Idomeneo en Madrid: La primera obra maestra de Mozart ilumina dramas actuales y eternos

Muchas veces me pregunto por qué me sigue maravillando, emocionando, enriqueciendo ver óperas. Y todas las respuestas me vienen a la mente cuando veo, como acabo de ver, cómo el gran director de escena canadiense Robert Carsen logra emocionar y hacer pensar a un público actual con el drama Idomeneo, considerada por muchos como la primera obra maestra de un Mozart de 25 años ya en total dominio de su genio musical y dramático.

Idomeneo está basada en un drama francés de la ilustración: el rey de Creta así llamado, al volver triunfante de la guerra de Troya, sufre una terrible tormenta en el mar y promete al dios Neptuno que sacrificará al primer humano que se le cruce si lo salva. Lo encuentra en la playa su propio hijo Idamante, y al tratar salvarlo y no cumplir su promesa, pone al reino entero en peligro.

Idomeneo 2252

Finalmente, al ver que el valiente Idamante acepta el sacrificio por amor al padre, Neptuno perdona a éste pero le ordena abdicar. Lo sucederá Idamante junto con Ilia, su amada, la hija del derrocado rey de Troya.

Yo había visto cuatro versiones de Idomeneo, incluida una pulcra y oscura, de chapoteo sobre el agua, en Barcelona, y otra muy lujosa en el Met de Nueva York, con Plácido Domingo en su único papel mozartiano. Pero esta fue de lejos la que más me gustó. En la puesta en escena de Carsen, la historia se me reveló con un mensaje nuevo y un significado para el presente, mientras se mantenía siempre fiel al nudo y el sentido del original.

Al final del segundo de los tres actos, cuando el rey de Creta piensa que ha logrado escapar de su promesa a Neptuno de cometer parricidio, una terrible tormenta se desata en el mar y un monstruo espantoso se eleva ante el estupor de los cretenses. Estamos en el momento crucial de una puesta en escena ambientada en la Creta de hoy: los troyanos que huyen de la destrucción son sirios refugiados apretujados detrás de una valla en la arena, y en un inmenso lienzo se proyectan los humores del cielo al compás de la celestial música de Mozart.

Entonces Idomeneo, en traje militar y fusil en mano, se acerca al proscenio y una luz potente lo ilumina de abajo. Sobre el cielo se proyecta su sombra amenazante. El pueblo tiembla ante el monstruo… que no es otro que la sombra de su gobernante.

Idomeneo 5926

La noche estuvo llena de momentos mágicos, iluminadores como este. En ninguna otra he visto con tanta claridad la lucha por el corazón del heredero de Creta entre las princesas de los bandos rivales en la guerra, como una continuación de la contienda. Ilia, hija de Príamo de Troya contra Electra, hija del caudillo griego Agamenón. Gana la que perdió la guerra, gana la paz, y en la escena final, el coro y más de cien actores vestidos de uniforme se van desvistiendo al son de una marcha, y quedan como moradores de una ciudad actual. Acabó el horror.

El tenor dramático Eric Cutler interpretó al protagonista con potencia y garbo, como un héroe torturado por su conciencia, un líder vencido por su debilidad. Su fuerza actoral y su enorme estatura ayudaron a que su silueta y su sombra dotaran de fuerza visual al espectáculo.  El tenor lírico David Portillo dotó de emoción y delicadeza a su Idamante, con preciso control de la línea mozarteana. La soprano Annet Fritsh (Ilia) y la  mezzo Eleonora Buratto (Elettra) fueron duras contendientes por la mano del heredero: cada una de ellas mereció una fuerte ovación en sus arias clave; de hecho, la famosa aria de la locura y la muerte de Electra, al saberse vencida, fue el momento más dramático de la noche.

Idomeneo 1643

Yo había visto y oído a la Orquesta del Teatro Real la noche anterior, acompañando un bello recital del barítono galés Bryn Terfel, que fue del dios Wotan de Wagner a El violinista en el tejado. Bajo la batuta de un director promedio, los instrumentistas me habían sonado cansados, monótonos.

Un día más tarde, la manera en que estos mismos músicos pusieron fuego, precisión punzante, dulzura de pluma y alegría en las notas tristes me hizo ver la enorme calidad y la conexión con sus músicos del eminente director británico Ivor Bolton, que es el titular de esta orquesta. Sus movimientos eléctricos desde el podio provocaban chispas arriba y abajo del escenario. ¡Qué precioso Idomeneo!

Anuncios

Marion Kaufmann: Un libro sabio y bello; y un debut literario a los 92

“Empecé a mirar y tuve la suerte de encontrar mujeres interesantes y activas de más de ochenta años, que tenían un rasgo en común: la curiosidad por saber qué pasa a su alrededor, cómo son las personas con las que hablan, qué libros nuevos fueron publicados últimamente o qué películas vale la pena ver”, dice Marion Kaufmann en el prólogo de su Nosotras, las de 80 para arriba (MTEdiciones).

“La curiosidad nos impulsa a salir de la rutina”.

marion kaufmann nosotras del 80 para arriba pata

Admiro desde la infancia a mi colega, a mi querida tía Marion. A ella le da algo de pudor y vergüenza que lo diga, pero para mí siempre fue un ejemplo de búsqueda de libertad, de sinceridad y precisión en las palabras, en esa mezcla – tan rara de encontrar – de profundidad y levedad en el modo y en las ideas.

El otro día escuché una entrevista que le hizo un canal de televisión por la publicación de su libro, y  ahí estaba todo lo que yo recordaba y lo que le extraño al vivir lejos: a la pregunta de si vivía en el pasado, ahora que tiene 93 años contestaba que claro que no, que vivía en el presente y el futuro. Que la mantiene viva y activa la permanente curiosidad, que lee, viaja, observa, pregunta, se asombra. Que la vejez no es ni mejor ni peor que otras edades, es solo un desafío al que hay que acostumbrarse y vivir de la mejor manera posible, como cualquier otra edad.

En ningún momento cuestionaba las preguntas ni marcaba su distancia con el lugar desde donde la joven periodista, que parecía no haber leído su libro, las hacía. Con sus respuestas, las preguntas parecían inteligentes. Así es Marion Kaufmann.

Desde hace tiempo que viene cocinando “Nosotras, las de 80 para arriba”, sus 18 entrevistas con mujeres creadoras, activas, lúcidas y divertidas. Todas están en una edad en la que, como explica Marion en su prólogo, la sociedad las deja de mirar. A los 50 o 60 las critica o se burla de ellas. A los 80 o 90 ya dejan de existir. Y en su inventario de voces, estas señoras tienen mucho que decir, que enseñar y que compartir.

Sus breves, precisas entrevistas incluyen a varias de las grandes damas de las letras argentinas, como Hebe Uhart, Angélica Gorodischer y Griselda Gambaro; a la líder política y de derechos humanos Graciela Fernández Meijide; a la historiadora del arte Susana Fabrici; a la actriz y cantante Nelly Prince.

Y a muchas mujeres menos conocidas pero igual de fascinantes, como la escultora Vechy Logioio (“El río y el cielo son mi compañía”);  la jubilada-bailarina Sadi Vergona (“Desde que estoy sola, hago cosas que me interesan”); o la profesora de alemán Margot Aberle Strauss (“No me dejo vencer”).

Estas frases, que son los títulos de las entrevistas, muestran el espíritu de estas luchadoras con – no contra – el tiempo, y de la misma Marion. Hizo la mayoría después de cumplir los 90, por lo que era mayor que casi todas sus entrevistadas: para su primer libro publicado no eludió el tema de la vejez, sino que la atacó con una sonrisa y un plan. Vivir a fondo, dejarse sorprender cada día.

Por eso, la mayoría de las entrevistas empiezan con el momento del encuentro, con lo que le llama la atención de la forma en que estas veteranas se mueven, se vistan, hablan, muestran sus casas. “Al entrar en el departamento de Margot lo primero que veo son tortugas”, escribe.

O: “Griselda (Gambaro) me abre el portón; camina con la ayuda de dos bastones muy elegantes (me explicará después que son de Italia), su pelo es blanco; es más menuda de lo que había imaginado y tiene esa mirada serena, a veces un poco pícara, como la de las fotos que salen en las revistas”.

Y sobre Beatriz Comnalez, maestra de pasteleros: “Beatriz vive en una casa en Palermo, a la que entro por una puerta angosta, como las que hacían antes, protegida por una reja de hierro. Mientras la espero, veo un enorme tigre pintado sobre tela de Madrás; encima de un piano, retratos; libros en repisas, sobre mesas y en el suelo; mariposas multicolores bajo un vidrio.”

Tras los asombros, las preguntas. Nunca da por sentado algo, no prejuzga, todas las preguntas son abiertas, quiere entender a la persona que tiene delante. Por eso la lectura del libro, una octogenaria o nonagenaria tras otra, no se vuelve nunca redundante: muchas ideas son similares pero al expresarlas cada una con distintas palabras y desde posiciones y experiencias divergentes, conforman un cuadro ni repetitivo ni contradictorio, sino complejo,.

Y lo que busca Marion Kaufmann es el ejemplo y la diferencia, la razón para seguir ella misma y las causas secretas por las que siguen adelante con tanto ímpetu y lucidez todas estas creadoras y gozadoras de la vida, casi todas las cuales vivieron mucho más de lo que pensaban cuando eran jóvenes y de lo que vivieron sus madres y abuelas.

Resultado de imagen para nosotras las de 80 para arriba

Cuando yo era chico y estaba jugando en la vereda de la casa de mis padres con mis amigos, era un regocijo la llegada de mi tía Marion en su Citroën que parecía de lata. Mi tía era divorciada y se había vuelto a casar; viajaba por el mundo con su nuevo marido, su alma gemela. Nunca me daba consejos ni me regañaba: me enseñaba con el ejemplo. Y me contaba de sus aventuras en Sudáfrica o en Israel.

Donde viajaba, recogía historias y entrevistas para publicarlas en el pequeño diario en alemán de Buenos Aires: nunca se interesó por el reconocimiento ni la aturdió la fama. Quería viajar, hablar con gente interesante, traducir obras valiosas del español al alemán y viceversa, entender el mundo. A mi hermana y a mí siempre nos preguntaba por nuestras vidas de una forma que nos hacía querer contarle lo que realmente nos pasaba.

Nosotras, las de 80 para arriba es su primer libro, publicado al borde de sus 93 años. No sé, y a ella no le interesa saber, si es el debut literario más tardío de la historia, como para el Libro Guinness de los Records. Lo único que le interesa en este momento es sumergirse en su próximo libro. Y descubrir nuevos autores y nuevos paisajes.

Destinos errantes de Andrea Jeftantovic en seis cruces de palabras

Se nota en la prosa de Andrea Jeftanovic “la lectura atenta de los clásicos de su tierra, Chile, y sobre todo la voz de los poetas, que brinca y serpentea en su prosa.” Esto dije de su colección de crónicas viajeras Destinos errantes en la presentación en la Furia del Libro el mes pasado. Y en la revista de libros Ojo en Tinta, donde salió publicada ayer mi presentación transformada en reseña.

destinos_errantes tapa 

  1. Mujer y viajera – Novelista, cuentista, académica de la Universidad de Santiago, estudiosa de la literatura, experta en Damiela Eltit… y viajera. Andrea Jeftanovic pertenece a esa cofradía que mujeres que viajan para contarlo, acompañadas o solas. Y muchos de esos viajes hacia el conocimiento del mundo y de la complejidad de las sociedades actuales están contados y reflexionados en su relato de no ficción Destinos errantes. No es un manifiesto feminista, pero es un valioso autorretrato de la viajera que no pide perdón ni permiso, que se anima en esquinas peligrosas, en países en conflicto, y se encara con los machistas. Los viajeros por muchísimos años eran los hombres: los Ulises. Sus Penélopes los esperaban tejiendo y destejiendo sueños. Esta Penélope viajera se adentra en la Cuba de la postrevolución (Sin embargo, Cuba), por ejemplo, y se acuesta oronda en la cama donde, dicen, durmió Fidel su sueño de la revolución de los barbudos.
  2. Centrípeto y centrífugo – Andrea Jeftanovic lo explica bellamente: viajar es otra forma de leer: leer para mirar el mundo y entenderse a uno mismo. Viajar para cambiar y para encontrarse. Movimiento hacia adentro y afuera. Por eso usa la metáfora de los movimientos con los ojos para afuera, como queriendo salirse de su órbita, y hacia adentro, mirando cada vez con más atención el propio centro. Así viaja al Rio de Janeiro de Clarice Lispector (Los Ríos de Clarice Lispector), a los paisajes y calles y parques de sus novelas y a la forma de mirarse como mujer después de leer a la gran escritora brasileña. Este capítulo de búsqueda del mundo interior de la buceadora de lo íntimo para encontarse en calles ajenas es bello y profundo.
  3. On campus y Off campus – en California, la estudiante Andrea desmelena su cabellera leonina en noches de juerga y música y en clases con famosos académicos. Vivir la juventud y leer hasta desgañitarse las lagañas. Es muy original su relato de la experiencia de alumna universitaria pasando párrafo a párrafo de la vida en las aulas y en las noches (California al desnudo). El lado A y lado B de la vida. La experiencia de estudiar y de vivir como estudiante en su seria y salvaje variante norteamericana.
  4. Palestino-israelí y serbo-croata – En Tel Aviv y Jerusalén hablando con ciudadanos de ambos bandos del miedo en el conflicto eterno de Medio Oriente (El círculo íntimo palestino-israelí). Y en el túnel de Sarajevo, donde transita en el viejo camino para soportar el asedio serbio, obtener comida y medicina y tratar de mantener viva una ciudad que fue encuentro de culturas (Sarajevo underground). Lo hace usando otra estructura original: sumergiéndose en círculos del infierno dantesco. En estas dos zonas dolidas esta descendiente de judíos y de serbios se busca en los orígenes. Su relato se entreteje con visitas a la biblioteca de su barrio, al mundo de judíos y palestinos y serbios y croatas en Chile. Y a un recuerdo de infancia: En el antiguo Club Yugoeslavo, que expulsa a su familia serbia cuando se convierte en Club Croata. Los antiguos amigos de la piscina hoy son enemigos. En vez de lamentarse o insultar, la cronista viaja para entender el origen de esos odios que llegan tan lejos.
  5. Memoria y relato – Dos ermanos ciclistas. Uno detenido desaparecido que alucina con reparar bicicletas tras la tortura: algo tan prosaico y pequeño hace más terrible el horror. Y la escena del hermano, que en la tele de la dictadura aparece entrevistado tras ganar la vuelta ciclística a Chile. Dice que se lo dedica a su hermano desaparecido. La pantalla se va a negro. Como tantas historias mínimas que cuentan las tragedias de países lejanos, esta acerca el silencio escalofriante de la dictadura a los lectores actuales (Pájaros de acero). Es un viaje desde su propio recuerdo de niña de tres años el 11 de setiembre de 1973 para entender el pasado y entendernos en él.
  6. Errante y chilena. En el título del libro se puede intuir una de las identidades de la autora. Aunque se asiente y se asimile y enriquezca la tierra a la que llega, el judío es un ser errante, en constante búsqueda. El viajero en el fondo es un sin patria. Pero Andrea Jeftanovic es siempre y muy cariñosamente chilena. Se nota en su prosa la lectura atenta de los clásicos de su tierra, y sobre todo la voz de los poetas que brinca y serpentea en su prosa. Es desde este fin del mundo, desde este rincón curioso abierto al mar y a la montaña Por eso estas historias de cuatro continentes son historias de una mirada, de una tierra, de una generación, de una identidad que se construye viajando. En Destinos errantes viaja lejos teniendo siempre el terruño propio como faro.

 

Desempacando historias

Este es el prólogo del libro Sin maletas, una colección de crónicas y perfiles de refugiados, liderado y editado por Margarita Solano:

Sin Maletas Tapa

Hace dos décadas cayó en mis manos un libro hermoso, punzante, que me introdujo en el fecundo campo de la historia oral. La historiadora argentina Dora Schwarzstein entrevistaba a 87 republicanos españoles que huyeron de la represión franquista y llegaron a Argentina. Eran sobrevivientes de una catástrofe. Habían perdido la guerra, habían huido a tierras desconocidas. Me llamó mucho la atención que todos insistieran todavía en considerarse exiliados, no inmigrantes.

En ese libro, Entre Franco y Perón: Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina, una mujer recordaba que sus padres nunca compraron muebles, porque querían creer que en cualquier momento volverían a España. “Somos del Atlántico”, decía otro de los entrevistados. “Estamos a mitad de camino de la ida y de la vuelta.”

Estos exiliados eternos vivían “con las maletas hechas”.

*          *          *

Me pareció dramático eso de vivir con las maletas siempre hechas. Pero escapar sin maletas, como resume el título de esta colección de relatos de exiliados del presente, es más duro, como metáfora y como realidad.

Setenta años después de la Guerra Civil Española, del holocausto nazi, de los millones de refugiados de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se ha vuelto a llenar de exiliados, escapados, oprimidos, hambrientos de paz, pan y justicia. Cruzan fronteras, recorren desiertos y atraviesan océanos. Y los recibe mucho desconocimiento e incomprensión.

En este libro luminoso, brillan las ansias de estos héroes modernos de sobrevivir y construir, de no olvidar lo que dejaron atrás pero también de aprender y aportar en las sociedades donde los llevó el oleaje de sus tragedias.

Tal vez el principal drama para los sesenta millones de desplazados que viven en tierra ajena, de los cuales solo la tercera parte ha logrado el estatus de refugiado, es que el desarraigo es un mal que no tiene cura, dice la gran periodista de investigación colombiana Olga Behar en el prólogo de la edición latinoamericana de este libro. Es un gran honor ponerme en sus zapatos como encargado del prólogo de esta edición española.

Un dato de Sin maletas: solo en América Latina, si los refugiados fueran un país sería el tercero más grande por número de habitantes, solo después de Brasil y México. Son más que las poblaciones enteras de Argentina o de Colombia. Otro dato: viene de países vecinos pero también del otro lado del planeta. Las voces de este libro vienen de Siria, de Afganistán, Palestina, El Congo, Eritrea, Ucrania, Iraq,  Rusia, Venezuela, Colombia, Guatemala y México.

Y vienen sin maletas.

Salieron con lo puesto. Cuando Essa Hassan sintió el estruendo de bombas y gritos desde su departamento de estudiante de la Universidad de Damasco, supo que tenía que correr. En Iraq, cinco mujeres yazidís consiguieron refugiarse en un centro de acogida tras ser violadas y vendidas por 50 dólares. En Eritrea, Filemón por poco logró escapar de su cárcel como esclavo del ejército.

El viaje es una tortura de la que con suerte salen vivos. Wali, un chico afgano, corrió por el campo para escapar de las balas de los militares. En Grecia, los refugiados sirios llegan con las últimas fuerzas o son vomitados en las playas por el mismo mar. Jamal, un refugiado palestino, está en manos de un funcionario de línea aérea que puede autorizarlo a volar o puede romper su sueño en pedazos.

Y cuando llegan, todavía falta mucho para que acabe la pesadilla. O peor aún: en la nueva tierra comienza otra. Martina consiguió salir del Congo con su esposo, amenazado de muerte, y dos de sus hijos; pero en un pueblo perdido en las afueras de Buenos Aires lucha cada día para traer a los siete hijos que le faltan y le duelen. Vera se alejó del daño inminente en Jimki, Rusia, pero en Argentina el mal que corroe a su familia sigue actuando en lo más profundo. Y la adolescente venezolana Raymar, que perdió a su marido en la vorágine de violencia de su país y huyó a Colombia con su bebé, sobrevive en lo que nunca hizo antes, dedicándose a la prostitución.

*          *          *

Me pongo en la piel de los autores. Se requiere valentía y temple para acercarse a estas historias. La primera reacción al escuchar esta colección de tristezas, es abrazarlos, llorar juntos. O apretar los puños y buscar a los causantes de tanto sufrimiento. O darles una mano, una ayuda, un consejo. Es difícil pedirle a los que han caído a un lugar más bajo de lo que imaginaban posible que vuelvan a recordar y cuenten su desgracia.

Pero hay que preguntar. Saber. Indagar. Y contar en estas crónicas precisas, duras y poéticas las historias de los sobrevivientes de un mundo en destrucción. Margarita Solano (el alma y compiladora de la colección y autora de uno de los textos más profundos), Agustina Grasso, Maddalena Liccione, Florencia Ángeles, Yabo Mora, Modesto Frías, Ximena Vélez, Luis Chaparro, Érika González, Leidy Campos, Luisa Ramírez, Eileen Truax, Yasna Mussa, Luis Chaparro, Javier Sinay y Gabriela Benazar costa lo hacen con respeto, con conocimiento de causa, con sabiduría narrativa.

No es fácil lo que ellas y ellos logran. Tras décadas de trabajo con víctimas, protagonistas y testigos del mal, me surge una y otra vez la pregunta: ¿Por qué querrían o deberían estos refugiados contarnos sus historias? ¿Qué puede llevarlos a abrirse a un extraño? ¿Qué puede ofrecerles una o un periodista, si nuestro gremio ha resultado en el mejor de los casos indiferente (y en el peor, nocivo) para sus pueblos, sus dramas, sus luchas?

Y si nos hablan, ¿qué esperan de nosotros? ¿Y cómo quedan después de abrir el horror que llevan dentro y ver cómo nos vamos con nuestras notas y grabaciones a cuestas?

Los jóvenes autores de estas crónicas (la mayoría nacidos en los ochenta, al arrullo de las dictaduras, guerras y guerrillas del continente) han leído mucha crónica pero también se han empapado en la historia, la antropología, la geografía de sus personajes. Por eso en estas páginas laten las voces y los relatos que acercan, que desatan la identificación con estos refugiados; pero también el contexto para entender de dónde vienen y por qué pueden aportar tanto en las tierras que los han acogido.

*          *          *

Sorprende la variedad de recursos narrativos con los que se cuentan estas historias.

Algunas secciones, por ejemplo, están narradas en primera persona: son los mismos personajes los que toman la palabra a través de la atenta escucha y organización de los autores. Es el caso de El bibliotecario que rehusó matar, de Luis Chaparro. Los momentos más dramáticos de Essa Hassán los cuenta él mismo, en un monólogo teatral y efectivo. Son las dos de la mañana. Por la ventana entra un grito que me despierta los sentidos. Allahu Akbar!

En otros momentos, los autores les relatan a sus entrevistados sus propias historias, como hace con poesía quirúrgica Margarita Solano con el ex guerrillero del M-19 de Colombia Markos, exiliado en México. Ningún mexicano del común que te viera hoy con tu pantalón beige, cinturón café que hace juego con la chamarra, camisa amarilla perfectamente planchada y un bigote arreglado, pensaría que veinte años atrás eras un guerrillero alzado en armas.   

Pero la mayoría de estos bellos y dolorosos retratos están contados en un empática tercera persona: el narrador toma el lugar de un lector atento, que pregunta, indaga, escucha, se deja empapar por estas historias de sobrevivientes heroicos.

Escribo estas líneas en tiempos muy duros para los refugiados y para los inmigrantes en general. Manifestaciones xenófobas, ataques racistas, gobiernos que cierran fronteras y deportan a los desesperados. En muchos países de Latinoamérica se olvida fácilmente o se oculta con alevosía el recuerdo de cuando las tornas estaban del otro lado.

¿Quién no desciende de algún antepasado que se hizo a la mar o se ensució con el polvo de los caminos para huir del hambre, de la guerra, del sin futuro? En Chile, donde vivo, hay quienes se quejan de la llegada masiva de venezolanos, cuando hace apenas una generación eran los chilenos los que buscaban huir de la dictadura de Pinochet y encontraron cobijo en la entonces pujante y pacífica Venezuela.

Que Sin maletas, con su cargamento de reveladoras y emotivas historias por desempacar, encuentre muchos y atentos lectores. Sus personajes somos nosotros, o lo que hay de más valiente y generoso en nuestras castigadas comunidades. Y sus autores son algunos de los más exquisitos cronistas que están transformando el periodismo narrativo en la lira y el fuelle con los que esta América Latina en ebullición se cuenta a sí misma.

La historia violenta de América Latina entra en escena

“¿Alguna vez fuiste a la guerra?
¿Alguna vez mataste a un hombre?”

Sobre el escenario del Teatro San Martín, el principal teatro público de Buenos Aires, Lou Armour, micrófono en mano, grita estas frases mientras sus compañeros de reparto David Jackson, Gabriel Sagastume y Marcelo Vallejo tocan guitarras y bajo eléctricos. Parapetado detrás de su batería, Rubén Otero aporrea los platillos.

“¿Alguna vez viste morir a un amigo?
¿Alguna vez fuiste a la tumba de un amigo con su madre?”

Es el final de Campo Minado, la obra de “teatro documental” de directora argentina Lola Arias sobre la Guerra de las Malvinas (de abril a junio de 1982).

Es teatro porque es la puesta en escena de un texto con personajes, tiene una clara progresión dramática que crece desde la entrada de cada uno de ellos en las fuerzas armadas, la preparación para el combate, las escenas de matar y ver morir compañeros, la vuelta a casa e intentar sobrevivir al horror), se usan disfraces y hasta máscaras, hay estruendo, efectos sonoros y música hecha entre todos.

Es documental porque todo lo que se cuenta sucedió realmente y cada dato, cada foto, cada mapa, cada documento y tapa de revista es producto de una investigación profunda.

Pero es algo más: en Campo Minado quienes ponen el cuerpo, la voz y sus propios nombres son veteranos de la Guerra de Malvinas de verdad.

Campo minado Lucía Sigal Reuters

Lucila Sigal/Reuters

A Lou Armour se le murió un oficial argentino en los brazos; el moribundo le habló en inglés y Lou no podrá olvidar jamás esa voz. Vallejo vio morir a un compañero en una espeluznante noche de combate; Otero era tripulante del Crucero General Belgrano y cuando lo hundieron en medio del Atlántico, pasó una noche helada en una balsa, mientras cientos de sus camaradas se hundían en el mar. Por eso le pega con saña a la batería en las ya más de cien representaciones de la obra.

Pero hoy es el miércoles 26 de setiembre y es una función especial para él. Vinieron otros sobrevivientes del Belgrano. La función terminó con todo el público de pie, aplaudiendo a los actores de sí mismos, que se dejaron la piel sobre el escenario.

A la salida, en el hall del San Martín, Otero, sus camaradas de guerra y sus compañeros de elenco, que fueron sus enemigos en la guerra, se sacan fotos, abrazados y exhaustos.

El género en el que se inscribe esta obra se llama teatro documental y está creciendo especialmente en América Latina como una vibrante amalgama de arte, periodismo y la rama del psicoanálisis llamado psicodrama.

Hay muchos antecedentes de teatro que denuncia males políticos y sociales contando historias verdaderas. Se suele mencionar como pioneros a Erwin Piscator (1893-1966), el innovador alemán que usó imágenes proyectadas, ruidos y películas en sus obras de denuncia política, y el suizo Peter Weiss (1916-1982), con su Marat-Sade interpretado por internos en un asilo, y sus obras basadas en documentos sobre Aushwitz y Vietnam. En Argentina, un referente insoslayable es Vivi Tellas con sus “biodramas”, donde ya aparecen personas reales hablando de sus vidas en escena.

Pero cuando hace una década Lola Arias juntó a hijos de guerrilleros, militares, activistas y víctimas de la dictadura militar argentina para que se interpreten a sí mismos en Mi vida después (estrenada en 2011), inició un camino que ya tiene retoños y que cruzó mares y cordilleras.

La premisa era simple y tremendamente efectiva: todos somos hijos de la dictadura, parecía decir Arias.

Y a partir de las formas en que estos adultos, que fueron hijos de personajes de una época oscura, empezaron a contar sus historias en los ensayos, el equipo creativo construyó un artefacto teatral de enorme potencia: se ponían en escena las voces, las historias contrastantes, las imágenes del pasado. Los mismos actores se grababan y proyectaban fotos, páginas de diarios, mapas y documentos. La realidad y la memoria se corporizaban sobre el escenario y explotaban en los recuerdos del público.

Esta obra cambió radicalmente la vida de sus participantes. Una de las actrices comenzó los ensayos con la sospecha de que su hermano no era hijo de sus padres, los terminó con la seguridad de que era hijo de desaparecidos apropiado por represores, y a medida que avanzaban las funciones, decidió declarar en el juicio contra su progenitor.

Cuando Mi vida después viajó a Chile, Arias realizó un taller con un grupo similar de chilenos, hijos de padres enfrentados por la dictadura de Pinochet. De 40 postulantes, la directora eligió a 11, entre ellos el director teatral Ítalo Gallardo. “Fueron tres meses intensos, y cuando mostramos el resultado, vimos que daba para una obra”, dice hoy Gallardo. La obra, que siete años después de su estreno sigue rodando con los mismos 11 personajes de sí mismos, se llama El año en que nací.

Y para Gallardo y su compañía La Laura Palmer, fue un parteaguas: desde entonces se dedican al teatro documental. La codirectora de la compañía Pilar Ronderos escribió y dirigió Hija de tigre, con tres mujeres sobre el escenario que cuentan y actúan sus relaciones conflictivas e irresueltas con sus padres. Y cuando lo entrevisté, Gallardo estaba a punto de embarcar a un festival en Brasil con Los que vinieron antes, una obra donde suben a escena sus propios abuelos a contar y mostrar objetos de la vida de obreros chilenos del siglo XX. Uno de ellos es analfabeto.

“Desde el principio sabíamos que no íbamos a hacer terapia”, dice Ítalo Gallardo. “No buscábamos solucionar problemas sino entender, desarmar, deconstruir”. Pero la obra chilena tiene, como explica Lola Arias en Mi vida después y otros textos, novedades que la hacen más compleja: por un lado, los personajes no tienen la misma visión de la dictadura, sus causas y efectos. Por otro, los participantes se dirigen al público para contarle estos mismos debates, decisiones e intimidades de los ensayos.

Para 2015, cuando Lola Arias comienza su proyecto de contar la Guerra de Malvinas con antiguos soldados de ambos bandos, su método de teatro documental está consolidado. Y ya se habían visto estas mezclas de teatro y performance de actores reales en otros países. Por ejemplo, en Bogotá la conocida actriz colombiana Alejandra Borrero estaba iniciando los ensayos de lo que en 2016 sería Victus, donde exguerrilleros de las FARC, ex militares y paramilitares, y víctimas del conflicto interno colombiano comparten escenario, cuentan sus historias, actúan en las memorias de los otros y danzan la coreografía de la reconciliación.

La mayoría de estos proyectos tratan de guerras, odios y muertos, recientes o lejanos. Mientras escribo esto, está en escena en Santiago de Chile la obra Matria, de la dramaturga, directora y actriz barcelonesa Carla Rovira. Es la historia de su tío abuelo, asesinado por la dictadura franquista en 1939, y cuyo cuerpo todavía está desaparecido. Entre los seis actores, Carla misma y su madre Ángela, quienes leen las últimas cartas y la sentencia de muerte de tío Enrique y discuten por qué recordar y remover, descalzas sobre virutas de aserrín ante un público sentado en círculo.

Desde la concepción inicial de Campo minado, Lola Arias quiso que los antiguos enemigos hicieran música juntos. Sagastume, Jackson y Vallejo perfeccionaron sus oxidadas dotes para la voz rockera y la guitarra. Otero ya era parte de una banda de tributo a Los Beatles. Y el gurkha  Sukrim Rai, el exótico sexto componente del elenco, canta una dulce melodía de su Nepal natal. Antes de conocerlo, a Gabriel le aterraban los gurkhas, que en imaginario de los soldados argentinos vendría con su sable curvo a degollarlo. Ahora dice que se rió cuando Sukrim dijo que no conocía a los Beatles.

La música ocupa el lugar del grito”, me dice Gabriel Sagastume. “Son momentos de descarga, liberación, aflojar, disfrutamos de estar en el escenario, sale a todo volumen. La letra de la última canción es pasarles la mochila a los que vinieron a ver. Como si les dijéramos: ‘Ayudame a sostenerla un poquito’”.

Tal vez esta implicación tan fuerte del público es lo que hace que estas obras de teatro documental tengan tanto impacto. Desde el mundo del periodismo ya se las ha empezado a reconocer como un desarrollo novedoso de contar con arte. El reconocido cronista y maestro de periodistas argentino Cristian Alarcón lo llama “periodismo performático”.

Para los participantes y el equipo creativo de estas obras, el poner el cuerpo y la propia historia para ayudar a otros a entender y reconciliarse con pasados dolorosos y no resueltos es un movimiento de gran generosidad. Para el creciente y cada vez más comprometido público que está abrazando el teatro documental, son como un espejo doloroso y esperanzador de los dolores y la curación por la verdad de los más enconados traumas de Latinoamérica.

“Ojalá podamos dejar de hacer estas obras”, dice Ítalo Gallardo. “Eso significaría que las heridas están curadas, que la gente ya sabe lo que nosotros venimos a compartir en escena. Pero para eso todavía falta mucho”.

Mientras tanto, en un teatro del centro de Buenos Aires, el ex marine inglés Lou Armour levanta su voz por sobre las guitarras y la batería que tocan sus antiguos enemigos para preguntarle, en un grito de angustia, a su público argentino:

“¿Alguna vez fuiste a la guerra?
¿Alguna vez mataste a un hombre?”

Una versión de este texto, con el mismo título pero como artículo de opinión más que como crónica, y más breve, fue publicada por The New York Times en español el 18 de octubre de 2018: https://www.nytimes.com/es/2018/10/18/opinion-teatro-documental-america-latina/

“El salto de papá” y la mirada hacia adentro de Martín Sivak

Martín Sivak logró un éxito espectacular narrando su historia familiar después de haber dedicado dos décadas a escudriñar las vidas de los otros.

El salto de papá tapa

Tuve el honor el mes pasado de realizar una entrevista pública con Sivak en la Apertura del Año Académico en mi Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile. También me pidieron escribir el texto con el que fue presentado como orador principal en la Ceremonia de entrega de los Premios de Excelencia en Periodismo, que entrega cada año nuestra universidad.

En ese texto de presentación basé estas líneas sobre este joven y admirado periodista convertido en reportero de sí mismo.

Sivak es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Historia de Latinoamérica por la de Nueva York, pero su carrera, su vida y su vocación ha sido siempre la de periodista. Trabajó durante dos décadas en medios argentinos y entrevistó a muchos de los protagonistas de la vida política de su país, desde el coronel golpista Mohamed Alí Seineldín hasta el líder guerrillero Enrique Gorriarán Merlo.

Sus principales libros periodísticos tratan de dos temas álgidos, donde mezclan el poder y la comunicación: la concentración y poder de los grandes medios, y la política y la lucha por la identidad en un país que desde Argentina se ve con desdén injustificado: Bolivia.

Escribió dos libros sobre el grupo Clarín, el conglomerado que cuenta y fabrica poder en Argentina (Clarín: El gran diario argentino y Clarín: La era Magnetto), que pronto serán publicados en inglés en un solo tomo.

Y coronó su trilogía de libros sobre política boliviana, como los dedicados a los generales Hugo Banzer y Juan José Torres, y al conflicto territorial entre Santa Cruz y La Paz, con una muy alabada y traducida “biografía no autorizada” del actual presidente, Evo Morales. El libro se llama, en un acierto de veterano titulador, Jefazo.

Pero fue con su último libro, El salto de papá, que despertó la admiración de críticos, ferias y festivales, editoriales y traductores. En menos de un año ya va por la octava edición y cinco directores se disputan la posibilidad de dirigir la película.

El salto de papá cuenta la historia de la vida y suicidio de su padre, un mal banquero y buen comunista, y de su tío Osvaldo, cuyo secuestro y asesinato marcaron una época en Argentina. Y al hacerlo, define un país y retrata una generación.  Se cruzan en sus páginas los muchos amigos y poquísimos enemigos de Jorge Sivak, figuras políticas como el ex presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse y artistas como el gran cantautor uruguayo Daniel Viglietti, miembros de su propia familia y sobre todo, una revisión intensa de su propia memoria.

En un país con tantos libros y tantas historias extrañas como Argentina, El salto de papá es ya un clásico instantáneo de la literatura de no ficción.

¿Por qué? Creo que causa a la vez reconocimiento y extrañamiento. Todos los que vivimos en Argentina la época en que secuestraron y mataron al tío de Martín (el famoso “Caso Sivak”) lo vivimos como un hecho traumático que se colaba en las noticias de diarios, radios y televisión, en las conversaciones de sobremesa, y que envenenó la política de su tiempo con una fuerza como la que cobró en estos últimos años la muerte del fiscal Alberto Nisman. Y los que no lo vivieron, pueden reconocerse en una Argentina como la que salía a tientas de la dictadura en los ochenta.

En el caso del suicidio de Jorge, menos recordado socialmente, es un drama humano contado por un hijo que todavía extraña a su padre y quiere entender qué pasó y por qué.

El camino para entender el suicidio de un padre siempre es doloroso: Martín Sivak leyó y comenta en su libro obras de hijos atribulados, enojados o nostálgicos (como El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince sobre su padre asesinado), y también buscó en textos sobre el suicidio respuestas y alivio. Y en el relato minucioso y amoroso, se muestra una historia que no fue todo tragedia: cuando lo entrevisté ante los alumnos de la carrera, rescató risas y alegrías de su infancia y adolescencia, un pasado al que aferrarse.

Ante una pregunta de un alumno que no había cumplido los 20 años, Sivak dijo que este libro era algo excepcional, único, en una carrera que comenzó y seguirá hablando de los otros, no de sí mismo.

Pero con El salto de papá tocó una fibra profunda, tanto en Argentina como en otros países donde está llegando este libro excepcional. Es el caso emocionante y aleccionador del escritor de lo ajeno que vuelve, por una vez, la lupa hacia su propia historia y sus dolores, y nos enseña a mirarnos mejor y con más verdad al espejo.

Pescado Rabioso de Carlos Tromben: Investigación periodística con sabor a novela

La semana pasada el novelista, periodista y maestro Carlos Tromben me convocó para presentar su último libro. Fue en la exquisita librería del Centro Cultural Gabriela Mistral, y fue mi debut como presentador de libros en Chile.

Tromben Pescado rabioso tapa

Creo que además de porque es mi amigo, Carlos me invitó por el nombre de su libro: Pescado rabioso, como el grupo del incandescente Luis Alberto Spinetta, el mago musical de mi adolescencia. El genio que no cruzó fronteras, como el otro gran roquero de su generación, Charly García, pero está en los corazones de todos los amantes de la música de mi país.

El Flaco Spinetta es el que llevó el espíritu, la libertad, el humor y la melancolía del jazz al rock latinoamericano. Y Pescado rabioso (canciones como Post-crucifixión, Crisálidas, Cementerio Club, Madre Selva, y sobre todo Todas las hojas son del viento)  es mi búsqueda de belleza, de sentido y de un espejo para verme y entenderme.

Pero tanto en la música como en este libro de investigación económica, el concepto de un “pescado rabioso” es una contradicción: el que puede sentir y actuar con rabia es el pez vivo. El pescado muerto solo transmite enfermedades, como el salmón del sur de Chile. No puede ser rabioso. Para sentir rabia hay que estar vivo.

Tal vez de eso trata esta fascinante novela de no ficción de Carlos Tromben: de la vieja derecha chilena, que aún muerta se muere de rabia y muerde como un pescado rabioso. Yo le agradezco mucho esta invitación. Lo conocí hace año y medio en ese extraño café en medio del Parque Bustamante donde la gente se cita y se encuentra pero no puede hablar porque otros leen. Allí planeamos algo en lo que estamos ahora: el diplomado de escritura narrativa de no ficción.

Carlos es profesor de cómo contar el pasado y hacerle preguntas a los archivos para que cuenten historias apasionantes. Y es de los mejores tutores. Este año estamos otra vez en la lucha por enseñar esto. Y él con este libro se coloca como maestro de lo que enseña, practicante magistral de lo que predica, y ejemplo de ese matrimonio siempre en peligro y en pelea de literatura y periodismo, el terreno que nos marcó y describió Tom Wolfe, el faro del periodismo narrativo que acaba de morir.

Hay muy pocos en América Latina que como Wolfe supieran de herramientas literarias y de economía y finanzas. Cuando le pregunté a Wolfe quién leía, me nombró a Michael Lewis, el único de los nuevos periodistas que cuenta subidas y caídas de la bolsa, escándalos financieros y luchas entre agentes de bolsa como si fueran batallas de El señor de los anillos. De él leí Poker de mentirosos, y Bumerang, viajes por el nuevo tercer mundo.

En México, Diego Enrique Osorno, entre los Zetas y carteles de la droga, la historia de Carlos Slim, el multimillonario sin escrúpulos visto en su país como en una especie de Papá Noel o Viejo Pascuero siempre a punto de salvar el país pero que termina salvándose sólo él mismo.

En Argentina, Hernán Iglesias Illa con Golden Boys, los jóvenes traders que desde Wall Street llevaron a su propio país al borde de la quiebra. Y poco más.

Este nuevo libro de Carlos se lee para mí como sus novelas, como La señora del dolor, la historia de un inmigrante japonés que poco a poco y sin errores ni contratiempos va consolidándose como empresario y se sitúa como heredero e hijo de su maestro y protector. Ese libro es de los pocos que funcionó para mí y también se lo regalé a mi mamá. O como la historia de la masacre de obreros en Santa María de Iquique. Una historia de violencia y represión.

Este Pescado rabioso, que tiene la sabiduría del fabulador pero es todo real, es un plato agridulce. Tiene entre sus méritos que explica con claridad y pasión hechos complejos, como un amigo, no como un maestro ciruela. Nos supone inteligentes, pero cuenta a sus lectores chilenos cosas que se creían conocidas: pero no. ¿Cómo hace para contar cosas conocidas sin que nos veamos tontos? Con sumo respeto, expresado sobre todo en lo pulido del estilo.

La pluma de Tromben me hace ver a estos protagonistas de la política chilena como personajes de novela. Pablo Longueira es un Golum que se cree Frodo. Y a su maestro y mentor, Jaime Guzmán, el ideólogo de la derecha asesinado por guerrilleros tardíos, lo veo como un Saruman que se cree Gandalf.

La historia empieza con dos personajes secundarios, sacados de la picaresca del Siglo de Oro Español: el periodista ventajero Giorgio Carrillo y la diputada Marta Isasi. Pícaros sin suerte. Y termina con la entronización de Sebastián Piñera, el personaje casi japonés que sabe triunfar al fracasar.

De todo se levanta, ninguna caída es definitiva.  Es como esos personajes de Schwarzenegger o Bruce Willis que los dan por muertos y vuelven a levantarse siempre.

El agonista de esta historia, Pablo Longueira, el otrora joven promesa de la derecha que creyó llegar su hora cuando su rival lo nombra ministro solo para que se destruya solo, es lo contrario: al triunfar, fracasa.

Tromben es insultantemente culto, pero no alardea de eso y el lector lo siente como un amigo más que como un maestro ciruela: al final cita y analiza en el mismo párrafo a Sigmund Freud y a Nicolás Maquiavello para dar espesor a ese extraño personaje de la derecha chilena.

¿A quién se le hubiera ocurrido hacer una novela de no ficción, un relato de periodismo literario, con los avatares de las leyes que regulan la pesca en Chile? Carlos Tromben lo logró. El libro se lee de un tirón y cuenta mucho más de lo que aparentemente abarca: es la política chilena vista con mucha sutileza y profundidad.

Para entender por qué alguien tan extraño como el actual y reforzado presidente Sebastián Piñera ha sido capaz de unir los reinos de la derecha en este país, para entender las oscuras relaciones entre los grandes grupos económicos (que no son 7 familias, como dice el mito, sino algo mucho más complejo) y el poder político, en este libro está la respuesta.

Y además, es una delicia de lectura.