Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

Exterminad a todos los salvajes, tremendo libro del desmesurado reportero sueco Sven Lindqvist, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios:

“Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

1. No hubo excesos: el exterminio era el plan

Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

2. Historia de los ‘daños colaterales’

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura deeste segundo libroes de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia.

Bibliografía en castellano

Sven Lindqvist: Historia de los bombardeos (Turner, 2002)

Sven Lindqvist: Exterminad a todos los salvajes (Turner, 2004)

 

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El arte de que te rompan la nariz

En estas fiestas quería rescatar al maestro de los excesos, el Gran Gonzo Hunter S. Thompson. Parece que su prosa fluye como el chorro descuidado de un adicto con mono, pero todo está cuidado hasta el detalle, y en sus libros se cuelan citas clásicas para quienes saben encontrarlas. Publiqué estas líneas el año pasado en el diario Perfil de Argentina, en la época en que mi amigo Maxi Tomás lo enriquecía con un excelente suplemento cultural.

Una mañana de finales de 1965 el editor del primer libro de Hunter Thompson lo llamó para decirle que todo estaba listo. Todo estaba a punto para publicar la obra que lo lanzaría a la fama y crearía el periodismo gonzo, de inmersión a fondo en mundos de drogas, sexo y violencia para contarlo con la prosa alucinada de un poeta y los datos precisos de un periodista de sí mismo. El libro se llamaría Los ángeles del infierno, una extraña y terrible saga.

Era un perfil a la vez cercano y crítico de la banda de moteros que para la derecha era el símbolo de lo anti-norteamericano y para la izquierda, ejemplo de rebeldía juvenil. Thompson se pasó un año bebiendo cientos de litros de cerveza con la banda, se compró una moto para seguirlos y descubrió que no eran rebeldes con causa sino enamorados de la velocidad, de la libertad para hacer el gamberro, del machismo y de la violencia. El idilio con la izquierda se rompió un año después, cuando irrumpieron en una marcha contra la guerra de Vietnam y molieron a palos a los manifestantes.

El texto de Thompson se un alucinante viaje al corazón de un grupo profundamente norteamericano. Para el autor, eran los auténticos herederos de la tradición de los cowboys, los aventureros del Oeste. Bebían hasta caer desmayados y pegaban y violaban a las mujeres. Seguramente como los verdaderos cowboys. Los diálogos del libro son precisos, punzantes y reveladores. Nadie da discursos. Hablan como habla la gente, sobre todo la gente borracha y drogada. Y las descripciones son específicas, poéticas, pegadas a lo que ve y oye y al mismo tiempo, llenas de citas literarias y religiosas. 

Pero al libro le faltaba algo: le faltaba la foto para la portada. Así que seis meses después de las jornadas infernales, meses después del último contacto con ellos, Thompson se volvió a echar a la carretera para sacarles fotos. Y todo salió mal. O muy bien, según cómo se lo vea.

Esto lo cuenta Marc Weingarten, quien escribió la biografía conjunta de esta pandilla de soberbios inadaptados que formó lo que el más soberbio de ellos, Tom Wolfe, llamó Nuevo Periodismo.

En el libro de Weingarten, The Gang  That Coudn’t Write Straight (La banda que no podía escribir recto) salen Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Truman Capote, Gay Talese y el más loco de la banda, el joven Thompson.

La cosa es que Hunter tomó su cámara de fotos y volvió a la carretera con sus Ángeles del infierno. En el lago donde acampaban y se bañaban con sus jeans mugrientos – nunca se sacaban la ropa de andar en moto para bañarse – Thompson les tomó decenas de fotos. Pero se armó una bronca. Uno de los Ángeles empezó a golpear a su novia. Thompson la defendió, y pronto se vio rodeado por los personajes de su libro. Su editor dijo después que de toda su investigación, él debía haber previsto lo que iba a pasar. Lo molieron a golpes. Le rompieron la nariz.

Con la nariz sangrando logró subirse a su coche y condujo hasta el pueblo más cercano. Ahí se encontró con una pandilla local de para-policías dispuestos a darle una lección al primer Ángel del Infierno que se apareciese. Estaban podridos de las visitas de la banda de indeseables. Condujo un par de horas más y se encontró con la sala de emergencias del hospital llena de miembros de los Gypsy Jokers, una banda rival a la que los Hell’s Angels acababan de dar un paliza. Hunter Thompson terminó de arreglarse la nariz él solo, con la ayuda del espejo retrovisor de su coche.

Jim Silberman, su editor en Random House, lo tenía claro: tu método de investigación, le dijo, consiste en atarte a la vía del tren cuando sabes que viene el expreso, y quedarte a ver qué pasa. Lo que estás buscando no es la foto, sino una escena fuerte para el final del libro. Querías que te partieran la cara.

Nadie había hecho ese tipo de periodismo antes. O si lo hicieron, no lo llamaron periodismo. Ahora, 40 años después del nacimiento del Nuevo periodismo, estoy convencido de que si seguimos leyendo sus textos luminosos como Hells Angels y aplicando sus métodos es fundamentalmente por el enorme talento, la mirada única para mirar y entender su tiempo de cambios y la voz que cada uno creó para sí mismo: una voz literaria, tan reconocible como sorprendente, para los hechos periodísticos.  

¿Y de dónde venía este genio? Thompson había nacido en Kentucky, en el corazón rural del Sur. Muy joven demostró su capacidad para ser echado a patadas de escuelas, empleos y asociaciones. Lo echaron de la revista de su colegio, lo echaron del liceo militar, donde recaló para escapar de casa, lo echaron de la revista Time y del diario Middletown Daily Record. Se marchó a trabajar a Puerto Rico, al diario El Sportivo, y de ahí no lo echaron porque el diario cerró antes de que pudiera protagonizar alguno de sus habituales escándalos.  

Mientras tanto, había escrito dos novelas, se había casado, había intimado con los popes de la generación Beat y estaba listo para dar el salto: cuando el director de la revista de izquierda The Nation le propuso hacer un artículo sobre los Ángeles del Infierno, saltó sobre la moto y los siguió de la forma intensa, personal, a fondo, que creía que correspondía a la tarea que tenía entre manos. Fue muchos años después, cuando Jan Wenner, el mítico fundador de Rolling Stone, le propuso que viajara a Las Vegas para cubrir una delirante carrera con un abogado mexicano, que Thompson se lanzó deliberadamente a presentar su método como algo nuevo, llamado Gonzo.

De ese viaje salió Miedo y asco en Las Vegas, y la consagración definitiva en 1972. A partir de entonces, casi todas sus grandes crónicas salieron en la revista de rock. De hecho, Thompson fue el mejor y el más entusiasta de los que vieron que Rolling Stone no debía ser una revista sobre rock, sino de y para la generación del rock sobre todo lo que estaba cambiando en el país y el mundo, de Vietnam al secuestro de la democracia por las grandes corporaciones, y de las nuevas normas sexuales en la pareja a las revueltas en el Tercer Mundo. Para la revista Thompson cubrió las elecciones de 1972 y 1976, y siguió escribiendo sobre política hasta la época de su odiado George W. Bush. Siempre con miedo y con asco.  

Se suicidó en 2005, de un escopetazo. Sus amigos dijeron que estaba sufriendo mucho, tanto física como espiritualmente. Y no quería dar lástima. Con su absoluta falta de sentimentalismo, dejó escrito en un papel lo más parecido a una nota de despedida, jugando con la pasión por el fútbol americano, que nunca dejó de apasionarlo. “Football sesason is over. Se acabó la temporada, chicos.

Y todo había empezado en esa aventura de los moteros impresentables, y el día en que Hunter Thompson descubrió que la única forma en que podía hacer su periodismo sin concesiones era lograr que le rompieran la nariz, y vivir para contarlo. Todavía lo veneramos.

Siguen viniendo y pasando periodistas de lo obvio, que son como el pregonero que lee el bando del preboste en la plaza. Al leer su cháchara, no puedo dejar de escuchar un lejano rumor de flauta. Es Hunter Thompson, el Flautista de Hamelín del periodismo narrativo, que toca su feroz cacofonía destemplada y lo seguimos hasta tirarnos por el precipicio.

Anna Politkovskaya: Tolstoi en Chechenia

Aprovecho la salida de mi libro Periodismo narrativo en Publicaciones de la UB para compartir una versión resumida del epílogo, dedicado a la gran cronista rusa Anna Politkovskaya, asesinada hace seis años. Lo llevé a las presentaciones en Barcelona y Madrid, pero como siempre pasa, improvisé, hablé sin papeles, contesté preguntas y no leí este texto. Pero quería que se recordara a esta maravillosa colega.

Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados. Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado.

Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn.  Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada. “Mejor sería que no fueran”, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica.

En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa que trataba de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte.

Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar. Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin. Pasado el momento de dramatismo, la conferencia de Bonn siguió por los cauces habituales. Pero yo no me podía sacar de la cabeza la participación destemplada, fuera de tono, de la reportera rusa cuyo nombre, en los documentos de la conferencia, no me decía nada.

Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia y Terror en Chechenia, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco.

Anna Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. Allí convivió con los perseguidos y se ganó la confianza de todo tipo de chechenos, desde los que participan en las guerrillas o las apoyan hasta los que quieren parar la guerra o se limitan a sufrirla con infinita resignación.

También se adentró en los batallones rusos, resaltando los casos aislados y emocionantes de decencia y valentía en algunos soldados y oficiales, intentando entender el por qué y el cómo de la represión brutal e inhumana que transforma a la mayoría de estos militares en animales.

A diferencia de muchos libros de denuncia, contados en el lenguaje del informe policial, acumulando datos sin arte ni concierto, sus libros van mucho más allá del memorial de agravios: son novelas contadas en un estilo que debe más a las novelas de Tolstoi y Dostoievsky que al periodismo de investigación de nuestro tiempo.

En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Anna Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción inteligente, una historia bien contada. Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana, de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten en el lugar más espantoso del mundo.

En Terror en Chechenia, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.

Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio – casi el único por atrocidades en Chechenia – y la defensa del coronel y los medios afines al gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo.

Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian.

Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable.

La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Anna Politkovskaya en el portal de su edificio.

Pasaron seis años. En la farsa de juicio no se dio con los culpables. Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano, casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza.

Anna Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final.

¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y golpear.

Medio siglo pensando el mundo con Mario Vargas Llosa

Comienza el 15 de abril de 1962, siguiendo a un grupo de estudiantes peruanos que peregrinan a la tumba de César Vallejo en París y termina, 50 años y 4.319 páginas más tarde, en el despacho del presidente uruguayo José Mujica, el día en que redacta el proyecto de ley para despenalizar la tenencia y uso de marihuana.

Los tres tomos de la obra periodística completa de Mario Vargas Llosa, cuya cuidada edición encargó Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores a Antoni Munné, repasan gran parte de los grandes acontecimientos históricos, los cambios sociales y las aventuras literarias e intelectuales que jalonan este medio siglo desde la perspectiva siempre reconocible del gran novelista.

En la introducción clara e instructiva, Vargas Llosa traza la línea infranqueable que divide su producción literaria de su ingente obra periodística. Así describe su prosa de articulista: “En estos textos hay un esfuerzo constante de racionalidad, de analizar asuntos concretos y opinar sobre ellos con argumentos accesibles a cualquier lector, y una utilización del lenguaje como algo funcional, que rehúye lo llamativo y trata que las palabras alcancen esa transparencia que las vuelve invisibles”.

Y así define su ‘yo’ novelista: “cuando escribo literatura, (…) las palabras no pueden ser jamás, como en el periodismo, solo un intermediario, sino también, al mismo tiempo, un fin en sí mismo, una manera de expresarse que determina la personalidad de una historia, ese sutil elemento que la libera de ser una mera representación objetiva de la vida y le imprime soberanía, una vida propia y distinta de la real”.

A juzgar por esta impresionante colección de artículos, Vargas Llosa nunca dejó de verse con esa doble naturaleza. Como periodistas, es el tipo de intelectual público que trae a la mesa los temas, las historias y los autores que cree que deben debatirse, y conserva a lo largo de todos estos años la absoluta convicción de que su propia voz es importante y necesaria en esa conversación. Desde esa convicción contó y opinó durante medio siglo sobre una asombrosa variedad de temas para diarios y revistas de Perú, de Francia, de España, y ahora para un público global que espera quincenalmente su Piedra de toque, nombre que adoptó su columna cuando empezó a publicar en El País.

Piedra de toque remite a una piedra mitológica que sirve para medir el valor de los metales. Tanto le gustó este nombre que lo aplica ahora a su obra periodística anterior, y creo que acierta: cada uno de sus textos es una búsqueda de medir el valor, el significado y la lección que nos da lo que cuenta. Opinar es para Vargas Llosa juzgar, valorar, aprobar o rechazar. Al terminar cualquiera de sus textos, siempre sabemos si el libro, el artista, el político o la política de los que habla le parecen buenos o malos.

La gran mayoría de sus columnas, de unas cuatro páginas, tienen la misma estructura, ya sea que comenten una función de ópera, su retorno a la ciudad donde pasó parte de su juventud, o la elección de Aznar como presidente del gobierno español: primero cuenta, resume, da sentido a los datos dispersos de las noticias, y luego valora y explica su valoración. En la mayoría de los casos, el relato muestra una inteligencia de primer orden, y la opinión es sincera, valiente y clara, más allá de que uno pueda o no estar de acuerdo.

El libro incluye también otros dos tipos de textos: por un lado, una serie de relatos de viaje que permiten ver mejor y desde adentro su obra novelística: cuenta las búsquedas por el Congo, por la Polinesia, por República Dominicana, por el altiplano boliviano y las selvas de Brasil de los que luego saldrán sus novelas. Y por otro, contiene, en su tercer tomo, dos obras periodísticas de más enjundia, que escapan al articulismo: sus viajes a Iraq en 2003 y a Israel y Palestina en 2005, disfrazado de insólito, perspicaz y valioso reportero de guerra.

Después de la lectura exhaustiva de tantos artículos, no parece haber tema o hecho de importancia capital que se le haya escapado. Pero muchas veces parece como si su afán por separar la escritura periodística de la literaria le llevara a intentar evitar el fulgor verbal y a juzgarlo todo y a todos.

En la combinación de ambos afanes puede llegar a sonar repetitivo. A medida que pasan los años, su adscripción a lo que llama ‘liberalismo’, y que en España muchos identifican con derecha dura, hace que su lector, una vez comenzada la lectura, ya sepa cómo va a terminar: qué políticos o líderes le parecerán estupendos y cuales dignos de vituperio, y por qué.

En una de las tantísimas columnas que comienzan como reseñas de libro para transformarse en valoración de un tema político o social, habla del relato que hace la crítica de arte francesa Catherine Millet de sus numerosísimos encuentros sexuales con conocidos y desconocidos, La vida sexual de Catherine M., publicado en 2001.

Por la mitad comenta, aparentemente agradecido, que Millet “no exhibe su riquísima experiencia en materia sexual como una bandera reivindicatoria, o una acusación contra los prejuicios y discriminaciones que padecen las mujeres todavía en el ámbito sexual. Su testimonio está desprovisto de arengas y no aparece en él la menor pretensión de querer ilustrar, con lo que cuenta, alguna verdad general, ética, política o social”.

Muchas veces, en la lectura de sus casi mil artículos, este comentarista sintió el deseo de que Vargas Llosa se aplicara a sí mismo el principio que encuentra elogiable en Millet. Pero no: de lo que sucede en Madrid, en Barcelona, en Bilbao, en París, en Lima, en Buenos Aires, en Nueva York o en Tokio, de lo que hacen grandes líderes mundiales, artistas innovadores o seres anónimos, siempre levanta el dedo índice en sus últimos párrafos para concluir adosándonos una verdad general, ética, política y social.

Los lectores de Mario Vargas Llosa, que son legión, por supuesto se lo perdonarán: la lectura siempre es gozosa e instructiva, siempre se agradece la erudición, la inteligencia, la sensibilidad y el estilo pulido del más grande escritor vivo en lengua castellana. En cada página de Piedra de toque se aprende algo, y en muchas nos obliga a repensar lo que creíamos saber.

Este ensayo fue publicado el 31 de octubre de 2012 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia

¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

Desde hace muchos años, escribo críticas, comentarios y ensayos sobre libros de periodismo. Ahora lo hago principalmente en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Este año me pidieron reseñar dos voluminosas antologías de la vibrante ola actual de textos periodístico-literarios de América Latina y España, que sacaron Anagrama y Alfaguara. Todos fueron escritos en el siglo XXI. Tal vez muestren el camino de futuro en la prosa en castellano. Esta es una versión del ensayo que publiqué en abril en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia sobre las antologías Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo. Las antologías están esparciéndose por Hispanoamérica, y el género crece.

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  ¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

¿Reportaje, crónica, contracrónica, artículo, nota, análisis, ensayo, relato de viajes o artículo de costumbres? Las definiciones y límites varía de país en país, de generación en generación. De ese marasmo, hace poco más de una década, y en gran parte por el influjo y la influencia de la Fundación Nuevo Periodismo creado por Gabriel García Márquez, los escritores y periodistas latinoamericanos se pusieron de acuerdo en llamar ‘crónica’ al relato de historias reales compuesto con las herramientas narrativas de la ficción.

 Los padres fundadores de este periodismo literario son, entre otros, el mismo García Márquez, los argentinos Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, los mexicanos Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Daniel Samper Pizano, el cubano Guillermo Cabrera Infante.

 Pero las antologías que acaban de publicar Anagrama (cuyo antiguo dueño, Jorge Herralde, apostó desde el comienzo por el género) y Alfaguara (que últimamente está pisando fuerte en este terreno)  no incluyen textos de ninguno de estos viejos maestros. Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo, contienen muchas estupendas crónicas, casi todas publicadas originalmente en revistas. Sus autores tienen un promedio de 40 años, y un puñado de ellos serán los maestros de la siguiente generación.

¿De dónde surgió esta fauna? Sus tres miembros más reconocidos nos ayudan a entender la crónica como punto de encuentro: el mexicano Juan Villoro viene del mundo de la literatura y se acerca a la realidad desde el conocimiento acerado del buen escribir. Villoro encontró en la calle un mundo extraordinario, más variado y dramático que el producto de la imaginación desbocada. Tanto él como el chileno Pedro Lemebel o el colombiano Juan Gabriel Vázquez son reconocidos novelistas y ensayistas, y la no ficción es una prolongación de su afán narrativo.

Por su parte, la argentina Leila Guerriero, se formó como periodista, y se acercó a la crónica a raíz del desencanto por la forma chata, poco imaginativa con la que estaban escritas las noticias en los medios. Guerriero, como la colombiana Juanita León, el argentino-chileno Cristian Alarcón y la peruana Gabriela Wiener, hallaron nuevas maneras de contar lo que ven y viven abrevando en las descripciones de Ernest Hemingway, en los diálogos de Raymond Carver, en la diablura verbal de Julio Cortázar o el rigor de Jorge Luis Borges para hacer filosofía mientras cuenta una historia.

El argentino Martín Caparrós es un bicho raro: es todas esas cosas a la vez, y además polemista, creador de formatos de radio y televisión y personaje público formidable. Por eso, muchos lo consideran el actual ‘pope’ de la crónica latinoamericana.

En las antologías de Jaramillo y Carrión figuran estos ocho, y muchos otros. Se complementan, dialogan. La mirada de Carrión es desde adentro: viene trabajando desde hace años en periodismo narrativo y con la mayoría de sus antologados. Su introducción es excelente: informativa, polémica y muy bien escrita. Jaramillo mira el fenómeno desde afuera: en su introducción cita largamente a los cronistas y a los expertos del Nuevo Periodismo norteamericano, y transmite el entusiasmo del converso.

¿Cuál es mejor? Para mí, la de Anagrama es más coherente: son textos largos, la mayoría producto de la investigación periodística y la búsqueda de una narración literaria. Como Un año en la vida de Haití, un estupendo retrato de la agonía haitiána, de Maye Primera. La de Alfaguara, con más del doble de textos, se dispersa en muchos más géneros: junto con genuina crónica periodística, hay ensayos, entrevistas, relatos de experiencias personales y hasta se adentra en textos sacados de blogs. Entre las dos, muestran la riqueza y pujanza de una generación que tal vez logre salvar del suicidio a la prensa escrita y que con seguridad nos harán ver y entender mejor el mundo que nos rodea.

Enlaces de interés:

 http://www.alfaguara.com/es/libro/antologia-de-cronica-latinoamericana-actual/

http://www.anagrama-ed.es/titulo/CR_97