuentistas o de los poetas. Si se quiere, son más. Porque al fulgor verbal, a la inventiva brillante de sus piezas breves, este par de rebeldes inventó el mundo en el que ellos mismos tienen sentido. En ese mundo, de absoluta independencia y coraje, vivimos muchos. Por suerte.

En Playboy con hiyab: de objeto a sujeto

Noor Tabouri, una periodista estadounidense de 22 años, hija de inmigrantes libios y de religión musulmana, se convirtió en la primera mujer en aparecer con hiyab en la portada de la revista Playboy.

Tabouri, reportera de la revista digital Newsy, aseguró a Associated Press que entrevistar con hiyab la ayuda a “aumentar la confianza de sus entrevistados como reportera” y considera que, “como mujer musulmana, sabe lo que es ser representada inadecuadamente en los medios”. Ahora sueña con seguir derribando barreras y presentar las noticias en un canal en abierto de EEUU.

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¿Cómo decidió Playboy ponerla así en su portada? La revista ya había decidido el año pasado dejar de publicar fotos de mujeres desnudas. Su última tapa de viejo cuño fue con la legendaria Pamela Anderson.

El número de setiembre muestra bien ese cambio: está dedicado a los y las rebeldes, “Renegades 2016”, personas que “arriesgaron todo, hasta sus vidas, para hacer lo que aman, mostrándonos lo que se puede lograr si se rompen las reglas”.

Y Noor Tagouri definitivamente rompe las reglas. Desde el comienzo de su carrera sale a entrevistar con el hiyab puesto. En una reciente entrevista con People, asegura que “el mayor desafío que asumo como contadora de historias es que la gente confíe lo suficiente en mí como para contarme su vida. Nuestra sociedad ha perdido sensibilidad hacia la violencia, el abuso, la muerte, la violación y el trauma. La gente que pasa por estas experiencias desconfía de los reporteros”. Y Dave Quinn, el reportero de People que la entrevista, agrega: “Pero Tagouri encontró la forma de ganar la confianza de sus fuentes presentándose como lo que es”.

Así aparece en esta foto de Playboy. Frente a una pared de metal oxidado, pintado y descascarado con la bandera de Estados Unidos con agujeros de pintura blanca, sentada cómoda y desafiante en un taburete, jugando con el mohín de la burla.

Ya el año pasado, cuando Playboy decidió no poner más modelos desnudas, cambió también la estética de sus fotos. Ya no eran objetos sexuales: las primeras mujeres de la nueva etapa eran sujetos que miraban a la cámara con el gozo de la mirada que desea y se muestra como quiere. Es un tipo de foto de la generación de Instagram, Snapchat y Facebook. La chica que no está posando para el fotógrafo sino que crea su propio selfie.

En esta portada de Playboy el hiyab es lo de menos, aunque dice mucho. Noor Tagouri protagoniza una forma radicalmente distinta de seducción. No se viste ni posa para seducir, pero seduce. Por su inteligencia, por su sensibilidad, por la forma en que muestra su pasión por lo que hace y por presentarse así de segura, exactamente como quiere que la veamos.

Como si la película se hiciera delante de tus ojos

Clara Sanabras, la soprano que cantará la parte solista en Titanic y Las dos torres, dos de las tres películas que programa esta temporada la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC), tiene claras las razones del embrujo de una actividad creciente de las orquestas sinfónicas: proyectar películas tocando en vivo la banda sonora. “Ver a los músicos moviendo los arcos de sus violines con furia mientras se desarrolla la lucha en la pantalla es como sentir que la película se está haciendo delante de tus ojos”.

Para Sanabras, que se ha especializado en cantar acompañando películas en Lyon, Sydney o Londres, “la platea se llena de jóvenes, de gente que nunca ha visto una orquesta sinfónica y queda maravillada. La banda sonora es responsable de la magia de un film. La solemos escuchar de forma subliminal, pero si la quitas, la película  se queda literalmente muda”.

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Por eso Valentí Oviedo, gerente del Auditori, creó OBCinema, que inició el año pasado con tres éxitos de Hollywood: la primera parte de El Señor de los Anillos (La comunidad del Anillo), Piratas del Caribe y Gladiator. Las tres en versión original con subtítulos en catalán. “Vinieron más de 3.000 espectadores nuevos, y entre un 10 y un 15 por ciento no habían venido antes a conciertos de sinfónicos y repitieron con la orquesta”, explica Oviedo.

Al gerente le surgió la idea cuando vio el Londres a la 21st. Century Orchestra de Zurich tocando mientras se proyectaba Gladiator. “Allá lo hacen en grandes pabellones, como el estadio O2. Acá sería en el Palau Sant Jordi, pero con tanta capacidad el riesgo sería alto y el beneficio poco”. Hacerlo en el Auditori implica que al no tener que alquilar un espacio, la ganancia no es tan vital. “Nuestro objetivo es que venga gente nueva y escuche a la orquesta en su entorno natural”.

El éxito fue rotundo: hicieron dos funciones de cada película, siempre con la sala llena. Este año, habrá tres funciones tanto de Titanic como de Las dos torres. Y vendrá Alexander Desplat, el compositor de Godzila, El gran hotel Budapest y la nueva trilogía de La guerra de las Galaxias, a dirigir fragmentos de sus partituras.

Como esto de las películas con música en vivo ya se ha convertido en una tradición, las productoras sincronizan versiones para hacer en este formato. Por ejemplo, en ocasiones bajan la voz de los personajes respecto de las versiones hechas en cines, para que se escuche más a la orquesta. Y en las versiones en vivo, al final de los créditos no se pierde la melodía en un murmullo que se dispersa y acompaña la salida de los espectadores de la sala, sino que termina con “un subidón final, un chim-pum”, como explica el gerente, marcando el compás con la mano.

“La intensidad es brutal, no tiene nada que ver con ver la película con música grabada. La música nos acaba emocionando. A veces me dicen algunos espectadores que en momentos grandiosos las imágenes importan menos y su vista se va al director y la orquesta,” cuenta Oviedo.

Por la muerte de James Horner el año pasado, Titanic será un homenaje. Y el gerente piensa traer en años futuros dos de los clásicos de este compositor tempranamente fallecido: Braveheart y Leyendas de pasión. ¿Otros posibles planes? “ET, Jurassic Park, El Padrino, Harry Potter”, enumera.

Pero la modernización y popularización de repertorio de la vieja orquesta sinfónica no se termina con los autores actuales (este año el ciclo de temporada de la OBC incluye a ocho autores contemporáneos vivos) ni con el cine. Probablemente la partitura que graban este año que escuche más gente será la música de un videojuego: La banda sonora del especialista Oscar Araujo, profesor del ESMUC, para Age of Alchemy. ¡Eso sí que es atraer nuevos públicos!