Jordi Matas, el arte del articulista político

La semana pasada presenté un libro con dos imputados. Durante la presentación Carles Mundó, quien fue Conseller de Justicia del gobierno catalán de su tocayo Puigdemont, me preguntó si era mi primera vez. Y sí. Pero no me dio miedo.

Mundó pasó de visitar las cárceles como ministro a estar alojado un mes en una de ellas por su participación en la declaración de independencia catalana. Su juicio apenas está empezando. Por su parte, el autor del libro que presentábamos, el catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona Jordi Matas, está acusado de participar en la organización del referéndum ilegal del 1 de octubre del año pasado.

El acto, en la Facultad de Derecho de la UB, corría el riesgo de transformarse en una tribuna política, y en cambio fue una calmada reflexión a tres voces sobre la necesidad de pensar, dialogar, estudiar, leer y sobre todo, recuperar la calma y el silencio, aún o sobre todo desde la discrepancia.

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El libro de Matas, “Opinión política: artículos en tiempos convulsos”, es el número 12 de la colección Periodismo Activo que desde el 2012 dirijo en la Editorial de la UB, y consiste de medio centenar de columnas de opinión sobre política, partidos, alianzas y peleas en España y Cataluña, pero también sobre la función y el futuro de la universidad, sobre la sociedad y la cultura catalana, sobre Europa y el mundo.

Todos fueron publicados en el diario El País hasta que dicho medio decidió no publicar un artículo sobre los hechos ocurridos durante el referéndum (y que está incluido en el libro). Matas enfatizó en la presentación que en los siete años en que colaboró con El País nunca le había sido cortado, censurado o rechazado un artículo o un tema. Esta fue la primera y la última.   Jordi Matas, Carles Mundó y RH en la presentación de Opinión política

Este es un resumen de algunas cosas que dije en la presentación y que escribí en la contraportada del libro.

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Un viejo maestro de periodismo solía enseñar que para escribir una columna política solo hacían falta dos cosas: 1. Tener algo que decir. Y 2. Decirlo.

Suena bastante obvio, pero en el actual avispero catalán, español, europeo, mundial, me aventuro a postular que más de la mitad de los opinadores no cumple con al menos uno de estos preceptos. O porque  no tiene nada que decir o porque, teniéndolo, prefiere no ser claro. La frase tan hispánica, tan intraducible, de “no me gustan según qué cosas” para no decir exactamente qué cosas no le gustan, es solo ejemplo.

Jordi Matas siempre tiene algo que decir. Y siempre nos queda claro a sus lectores cuáles son las cosas que le gustan y no le gustan. Y en el breve espacio de un artículo de opinión, acaba diciéndolo todo. Sus columnas pueden responder todas al título de una de ellas. Se llama “Identificar lo esencial”.

El 2 de noviembre de 2015, Matas publicó una de sus habituales columnas de análisis de la situación política catalana en El País. Allí definió en cuatro pinceladas por qué la CUP recelaba de Mas, por qué a la vieja Convergencia le costaba tanto desembarazarse de su President, y cómo podría zanjarse el problema. En una cuartilla y media, Jordi Matas identificaba lo esencial.

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Pero la columna más alabada entre las que recoge este libro es otra. Data del 25 de febrero de 2017. Se llama “Silencio, por favor”, y a diferencia del sutil análisis psicológico-político de “Identificar lo esencial”, se adentra en el mundo filosófico-literario de Fray Luis de León y su “Vida retirada”. 

Dice el adusto fraile:

“Un no rompido sueño, / un día puro, alegre, libre quiero; / no quiero ver el ceño / vanamente severo / de a quien la sangre ensalza / o el dinero.”

Busca Matas un silencio que ayude a pensar: Son tiempos que requieren de una profunda reflexión social y política para lograr salir de la crisis poliédrica en la que estamos inmersos. (…) Para ello es imprescindible evadirse de una coyuntura política asfixiante, de la tiranía comunicativa de la inmediatez y de la precipitación de la actividad cotidiana, y buscar la introspección que permita recuperar el sentido de la política y de la acción social. Necesitamos recuperar, más que nunca, el silencio.”

Jordi Matas Opinión Política tapa

¿A qué se dedica un opinador político que se precie?  A esto. A comentar, contextualizar y encontrar sentido en lo que pasa, lo que importa, lo que afecta la vida de los lectores, lo que todos deben saber si quieren ser ciudadanos informados y con conciencia, lo que no se ha informado bien, lo que no se ha entendido correctamente.

Para hacerlo con fundamento debe aportar datos para avalar su posición, tener clara la historia, conocer el contexto internacional, presentar con claridad y justicia ejemplos y personajes que sean genuinamente representativos de sus argumentos.

Esto hace en sus textos políticos el profesor devenido periodista Matas. A veces va de la idea central a los ejemplos. Otras veces, al revés, del ejemplo a la idea. En la mayoría de sus ensayos disfrazados de columnas empieza fuerte, llamando la atención. Y siempre se sabe dónde terminar. Llega al punto final con claridad y elegancia.

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En su libro de memorias periodísticas, El fin de una época, Iñaki Gabilondo  critica al periodismo actual a propósito del lema de la rapidez superficial de los medios audiovisuales de hoy. ‘Está pasando, lo estás viendo’, nos dicen los jóvenes presentadores de la televisión.

Gabilondo das vuelta el lema. El periodista debe preguntar a su público: ‘Está pasando; ¿lo estás entendiendo?’.

El articulismo político es un encuentro entre opinión, información, análisis, crónica y ensayo. Un terreno en el que descollaron catalanes de todas las vertientes como Josep Pla, Gaziel y Manuel Vázquez Montalbán. Al leer a estos grandes maestros, como cuando se lee a Jordi Matas, los lectores no solo nos alegramos de interactuar con una mente aguda y culta, sino que también nos sentimos más abiertos, más inteligentes, más entendidos nosotros mismos.

¿No es ese el propósito de las mejores columnas políticas?

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Valery Gergiev ahora dirige con los ojos

Hace un cuarto de siglo, cuando comenzó a viajar a España con su Orquesta Mariinski de San Petersburgo, se podía entender el estilo de dirigir de Valery Gergiev sin necesidad de escuchar a la orquesta: bastaba con mirar los golpes constantes, precisos y enérgicos  con la batuta, el gesto imperioso de subir o bajar el volumen y la intensidad con la mano izquierda, la forma en que su cuerpo se cimbraba o daba saltos al impulso de su propia energía, la manera en que flotaba su mechón de pelo rebelde, cuidadamente descuidado.

Pero las cosas han cambiado. Los músicos de orquestas españolas que han tocado recientemente bajo su dirección, como los de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC) el año pasado, lo encuentran menos volcánico y más introspectivo. Ahora dirige principalmente con los ojos. Esos dos carbones negros, escrutadores, que antes reforzaban sus gestos hoy son el eje de sus indicaciones y su expresividad.

Valeri Gergiev dirige con los ojos

Con los ojos o con todo el cuerpo, el maestro Gergiev parece siempre estar atento y siempre sintiendo la música con una emotividad muy eslava. Dice en sus entrevistas que heredó la parte del control de su padre, un militar que murió cuando Valery tenía 14 años, y la sensibilidad artística de su madre. Así comenzó muy joven como asistente de Yuri Temirkánov, el director del Mariinski, que en la era soviética se llamaba Kirov.

En tres décadas subió a director artístico y a su actual puesto de director general y zar de los cuerpos orquestales, los coros, el ballet y los técnicos de una sala de conciertos, otra de cámara, un teatro de ópera tradicional y otro, gigantesco y de última tecnología, terminado hace tres años con un presupuesto millonario.

En total, más de dos mil personas y el mayor complejo musical del mundo bajo su atenta mirada.

Gergiev nació en Moscú en 1953 pero muy pequeño se mudó con sus padres a la que considera su patria chica, Osetia del Sur. Siempre contesta en las entrevistas que ya de niño quiso ser director de orquesta, y a los 22 años, en 1975, ganó el prestigioso concurso Herbert von Karajan para directores en Berlín. Tras un período de perfeccionamiento en la Orquesta Estatal de Armenia, en 1988 volvió al Kirov, donde desde entonces ordena y guía el camino artístico de una orquesta que bajo su égida subió a los más altos escalones de prestigio sinfónico.

En los noventa mostró con el Mariinski versiones espectaculares de los clásicos de Modest Mussorgsky, Piotr Tchaikovsky e Igor Stravinsky, de los que se apropió como defensor y especialista. También llevó la música de su patria a las grandes salas, como el Covent Garden de Londres o el Metropolitan de Nueva York, donde estrenó con éxito rotundo Guerra y Paz de Sergei Prokoviev. En esa ópera dio a conocer al mundo a uno de los tantos talentos que descubrió y alentó; la descollante soprano Anna Netrebko.

Poco a poco, junto con el repertorio ruso que siempre lo acompaña, empezó a destacar con versiones de músculo, sutileza y precisión del gran repertorio alemán. Tras casi un siglo sin que se pusieran en escena en Rusia, produjo versiones vibrantes, llenas de matices, de las obras maestras de Richard Wagner: Parsifal y las cuatro partes de El anillo del nibelungo.

En su incansable andar, durante una década combinó sus compromisos rusos con los de director titular de la Orquesta Sinfónica de Londres, la decana de las inglesas, con la que grabó una integral de las sinfonías de Gustav Mahler, hoy de referencia. Y en 2015 asumió un reto mayúsculo como director de la Sinfónica de Munich tras la muerte del legendario director norteamericano Lorin Maazel. Se rumorea que en breve cumplirá uno de los pocos desafíos que le falta cumplir: dirigir en el templo de los fanáticos wagnerianos, el Festival de Bayreuth.

No es que le falten festivales: en 1993 fundó el Festival de las Noches Blancas de San Petersburgo, en 2002 también creó y se hizo cargo del Festival de Pascua en la capital rusa. Y casi cada año organiza un festival para los grandes aniversarios de los  grandes compositores rusos, donde alterna los caballos de batalla de siempre con las rarezas que él vuelve a la vida: ya lleva dos festivales Tchaikovsky, con cuya desaforada sensibilidad parece encontrar especial afinidad, y uno con la música de la gran víctima del control soviético sobre las artes, Dimitri Shostakovich.

En este siglo es uno de los directores más apetecidos por las principales orquestas mundiales. Desde 1997 está a cargo de la Orquesta Mundial para la Paz creada por Georg Solti y sus apariciones con las filarmónicas de Berlín, Viena, París, Nueva York, Los Angeles y las sinfónicas de Chicago, Cleveland, Boston y San Francisco, además de la del Royal Concertgebouw de Amsterdam, son puntos altos en cada una de estas ciudades.

Como ejemplo de su lealtad a las orquestas que confiaron en él en tiempos pretéritos, sigue actuando con la Filarmónica de Rotterdam, con la que estrenó buena parte de su repertorio actual en su carácter de director titular de 1995 a 2008.

Valery Gergiev fascina hoy en el mundo de la música clásica como uno de los pocos artistas originales, insustituibles, con sus complejidades y sus ambigüedades. Es un audaz iniciador de nuevas aventuras musicales y a la vez un tradicionalista en repertorio y en apego a cuerpos orquestales con los que lleva décadas de relación. Es exigente hasta la rudeza y al mismo tiempo paternal con sus jóvenes promesas. Y puede ser a la vez la mar de pragmático en su relación con teatros y programadores y un derroche de generosidad en el podio.

En España dio varias muestras de este incansable espíritu que a veces lleva a la agradecidas extenuación a su público. Con la ópera del Palau de les Arts de Valencia inició la temporada 2009-2010 con un Les Troyens de Hector Berlioz imponente y tremendo en lo musical y desafiante, desigual en una nueva puesta en escena de La Fura dels Baus. Tras cinco horas al mando de la precisa orquesta de Les Arts hasta los críticos, muchos agradecidos con el sonido suntuoso de la orquestación de Berlioz, queríamos que Troya cayera de una vez en manos griegas.

Y en Barcelona recuerdo una lección de cómo se tocan los siempre modernos clásicos de Stravinsky. Nadie se hubiera quejado si programaba dos de las columnas vertebrales de la juventud revolucionaria del gran Igor, pero Gergiev nos propinó Petrushka, El pájaro de fuego y La consagración de la primavera, con dos intervalos, en tres horas magníficas y demoledoras. Un Gergiev sudoroso y agotado sonreía tras su hazaña, y el público barcelonés que estuvo presente, lo recordará por años.

En febrero de 2016 trajo a Barcelona otro de sus desafíos memorables: juntó a sus fuerzas del Mariinski con los músicos de la OBC para una interpretación monumental de la Cuarta Sinfonía de Shostakovich.

Unos 130 músicos se apiñaban en el vasto escenario del Auditori. Los solistas principales de cada cuerda de la OBC, acostumbrados a sus puestos de privilegio y a que el colega del costado pasara las hojas de la partitura, debían echarse ellos mismos adelante para pasar las hojas, en deferencia con sus colegas rusos. ¡Era digno de verse!

Dos cuerpos orquestales muy distintos, dos tradiciones tocando una obra al límite de lo grandioso. Y los ojos flamígeros de un maduro Valery Gergiev controlándolo todo, levantando y acallando las olas sonoras de una partitura embravecida en una noche interminable y mágica para el público barcelonés.