El sueño de vivir en una novela de Eduardo Mendoza

¿La peor pesadilla? Vivir dentro de una novela de Franz Kafka. Cuando sus personajes despiertan de sueños inquietantes,  en realidad se están sumergiendo en mundos de terror. El despertar de la cucaracha de ‘La metamorfosis’ es casi tan horrendo que el del insecto aplastado por la burocracia en ‘El proceso’.

¿La segunda peor pesadilla? Soñar con encontrarse en medio de una batalla de Tolkien o de Borges. En las de ‘El señor de los anillos’, el terror es morir como un valiente y sentir que no valió la pena. En el de los cuentos borgeanos, darse cuenta en el último instante que el destino de uno es morir como un cobarde.

¿El sueño más aburrido? Verse encerrado en un cuento de Salinger, John Cheever o Alice Munro y entender que las mínimas incidencias domésticas serán la gran épica que nos espera, y que no hay despertar que nos salve del tedio trágico.

Pero si me preguntan a mí, existe un feliz sueño literario. Hay un mundo de novelas en el que me gustaría vivir y no despertar jamás. Son las obras felices del flamante y merecido Premio Cervantes Eduardo Mendoza.

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En las novelas ‘serias’ de Mendoza, como la ambiciosa y brillante ‘La ciudad de los prodigios’, las peripecias no dejan de suceder con puntual sorpresa, y los personajes acarician e insultan con la precisión exacta de los cultos ingleses o catalanes. En la hilarante ‘Sin noticias de Gurb’, el lector se troncha de risa en el mismo segundo en que entiende que le acaban de contar una metáfora perfecta del poder y la corrupción de nuestra era. En la libérrima parábola bíblica ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’ los personajes del Nuevo Testamento se reinventan divertidos, con una aceptación de las otras formas de vivir del ‘otro’ que sigue siendo hoy un sueño de apertura y tolerancia. Incluso en su última novela, la imperfecta ‘El secreto de la modelo extraviada’, las ideas serias y las causas flamígeras de hoy se desarman desde la parodia y el humor.

“Mendoza me hace reír y me emociona y me hace pensar”, dice Javier Cercas. Juan Marsé rescata de su colega “la claridad, la vivacidad, el sentido común literario”. Jonathan Holland le encomia “la combinación de un tono jocoso y una seriedad total”. El juguetón Llàtzer Moix le agradece que transforme “el placer del narrador en una fiesta para el lector”.

Vivir en una novela de Eduardo Mendoza es sentirse flotar en la levedad de lo profundo. ¿Qué más podemos soñar en estos tiempos de fanáticos, de solemnes, de pagados de sí mismos y de mentecatos?

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