Canciones grandes para chicos: homenaje a María Elena Walsh

Pasan las generaciones, cambian las modas y se revoluciona la tecnología, pero la mayoría de las canciones ‘para niños’ siguen siendo las mismas cursilerías llenas de almíbar, moralejas y condescendencia.

Más que la moralina y lo rancio de los mensajes de las canciones, lo que más me molesta es lo previsible de los argumentos y las rimas. Las gallinas se las pasan poniendo huevos, los zorros robándolos y los pavos reales luciendo sus plumas. Las niñas sueñan con casarse, los niños con hacerse ricos y todos terminan bailando rondas mareantes.

Pero hubo un momento mágico en que una creadora genial demostró que otra canción infantil era posible. En la década de 1960 en Argentina y su zona de influencia cultural una joven poetisa descendiente de irlandeses, María Elena Walsh, se apiadó de los chicos – ella nos llamaba, con cariño e ironía, ‘cebollitas’ – y se puso a componer canciones que empezaron a tratarnos como personas maduras pero chiquitas, inteligentes, capaces de entender y apreciar ideas complejas y palabras nuevas. En resumen, como un público merecedor de buenas, y hasta grandes, canciones, como El reino del revés, La pájara pinta, El twist del Mono Liso o Canción de tomar el té.

Los de mi zona del mundo y los de mi generación… ¿se acuerdan?

“Estamos invitados/a tomar el té./La tetera es de porcelana/pero no se vé./Yo no sé por qué”.

“Yo soy la pájara pinta,/viuda del pájaro pintón./Mi marido era muy alegre/y un cazador me lo mató/con una escopetita verde/el día de San Borombón”.

“¿Saben saben lo que hizo/el famoso Mono Liso?/A la orilla de una zanja/cazó viva una naranja/¡Qué coraje y qué valor!/Aunque se olvidó el cuchillo/en el dulce de membrillo/la cazó con tenedor”.

“Me dijeron que en el reino del revés/nada el pájaro y vuela el pez;/que usan barbas y bigotes los bebés/y que un año dura un mes”.

No tuve que buscar libros, ni discos, ni meterme en Internet para escribir estos versos: estas y otras cuarenta o cincuenta canciones están bajo mi piel, zumbándome en los oídos, en mi ADN literario, son la riqueza que le transmití a mi hijo José Pablo desde antes de que supiera hablar.

Hoy su música es muy distinta, muy alejada de la estética de María Elena. Sin embargo, el otro día lo desafié a que sí se acordaba de todas estas canciones.

“Estaba la reina batata…” , empecé, y le salió sin esfuerzo “sentada en un trono de lata”.

*          *          *

Hace dos años, el 10 de enero de 2011, murió María Elena Walsh en su casa de Buenos Aires, después de una larguísima enfermedad que le fue minando las fuerzas pero nunca la inteligencia, la ironía y la mala leche divertidísima que sólo destilaba para sus amigos.

Hoy María Elena sigue enriqueciendo con su voz grave, expresiva nuestro paisaje sonoro. Lo hace de una forma que parece simple, pero que tiene detrás una cultura asombrosa. Usa métricas venidas del Siglo de Oro español o de la poesía satírica inglesa, las coloca en géneros musicales antiguos tratados con esmero, como zambas, gatos, chacareras, tangos, valses camperos y citadinos, así como citas cultas pero no soberbias a melodías del jazz y de la música clásica.

¿Y dónde están hoy los seguidores de María Elena Walsh? Los padres de la ‘generación Manuelita’ tuvimos que cantar y hacer escuchar a nuestros hijos las mismas canciones de nuestra artista, porque si vamos a las disquerías o prendemos la tele para ver algún programa infantil, comprobamos que siguen dominando las sandeces pueriles, el imitar el habla de los tontos con agudos patéticos y risas bobaliconas, y las canciones son otra vez simplezas banales, como si María Elena Walsh no hubiera existido nunca.

Tal vez, sin quererlo, la culpa sea de María Elena. ¿Cómo inventaba esos argumentos? ¿Cómo le salían esas rimas? ¿De dónde surgían esas melodías redondas y luminosas? Dio el ejemplo pero nadie fue capaz de seguirlo.

Pero no todo está perdido: nos siguen quedando sus canciones, ahora casi para los nietos de su generación, tan vigentes como cuando no había ni ordenadores ni videojuegos, como cuando la televisión era en blanco y negro y una poetisa se atrevió a soñar para los niños en colores de estreno.

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Es tiempo de periodismo activo

En tiempos de crisis, lanzamos una nueva colección de libros.

El 10 de diciembre de 2012 presentamos en Barcelona la colección Periodismo Activo, de Publicacions de la Universidad de Barcelona. Dos días más tarde lo presentamos en Madrid. Salieron sus dos primeras obras: mi Periodismo narrativo y Ética del periodismo, del catedrático de ética y decano de Filosofía de la UB Norbert Bilbeny.

En Barcelona nos presentó la periodista y escritora Margarita Rivière; en Madrid, el director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Ambos me enriquecieron con sus comentarios y me ayudaron a ver mi propio libro de otra manera.   

Quiero compartir aquí unas palabras que preparé para la presentación en la librería La Central del Raval, en Barcelona, donde vinieron más de 50 amigos, colegas, alumnos y ex alumnos. Por supuesto, no lo leí sino que improvisé a partir de estas ideas.

¿Por qué Periodismo activo?

Es asombroso y valiente que una universidad pública apueste por una nueva colección de libros de periodismo en medio de unos recortes brutales al presupuesto social, cultural, y en especial al destinado a las universidades, que supuestamente deben ayudar a sacarnos de esta crisis con su producción de conocimiento, pensamiento crítico y ciudadanos formados e informados.

En este proyecto tuvieron mucho que ver el vicerrector Pere Quetglas, la directora de Publicaciones y Ediciones de la UB, Meritxell Anton y sus predecesores, Joan Duran y Jordi Raventós. Y también un equipo editorial con gente tan valiosa como la editora Alicia Ferrer y la encargada de prensa y mercadeo Cruz Artidiello; y en el caso de estos dos libros, el lujo de contar con grandes periodistas para las fotos de las portadas: Leo Faccio y Gianluca Battista.

En los años de creaciones y cambios, casi todos propuestas de Meritxell, le dimos vueltas al nombre de la colección. Una de las propuestas era Periodismo Actual.

Pero no queríamos que se hablara solo del periodismo de hoy. Queríamos traer también del pasado buenos ejemplos de una tradición que en nuestro oficio muchas veces se pierde en el olvido. También es esa una de las funciones de la universidad: recuperar el pasado, mantener viva la llama de las luchas que se dieron por la libertad de prensa, de opinión, por el derecho a ser informados. Y queríamos adelantarnos al futuro, soñar y advertir.

Nos quedamos con Periodismo Activo, que pone en primer lugar una palabra más necesaria que nunca.

No es tiempo de periodismo pasivo. No es tiempo de cubrir pasivamente actos, anuncios, ruedas de prensa sin preguntas, informes y decisiones del poder.

Es interesante la polisemia de esta palabra, cubrir. Empezamos pensando que nuestra tarea es cubrir lo que hacen otros al trasladar al público lo que dicen, lo que dicen que hacen, y terminamos cubriendo sus desaguisados, sus crímenes y sus errores.

Hace pocos días el presidente de gobierno, Mariano Rajoy, dijo que hace lo que hace porque se lo impone la realidad.

Es tiempo de descubrir la falacia de esta aseveración. Descubrir la realidad de las causas y los efectos de las medidas económicas que se están tomando ahora. Es tiempo de un periodismo activo.

El pensamiento activo no saca de la aparente contradicción que muchos plantean ahora entre el pensamiento positivo y el negativo.

¿Ver lo que está bien o ver lo que está mal? Ninguno de los dos como actitud de entrada. Ver activamente, mirar con detenimiento lo que pasa. Entenderlo y después explicarlo.

Los dos libros con los que lanzamos la colección tienen que ver con dos aspectos que para mí son indisolubles de este mirar activamente y ayudar a mirar y entender, una de las bases que hacen al periodismo serio un pilar necesario de la democracia: la ética y la calidad de la investigación y la escritura, unidos, como decía García Márquez, como el zumbido al moscardón.

El periodismo activo, en definitiva, no se limita a contar qué pasó ayer o hace cinco minutos. Trata de desentrañar qué nos está pasando. ¿No es esa la función más importante del periodismo de hoy?

¿Cómo me voy a informar dentro de 10 años?

El Ciervo es un milagro: la revista cultural más antigua, más independiente de intereses creados y modas, lleva 60 años reflexionando y ayudándonos a reflexionar sobre lo que importa, lo de perdura. En su número de diciembre, el joven y cultísimo jefe de redacción, Alexis Rodríguez-Rata, pidió a ocho escritores y periodistas que imagináramos cómo nos informaremos en 2022. A veces la premura y el espacio breve nos obliga a pensar en lo esencial. Esta es mi respuesta:

¿Cómo se informan hoy los jóvenes? Los diarios, la tele y la radio ya son marginales: todo viene por la pantalla de la laptop o notebook y por la pantallita de los móviles y los iPod y los iPad. No soy experto ni especialmente afecto a las nuevas tecnologías, pero como cualquier periodista de hoy, sé que los medios tradicionales tienen los días contados y que en 10 años todos nos informaremos de forma digital. El único límite a la pequeñez de los dispositivos es lo incómodo que resulta leer en pantallas demasiado pequeñas. Si no, todo se podrá ver en un reloj de pulsera, como ya hacía premonitoriamente James Bond en los años setenta.

Pero para mí lo más importante no es el cómo, sino el qué. Antes había que esperar a pie de quiosco o a que se prendiera el viejo aparato de tele para ver qué nos ponían. Estábamos a merced del criterio de quienes controlaban el acceso de la información. ‘Gatekeepers’, guardianes de la puerta. En los ochenta, Noam Chomsky los denunció como censores: lo ‘noticioso’ era lo que les convenía a ellos que supiéramos. Sí, podíamos suscribirnos a pequeñas revistas, ir a la biblioteca, ajustar la antena para escuchar radios internacionales. Pero la oferta era limitada, y por eso se formaban cofradías de información secreta, que compartían lo prohibido o aquello que los medios al uso no querían difundir.

Ahora casi todo está ahí, afuera. La red es un inmenso depósito, y por Facebook y Twitter nos llegan más links por minuto de nuestros amigos, contactos y gente a quienes seguimos de lo que podemos llegar a leer o ver. Pero los mismos poderes políticos y sobre todo económicos que antes decidían que algo fuera de difícil acceso, hoy dirigen nuestra mirada a lo que ellos quieren: si hablamos con nuestros amigos de Moscú, nos llega la publicidad de vuelos a Rusia; si compramos comida, nos ofrecen vinos para acompañar; si averiguamos por una casa de campo, nos inundan de publicidad de turismo rural. Lo hacen los publicistas, y lo hacen cada vez más las usinas de propaganda política. ¿En tu familia hay votantes de tal partido? Ahora van a por ti. Vigilan nuestros hábitos de consumo y nos atosigan de mensajes.

Por otro lado, las recomendaciones de nuestros amigos y falsos amigos corporativos, que nos espolean desde las redes sociales, nos van achicando la posibilidad de sorprendernos con cosas nuevas, con lecturas y películas y con ideas distintas a las que estamos acostumbrados a escuchar. El lema es “si te gustó aquello, te gustará también esto”. Y así nos vamos arropando en nuestros viejos gustos. Nos bombardean con mensajes y productos nuevos, pero son copias de lo que ya probamos y compramos antes.

¿Recuerdan cuando íbamos a la librería, recorríamos los estantes y nos dejábamos sorprender por un autor que ni sabíamos que existía? Era la época de charlas con gente inesperada que nos desafiaba con ideas muy distintas a las nuestras. En 10 años ya casi no saldremos a buscar noticias y mensajes nuevos: vendrán a por nosotros. Es un camino imparable. Y el desafío ya no será tanto buscar en el desierto, sino sacudirnos la maraña de lo muchísimo que nos quieren vender a todas horas para poder sorprendernos con algo que nos cambie, que nos abra la cabeza.

Tigre joven, viejo león

El recuerdo de dos memorables conciertos de piano. ¿Cómo dos pianistas pueden tocar tan admirablemente y de forma tan distinta?

Lang Lang es un joven pianista que ha irrumpido en las altas esferas de la música clásica como una tromba. Explosivo, mediático, dominador de al menos cinco idiomas, las discográficas y las salas de concierto lo han entronizado como el nuevo valor del piano que acerque la gran tradición europea del siglo XIX al público del siglo XXI.

Y además – como parte central de su leyenda, su encanto y su misterio – es chino. Nació en 1982 en la ciudad de Shenyang. Su formación se realizó en su país, que está emergiendo como semillero de violinistas, cellistas, pianistas y directores. Ninguno tomó por asalto la imaginación de occidente como Lang Lang, desde que reemplazó a último momento al prestigioso André Watts tocando el primer concierto de Tchaikovsky, lleno de brío y dificultades. Los críticos pronto destacaron su estilo explosivo, su vitalidad y brillantez, su técnica tan depurada que parecía tocar como si fuera fácil.

Parte de su embrujo tiene que ver con la forma en que a tan temprana edad ha conseguido hacerse un sólido lugar entre los pianistas occidentales. Pero otro ingrediente importante es su mirada a su país asombroso y al pasado. En sus conciertos cultiva, innova y rescata parte del milenario legado musical de China. Ha colaborado con el más importante compositor chino de la actualidad, Tan Dun, y en sus conciertos mezcla con desparpajo y éxito las obras canónicas de Beethoven, Mendelssohn o Schumann con temas tradicionales chinos.

Conocí el asombroso arte de Lang Lang en un disco de versiones de temas chinos llamado Dragon Songs (canciones del dragón), donde lo acompaña la Orquesta Sinfónica de China, dirigida por Long Yu. Era el encuentro de dos poderosas tradiciones musicales de la mano de un jovencito sin miedo ni complejos, que representaba para sus admiradores todo lo que su país tenía de pujante y sorprendente.

Busqué videos suyos en Youtube, y me encontré con dos escenas aparentemente contradictorias: en una, un Lang Lang bullicioso, pleno de una energía juvenil que lo desbordaba, jugaba con una pieza endiabladamente compleja de Rachmaninov. Si no fuera tan joven parecería pedante. Sus dedos se mueven sobre el teclado como posesos, canta, ríe, bromea con la cámara, todo al mismo tiempo.

El segundo fragmento lo muestra como alumno aplicado, sosegado, reverencial. Está recibiendo una clase del legendario pianista, director, pedagogo y humanista argentino-israelí Daniel Barenboim. Ante un público entregado, Lang Lang aprende a armar, desarmar y volver a armar una sonata de Beethoven. El joven prodigio toca las notas con una facilidad pasmosa; Barenboim le explica el drama, el peso, la lógica profunda que se esconde detrás de cada línea melódica. El famoso discípulo se muestra receptivo, humilde, y al mismo tiempo tan seguro de su arte que no teme mostrarse al público dubitativo, tanteante, novato en manos de un maestro mayor.

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Hacía tiempo que quería ver a Lang Lang. Me surgió un viaje a Madrid para ver una ópera en el Teatro Real. La función era un sábado a la noche, y el domingo a la mañana, Lang Lang tocaba el Concierto para piano No. 2 de Chopin con la Orquesta Nacional de España.

El Auditorio Nacional de Madrid es una caja de madera, sobria y cuadrada, con buena acústica y rodeada, en esos hermosos conciertos matutinos, por ventanales que reflejan la luz de primavera y el verde de los árboles de un tranquilo barrio residencial, mientras los viejos abonados, con sus mejores y modestas galas, toman un café con cruasán y conversan en voz baja. Hay muchos jubilados, muchas parejas mayores aferradas a la música clásica como a un mundo cerrado de calma y orden para enfrentar el bullicio y el caos incomprensible de la vida moderna.

El concierto está estructurado, con originalidad y coherencia, como un díalogo entre oriente y occidente. Tras unas piezas del compositor inglés Benjamín Britten, provenientes del ballet El príncipe de las pagodas, con sonidos de gamelán indonesio y osadas armonías orientales, se retira la orquesta, unos orondos señores de traje abren un espacio en el centro del escenario, desciende un gran rectángulo – donde en la primera pieza se erguía el director Leonard Slatkin, y pocos minutos más tarde vuelve a emerger con un reluciente piano de cola Steinway.

Los señores abren ceremoniosamente la tapa del piano y la pestaña de las teclas, e instalan las sillas – casi la mitad de asientos que para Britten – alrededor del instrumento rey.

Los músicos se sientan, se abre la puerta lateral y sale una figura juvenil, con paso seguro pero cara de no estar todavía instalado del todo en la fama y la expectativa que despierta su arte. Lang Lang tiene la cabeza redonda como un muñeco feliz, los pelos negros como incrustados en el craneo, las manos huesudas y nerviosas, la espalda recta, la apostura teatral.

Se posa elegante en el taburete, dándome la espalda. Tiene, como había previsto, el primer plano de su cabeza bamboleante, su mano derecha y su espalda inquieta. Con su factura clásica, el segundo concierto de Chopin empieza con una introducción orquestal donde se presentan y comienzan a desarrollar los dos temas que protagonizarán el primer movimiento, Maestoso. La espalda del joven maestro se mueve al viento de la música, y cuando aparece, cristalino, preciso, juguetón su piano, es como pidiendo permiso para jugar también.

Me doy cuenta de lo teatral que es su forma de tocar, la manera en que se mueve nerviosa, inquieta su mano derecha sobre el pantalón mientras toca la orquesta, la forma en que su cabeza marca el ritmo y se tira para atrás en las efusiones románticas.

En el segundo movimiento, un Larghetto más dulcemente melancólico que triste o dramático, las teclas cantan con libertad, y queda claro quién sigue a quién. El veterano Slatkin, apostado en su podio detrás de la tapa abierta del piano, pega la oreja a las decisiones rítmicas de su estrella y ordena con la batuta a la orquesta que le sigan. De cualquier manera, es poco lo que tiene que decir la orquesta en este movimiento lento.

Para el final, Allegro vivace, el joven intérprete se calza el casco, se sube a la moto y arremete con un despliegue tal de velocidad y precisión que el asombro se palpa en el ambiente. Una de las claves de la diferencia que trae Lang Lang es la pulsión rítmica, que nunca pierde, ni siquiera en las más complejas elucubraciones armónicas de Chopin, que en este concierto (segundo en numeración pero el primero que compuso, en 1829, a los 19 años) todavía andaba tratando de demostrar que dominaba las técnicas compositivas del momento. Y también quería lucirse, porque, al igual que Liszt y Brahms, escribía su música para piano para tocarlo en los conciertos en los que esperaba cimentar su doble fama de ejecutante y compositor.

Llega el momento excitante de la cadenza. Se detiene la orquesta y el solista tras unos segundos de tomar aire para lanzarse a dar volteretas sin red, retoma, recrea, reinventa los temas del tercer movimiento, y juega con algunos anteriores, baja el ritmo y se pone lírico, echando la cabeza para atrás, lo acelera y se pone heroico, encorvado como si todo su cuerpo fuera el pico de un águila agresiva, para finalizar con una mirada y una sonrisa de labor cumplida al director, quien marca la última entrada de la orquesta.

No hay tiempo para saborear ese segundo en que la última nota se pierde en el silencio. El público enardecido aplaude, bate palmas con ritmo, grita bravo.

Como estoy en la primera fila, en el rincón de la izquierda, soy el único en la sala que percibe una escena pequeña, privada y reveladora. En la última fila de los violines, una joven instrumentista, rubia y frágil de tan delgada, toma el violín y el arco entre los dedos de su mano derecha y acercó la izquierda para aplaudir la interpretación del solista. Al pasar a su lado tras su última tanda de aplausos, lo mira a los ojos y le lanza un ‘bravo’ enfocado y pequeño, casi susurrado, casi como un piropo pero sin más connotación – al menos eso creo percibir – que el emocionado, sincero homenaje de un músico a otro.

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Todavía con el asombro por el arte atlético del joven maestro, dos días más tarde trepo las empinadas escaleras de un auditorio único y absurdo. El Palau de la Música Catalana, en el corazón del área medieval barcelonesa, entre callejuelas sin luz ni veredas, es al mismo tiempo el más hermoso y el más kitsch de los auditorios.

La lámpara central como una cruza entre un vitral psicodélico en amarillos y rojos y una teta de luz. Las paredes con azulejos mareantes, recargados pero siempre originales, y al fondo del escenario, unas musas de yeso enrevesadas con banderas y escudos catalanes celebran el triunfo de la patria (Catalunya), el arte, la prosperidad económica y una época de oro (fines del siglo XIX) disfrazada de recuperación de otra época soñada (la medieval). Viniendo de las austeras paredes de madera blanca, las líneas rectas y el formalismo nórdico del Auditorio Nacional de Madrid, este palacio de celebración de la identidad imaginada de su público es el absoluto opuesto.

¿Estará el pianista de hoy también en el extremo opuesto del joven chino del domingo?

Maurizio Pollini es la personificación del gran intérprete del Viejo Mundo. Nació en 1942, a los 18 años ganó el Concurso Chopin de Varsovia. Desde entonces, ha actuado con todos los grandes directores – o tal vez mejor dicho, los grandes directores actuaron con él – y muchos de sus discos son legendarios, versiones insuperables de las grandes obras del repertorio troncal del piano clásico, de Mozart a Prokofiev.

Pero el maestro también se ha implicado mucho en tocar, promocionar y grabar obras contemporáneas, y ha ganado un público nuevo para compositores como Luigi Nono, Pierre Boulez o Karlheinz Stockhausen, que estaban arrinconados a salas alternativas e intérpretes especializados.

Mi disco preferido de Maurizio Pollini fue uno de los primeros long plays que compré. Ahora que lo pienso, Lang Lang nunca grabó un disco de 33 revoluciones por minuto, porque cuando empezó a tocar ya no existían. Con lo lindos que eran, con esas grandes tapas cuadradas, con reproducciones de pinturas o fotos de los intérpretes, esos discos de Deutsche Gramophon, la casa en la que grababa – y todavía graba – Pollini, la que ahora se ha actualizado con una nueva camada de estrellas. Entre los primeros, Lang Lang.

Son casi 30 años de escuchar discos de Pollini, de viajar con ellos, de pasar alegrías y tristezas acompañado de sus grabaciones, y por fin, al final de su ilustrísima carrera, lo voy a escuchar en vivo.

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Desde la segunda fila del último piso del Palau de la Música, tengo que sentarme en el borde de la silla y asomarme entre las cabezas de los de adelante para ver al gran pianista, que entra lento, tranquilo y saluda con breves movimientos de cabeza el aplauso del público que atiborra la sala. Se sienta al piano y comienza sin pausa con la primera parte, todo Robert Schumann, puro espíritu romántico.

A Chopin dedicó Pollini la segunda parte del concierto. Una balada de tristeza contenida, un scherzo juguetón, un preludio de complejidad arquitectónica, cuatro mazurcas de fuerte pulsión rítmica, y, para coronarlo todo, la Gran Polonesa Brillante.

Es siempre una sensación de pureza religiosa el compartir una gran sala llena de amantes de la música donde se siente el silencio, la concentración, las respiraciones acompasadas mientras se esparce por el aire el sonido de un piano solo. A lo lejos, en el escenario despojado, el viejo artista se vuelca sobre el instrumento y contempla sus manos, como si fueran de otro, mientas los dedos pulsan las teclas con sobrenatural delicadeza.

No hay espectáculo, efecto ni búsqueda del asombro en la forma de tocar de Pollini. Suena el destilado de muchos años de frecuentar estas piezas. Los silencios me impactan, parece como si estuviera eligiendo, pensando hacia dónde ir, decidiendo un camino y descartando otros.

Al final, los segundos de tomar aire antes de lanzarse al aplauso que identifican a los públicos entregados a fondo a lo que están escuchando. Y el enrojecerse las manos aplaudiendo, y Pollini surgiendo dieciocho veces, a saludar y, en cinco ocasiones, a regalarnos una mano de bises de Chopin.

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Salgo a la noche de luces y tráfico del centro de Barcelona y camino por Vía Laietana en dirección al metro. Es recién en la calle cuando logro juntar las percepciones de mi mañana con Lang Lang y mi noche con Pollini.

Cuando toca el joven artista chino el cuerpo me tira hacia delante y se me abre la boca de admiración y vértigo. Con el viejo maestro italiano, en cambio, el impulso es el opuesto: cerrar los ojos y tirarme para atrás, para flotar en algún espacio ingrávido del alma.

Respuestas a algunas preguntas fundamentales sobre crónica

La Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberocamericano (FNPI) está juntando a los cronistas del continente en una ambiciosa guía. Es un mapa del estado de nuestro oficio y nuestra pasión, y un inventario de muchos de los que nos dedicamos a esto. El mes pasado nos lanzaron una serie de preguntas básicas, que no son ni simples ni fáciles de contestar.

Quiero compartir con ustedes mis propias respuestas:

¿Qué hace a un buen cronista?

La mirada, la originalidad, la fidelidad a los datos, la honestidad, el estilo cuidado y maleable, la voluntad de entrar en una conversación con las grandes obras de la literatura: el decir algo nuevo y decirlo bien y de una forma nueva.

¿Por qué decidió ser cronista?

En parte porque me enamoró la obra algunos cronistas del pasado y el presente, en parte porque las manos se me van casi solas hacia esta forma de escribir la realidad, en parte porque creo que es una manera valiosa, útil, necesaria de contar lo que nos pasa.

¿Cómo identificar una buena historia?

Con un hormigueo en los pelos de la nuca, que me indican indefectiblemente que estoy leyendo algo que vale la pena, que me implica, que me emociona. El no poder dejarla, el sentirme apelado. En lo técnico: en poder entender la estructura desde el principio pero encontrarme después con gratas sorpresas, y en el uso de metáforas y comparaciones inesperadas.

¿Para qué sirve una crónica?

Para hacernos gozar y sufrir y pasar un buen y un mal rato a la vez mientras la leemos; y después el habernos enseñado algo importante, valioso del mundo que nos rodea y de nosotros mismos. El hacer que veamos el mundo y nuestro mundo de una forma más compleja, y hacernos conocer realidades y puntos de vista que ni sospechábamos.

¿Qué crónicas lee y qué busca en una buena crónica?

Soy muy ecléctico: me gustan las que me meten en la vida de gente muy distinta a mí, pero no de frikis sino de gente “normal” pero de una normalidad alejada de la mía. Me gusta sumergirme en historias donde se juegan temas de vida, muerte, identidad, amor, odio, humillación, reconciliación, injusticia y lucha por la justicia. Como en la respuesta anterior, busco que me lleguen y emocionen mientras las leo, y que después me cambien para siempre.

El resto, y mucho más, en la flamante web de Nuevos Cronistas de Indias de la fundación:

http://nuevoscronistasdeindias.fnpi.org/cronistas/

Gran encuentro de crónica latinoamericana en México

Marabunta de cronistas en el Castillo de Chapultepec: el último día del encuentro de la FNPI, 12 de octubre de 2012, los participantes posamos agotados y felices.

 

Hace unos días, del 10 al 12 de octubre, participé en el encuentro de Nuevos Cronistas de Indias 2 de la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Fue un reencuentro maravilloso con viejos y nuevos amigos, en uno de sus encuentros más nutridos y nutritivos de los casi 20 años de historia de la Fundación.

Más de 100 “Cronistas de Indias” debatieron, presentaron medios, temas e historias y mostraron que la crónica o periodismo narrativo está más vivo que nunca. Las charlas y debates se sucedieron en el Castillo de Chapultepec y el Museo de Antropología en México DF. Todos bajo la afable y pertinaz mirada del gran gurú de la Fundación, su director Jaime Abello Banfi.

Junto con jóvenes y valerosos cronistas, maestros como Juan Villoro, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, Sergio Ramírez, Francisco Goldman, Cristian Alarcón, Alberto Salcedo Ramos, Graciela Mochkofsky, Juan Pablo Meneses y Julio Villanueva Chang intercambiaron sus ideas y experiencias.

Yo tuve el honor y el placer de moderar la mesa sobre Periodismo Anfibio, con Cristian Alarcón (creador de la fascinante e innovadora revista Anfibia, de la Universidad de San Martín), la académica “con los pies en la calle” y experta en cultura juvenil Rossana Reguillo, y los grandes cronistas Francisco Goldman y Gabriela Wiener. También hablé de enseñanza de periodismo narrativo en una mesa de ideas para promover el género con Margarita García (directora de la Fundación Tomás Eloy Martínez), Andrés Ramírez (editor en Random House) y Paulo Werneck (editor del suplemento cultural Ilustrissima de La Folha de Sao Paulo), moderados por el estupendo director ejecutivo de la FNPI, Ricardo Corredor.

Catorce horas de Wagner en tres días – ¡y quiero más!

Esta semana vinieron a Barcelona la orquesta, el coro y un impresionante grupo de solistas del Festival de Bayreuth, que se dedica cada verano a tocar exclusivamente las 10 obras de madurez de Richard Wagner.

Me instalé en la platea del Liceu y me atacó durante 14 horas (divididas en tres días, eso sí) la embriagadora música de El holandés errante, Lohengrin y Tristán e Isolda.

Elegí la palabra ‘embriagadora’ a propósito: para unos es algo bueno, una adicción gozosa; para otros es nociva e insufrible. Para mí, Wagner es una placer culposo. 

Bayreuth es el primer festival de música que haya existido: el mismo Wagner lo fundó en 1876, cuando todavía no se habían inventado los festivales de verano y no existían ni el jazz, ni el rock ni el blues. Wagner inventó la música como pasión.

Desde entonces, el culto wagneriano se extendió por Europa, América y Asia (hay fieles de estricta observancia en Japón y un culto considerable en Buenos Aires). Pero en Barcelona prendió como hierba seca. En su armonía compleja, sus melodías interminables y en el culto a un pasado medieval glorioso, la burguesía catalana ilustrada del cambio de siglo vio reflejados su auto-imagen y sus anhelos como nación.

Mientras tanto, Bayreuth creció como templo musical: la orquesta y el coro, que son como una selección de los mejores instrumentistas y cantantes de tradición wagneriana, reunían año a año a fieles de lo que fue instalándose como religión, gobernada por la extrañísima familia de Wagner.

Sí, Wagner era un enfebrecido nacionalista alemán, creyente en el poder aplastante de los fuertes, en la fidelidad como valor supremo de la mujer (solo de la mujer) y un antisemita furibundo. Pero en su época esas eran ideas.

En los años treinta, muchos después de su muerte, la familia abrazó una ideología y un líder que llevaron esas ideas a cotas delirantes. La nuera del compositor se hizo amiga íntima y defensora a ultranza de Adolf Hitler, y Bayreuth se convirtió en el templo del nazismo.

Después de la guerra el teatro volvió a abrir, pero muchos miraban ese culto y a esa gente con sospecha. Fue entonces cuando el Liceu de Barcelona le abrió las puertas: en 1955 la orquesta, el coro y los solistas de Bayreuth salieron por primera vez de la Verde Colina de su templo en Baviera, y se instalaron por unos días en la ciudad condal. Fue una apoteosis.

Bayreuth sobrevivió, y desde hace cuatro años está dirigido por las bisnietas del compositor, que no vivieron el nazismo. El año pasado fui a Bayreuth para hacer un reportaje para el Magazine de La Vanguardia. Me sorprendió el hecho de que después de décadas en que los dos nietos de Wagner trataron de ocultar su pasado oscuro, ahora las bisnietas se hayan lanzado a confrontarlo: con puestas en escena rompedoras, que cuestionan la lectura de las óperas como glorificación de lo ‘alemán’ y de la pureza de la raza, invitando a una orquesta israelí por primera vez, y este año, despidiendo fulminantemente a un cantante que se había tatuado una esvástica en su juventud.

¿Es suficiente? Es más de lo que se había hecho en medio siglo.

Esta semana volvió a Barcelona el formidable conjunto musical que toca y canta el mejor Wagner posible.

Las óperas se dieron en versión de concierto, por lo que no había terreno para la relectura de las puestas en escena: los cantantes, en traje de gala, actuaban con el gesto y con pequeños movimientos sobre el escenario. Y con la voz desnuda.

No había decorados, ni vestuario, ni movimiento escénico. Era como teatro leído. En esas condiciones, el texto anticuado, machista y nacionalista de Wagner, que aparecía traducido en los sobretítulos, llegaba sin paliativos.

¡Pero la música brillaba con un esplendor glorioso!

Este jueves, Tristán empezó a las 7 de la tarde, y era pasada la medianoche y casi nadie se quería ir. Todas las funciones terminaron con la platea de pie, aplaudiendo a rabiar.

Me impresionó mucho el joven Samuel Youn como el Holandés. Fue quien reemplazó con muy poco tiempo de aviso al cantante de la esvástica.

Me emocionó la voz clarísima, purísima de Klaus Florian Vogt como Lohengrin.

Y la potencia sobrehumana de Irene Theorin como Isolda.

Pero la maravilla fueron la orquesta y el coro, dirigidos por Sebastian Weigle en las primeras dos óperas y por Peter Schneider la tercera. Por su sonido preciso y envolvente, yo cerraba los ojos e imaginaba noches estrelladas, cisnes voladores, castillos brumosos y un aterrador buque fantasma. Se abrían mundos mágicos en cada página de la partitura.

No quiero amar a Wagner, siento que no debo. Cuando se prenden las luces, tengo la impresión de que a mi alrededor algunos de los wagnerianos de pro que aplauden a rabiar lo hacen por ideas o sentimientos que aborrezco.

¿Pero qué le voy a hacer? Su música me envolvió otra vez, estoy intoxicado.

Wagner era un tipo aborrecible y en su nombre se cometieron atrocidades, pero su música vivirá para siempre.

Y en ese trayecto hacia el infinito, esta semana pasó por una Barcelona hundida en la crisis y el desconcierto el soplo de su arte. Un arte atroz y sublime.