Príncipe de la arena, el viento y las estrellas

Algunos libros autobiográficos tienen el valor de la experiencia. Fueron escritos por hombres y mujeres de acción, que vivieron vidas plenas, viajaron, sufrieron y conocieron a gente fascinante. Después pensaron que sus aventuras merecían ser contadas.

Otros autores siguieron el camino inverso. Siempre soñaron con llenar el universo de letras, y para poder hacerlo salieron al mundo a buscar el contenido de sus futuros libros. Vivir para contarlo.

Antoine de Saint-Exupéry es el único escritor que conozco para quien la vida y su relato son la misma cosa. Esa es la maravilla de Correo sur, de Vuelo nocturno, de Tierra de hombres, de Piloto de guerra. Todas son historias de aviadores-filósofos que viven su oficio como una metáfora que no necesita ser desentrañada. El vuelo en esos aparatos rudimentarios e inestables de los años veinte es el viaje azaroso y mágico por la vida, y el peligro mortal del piloto es el precio que hay que pagar para poder ver en toda su maravilla el mundo de los hombres, las ciudades y los campos que pasan, los pequeños fuegos que iluminan el mar de soledades en la noche.

Habitamos un planeta errante,” escribe Saint-Exupéry en Tierra de hombres. “De vez en cuando, gracias al avión, nos muestra sus orígenes.” Esta no es una idea que piensa el escritor cuando ya se bajó del biplano y el viento ya no aturde sus oídos. Tampoco es una noción previa que fue a comprobar en el cielo. Yo siento que Saint-Exupéry nos habla desde su cabina de piloto, mientras controla la altura y la presión y se le congelan las manos sobre el volante. Lo que vive lo va escribiendo para nosotros.

Saint Exupéry tapa Tierra de hombres

Las colinas, bajo el avión, ya abrían surcos de sombra en el oro de la tarde. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inútil: en este país no terminan nuca de entregar todo su oro, así como después del invierno no terminan de renunciar a su nieve.” Así comienza Vuelo nocturno. Un piloto, que se llama Fabien y es todos los pilotos, debe llevar el correo desde Buenos Aires hasta la Patagonia. Su esposa lo espera, pero sabe que el mundo de Fabien está entre las estrellas y las tenues luces de la costa, que le marcan el camino. Su jefe, el inflexible Rivière, se pasea por el campo de aterrizaje en Buenos Aires. “Rivière tenía conciencia de estar arrancándole algo a la suerte, reduciendo la parte de lo desconocido, sacando a sus tripulaciones de la noche, hacia la orilla.”

Pero Fabien no llegará nunca, y Saint-Exupéry, que sobrevivió a terribles accidentes en Francia, en el desierto del Sahara y en Guatemala, nos mete en el centro de la tragedia para que vivamos con él el terror de Fabien, que se sabe condenado, la desazón presentida de la esposa y la tristeza infinita que Rivière, el duro, el fuerte, jamás podrá confesar. Ninguno de los personajes se pone a pensar si las mentiras y frivolidades que contienen las cartas que transportan los aviones valen la vida de estos héroes. Tampoco Saint-Exupéry, que hizo muchas veces la ruta de la Patagonia con sus grandes amigos y pioneros del vuelo comercial en América Latina, Mermoz y Guillaumet. Es la misión y hay que cumplirla. El mundo necesita héroes, y los de Saint-Exupéry lo son de una pieza. Miran el mundo con lucidez y melancolía, pero nunca dudan.

Vuelo nocturno es como la guerra de Troya contada por Aquiles.

Aviador

Saint-Ex, como lo llamaban sus amigos, fue desde la infancia una criatura de acción, que buscó infructuosamente su vocación en la marina, en el dibujo y en la milicia. Hasta que la encontró en la libertad del cielo. Y desde que piloteó su primer avión en diciembre de 1921, las estancias en la tierra se le hacían interminables. No veía la hora de volver a volar.

Saint-Exupery en su avión

Pero también fue un hombre tímido, reflexivo, melancólico, que buscó siempre en la aviación mucho más que el vértigo de la aventura. “No puedes imaginar la calma y la soledad que uno siente a 4.000 metros de altura, solo con el motor,” le escribe a su madre en 1923.

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon. Su padre pertenecía a una antigua familia noble empobrecida, y murió cuando Antoine tenía 4 años. Desde entonces el escritor mantuvo una relación muy fuerte con su madre. Las constantes cartas que le escribe, llenas de dudas sobre su capacidad y temores sobre el futuro, recuerdan mucho a las del joven García Lorca o las del poeta inglés de la Primera Guerra Mundial Wilfred Owen. “Por las noches me siento un poco triste … No tengo perspectivas. Necesito ocuparme con algo que me guste,” le escribe a su madre desde Estrasburgo, donde sufre su servicio militar a los 20 años.

Pero descubre los aviones y ya nunca dudará. Otra vez a su madre: “¡Si sólo supieras cuán irresistible es mi deseo de volar! De no lograrlo, sería muy infeliz…, pero lo lograré.” Casi se mata en las prácticas para obtener la licencia, y un grave accidente lo obliga a buscar trabajo de oficinista. Pero esa vida no es para él, y en 1926 comienza a hacer el vuelo, recién inaugurado, Toulouse-Dakar. Su jefe es el mítico Didier Daurat, el modelo para el Rivière de Vuelo nocturno.

Cuando Daurat le toma confianza, lo envía a una misión terrible: mantener abierto el tráfico aéreo por encima de las fuerzas árabes rebeldes entre Dakar y Casablanca. Saint-Ex pasó 18 meses en Cabo Juby, en medio del desierto. Si un piloto caía y los árabes lo encontraban, lo degollaban. Saint-Ex debía encontrarlo primero. Cuando le dieron la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, se citó su “extrema sangre fría y su excepcional sentido del sacrificio.”

De 1929 a 1931, abre con veteranos del desierto como Mermoz y Guillaumet la ruta de la Patagonia. Vive en Buenos Aires y la odia, como a todas las ciudades. “No comprendo el gentío de los trenes de cercanías, esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo, por una presión de la que no son conscientes, están reducidos, como las hormigas, a ser sólo usados. ¿Con qué llenan, cuando están libres, sus pobres domingos absurdos?”, escribe en Tierra de hombres.

Lo que ama es el desierto: “Yo conozco la soledad. Tres años en el desierto me han enseñado cómo sabe. Allí no da miedo dejarse la juventud en una tierra mineral. Lo que parece envejecer, lejos de uno, es el resto del mundo. Los árboles ya han dado sus frutos, las tierras se han cubierto de trigo, las mujeres ya son hermosas … La estación avanza, pero uno se encuentra retenido muy lejos … y los bienes de la tierra resbalan entre los dedos como la fina arena de las dunas.” 

Para ese entonces, como una natural continuación de sus vuelos, se había convertido en escritor.

Escritor

El primer relato de Saint-Exupéry se llama, cómo no, El piloto. Aparece en una revista literaria en 1926, y cuenta la historia de un aviador que, como Antoine, sufre depresiones cuando baja del cielo. Correo del sur, de 1929, es su primera novela y se ubica en los escenarios africanos que tan bien conoce. André Gide, el novelista más prestigioso de la época, escribe un comentario elogioso y acepta prologar su siguiente libro, Vuelo nocturno, que aparece en 1931. Para ese entonces, la compañía que llevaba el correo entre Europa y Sudamérica, por la que arriesgaron tantas veces la vida los pioneros de la aviación, ya había quebrado, dejando a todos en la calle.

De vuelta en Francia, Saint-Ex intenta sin éxito ser piloto de pruebas, patenta inventos aeronáuticos y trata de batir el récord en el vuelo Paris-Saigón. Ya se sentía escritor de pleno derecho, y prueba su mano como periodista. Viaja por todo el mundo, y cubre para el periódico “El Intransigente” la guerra civil española.

Antes, en 1935, sufre un terrible accidente en el desierto con dos compañeros. Pasan cinco días casi muerto de sed y finalmente los rescata un beduino. Al revivir el momento del encuentro, cuando todo parecía perdido, traza también las líneas de su credo, un humanismo lírico:

En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido. Y a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres … Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo.”

Guerrero

Pero sí tiene enemigos. La Alemania nazi invade su país, y Saint-Exupéry, ya pasados los cuarenta y maltrecho por tanto accidente, mueve influencias y conexiones para que los Aliados le permitan hacer vuelos de reconocimiento en territorio enemigo. No será él un intelectual que pelee sólo con la pluma.

Un año antes del comienzo de las hostilidades había sufrido su peor accidente aéreo. Intentando batir el récord de vuelo desde Nueva York a Tierra del Fuego, su avión sufre un desperfecto al levantar vuelo en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala. Se fractura el cráneo y se destroza un hombro. Durante la lenta recuperación escribe Tierra de hombres, que gana el Grand Prix de la Academia Francesa y el National Book Award de Estados Unidos.

Saint Exupéry tapa Vuelo nocturno

Con el comienzo de la guerra, exilado en Estados Unidos y esperando ser admitido entre los combatientes, escribe sin parar. Publica Piloto de guerra, un alegato por la liberación de su país, en 1942, y un año después, Carta a un rehén, una carta en la que urge a su amigo León Werth, escritor judío francés retenido en territorio ocupado, a no perder la esperanza . En medio de los odios de la guerra, promueve la comprensión y la tolerancia: “La verdad de ayer está muerta; la de hoy, aún por edificar … cada uno de nosotros posee una parcela de la verdad.”

Pero la comprensión de todos los hombres no aparta a Saint-Ex de su misión. Logra que lo admitan como piloto de guerra, y parte para Córcega con la Fuerza Aérea norteamericana, con la que cumpliría peligrosas misiones sobre territorio enemigo.

La última fue el 31 de julio de 1944. Partió a las 8:45 de la mañana desde Cerdeña para fotografiar las zonas ocupadas de Grenoble y Annecy. A la una y media, cuando le quedaba solo una hora de gasolina, aún no había vuelto. A las dos y media, sus compañeros sospecharon lo peor. Nunca se encontró su cuerpo.

En su habitación, hallaron una carta escrita poco antes, hoy publicada como Carta al General X. “Si llego a salir con vida de este trabajo ingrato pero necesario, me queda sólo una pregunta: ¿qué debe decirle uno a la humanidad?”

Tres semanas antes de partir había publicado, en traducción al inglés, un libro totalmente atípico en su obra. Era una fábula “para niños”  y estaba dedicada a su amigo León Werth, quien, como explica a los niños en su dedicatoria, “es el mejor amigo que tengo en el mundo” y “vive en Francia, donde tiene hambre y frío”. Como pidiéndoles perdón, corrige su dedicatoria: “A León Werth, cuando era niño.”

Como sabemos gracias a él, todas las personas mayores, antes que nada fueron niños, aún cuando muy pocas lo recuerden.

Fabulador

Es el invierno de 1942, en plena guerra. Debió ocurrir de noche, en un tranquilo restaurant de Nueva York. La editora norteamericana Curtice Hitchcock nota que el autor francés con el que está comiendo no le presta atención. Mientras ella habla, él dibuja en una servilleta. La señora se inclina a ver qué dibuja. Es el perfil de un niño. Siempre está dibujando niños, dicen sus amigos.

“¿Qué dibujas?”, le pregunta. “Nada,” dice él. “Es el niño que hay en mi corazón.”

Casi sin pensarlo, Curtice Hitchcock le sugiere: “¿Por qué no escribes la historia de este niño en un libro infantil?”

Nunca había escrito un libro infantil. Nunca más volvería a hacerlo. Pero el libro que salió a la luz en Nueva York en abril de 1943 pronto se convirtió en el libro para niños más famoso del mundo.

Es, por supuesto, El Principito.

Saint Exupéry tapa El Principito

En toda la producción literaria de Saint-Exupéry nada hace imaginar un libro como éste,” dice su biógrafa Joelle Eyheramonno. “A primera vista parece un libro inusual que no tiene relación con sus libros anteriores. Toma la forma de un cuento poético en el que los animales (y las plantas) hablan … Para algunos, era impensable que un hombre de acción, un héroe, se despachara de improviso con un libro para niños. Otros lo tomaron como algo incomprensible, hasta poco serio, digno de ser rechazado y hasta condenado. Por eso, cuando se publicó El Principito tuvo una fría recepción del público.

La historia es bien conocida: el autor, un piloto cuyo avión se avería en el Sahara y sufre hambre y sed en el desierto, se encuentra con un niño rubio y triste que viene de un minúsculo planeta donde dejó tres volcanes y una rosa. En su deseo de conocer el universo, el Principito viaja a varios planetas, donde encuentra a un rey patético, un farolero burocrático, un borracho triste, un geógrafo ignorante y un frío hombre de negocios que cree poseer estrellas porque las tiene anotadas en un papelito.

Es un viaje a las miserias y arrogancias de los hombres, un viaje como los que 200 años antes el irlandés Jonathan Swift imaginara para su Gulliver.

Al llegar al último planeta de su recorrido, la Tierra, el Principito se desencanta porque encuentra miles de flores como la suya. Pero un zorro, que le pide que lo domestique, le da el secreto de la verdadera amistad: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.”

En los libros para adultos que escribe en ese tiempo, Saint-Exupéry reflexiona con amargura sobre la pérdida de sus amigos. Todos sus compañeros de los gloriosos días de Dakar y de la Patagonia, como Mermoz y Guillaumet, están muertos. Y su último amigo vivo, León Werth, tiene hambre y corre peligro.

En medio de la guerra y la destrucción, el zorro le dice al Principito: “Sólo se ve con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”

Hoy lo leen los niños del mundo en 102 idiomas.

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