La otra guerra: Hijas e hijos de Malvinas

La primera vez que mi hijo supo que su papá había estado en una guerra, se quedó quieto, en silencio, tratando de comparar eso con algo de su propia experiencia.

“¿Y a cuántos mataste?”, me preguntó de pronto.

Le dije con alivio que a ninguno. Se decepcionó terriblemente. Tenía seis años y estaba entrando al mundo de los videojuegos y las películas de acción. Me quería ver como un héroe, valiente, atrevido.

Tardé mucho en poder reírme de la escena, en salir de mi nube de melancolía tanguera de ex combatiente de Malvinas. La levedad del comentario de mi pequeño había sido un regalo. Su mirada me sacó de la guerra real, del miedo a la muerte en las noches de guardia y el viento y el frío que arañan la mejilla y la memoria de los cuerpos partidos y las caras demacradas, mi último recuerdo de las islas en esa lancha lúgubre rumbo al buque hospital.

Y un día mi hijo cumplió los 19, la edad en la que fui a Malvinas. Y me imaginé que me lo arrebataban para mandarlo a la guerra y pasaba tres meses sin saber cuándo podía llegar la carta diciendo que lo habían matado. Yo lo veía como un niño, hermoso y frágil, y en ese momento pensé: como nuestros padres nos veían a nosotros.

Hace mucho que no somos los chicos de la guerra. Y tal vez por pelearnos con esa idea de que éramos chicos, que no, que somos veteranos, que basta de tenernos lástima, que necesitamos otras cosas… no notamos que en nuestras casas y a nuestra sombra melancólica crecían chicos de una guerra que solo conocieron por su reflejo empañado en el padre.

malvinas cascos tirados para nota hijos

¿Cómo es ser hijo o hija de un veterano de Malvinas? ¿Cómo fue crecer a la vera de un hombre que calla, que guarda secretos duros o memorias dolorosas? ¿Cómo fue celebrar en la escuela esos 2 de abril? ¿Y leer las noticias de los suicidios, los desquiciados, los que siguen dando vueltas en un desfile cansino con uniformes raídos por la memoria implacable?

Como escribo y soy periodista y doy talleres de contar el pasado y la memoria histórica, algunos de estos chicos me vinieron a ver, a contar sus historias. Me di cuenta de que no los habíamos escuchado. Ni siquiera nosotros, los ex combatientes, les dimos un espacio para contar sus experiencias y su dolor. Su propia guerra. De lo que conozco, solo el centro de veteranos CECIM de La Plata había hecho actividades y abierto un espacio de encuentro para los hijos.

Nuestra historia sí se contó. Faltan piezas, pero se contó, desde distintos ángulos y con énfasis a veces enfrentados.

El periodismo siguió los pasos de los soldados en su larga posguerra. Desde el primer intento, el revelador Los chicos de la guerra, de Daniel Kon, una serie de entrevistas en profundidad con ex combatientes recién retornados hasta la crónica de suicidados y desquiciados Nuestro Vietnam, de Daniel Riera y Juan Ayala, publicado en el 2000 en la revista Rolling Stone. Desde Iluminados por el fuego, las memorias del veterano y reportero televisivo Edgardo Esteban hasta 1.533 kilómetros hasta casa, el documental de Laureano Clavero sobre los dolidos veteranos de Miramar.

Hay también películas, canciones, historietas, innumerables tesis y textos académicos sobre los sobrevivientes de esa guerra. El historiador Federico Lorenz contó en Las guerras por Malvinas el papel de los relatos de ex combatientes en la construcción actual de la conciencia nacional, la antropóloga Rosana Guber analizó su cambiante identidad colectiva en De chicos a veteranos y la dramaturga y directora teatral Lola Arias convirtió sus historias en una obra con recuerdos, gritos y música en vivo en Campo minado.

¿Y nuestros hijos? ¿No nos habremos olvidado de ellos, de escucharlos y apoyarlos y acompañarlos en su propia, extraña guerra, con su tener que convivir con un papá que lucha con sus demonios?

Hace poco vino a la Universidad Alberto Hurtado de Chile, donde enseño, el joven cineasta belga Andrés Lübert. Trajo un documental sobre su padre chileno, quien de joven participó en el aparato de represión y tortura de la dictadura de Pinochet. El documental, El color del camaleón, es sobre los recuerdos, el dolor y la culpa del padre, pero también sobre la necesidad del hijo de saber, de entender, de sanar su propia herida.

“Los hijos no elegimos vivir con este trauma”, dijo Andrés. “Pero también nosotros necesitamos saber qué hacer con lo que les pasó a nuestros padres en una época casi incomprensible para nosotros”.

Nos contó que tras las proyecciones se le acercaban hijos de desaparecidos, de ex presos políticos, pero también de torturadores y policías de la dictadura. ¿Qué necesita, qué puede decir, que quiere hacer una hija (porque la mayoría eran mujeres)?

Malvinas es otra cosa. Los viejos “chicos de la guerra” hace 35 años que pensamos en Malvinas. Pero la gran mayoría lo pensamos para adentro, en silencio. Un hijo de veterano me dijo, cuando le pregunté de lo que le había contado su padre, que “el viejo es un hombre de pocas palabras”.

Entonces se me ocurrió empezar a poner el tema sobre la mesa, abrirlo al público proponiendo una charla abierta al Museo Malvinas, Federico Lorenz, y a la Fundación Tomás Eloy Martínez. En ambas instituciones la aceptaron entusiasmados. Participaron Verónica Liso, periodista que me contactó hace años porque quería escribir sobre los hijos de veteranos, los músicos Emiliano Anderfhrn y Nicolás Plácido: ellos dos trabajan en el Museo Malvinas, y están encargados de dar visitas guiadas al amplio espacio dedicado a las islas y la guerra en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada.

En la charla hubo muy buenas ideas y experiencias propias de los hijos, pero pocos recuerdos relacionados con la guerra de los padres. Sentí que estos jóvenes tenían ganas de saber más que lo que podían o querían contarles sus propios padres. Ellos tres y de otros que contacté para invitarlos estaban trabajando en el tema Malvinas: en el Museo o escribiendo o investigando sobre las islas, el conflicto, la soberanía. Tal vez para preguntarle al mundo lo que a ellos también les resultaba difícil hablar con quienes debían tener más cerca.

Siento que esta actividad fue apenas empezar a rascar la superficie. Hay muchas historias dolorosas, mucho dolor atragantado, no contado. Hay hijos que ya habían nacido, que eran chiquitos, de soldados, oficiales o suboficiales que murieron en Malvinas. Hay hijas e hijos de ex combatientes cuyos padres se suicidaron, o murieron de enfermedades y accidentes que en nuestro caso siempre nos provocan preguntas y dudas lacerantes.

En Argentina desde hace décadas se trabaja desde distintos ámbitos con las hijas y los hijos de la violencia, de la dictadura, el exilio, el retorno. Los nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo muestran una cara de cómo un pasado no protagonizado por ellos los marca de por vida y los obliga a tomar decisiones y preguntarse por su identidad.

En mi trabajo como periodista y profesor, recorro América Latina y en todos lados se me pegan a la piel y al alma las historias de hijos de la violencia. Memoria histórica hecha carne. En Colombia. En Guatemala. En Costa Rica. En México. Ahora en Chile.

Durante demasiado tiempo este país dio la espalda a los que volvimos agotados y amargados de unas islas demasiado famosas. Muchos tuvimos hijas e hijos. No les demos ahora la espalda a ellos. Tal vez más de uno pensó que mantenerlos alejados de ese infierno que bullía en nuestro interior era la forma de protegerlos. Debían vivir otra vida.

Pero es mejor hablar. Juntar y compartir historias. Arroparnos en nuestras pesadillas comunes. Es hora de ayudarlos a encontrarnos y encontrarse. Para que dejen de explotar de una buena vez las bombas sobre la trágica turba malvinera que llevamos dentro.

 

 

Publicado en la revista Ñ de Clarín el 16 de setiembre de 2017 con el tíulo “Malvinas sigue doliendo en el cuerpo de los hijos”: 

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/malvinas-sigue-doliendo-cuerpo-hijos_0_r1M80LxiZ.html

 

 

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El muñeco de Víctor Jara: arte y maestría técnica contra el olvido

Faltan pocos días para un nuevo aniversario del golpe de estado en Chile. Un nuevo 11 de setiembre, 44 años después. Tal vez el símbolo mayor de la brutalidad de esos milicos, de su odio, es la detención, tortura y muerte del cantautor Víctor Jara. En el Estadio Nacional le quebraron las manos y le dispararon a quemarropa pocos días después del golpe.

Hace un año la televisión pública chilena, TVN, difundió un breve documental que vuela de creatividad, compromiso y amor. La idea, la dirección y la realización técnica son del inclasificable creador Christian Rojas, quien también participó en la investigación y el guión.

Dura poco más de cuatro minutos. Véanlo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=eOodjBJM0sI

Este trabajo ganó en abril el Premio Periodismo de Excelencia, el principal premio de nuestra profesión, que da mi Universidad Alberto Hurtado, en la categoría de Multimedia. En junio los alumnos de la Escuela de Periodismo invitaron a Christian Rojas a mostrar y contar su trabajo. Mi excelente alumno y ahora ayudante Pedro Kortmann entrevistó a Christian y a la ganadora en la categoría Audiovisual, Mónica Pérez, también de TVN. Ambos trabajos hablan de la dictadura y la memoria histórica. Eso deben hacer, entre muchas otras cosas, los medios públicos.

Hay mucha investigación detrás de estos minutos: mucha búsqueda de documentos, muchas entrevistas con los testigos y los últimos que compartieron cautiverio con Víctor, los que lo vieron vivo y muerto, tirado a la vera de un muro. Hay música de Víctor Jara, hay un comienzo y final con mucho arte: las cuerdas de una guitarra mostradas desde dentro del instrumento. Unos pájaros vuelan. Las cuerdas tañidas por el artista se rompen. Una metáfora bella y poderosa de la muerte.

La historia la cuentan los que estuvieron con él, y mientras ellos se colocan en los lugares y las acciones que recuerdan, un muñeco articulado ocupa el lugar de Jara. Usaron el sistema de stop motion: miles de fotos de los muñecos del cantante y sus asesinos se proyectan como fotogramas de una película.

Christian nos contó que  la ropa de su muñeco y los de los militares las hizo él: cortando un suéter negro de su armario, una vieja camisa verde. Todo fue hecho así, con los recursos y la confianza de la televisión pública y con mucho tiempo y soluciones creativas y baratas de Rojas y su equipo.

Víctor Jara y yo

Mientras las voces de los testigos recuerdan esos días finales, los muñecos representan el drama. Me impresionó mucho este trabajo de datos duros y mirada poética. Cuando terminó me quedé hablando con Christian. Él había traído sus muñecos. Tomé al pequeño Víctor en mi mano. Sentí que latía como un pájaro. Así nos sacaron esta foto a los dos.

Se pueden hacer cosas así cuando nos tomamos el periodismo como se lo toma Christian Rojas.

Príncipe de la arena, el viento y las estrellas

Algunos libros autobiográficos tienen el valor de la experiencia. Fueron escritos por hombres y mujeres de acción, que vivieron vidas plenas, viajaron, sufrieron y conocieron a gente fascinante. Después pensaron que sus aventuras merecían ser contadas.

Otros autores siguieron el camino inverso. Siempre soñaron con llenar el universo de letras, y para poder hacerlo salieron al mundo a buscar el contenido de sus futuros libros. Vivir para contarlo.

Antoine de Saint-Exupéry es el único escritor que conozco para quien la vida y su relato son la misma cosa. Esa es la maravilla de Correo sur, de Vuelo nocturno, de Tierra de hombres, de Piloto de guerra. Todas son historias de aviadores-filósofos que viven su oficio como una metáfora que no necesita ser desentrañada. El vuelo en esos aparatos rudimentarios e inestables de los años veinte es el viaje azaroso y mágico por la vida, y el peligro mortal del piloto es el precio que hay que pagar para poder ver en toda su maravilla el mundo de los hombres, las ciudades y los campos que pasan, los pequeños fuegos que iluminan el mar de soledades en la noche.

Habitamos un planeta errante,” escribe Saint-Exupéry en Tierra de hombres. “De vez en cuando, gracias al avión, nos muestra sus orígenes.” Esta no es una idea que piensa el escritor cuando ya se bajó del biplano y el viento ya no aturde sus oídos. Tampoco es una noción previa que fue a comprobar en el cielo. Yo siento que Saint-Exupéry nos habla desde su cabina de piloto, mientras controla la altura y la presión y se le congelan las manos sobre el volante. Lo que vive lo va escribiendo para nosotros.

Saint Exupéry tapa Tierra de hombres

Las colinas, bajo el avión, ya abrían surcos de sombra en el oro de la tarde. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inútil: en este país no terminan nuca de entregar todo su oro, así como después del invierno no terminan de renunciar a su nieve.” Así comienza Vuelo nocturno. Un piloto, que se llama Fabien y es todos los pilotos, debe llevar el correo desde Buenos Aires hasta la Patagonia. Su esposa lo espera, pero sabe que el mundo de Fabien está entre las estrellas y las tenues luces de la costa, que le marcan el camino. Su jefe, el inflexible Rivière, se pasea por el campo de aterrizaje en Buenos Aires. “Rivière tenía conciencia de estar arrancándole algo a la suerte, reduciendo la parte de lo desconocido, sacando a sus tripulaciones de la noche, hacia la orilla.”

Pero Fabien no llegará nunca, y Saint-Exupéry, que sobrevivió a terribles accidentes en Francia, en el desierto del Sahara y en Guatemala, nos mete en el centro de la tragedia para que vivamos con él el terror de Fabien, que se sabe condenado, la desazón presentida de la esposa y la tristeza infinita que Rivière, el duro, el fuerte, jamás podrá confesar. Ninguno de los personajes se pone a pensar si las mentiras y frivolidades que contienen las cartas que transportan los aviones valen la vida de estos héroes. Tampoco Saint-Exupéry, que hizo muchas veces la ruta de la Patagonia con sus grandes amigos y pioneros del vuelo comercial en América Latina, Mermoz y Guillaumet. Es la misión y hay que cumplirla. El mundo necesita héroes, y los de Saint-Exupéry lo son de una pieza. Miran el mundo con lucidez y melancolía, pero nunca dudan.

Vuelo nocturno es como la guerra de Troya contada por Aquiles.

Aviador

Saint-Ex, como lo llamaban sus amigos, fue desde la infancia una criatura de acción, que buscó infructuosamente su vocación en la marina, en el dibujo y en la milicia. Hasta que la encontró en la libertad del cielo. Y desde que piloteó su primer avión en diciembre de 1921, las estancias en la tierra se le hacían interminables. No veía la hora de volver a volar.

Saint-Exupery en su avión

Pero también fue un hombre tímido, reflexivo, melancólico, que buscó siempre en la aviación mucho más que el vértigo de la aventura. “No puedes imaginar la calma y la soledad que uno siente a 4.000 metros de altura, solo con el motor,” le escribe a su madre en 1923.

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon. Su padre pertenecía a una antigua familia noble empobrecida, y murió cuando Antoine tenía 4 años. Desde entonces el escritor mantuvo una relación muy fuerte con su madre. Las constantes cartas que le escribe, llenas de dudas sobre su capacidad y temores sobre el futuro, recuerdan mucho a las del joven García Lorca o las del poeta inglés de la Primera Guerra Mundial Wilfred Owen. “Por las noches me siento un poco triste … No tengo perspectivas. Necesito ocuparme con algo que me guste,” le escribe a su madre desde Estrasburgo, donde sufre su servicio militar a los 20 años.

Pero descubre los aviones y ya nunca dudará. Otra vez a su madre: “¡Si sólo supieras cuán irresistible es mi deseo de volar! De no lograrlo, sería muy infeliz…, pero lo lograré.” Casi se mata en las prácticas para obtener la licencia, y un grave accidente lo obliga a buscar trabajo de oficinista. Pero esa vida no es para él, y en 1926 comienza a hacer el vuelo, recién inaugurado, Toulouse-Dakar. Su jefe es el mítico Didier Daurat, el modelo para el Rivière de Vuelo nocturno.

Cuando Daurat le toma confianza, lo envía a una misión terrible: mantener abierto el tráfico aéreo por encima de las fuerzas árabes rebeldes entre Dakar y Casablanca. Saint-Ex pasó 18 meses en Cabo Juby, en medio del desierto. Si un piloto caía y los árabes lo encontraban, lo degollaban. Saint-Ex debía encontrarlo primero. Cuando le dieron la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, se citó su “extrema sangre fría y su excepcional sentido del sacrificio.”

De 1929 a 1931, abre con veteranos del desierto como Mermoz y Guillaumet la ruta de la Patagonia. Vive en Buenos Aires y la odia, como a todas las ciudades. “No comprendo el gentío de los trenes de cercanías, esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo, por una presión de la que no son conscientes, están reducidos, como las hormigas, a ser sólo usados. ¿Con qué llenan, cuando están libres, sus pobres domingos absurdos?”, escribe en Tierra de hombres.

Lo que ama es el desierto: “Yo conozco la soledad. Tres años en el desierto me han enseñado cómo sabe. Allí no da miedo dejarse la juventud en una tierra mineral. Lo que parece envejecer, lejos de uno, es el resto del mundo. Los árboles ya han dado sus frutos, las tierras se han cubierto de trigo, las mujeres ya son hermosas … La estación avanza, pero uno se encuentra retenido muy lejos … y los bienes de la tierra resbalan entre los dedos como la fina arena de las dunas.” 

Para ese entonces, como una natural continuación de sus vuelos, se había convertido en escritor.

Escritor

El primer relato de Saint-Exupéry se llama, cómo no, El piloto. Aparece en una revista literaria en 1926, y cuenta la historia de un aviador que, como Antoine, sufre depresiones cuando baja del cielo. Correo del sur, de 1929, es su primera novela y se ubica en los escenarios africanos que tan bien conoce. André Gide, el novelista más prestigioso de la época, escribe un comentario elogioso y acepta prologar su siguiente libro, Vuelo nocturno, que aparece en 1931. Para ese entonces, la compañía que llevaba el correo entre Europa y Sudamérica, por la que arriesgaron tantas veces la vida los pioneros de la aviación, ya había quebrado, dejando a todos en la calle.

De vuelta en Francia, Saint-Ex intenta sin éxito ser piloto de pruebas, patenta inventos aeronáuticos y trata de batir el récord en el vuelo Paris-Saigón. Ya se sentía escritor de pleno derecho, y prueba su mano como periodista. Viaja por todo el mundo, y cubre para el periódico “El Intransigente” la guerra civil española.

Antes, en 1935, sufre un terrible accidente en el desierto con dos compañeros. Pasan cinco días casi muerto de sed y finalmente los rescata un beduino. Al revivir el momento del encuentro, cuando todo parecía perdido, traza también las líneas de su credo, un humanismo lírico:

En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido. Y a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres … Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo.”

Guerrero

Pero sí tiene enemigos. La Alemania nazi invade su país, y Saint-Exupéry, ya pasados los cuarenta y maltrecho por tanto accidente, mueve influencias y conexiones para que los Aliados le permitan hacer vuelos de reconocimiento en territorio enemigo. No será él un intelectual que pelee sólo con la pluma.

Un año antes del comienzo de las hostilidades había sufrido su peor accidente aéreo. Intentando batir el récord de vuelo desde Nueva York a Tierra del Fuego, su avión sufre un desperfecto al levantar vuelo en el aeropuerto de Ciudad de Guatemala. Se fractura el cráneo y se destroza un hombro. Durante la lenta recuperación escribe Tierra de hombres, que gana el Grand Prix de la Academia Francesa y el National Book Award de Estados Unidos.

Saint Exupéry tapa Vuelo nocturno

Con el comienzo de la guerra, exilado en Estados Unidos y esperando ser admitido entre los combatientes, escribe sin parar. Publica Piloto de guerra, un alegato por la liberación de su país, en 1942, y un año después, Carta a un rehén, una carta en la que urge a su amigo León Werth, escritor judío francés retenido en territorio ocupado, a no perder la esperanza . En medio de los odios de la guerra, promueve la comprensión y la tolerancia: “La verdad de ayer está muerta; la de hoy, aún por edificar … cada uno de nosotros posee una parcela de la verdad.”

Pero la comprensión de todos los hombres no aparta a Saint-Ex de su misión. Logra que lo admitan como piloto de guerra, y parte para Córcega con la Fuerza Aérea norteamericana, con la que cumpliría peligrosas misiones sobre territorio enemigo.

La última fue el 31 de julio de 1944. Partió a las 8:45 de la mañana desde Cerdeña para fotografiar las zonas ocupadas de Grenoble y Annecy. A la una y media, cuando le quedaba solo una hora de gasolina, aún no había vuelto. A las dos y media, sus compañeros sospecharon lo peor. Nunca se encontró su cuerpo.

En su habitación, hallaron una carta escrita poco antes, hoy publicada como Carta al General X. “Si llego a salir con vida de este trabajo ingrato pero necesario, me queda sólo una pregunta: ¿qué debe decirle uno a la humanidad?”

Tres semanas antes de partir había publicado, en traducción al inglés, un libro totalmente atípico en su obra. Era una fábula “para niños”  y estaba dedicada a su amigo León Werth, quien, como explica a los niños en su dedicatoria, “es el mejor amigo que tengo en el mundo” y “vive en Francia, donde tiene hambre y frío”. Como pidiéndoles perdón, corrige su dedicatoria: “A León Werth, cuando era niño.”

Como sabemos gracias a él, todas las personas mayores, antes que nada fueron niños, aún cuando muy pocas lo recuerden.

Fabulador

Es el invierno de 1942, en plena guerra. Debió ocurrir de noche, en un tranquilo restaurant de Nueva York. La editora norteamericana Curtice Hitchcock nota que el autor francés con el que está comiendo no le presta atención. Mientras ella habla, él dibuja en una servilleta. La señora se inclina a ver qué dibuja. Es el perfil de un niño. Siempre está dibujando niños, dicen sus amigos.

“¿Qué dibujas?”, le pregunta. “Nada,” dice él. “Es el niño que hay en mi corazón.”

Casi sin pensarlo, Curtice Hitchcock le sugiere: “¿Por qué no escribes la historia de este niño en un libro infantil?”

Nunca había escrito un libro infantil. Nunca más volvería a hacerlo. Pero el libro que salió a la luz en Nueva York en abril de 1943 pronto se convirtió en el libro para niños más famoso del mundo.

Es, por supuesto, El Principito.

Saint Exupéry tapa El Principito

En toda la producción literaria de Saint-Exupéry nada hace imaginar un libro como éste,” dice su biógrafa Joelle Eyheramonno. “A primera vista parece un libro inusual que no tiene relación con sus libros anteriores. Toma la forma de un cuento poético en el que los animales (y las plantas) hablan … Para algunos, era impensable que un hombre de acción, un héroe, se despachara de improviso con un libro para niños. Otros lo tomaron como algo incomprensible, hasta poco serio, digno de ser rechazado y hasta condenado. Por eso, cuando se publicó El Principito tuvo una fría recepción del público.

La historia es bien conocida: el autor, un piloto cuyo avión se avería en el Sahara y sufre hambre y sed en el desierto, se encuentra con un niño rubio y triste que viene de un minúsculo planeta donde dejó tres volcanes y una rosa. En su deseo de conocer el universo, el Principito viaja a varios planetas, donde encuentra a un rey patético, un farolero burocrático, un borracho triste, un geógrafo ignorante y un frío hombre de negocios que cree poseer estrellas porque las tiene anotadas en un papelito.

Es un viaje a las miserias y arrogancias de los hombres, un viaje como los que 200 años antes el irlandés Jonathan Swift imaginara para su Gulliver.

Al llegar al último planeta de su recorrido, la Tierra, el Principito se desencanta porque encuentra miles de flores como la suya. Pero un zorro, que le pide que lo domestique, le da el secreto de la verdadera amistad: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.”

En los libros para adultos que escribe en ese tiempo, Saint-Exupéry reflexiona con amargura sobre la pérdida de sus amigos. Todos sus compañeros de los gloriosos días de Dakar y de la Patagonia, como Mermoz y Guillaumet, están muertos. Y su último amigo vivo, León Werth, tiene hambre y corre peligro.

En medio de la guerra y la destrucción, el zorro le dice al Principito: “Sólo se ve con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”

Hoy lo leen los niños del mundo en 102 idiomas.

Juan Diego Flórez: “Hay gente que me sigue pero nunca me ha visto cantar”

Hace dos años entrevisté para La Vanguardia al joven prodigio del Do de pecho Juan Diego Flórez. Este año volví a entrevistarlo, esta vez para Wooalia de Barcelona y El Tiempo de Bogotá.

Fue una gran ocasión de volver a lo que le había preguntado antes, a meterme en temas nuevas, pero sobre todo para constatar que un gran artista está siempre cambiando, siempre buscando nuevos caminos. Flórez maduró, se está internando en un repertorio diferente, menos festivo y más profundo. Y es de los pocos artistas que no echa mano de lo ya dicho sino que se pone a cavilar sobre las preguntas, como si pensara en voz alta frente al periodista.

Estas dos charlas me completan la imagen y la admiración de un cantante peruano que toma su voz prodigiosa como una gran responsabilidad.

Aquí mi entrevista:

*          *          *

El gran tenor peruano Juan Diego Flórez, el mejor cantante de ópera latinoamericano del siglo, está cambiando, está entrando en un repertorio completamente nuevo sin abandonar las comedias ligeras de Gioachino Rossino y Gaetano Donizetti que le dieron fama en los grandes teatros de ópera del mundo.

Ahora su voz se acerca al romanticismo francés y su actuación se ha decantado en la búsqueda de papeles complejos. Le gustan los desafíos. Quiere competir en otras ligas. Y también se quiere dedicar más al gran proyecto de desarrollo de niños a través de la música en su Perú natal.

En Zurich, en plena preparación del gran papel de su nueva etapa, el héroe trágico Werther, la ópera de Jules Massenet basada en la novela fundamental del primer romántico Wolfgang von Goethe, encontramos al cantante que asombraba en plena madurez, emocionándose y tratando de emocionar.

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Me impresionó mucho el programa que trajo al Palau de la Música de Barcelona este año. El año pasado era un programa para lucir la voz, centrado en las populares canzonetas napolitanas. Ahora trajo un menú degustación de papeles nuevos, para una voz más robusta. ¿Este es su nuevo camino?  

Justamente en el futuro los roles que tengo son nuevas óperas o las que he debutado hace poco. Por ejemplo ahora estoy haciendo Werther, primero en Bolonia y ahora en ensayos en Zurich. Es un repertorio al cual estoy yendo, romántico francés, obedece a ese cambio vocal que ha hecho posible que yo pueda abordar ciertos papeles más centrales, que la voz se mueva más en la zona central de tenor. Pero he podido mantener el repertorio anterior, todavía lo puedo cantar, lo cual me hace muy feliz porque me encanta ese repertorio. Por ejemplo el próximo año estaré en Pesaro cantando una ópera de Rossini que se llama Riccardo e Zoraide, no muy conocida. Me alegra poder resolver un papel así.

La última vez que hablamos, hace dos años, me dijo que su agudo ya no era tan “insolente”. Tal vez al principio buscaba producir asombro. ¿Ahora busca más la emoción?

En ese buscar la voz otra vez, tienes que empezar a resolver problemas. Yo he tenido problemas con el agudo en estos últimos años. Buscándolo, encontrándolo, ahora puedo decir que lo he encontrado y estoy otra vez contento y cómodo con esa insolencia. Por eso puedo cantar una ópera de Rossini, Semirámide, con agudos temibles.  Ahora como el centro es más ancho, el agudo siendo de más volumen, antes la voz central era más débil, y ahora es más homogénea, y se nota menos que el agudo sale.

¿Antes ya estaba ahí arriba y ahora sube desde el centro?

Es una voz que avanza desde el centro, como en Werther, una ópera central, que puede subir a un Si natural, pero es en general central. O Romeo. Puedo también hacer La hija del regimiento, El barbero de Sevilla y La cenicienta. Son óperas que requieren esa flexibilidad rossiniana, que me gusta, me encanta seguir haciéndolas aunque ahora mi repertorio está girando al romanticismo francés. Como Romeo y Julieta (de Charles Gounod) y Manon (de Jules Massenet).

¿Cuál es el papel más difícil que ha encontrado?

No encuentro que los papeles sean difíciles. Difícil es darles esa brocha de comienzo a fin a un rol. Desafiantes, un desafío que me encanta. Pero no es solo la música, es la dirección de escena. Las óperas del bel canto eran más simples en la trama. En estas hay preponderancia del teatro, es casi teatro con música fusionada. Es darle el sentido y ser creíble. Werther es complejo, completo, lleno de sombras y colores. Vocalmente no encuentro un desafío; antes quizás cuando los canté por primera vez, me encontraba que empujaba la voz, forzaba. Pensaba que ese era el camino, pero no. La voz tiene que ser natural siempre, nunca forzada. Si la voz ha evolucionado y suena y puede pasar una orquesta tiene que ser naturalmente, nunca forzando. Este ha sido el motto en mi carrera: siempre he buscado la naturalidad en el canto.

¿Eso lo proyecta también a la actuación? Lo difícil es proyectar un personaje que es muy distinto de usted mismo y que parezca natural, convenza. Pienso por ejemplo en el Duque de Mantua de Rigoletto. Usted ha creado un personaje público que tiene que ver con las causas sociales y culturales, de buen tipo, sano, y debe tener problemas para crear el personaje de un malo convincente…

Yo creo que todo está en la seguridad vocal. Si un cantante está cómodo con su voz, que no es tan fácil, hay temporadas… pero cuando estás cómodo con tu voz ya puedes ser un artista. Porque si no hay eso, no puedes dejarte llevar, estar relajado, entrar en un rol. Es así, no hay vuelta que darle.

Actúa en tantos teatros, en tantas ciudades… ¿hay un lugar que sea para Ud. su casa?

Sí, bueno, como teatro nombraría en primer lugar La Scala. En La Scala de Milán estoy en casa. Es el primer teatro donde debuté a los 23 años después de haber actuado en el Festival de Pesaro. Y regresé mucho, casi todos los años, hice muchas operas con Riccardo Muti. Es una casa mía: todos los técnicos, las costureras. Un día Muti me lo dijo: “Tu sei figlio de La Scala, no ti lo dimenticari” (tú eres hijo de La Scala, no lo olvides). Y es verdad. Pero después otro donde me siento en casa es el Royal Opera House de Londres. Canto mucho en Viena porque ahí está mi casa y quiero estar cerca de mi familia.

¿Hace cuánto dejó su Perú natal?

Hace 23 años. Me fui a Filadelfia a estudiar, y luego a Italia.

Pero es profeta en su tierra… ¡Hasta lo pusieron en una estampilla!

(Se ríe) Exageraron. He aprovechado que me hayan tratado muy bien, la gente me quiere, y para mí ha sido una herramienta para poder crear un movimiento, Sinfonía por el Perú, que cuenta ya con 6.000 niños. Si contamos con que tenemos seis años, son mil por año, y me inspiré en el sistema de orquestas de Venezuela. Tenemos una orquesta de niños que ha progresado mucho. Si no fuese yo, en Perú hubiera sido más difícil haber llegado a estos logros.

Es tal vez un papel similar al que tiene Gustavo Dudamel en Venezuela…

Sí, claro. Yo no me formé en el mismo programa, como él. Es un programa social que usa la orquesta y el coro como herramienta de transformación social, de integración de los niños pobres en la sociedad. Yo me eduqué en un conservatorio normal. El cantante solista es diferente. Dudamel sí creció en El Sistema, el programa de orquestas del maestro Antonio Abreu. Para mí fue una revelación que la música pueda salvar a la niñez. Es muy poderoso.

¿Cuál es el mayor logro hasta ahora y el mayor sueño de Sinfonía por Perú y su mayor sueño aún por cumplir?

El mayor logro social es haber logrado la integración de tantos niños. Un estudio que demuestra que son mejores alumnos en el colegio, en sus casas, sufren menos violencia, trabajan menos en las calles. Ahora, musicalmente el logro es la excelencia a la cual han llegado los niños que ya forman parte de la Orquesta Nacional Juvenil, que tocan bien y que pronto van a poder viajar al mundo. En 2020 queremos llegar a 20.000 niños. Estamos en todos los sitios en Perú, pero la idea es crear más y más núcleos.

¿Qué música escucha para descansar?

Me gusta mucho la música latinoamericana: las rancheras, los boleros, la música peruana. Me gusta también el rock clásico: Los Beatles, Led Zeppelin, Queen, un poco de todo. El blues, jazz. Escucho todo porque vengo de la música popular: en mi casa no se escuchaba ópera. Yo descubrí la música clásica cuando entré al conservatorio para estudiar canto, pero era canto para el pop, quería saber cantar mejor. Por eso la música popular está siempre presente y también en mis conciertos saco la guitarra y canto, algo que comencé a hacer hace poco, lo hice en las Canarias, cantar algo típico de allí, saqué la guitarra y ahora hasta el público lo pide. No quiere irse del recital sin haber escuchado algo así con la guitarra.

Esas son sus dos almas musicales. ¿Pero piensa hacer como Luciano Pavarotti de cantar junto con cantantes populares, algo así como “Juan Diego Flórez and Friends”?

En Lima lo he hecho varias veces. Pero con gente famosa, hay que ser muy famoso uno para convencerles. Y la ópera siempre es algo restringido a la gente que le gusta, que va al teatro. Nosotros no somos íconos globales. Pavarotti lo era, él era especial, y Plácido Domingo también. Pero son casos, y otras épocas. Ellos vivieron en su máximo de fama y esplendor vocal una época en que se daba mucha más cabida a la ópera en la televisión, en el mundo normal de la cultura popular. Eso ya no lo hay. Felizmente lo nuestro sigue sucediendo en los teatros y hay gente que los llena, pero no somos famosos.

En esa época había una sana rivalidad, Pavarotti y Domingo, Callas y Tebaldi… Ahora usted sería uno de los tres tenores de hoy. ¿Se ve con rivales, con contendientes, como Cristiano Ronaldo y Messi? Como diciendo: “yo tengo que ser cada día mejor porque está este otro al que comparan conmigo…”

(Se ríe) Bueno, yo entro en un nuevo reino, que es el del tenor lírico. Antes no estaba en esto. En el bel canto nunca sentí una competencia. Ahora hay más jóvenes que cantan bel canto, pero en mi época había muy poco, sobre todo en Rossini. En este nuevo repertorio hay varios que lo hacen muy bien. Pero yo… yo entro como un outsider, y voy así ganándome la confianza en estos roles. No estoy pensando en una competencia, o aún no. Pero me gusta la idea de sentir esa rivalidad. Sería interesante. Antes no la sentí. Ahora viene, la habrá si sigo en este camino. Yo voy un poco más artesanalmente, elijo las óperas que quiero hacer, el teatro arma un proyecto, se hace. Ya no voy a todos los teatros a cantar lo que me ofrecen, sino un proyecto que yo armo desde el inicio.

¿Con cuáles grandes cantantes siente que es un desafío y un privilegio cantar?

Es curioso: últimamente canto más con cantantes jóvenes. Me ven como veterano, aunque no soy tan viejo porque tengo 44 años. A veces me toca cantar con mayores. Pero no necesariamente tiene que ser sobre en el escenario. Yo voy mucho a escuchar a otros. Me gustan mucho los barítonos como Ludovic Tèzier o Carlos Álvarez, voces importantes. O la gran soprano Anna Netrebko. Voces que te dan emociones.

¿Cómo se lleva con las redes sociales, ese contacto con su público, como forma de acercarse a la gente?

Tengo que ser sincero, yo no manejo mucho eso, tengo una persona que me ayuda. Me dice: haz fotos hoy, y yo a veces hago de los ensayos, un video… después se me empieza a ocurrir a mí. Por ejemplo, una canción para mi esposa el día de los novios. Ese video de San Valentín fue visto por más de medio millón en pocos días. Mi fan base es en Latinoamérica aunque no trabajo casi allá, canto principalmente en Europa. Pero casi todos mis seguidores en Facebook están en mi continente, muchísimo en Perú. Creo que es el orgullo de que haya alguien de tu país haciendo cosas importantes y dejándote bien. Eso hay mucho en nuestros países, sobre todo en Perú. Hay gente que me sigue y me admira pero nunca me ha visto cantar.

En esta época de rechazo al inmigrante, de Trump y el auge de la derecha en Europa…

(Ríe) Sí, claro. Yo soy un inmigrante. Yo también soy un inmigrante.

Joyce DiDonato: Música barroca para estos tiempos convulsos

La gran mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato vuelve a Barcelona y a Madrid a principios de junio para cantar la furia del impulso bélico y la armonía de la deseo de paz. En un programa ideado por ella, lucirá su brillante coloratura y ágiles melismas vocales, así como el poderío de los graves y la belleza de las largas notas sostenidas que ya son marca de la casa. Pero para la diva, que se encuentra en su plenitud vocal y artística, esto no es un torneo de gorgoritos: quiere dejar un mensaje y siente que en estos tiempos turbulentos, es más importante que nunca.

DiDonato ya tiene establecida una relación de amor y confianza con la mayoría de los grandes teatros de ópera de Estados Unidos y en las mecas de la ópera de Londres, París, Roma, Madrid, Barcelona, Berlin y el Festival de  Salzburgo.

El público del Liceu barcelonés recordará por años la forma tan pasional y tan distinta en que asumió los roles de las dos grandes cenicientas de la ópera: la burbujeante La Cenerentola de Rossini y la poética Cendrillon de Massenet. En esos dos grandes papeles mostró una fascinante paleta de color vocal, una gran versatilidad a la hora de tomar como propios estilos e idiomas diversos, y una capacidad actoral que hace difícil quitarle la vista de encima, incluso cuando no está cantando.

DiDonato mostró varias de las cualidades que la llevaron a la altura artística en la que está cuando, en 2009, se lastimó seriamente la pierna izquierda al terminar la temible aria Una voce poco fa, del final del primer acto de El barbero de Sevilla de Rossini en el Covent Garden de Londres.

Tenía otro acto entero y un dolor terrible, pero estaban todos los  críticos y su Conde Almaviva era el gran tenor Juan Diego Flórez. Tres días después, allí estaba Joyce con yeso y en silla de ruedas, cantando divinamente su papel. Y entre tanto, informaba a sus seguidores en su web y en redes sociales, donde publicaba fotos de su yeso pintado con flores de colores. Y cada noche, al terminar la función, una ovación triunfal.

El crítico del New York Times Anthony Tommasini empezó su relato de esa noche de esta manera: “La noche del sábado en la Royal Opera House, la mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato dio un sentido literal a la vieja expresión de buena suerte en el teatro: Break a leg – ¡que te rompas una pierna!”

Di donato war & peace

Como su famosa colega Cecilia Bartoli, DiDonato ha comenzado en los últimos años a aprovechar su fama creciente para emprender proyectos personales. Ahora mismo está surcando el mundo con un programa de arias y escenas que en conjunto cuentan una historia y dan una opinión sobre el mundo. Guerra y paz: La armonía a través de la música explora las pasiones de Eros y Tanatos con la música de furia y de placidez de compositores como Georg Friederich Händel, Henry Purcell y Claudio Monteverdi.

Con este programa llega esta semana al Teatro Real de Madrid y al Liceu de Barcelona.

En su página web Ud. presenta su proyecto Guerra y Paz como una personal y ambiciosa colección de arias de óperas barrocas. ¿Cómo seleccionó las arias, de qué manera la elección es personal y por qué piensa que hay un mensaje en la música del siglo XVIII que debe ser escuchado hoy?

La música de todas las épocas ha hablado de la guerra y de la paz, y algunas de las obras maestras más grandes fueron escritas en momentos terribles de conflictos. Por ejemplo, el Cuarteto para el final de los tiempos de Olivier Messien. El elemento particular que encuentro en el barroco es que ilumina este tema con la pureza de la música, de modo que el impacto emocional es mucho más directo. La guerra parece más fuerte y la paz más celestial.

En noviembre d3e 2015, los ataques  terroristas en París me llevaron a pensar en cambiar por completo el programa que tenía en mente. Sentí que necesitaba hablar del mundo en el que vivía de una manera más directa, y el tema de War & Peace se me apareció naturalmente. Tenía un grupo de arias de Händel y Purcell sobre mi piano, y todas hablaban de la guerra y de la angustia interna y la búsqueda de serenidad. Supe que tenía que cantar sobre eso.

Ud. ha centrado su carrera en la época barroca, el clasicismo y el romanticismo temprano. ¿Por qué piensa que ese repertorio le es adecuado, con el que se siente a gusto? ¿Qué le dice la música de esa época? 

Mi voz se alegra con la música que requiere fluidez y muchos elementos expresivos. Muchas veces en estas obras el texto se repite, por lo que el personaje debe sumergirse más y más en la psicología de sus emociones profundas, y esto está en la raíz de por qué canto: para expresar emociones profundas. Encuentro que está época era muy emotiva y al mismo tiempo conectada orgánicamente con la naturaleza de mi voz. Si me fuera a músicas más expansivas, como por ejemplo Wagner, creo que iría contra la naturaleza de mi voz. Supongo que un extra es que la música que canto también me nutre de una manera profunda, ¡y por eso gozo sumergida en estas melodías a diario!

En los últimos tiempos ha pasado del barroco a más papeles de bel canto, del romanticismo temprano. Percibe un cambio, un desarrollo en su voz, y qué piensa que cantará en los próximos años?  

Me imagino teniendo la misma fórmula que usé a lo largo de mi Carrera, con Händel, Rossini y Mozart como la columna vertebral de mi repertorio, pero extendiéndome y acercándome a música más moderna, obras francesas y más roles de bel canto. La diferencia es que crecí dentro del mismo Rossini: ¡pasé de la jovencita Rosina que quiere casarse con su príncipe en El barbero de Sevilla a la reina ponderosa y algo malévola de Semirámide!

Pese a que su agenda está llena, viene con frecuencia al Liceu de Barcelona. ¿Encuentra algo especial, algo distinto en este teatro y este público?

Tengo la idea de que están maravillosamente vivos e involucrados en lo que se le ofrece. Siento que si hago el esfuerzo especial en una cierta frase de profundizar más en las emociones, este público lo entenderá en seguida, y eso es una gran alegría para un intérprete como yo. Además, es la casa de Montserrat Caballé y de otros titanes del bel canto, así que si te aplauden allí es un regalo que no tomo con ligereza.

Como mezzo soprano, frecuentemente debe actuar en “papeles de pantalones”, roles masculinos. ¿Cómo se prepara para actuar y cantar como un hombre? ¿Trata la partitura de forma distinta? ¿Y esta experiencia la ha ayudado a entender mejor al “otro” sexo?

Trato estos papeles exactamente igual que los otros: entrando a fondo en la psicología del personaje, la expresión musical, y tratando penetrar en la verdad de la escena. Adoro la energía que estos papeles me permiten, porque puedo entrar al escenario de una forma más agresiva, pasional (pienso por ejemplo en la entrada de Romeo en Montescos y Capuletos de Bellini, que canté en el Liceu la temporada pasada). Te empodera, y al mismo tiempo Bellini le permite al personaje ser increíblemente frágil y emocional, algo que se ve con mayor claridad porque es una mujer la que canta. Es una mezcla brillante de géneros y así la música emociona más.

Una de sus últimas óperas en el Liceu era la Maria Stuarda de Gaetano Donizetti, que incluye aquella tremenda plegaria con una nota alta muy difícil de sostener. ¿Cómo adquiere tal maestría ténica y al mismo tiemop logra producir un impacto emocional así en la audiencia?

Si mi trabajo está bien hecho, las dos cosas irán en tándem. Primero debo afinar los aspectos técnicos (en este caso en particular, sabiendo que es el momento más difícil de la ópera, ¡fue lo primero que empecé a ensayar!). Pero sabiendo bien que la técnica solo sirve para apuntalar el viaje emocional del personaje. Si soy fiel a eso, a través de mi voz el oyente se sentirá libre para sentir la inmensidad.

¿Qué le dice la palabra “diva”? ¿Se siente una diva?

Ese es un título que otros te dan, no algo con lo que yo me identifique. Solo puedo decir que  no tengo ningún deseo de ser “diva” fuera del escenario, o de sentirme más que nadie en ningún sentido. Desde los técnicos y las maquilladoras hasta el pianista asistente, todos estamos juntos contando la misma historia. Sin embargo, reconozco que necesito entrar al escenario con la sensación de poder y confianza de que tengo algo valioso que compartir con la audiencia. Si eso me hace una diva sobre el escenario, me alegra.

Se la considera uno de los artistas clásicos más conocedores y hábiles con las nuevas tecnologías. ¿Cómo usa Internet y las redes sociales para promover su carrera y las causas en las que cree?

Mi único estándar es que comparto algo cuando siento que realmente tiene valor. No lo uso para promoverme a mí misma, sino como un medio para comunicarme directamente con los fans y los melómanos. Sé lo apasionada que mucha gente es sobre la música que ama y los artistas a los que siguen, y si esto les da un conocimiento más profundo sobre una obra o un proceso, me alegra mucho poder compartirlo. ¡Pero también me gusta cada vez más desconectarme de los aparatos y conectarme a la vida, al mundo increíble que me rodea en tiempo real! 

Roger Moore y los actores de nuestra vida

Uno no elige a su agente 007. Es el que le toca a su generación. La generación de mi padre creció con el James Bond del elegante y desacomplejado Sean Connery. La de mi hijo, con el complejo, traumatizado, posmoderno Daniel Craig.

A mí me tocó Roger Moore, quien murió esta semana a los 89 años. Curiosamente, Moore fue el único de los Bonds que alcanzó la cifra de 007 películas. Aunque seguramente no figurará como primero en el ranking  de los fanáticos del personaje creado por Ian Fleming, para mi generación, la que se introdujo en el cine y en las preguntas sobre quiénes éramos y quiénes queríamos ser en la década de 1970, Sir Roger fue el agente secreto que se ajustaba a nuestras necesidades de espejo. En él veíamos reflejada la masculinidad, la seguridad, la ironía que nos marcaría de por vida, para bien y para mal.

roger-moore 007

Roger Moore era el hombre que yo aspiraba a ser, desde la primera serie que le vi, Dos tipos audaces con el ambiguo, algo amanerado Tony Curtis. Moore era el hombre de sonrisa ladeada que las mujeres buscaban. Ellas lo perseguían, él se dejaba querer. Sólo debía sonreír. Y no lo perjudicaba para nada ese gusto horrendo para vestir y peinarse, que siempre vincularé con ese aire de fiesta pobre y pretenciosa de finales de los setenta. Esas corbatas anchas, esos trajes lustrosos, esos zapatos abrillantados. El mal gusto era parte integrante de ese ser macho sin esforzarse, la marca de El Santo, su segundo gran papel.

En sus películas de Bond, como Vive y deja morir, La espía que me amó y Moonraker, llevó hasta las cotas más altas su tercera gran virtud: la ironía. Roger Moore parecía burlarse de sus jefes, de sus enemigos, de la muerte, de la Corona, del amor y del odio. Pero lo hacía sin que se notara, levantando la ceja, como levemente hastiado de sus propios sentimientos.

Era suficientemente joven como para encandilar a las mujeres y aterrar a los malos y lo bastante viejo como para haber pasado por todo y saberse el libro de la vida de memoria. Con dominar esa ironía, que por supuesto nunca conseguiré, soñaba yo y sospecho que muchos de mis compañeros de generación.

Descansa en paz, Roger Moore. No fuiste el gran actor shakespereano que tal vez soñaste ser cuando te metiste a actor. Pero toda una generación de hombres en busca de una seguridad que se escapaba ante la revolución imparable de las mujeres te agradeceremos siempre que nos dieras esperanza. Fuiste nuestro James Bond. Tu sonrisa de aprobación nos acompañará desde allí donde estés.

La miseria del mejor oficio del mundo

A comienzos de este siglo tres periodistas realizaron, sin saberlo, el mismo proyecto: vivir entre seis meses y un año con el sueldo mínimo, “disfrazándose” de obreros manuales, camareros, lavaplatos, limpiadores.

El colombiano Andrés Felipe Solano publicó Salario mínimo; la estadounidense Barbara Ehrenreich, Por cuatro duros y la francesa Florence Aubenas, El muelle de Ouistreham. En los tres se detalla en primera persona cómo afecta al cuerpo, al ánimo y a la calidad del trabajo el vivir con tan poco, el no tener margen económico para decir ‘no’, el estar permanentemente sujeto a los caprichos del jefe, el comer mal y matarse corriendo detrás de una liebre que siempre corre más rápido.

Hoy los periodistas no necesitamos disfrazarnos de nada para tener la experiencia de vivir con el sueldo mínimo. Y el aprendizaje de las dificultades psicológicas, mentales y físicas de vivir con muy poco que plantean esos libros ahora llega a nuestro gremio y afecta el periodismo que hacemos.

Imagen para La miseria del mejor oficio

En Hispanoamérica, los sueldos de los periodistas nunca fueron para tirar cohetes, pero con la crisis económica y la crisis de los modelos de negocios de los medios provocada por el auge de internet, la situación se ha deteriorado de manera alarmante.

Hace algunas semanas, el sindicato español CNT publicó un informe alertando sobre la caída de los pagos de medios de España a sus colaboradores. La agencia oficial EFE paga en promedio un poco menos de 20 dólares por crónica o reportaje. El diario El Mundo paga 76 dólares por un artículo para la web; El Economista, casi cien dólares por el contenido que llena una página. Y así en casi todos.

Es menos que lo que se paga por jornada de trabajo en la construcción o la limpieza de edificios. Si se calcula lo que un periodista cuidadoso debe emplear en la confección de un reportaje bien investigado, escrito, editado y chequeado, debería pagarse al menos 200 dólares para que sea compatible con el sueldo mínimo, que en España es de 825 euros (900 dólares) mensuales por 172 horas de trabajo.

En América Latina la situación no está mejor. Los autores famosos ganan más, pero para un periodista que se está abriendo camino, se paga entre 50 y 100 dólares por reportajes o crónicas de unas mil palabras (el tamaño de esta columna).

Cada vez se viaja menos y los hechos que suceden fuera de los centros del poder quedan sin cubrir, bajo un manto de silencio, no debido a la represión y las amenazas de los lobos autoritarios (que también padecemos) sino a la falta de dinero para contar las noticias.

Según un reciente estudio, los periodistas novatos de Colombia cobran un promedio de 400.000 pesos colombianos (136 dólares). Un sueldo medio para los que comienzan raya los 682 dólares. En países con alta inflación como Argentina o en economías deprimidas como las de Centroamérica es un sueño conseguir que paguen 100 dólares por un artículo.

Helena Calle, una joven periodista de Bogotá, calculó su ganancia mensual en “900.000 pesos (307 dólares) por ser periodista, ghost writer, transcriptora, traductora, community manager, contadora, vendedora y asistente editorial. Los jóvenes somos muy baratos”, concluye Calle, “y la mayoría de las empresas tienen filas y filas de practicantes, chicos y chicas recién desempacados de las facultades de comunicación”. Consulté a una decena de periodistas veinteañeros en seis países y las respuestas fueron muy parecidas.

Ante la inestabilidad y angustia del freelance, muchos ven la obtención de un empleo fijo como un sueño realizado. Pero también ha desmejorado la situación de los periodistas “de planta”: según la Asociación de la Prensa de Madrid los sueldos han caído un 17 por ciento en el último lustro y más de la mitad de los empleados de un medio ganan menos de 27.000 dólares al año.

En toda Iberoamérica las plantillas de los principales medios se achican y los despidos están a la orden del día. En Argentina, un conglomerado tan potente como Editorial Atlántida acaba de despedir a 25 trabajadores. En el último año, el poderoso diario Clarín despidió a 180 trabajadores de la redacción y 270 de su planta de impresión. Y otros medios se han sumado a esta tendencia.

Así expresaba el clima general el periodista argentino Juan Pablo Csipka: “Yo me siento un sobreviviente. El llegar y que te digan: ‘No, a partir de mañana no vengas más’ como espada de Damocles. En estas condiciones es que se reclama mayor excelencia y calidad, recargando labores de treinta personas sobre las espaldas de diez”.

La periodista mexicana Cecilia González, corresponsal de la agencia Notimex en Buenos Aires, lleva la cuenta del desastre en su país de adopción: “El año pasado, según el Foro de Periodismo Argentino, perdieron su trabajo 1499 periodistas o trabajadores de medios de comunicación. Otras organizaciones gremiales elevan la cifra de despidos a entre 2500 y 4000”.

Sin embargo, en este panorama preocupante sigue existiendo un vivero de jóvenes entusiastas que quiere entrar en “el mejor oficio del mundo”, como decía Gabriel García Márquez. Ellos buscan referentes y modelos fuera de los medios tradicionales.

Un ejemplo son los periodistas jóvenes que fundan nuevos medios digitales, donde tratan de implementar un nuevo modelo de negocio con independencia, creatividad y vigor narrativo. En los últimos premios de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) fueron estos medios, como El Faro de El Salvador o La Silla Vacía de Colombia, los que se llevaron los principales galardones. Medios nuevos como estos atraen a un público cansado del periodismo tradicional y contratan a jóvenes ansiosos de vivir de lo que aman y contar sin cortapisas.

Recientemente, Ignacio Escolar (41 años), el director de uno de estos medios —eldiario.es de Madrid—, inauguró el año académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. “La gran amenaza del periodismo ya no es cómo se investiga, se escribe o se publica, sino cómo se paga”, les dijo Escolar a un centenar de chicos de entre 18 y 20 años.

Escolar comenzó eldiario.es con 12 periodistas y el presupuesto de su primer año era menos que lo que costó la fiesta de lanzamiento del anterior medio que dirigió, un diario en papel. Hoy tiene más de 60 y cuatro cabeceras en las principales ciudades españolas.

¿Qué futuro le espera a los estudiantes que lo escuchaban? En sus preguntas se notaba el entusiasmo pero también la inquietud. Al presentarlo, Mónica Rincón, la periodista chilena de CNN comenzó citando a Eduardo Galeano: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro…”.

En la sala abarrotada, los alumnos de periodismo sabían perfectamente a qué se refería.

(Publicado el 13 de mayo de 2017 en el New York Times en español)