Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

Exterminad a todos los salvajes, tremendo libro del desmesurado reportero sueco Sven Lindqvist, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios:

“Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

1. No hubo excesos: el exterminio era el plan

Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

2. Historia de los ‘daños colaterales’

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura deeste segundo libroes de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia.

Bibliografía en castellano

Sven Lindqvist: Historia de los bombardeos (Turner, 2002)

Sven Lindqvist: Exterminad a todos los salvajes (Turner, 2004)

 

El arte de que te rompan la nariz

En estas fiestas quería rescatar al maestro de los excesos, el Gran Gonzo Hunter S. Thompson. Parece que su prosa fluye como el chorro descuidado de un adicto con mono, pero todo está cuidado hasta el detalle, y en sus libros se cuelan citas clásicas para quienes saben encontrarlas. Publiqué estas líneas el año pasado en el diario Perfil de Argentina, en la época en que mi amigo Maxi Tomás lo enriquecía con un excelente suplemento cultural.

Una mañana de finales de 1965 el editor del primer libro de Hunter Thompson lo llamó para decirle que todo estaba listo. Todo estaba a punto para publicar la obra que lo lanzaría a la fama y crearía el periodismo gonzo, de inmersión a fondo en mundos de drogas, sexo y violencia para contarlo con la prosa alucinada de un poeta y los datos precisos de un periodista de sí mismo. El libro se llamaría Los ángeles del infierno, una extraña y terrible saga.

Era un perfil a la vez cercano y crítico de la banda de moteros que para la derecha era el símbolo de lo anti-norteamericano y para la izquierda, ejemplo de rebeldía juvenil. Thompson se pasó un año bebiendo cientos de litros de cerveza con la banda, se compró una moto para seguirlos y descubrió que no eran rebeldes con causa sino enamorados de la velocidad, de la libertad para hacer el gamberro, del machismo y de la violencia. El idilio con la izquierda se rompió un año después, cuando irrumpieron en una marcha contra la guerra de Vietnam y molieron a palos a los manifestantes.

El texto de Thompson se un alucinante viaje al corazón de un grupo profundamente norteamericano. Para el autor, eran los auténticos herederos de la tradición de los cowboys, los aventureros del Oeste. Bebían hasta caer desmayados y pegaban y violaban a las mujeres. Seguramente como los verdaderos cowboys. Los diálogos del libro son precisos, punzantes y reveladores. Nadie da discursos. Hablan como habla la gente, sobre todo la gente borracha y drogada. Y las descripciones son específicas, poéticas, pegadas a lo que ve y oye y al mismo tiempo, llenas de citas literarias y religiosas. 

Pero al libro le faltaba algo: le faltaba la foto para la portada. Así que seis meses después de las jornadas infernales, meses después del último contacto con ellos, Thompson se volvió a echar a la carretera para sacarles fotos. Y todo salió mal. O muy bien, según cómo se lo vea.

Esto lo cuenta Marc Weingarten, quien escribió la biografía conjunta de esta pandilla de soberbios inadaptados que formó lo que el más soberbio de ellos, Tom Wolfe, llamó Nuevo Periodismo.

En el libro de Weingarten, The Gang  That Coudn’t Write Straight (La banda que no podía escribir recto) salen Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Truman Capote, Gay Talese y el más loco de la banda, el joven Thompson.

La cosa es que Hunter tomó su cámara de fotos y volvió a la carretera con sus Ángeles del infierno. En el lago donde acampaban y se bañaban con sus jeans mugrientos – nunca se sacaban la ropa de andar en moto para bañarse – Thompson les tomó decenas de fotos. Pero se armó una bronca. Uno de los Ángeles empezó a golpear a su novia. Thompson la defendió, y pronto se vio rodeado por los personajes de su libro. Su editor dijo después que de toda su investigación, él debía haber previsto lo que iba a pasar. Lo molieron a golpes. Le rompieron la nariz.

Con la nariz sangrando logró subirse a su coche y condujo hasta el pueblo más cercano. Ahí se encontró con una pandilla local de para-policías dispuestos a darle una lección al primer Ángel del Infierno que se apareciese. Estaban podridos de las visitas de la banda de indeseables. Condujo un par de horas más y se encontró con la sala de emergencias del hospital llena de miembros de los Gypsy Jokers, una banda rival a la que los Hell’s Angels acababan de dar un paliza. Hunter Thompson terminó de arreglarse la nariz él solo, con la ayuda del espejo retrovisor de su coche.

Jim Silberman, su editor en Random House, lo tenía claro: tu método de investigación, le dijo, consiste en atarte a la vía del tren cuando sabes que viene el expreso, y quedarte a ver qué pasa. Lo que estás buscando no es la foto, sino una escena fuerte para el final del libro. Querías que te partieran la cara.

Nadie había hecho ese tipo de periodismo antes. O si lo hicieron, no lo llamaron periodismo. Ahora, 40 años después del nacimiento del Nuevo periodismo, estoy convencido de que si seguimos leyendo sus textos luminosos como Hells Angels y aplicando sus métodos es fundamentalmente por el enorme talento, la mirada única para mirar y entender su tiempo de cambios y la voz que cada uno creó para sí mismo: una voz literaria, tan reconocible como sorprendente, para los hechos periodísticos.  

¿Y de dónde venía este genio? Thompson había nacido en Kentucky, en el corazón rural del Sur. Muy joven demostró su capacidad para ser echado a patadas de escuelas, empleos y asociaciones. Lo echaron de la revista de su colegio, lo echaron del liceo militar, donde recaló para escapar de casa, lo echaron de la revista Time y del diario Middletown Daily Record. Se marchó a trabajar a Puerto Rico, al diario El Sportivo, y de ahí no lo echaron porque el diario cerró antes de que pudiera protagonizar alguno de sus habituales escándalos.  

Mientras tanto, había escrito dos novelas, se había casado, había intimado con los popes de la generación Beat y estaba listo para dar el salto: cuando el director de la revista de izquierda The Nation le propuso hacer un artículo sobre los Ángeles del Infierno, saltó sobre la moto y los siguió de la forma intensa, personal, a fondo, que creía que correspondía a la tarea que tenía entre manos. Fue muchos años después, cuando Jan Wenner, el mítico fundador de Rolling Stone, le propuso que viajara a Las Vegas para cubrir una delirante carrera con un abogado mexicano, que Thompson se lanzó deliberadamente a presentar su método como algo nuevo, llamado Gonzo.

De ese viaje salió Miedo y asco en Las Vegas, y la consagración definitiva en 1972. A partir de entonces, casi todas sus grandes crónicas salieron en la revista de rock. De hecho, Thompson fue el mejor y el más entusiasta de los que vieron que Rolling Stone no debía ser una revista sobre rock, sino de y para la generación del rock sobre todo lo que estaba cambiando en el país y el mundo, de Vietnam al secuestro de la democracia por las grandes corporaciones, y de las nuevas normas sexuales en la pareja a las revueltas en el Tercer Mundo. Para la revista Thompson cubrió las elecciones de 1972 y 1976, y siguió escribiendo sobre política hasta la época de su odiado George W. Bush. Siempre con miedo y con asco.  

Se suicidó en 2005, de un escopetazo. Sus amigos dijeron que estaba sufriendo mucho, tanto física como espiritualmente. Y no quería dar lástima. Con su absoluta falta de sentimentalismo, dejó escrito en un papel lo más parecido a una nota de despedida, jugando con la pasión por el fútbol americano, que nunca dejó de apasionarlo. “Football sesason is over. Se acabó la temporada, chicos.

Y todo había empezado en esa aventura de los moteros impresentables, y el día en que Hunter Thompson descubrió que la única forma en que podía hacer su periodismo sin concesiones era lograr que le rompieran la nariz, y vivir para contarlo. Todavía lo veneramos.

Siguen viniendo y pasando periodistas de lo obvio, que son como el pregonero que lee el bando del preboste en la plaza. Al leer su cháchara, no puedo dejar de escuchar un lejano rumor de flauta. Es Hunter Thompson, el Flautista de Hamelín del periodismo narrativo, que toca su feroz cacofonía destemplada y lo seguimos hasta tirarnos por el precipicio.

Anna Politkovskaya: Tolstoi en Chechenia

Aprovecho la salida de mi libro Periodismo narrativo en Publicaciones de la UB para compartir una versión resumida del epílogo, dedicado a la gran cronista rusa Anna Politkovskaya, asesinada hace seis años. Lo llevé a las presentaciones en Barcelona y Madrid, pero como siempre pasa, improvisé, hablé sin papeles, contesté preguntas y no leí este texto. Pero quería que se recordara a esta maravillosa colega.

Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados. Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado.

Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn.  Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada. “Mejor sería que no fueran”, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica.

En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa que trataba de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte.

Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar. Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin. Pasado el momento de dramatismo, la conferencia de Bonn siguió por los cauces habituales. Pero yo no me podía sacar de la cabeza la participación destemplada, fuera de tono, de la reportera rusa cuyo nombre, en los documentos de la conferencia, no me decía nada.

Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia y Terror en Chechenia, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco.

Anna Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. Allí convivió con los perseguidos y se ganó la confianza de todo tipo de chechenos, desde los que participan en las guerrillas o las apoyan hasta los que quieren parar la guerra o se limitan a sufrirla con infinita resignación.

También se adentró en los batallones rusos, resaltando los casos aislados y emocionantes de decencia y valentía en algunos soldados y oficiales, intentando entender el por qué y el cómo de la represión brutal e inhumana que transforma a la mayoría de estos militares en animales.

A diferencia de muchos libros de denuncia, contados en el lenguaje del informe policial, acumulando datos sin arte ni concierto, sus libros van mucho más allá del memorial de agravios: son novelas contadas en un estilo que debe más a las novelas de Tolstoi y Dostoievsky que al periodismo de investigación de nuestro tiempo.

En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Anna Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción inteligente, una historia bien contada. Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana, de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten en el lugar más espantoso del mundo.

En Terror en Chechenia, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.

Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio – casi el único por atrocidades en Chechenia – y la defensa del coronel y los medios afines al gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo.

Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian.

Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable.

La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Anna Politkovskaya en el portal de su edificio.

Pasaron seis años. En la farsa de juicio no se dio con los culpables. Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano, casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza.

Anna Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final.

¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y golpear.

Gran encuentro de crónica latinoamericana en México

Marabunta de cronistas en el Castillo de Chapultepec: el último día del encuentro de la FNPI, 12 de octubre de 2012, los participantes posamos agotados y felices.

 

Hace unos días, del 10 al 12 de octubre, participé en el encuentro de Nuevos Cronistas de Indias 2 de la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Fue un reencuentro maravilloso con viejos y nuevos amigos, en uno de sus encuentros más nutridos y nutritivos de los casi 20 años de historia de la Fundación.

Más de 100 “Cronistas de Indias” debatieron, presentaron medios, temas e historias y mostraron que la crónica o periodismo narrativo está más vivo que nunca. Las charlas y debates se sucedieron en el Castillo de Chapultepec y el Museo de Antropología en México DF. Todos bajo la afable y pertinaz mirada del gran gurú de la Fundación, su director Jaime Abello Banfi.

Junto con jóvenes y valerosos cronistas, maestros como Juan Villoro, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, Sergio Ramírez, Francisco Goldman, Cristian Alarcón, Alberto Salcedo Ramos, Graciela Mochkofsky, Juan Pablo Meneses y Julio Villanueva Chang intercambiaron sus ideas y experiencias.

Yo tuve el honor y el placer de moderar la mesa sobre Periodismo Anfibio, con Cristian Alarcón (creador de la fascinante e innovadora revista Anfibia, de la Universidad de San Martín), la académica “con los pies en la calle” y experta en cultura juvenil Rossana Reguillo, y los grandes cronistas Francisco Goldman y Gabriela Wiener. También hablé de enseñanza de periodismo narrativo en una mesa de ideas para promover el género con Margarita García (directora de la Fundación Tomás Eloy Martínez), Andrés Ramírez (editor en Random House) y Paulo Werneck (editor del suplemento cultural Ilustrissima de La Folha de Sao Paulo), moderados por el estupendo director ejecutivo de la FNPI, Ricardo Corredor.

Biblioteca soñada de periodismo narrativo: La literatura está en la mirada

La legendaria revista de libros, ensayos y pensamiento progresista El Ciervo tiene una sección llamada Biblioteca soñada. La idea es presentar una lista de libros existentes o inexistentes que conformarían una sección de la biblioteca borgeana, a la vez profunda y juguetona.

A mí me encargaron hablar de periodismo narrativo, y yo intenté defender el género en las líneas que siguen, y presentar una serie de libros (todos reales, créanme), algunos recientes y otros antiguos, que muestren la riqueza, utilidad y variedad de temas y estilos de esta especialidad y esta cofradía. Salió en junio de este año, y al planear mi blog Periodista narrativo, se me ocurrió empezar con este ciervo saltarín.

Espero que lo disfruten, y que se sorprendan con algunos de los ejemplos.

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Acabo de leer un libro espantosamente luminoso: Ciudad del crimen, de Charles Bowden, un relato poético-periodístico sobre la violencia en Ciudad Juárez. Uno de sus personajes es la inolvidable Miss Sinaloa, una aspirante a reina de belleza secuestrada y violada durante días por ocho policías, que sobrevive en la frontera entre la locura y la rabia en una tristísima residencia psiquiátrica. En el delirio de Miss Sinaloa, pasado por el tamiz de la sensibilidad alucinada de Bowden – un Bukowski del periodismo – se entiende mejor el drama de frontera que en miles de noticias que enumeran los muertos y citan la palabrería hueca de dirigentes políticos, jueces y expertos mediáticos. Quiero decir: se entiende algo.

También en las crónicas de Anna Politkovskaia se entiende el drama de Chechenia. También en las historias de Amira Haas nos sumergimos en lo que significa vivir en Palestina. Yo, al menos, entiendo, siento, pienso más y mejor cuando me cuentan que cuando me explican.

Por eso persigo y leo con desesperación a los periodistas narrativos de hoy, herederos de la novela realista francesa y los desbordes del Nuevo Periodismo norteamericano: porque juntan historias de aliento trágico, escenas cómicas, y agudos análisis para ayudarme a unir los puntos. Ya saben: como en esos cuadernos donde los niños tienen que unir puntos desperdigados trazando líneas, y de pronto aparece la cara del payaso, la casita o el perro saltarín.

En 1971 Tom Wolfe denunció que los periodistas habían perdido la capacidad para hacernos entender el presente, porque nos presentaban datos sueltos, sin unir los puntos ni dotar la información de vida, de aliento, de humanidad, mientras que los novelistas habían renunciado por completo a explicarnos la realidad. La respuesta de Wolfe era el Nuevo Periodismo: ver, escuchar, oler, tocar el mundo con las armas exacerbadas del mejor periodista de investigación, y escribir la historia y su significado con la sensibilidad de un poeta y la capacidad analítica de un científico social.

El mundo es hoy mucho más complejo que en 1971, y parece que tanto los periodistas como los literatos han continuado deslizándose por la misma pendiente.

¿Por dónde empezar? Para mí, las primeras tres tareas son recuperar el legado de los grandes periodistas narrativos del pasado; traer a nuestra cultura y nuestro idioma lo que se hace en tierras lejanas; y doblar las campanas por las buenas crónicas periodístico-literarias que se están haciendo ahora mismo.

El camino de Buenos Aires – Albert Londres

            El padre del reportage francés creó a principios del siglo XX una serie de relatos de viaje, tan personales como inclasificables. En Terror en los Balcanes se adelantó a la comprensión del terrorismo religioso-nacionalista moderno; en Tierra de ébano denunció como un Joseph Conrad de la no ficción los males del racismo y la esclavitud, y en Dante no vio nada viajó a los presidios militares de ultramar para pintar con escalofriante minuciosidad un panorama, bueno, dantesco. Murió en extrañas circunstancias, en 1932, mientras investigaba una red mafiosa en China, pero dejó una obra insustituible, que incluye El camino de Buenos Aires, el relato desgarrado de las jóvenes francesas que vendían su cuerpo en la entonces fértil capital del Plata.

Fuerte es el silencio – Elena Poniatowska

Una serie de relatos donde se extrema la prosa poética sin dejar de ser narrativa de no ficción. Brillan los retratos de niños de la calle en Ciudad de México y la historia de cómo un grupo de familias sin techo toman un descampado y arman su barrio, organizándose entre ellos con una mezcla de sentido de justicia y afán de orden. Presenta la construcción de un barrio como una épica de la pobreza en nuestro tiempo. Desde que ganara el Premio Alfaguara con La piel del cielo en 2001, la Poniatowska novelista es bien conocida en España. Pero su impresionante obra periodística, como este gran libro o La noche de Tlatelolco, sobre la matanza de estudiantes en el DF en 1968, no se han publicado aún en España.

El regreso de Eva Perón y otras crónicasV. S. Naipaul

El Nobel más viajero peregrinó a principios de los setenta a tres puntos calientes del mapa: la Argentina del sorprendente regreso de Perón, su desastroso gobierno y el principio de la sangrienta dictadura militar; la Zimbabwe del principio de la era Mobutu; y su nativa Trinidad, donde imperaba una variante tropical del Black Power que en esos momentos sacudía Estados Unidos. Su ‘nuevo periodismo’ se basa poco en las invenciones de Tom Wolfe y compañía y mucho en la invención personal de un modelo afincado en la tradición británica del viajero ilustrado que describe, analiza, entrevista y comparte con el lector su asombro y su crecimiento. No es una cruza de reportaje con novela, sino de reportaje con ensayo. En el mundo anglosajón creó escuela. En el nuestro es un clásico que merece revistarse.

Hiroshima John Hersey

Apareció primero como un número completo de la revista New Yorker en 1946. En 1968 Hersey agregó un capítulo final. Este libro cambió la visión del mundo de los norteamericanos que se aventuraron a leerlo, y muestra que el enemigo es uno mismo, si nos tomamos el trabajo e iniciamos la aventura de conocerlo. Seis personajes inolvidables de la tradicional y cosmopolita Hiroshima cuentan a Hersey minuto a minuto su vida en las horas anteriores y posteriores al estallido de la bomba que cambió la historia del mundo. Hersey, hijo de misioneros protestantes, detalla con rigor y genuino talento literario la vida, los sueños y los temores de estos japoneses. Con el correr de las páginas, cada uno va adquiriendo un espesor, una especificidad inolvidable. El autor no analiza, no comenta, no moraliza. Dos décadas más tarde, vuelve a encontrarse con los seis y muestra con contenida emoción en qué formas muy distintas la bomba cambió y guió la vida de cada uno. Una parábola perfecta.

En Patagonia – Bruce Chatwin

El libro de viajes por excelencia. Chatwin, modelo de viajero del siglo XX, emprende cada viaje como un descubrimiento interior a la vez que un perderse adrede en los confines del mundo. La Patagonia que descubre es la tierra de hombres rudos y enloquecidos de silencio, paisajes abismales y leyendas terribles. Sigue la pista del viaje final de Butch Cassidy, desentraña los descubrimientos de huesos de dinosaurios, rescata la leyenda de los gigantes indígenas, busca vestigios de la historia del delirante Rey de la Araucania, y en cada viaje descubre algo sobre el Viaje, la Búsqueda, el Exilio. El exquisito viajero australiano, muerto muy joven por el Sida, es también autor del hermoso recorrido por su país Los trazos de la canción, y de la colección de relatos de viaje ¿Qué hago yo aquí?

Coyotes Ted Conover

Ted Conover es el Gunter Wallraff norteamericano. Sólo que en un país donde cada uno se inventa quien quiere ser, con tal que sea blanco y varón, a Conover no le hace falta disfrazarse, pintarse el pelo ni aprender un acento extraño para vivir aventuras que cualquiera puede vivir. Cualquiera, claro, con tal que sea audaz hasta la locura y tenga una capacidad de observación aguileña. Conover vivió un año saltando de tren en tren con los vagabundos (Rolling nowhere); estudió para guardiacárceles y pasó después varios meses trabajando con presos de alta seguridad en Sing-Sing (Novato); buscó las raíces del SIDA por los caminos polvorientos de África (The Routes of Man); y cruzó la frontera de ilegal con un grupo de mexicanos simpáticos y desesperados. De este último periplo sale un libro estremecedor, un viaje al corazón del ‘otro’. En el proceso, se estudia a sí mismo en el papel del rico, inteligente y triunfador por el solo hecho de ser gringo y blanco y rubio y alto y haberse educado en una universidad para triunfadores. Entendiéndose a sí mismo entiende a los ‘espaldas mojadas’ y a los coyotes, a los blancos como él que los emplean en la frontera y a los mexicanos que los esperan en sus pueblos polvorientos. De paso, nos pinta un retrato inolvidable del mundo de la frontera.

País de plomo – Juanita León

Juanita León, por muchos años periodista de la revista Semana de Bogotá, es una de las más creativas y valientes reporteras de Latinoamérica. País de plomo, publicado hace una década en Colombia, es un fresco amplio, escrito con cuidado por los detalles, mirada histórica y sociológica de los fenómenos que causan y son provocados por la violencia y el narcotráfico en su país. Es una serie de crónicas de viajes, investigaciones y personajes relacionados con el pasado y presente violentos de un país vibrante y rico, con una población sometida a diferencias sociales sangrantes y una mafia poderosa que se mueve alrededor del mercado de la droga. No juzga pero se juega: Juanita León no deja que sus personajes escapen a sus preguntas, ni que sus lectores cierren los ojos a la realidad violenta que nos circunda. Un libro importante, actual y que da mucho que pensar.