Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

Exterminad a todos los salvajes, tremendo libro del desmesurado reportero sueco Sven Lindqvist, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios:

“Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

1. No hubo excesos: el exterminio era el plan

Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

2. Historia de los ‘daños colaterales’

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura deeste segundo libroes de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia.

Bibliografía en castellano

Sven Lindqvist: Historia de los bombardeos (Turner, 2002)

Sven Lindqvist: Exterminad a todos los salvajes (Turner, 2004)

 

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Anna Politkovskaya: Tolstoi en Chechenia

Aprovecho la salida de mi libro Periodismo narrativo en Publicaciones de la UB para compartir una versión resumida del epílogo, dedicado a la gran cronista rusa Anna Politkovskaya, asesinada hace seis años. Lo llevé a las presentaciones en Barcelona y Madrid, pero como siempre pasa, improvisé, hablé sin papeles, contesté preguntas y no leí este texto. Pero quería que se recordara a esta maravillosa colega.

Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados. Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado.

Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn.  Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada. “Mejor sería que no fueran”, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica.

En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa que trataba de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte.

Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar. Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin. Pasado el momento de dramatismo, la conferencia de Bonn siguió por los cauces habituales. Pero yo no me podía sacar de la cabeza la participación destemplada, fuera de tono, de la reportera rusa cuyo nombre, en los documentos de la conferencia, no me decía nada.

Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia y Terror en Chechenia, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco.

Anna Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. Allí convivió con los perseguidos y se ganó la confianza de todo tipo de chechenos, desde los que participan en las guerrillas o las apoyan hasta los que quieren parar la guerra o se limitan a sufrirla con infinita resignación.

También se adentró en los batallones rusos, resaltando los casos aislados y emocionantes de decencia y valentía en algunos soldados y oficiales, intentando entender el por qué y el cómo de la represión brutal e inhumana que transforma a la mayoría de estos militares en animales.

A diferencia de muchos libros de denuncia, contados en el lenguaje del informe policial, acumulando datos sin arte ni concierto, sus libros van mucho más allá del memorial de agravios: son novelas contadas en un estilo que debe más a las novelas de Tolstoi y Dostoievsky que al periodismo de investigación de nuestro tiempo.

En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Anna Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción inteligente, una historia bien contada. Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana, de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten en el lugar más espantoso del mundo.

En Terror en Chechenia, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.

Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio – casi el único por atrocidades en Chechenia – y la defensa del coronel y los medios afines al gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo.

Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian.

Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable.

La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Anna Politkovskaya en el portal de su edificio.

Pasaron seis años. En la farsa de juicio no se dio con los culpables. Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano, casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza.

Anna Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final.

¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y golpear.

Es tiempo de periodismo activo

En tiempos de crisis, lanzamos una nueva colección de libros.

El 10 de diciembre de 2012 presentamos en Barcelona la colección Periodismo Activo, de Publicacions de la Universidad de Barcelona. Dos días más tarde lo presentamos en Madrid. Salieron sus dos primeras obras: mi Periodismo narrativo y Ética del periodismo, del catedrático de ética y decano de Filosofía de la UB Norbert Bilbeny.

En Barcelona nos presentó la periodista y escritora Margarita Rivière; en Madrid, el director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Ambos me enriquecieron con sus comentarios y me ayudaron a ver mi propio libro de otra manera.   

Quiero compartir aquí unas palabras que preparé para la presentación en la librería La Central del Raval, en Barcelona, donde vinieron más de 50 amigos, colegas, alumnos y ex alumnos. Por supuesto, no lo leí sino que improvisé a partir de estas ideas.

¿Por qué Periodismo activo?

Es asombroso y valiente que una universidad pública apueste por una nueva colección de libros de periodismo en medio de unos recortes brutales al presupuesto social, cultural, y en especial al destinado a las universidades, que supuestamente deben ayudar a sacarnos de esta crisis con su producción de conocimiento, pensamiento crítico y ciudadanos formados e informados.

En este proyecto tuvieron mucho que ver el vicerrector Pere Quetglas, la directora de Publicaciones y Ediciones de la UB, Meritxell Anton y sus predecesores, Joan Duran y Jordi Raventós. Y también un equipo editorial con gente tan valiosa como la editora Alicia Ferrer y la encargada de prensa y mercadeo Cruz Artidiello; y en el caso de estos dos libros, el lujo de contar con grandes periodistas para las fotos de las portadas: Leo Faccio y Gianluca Battista.

En los años de creaciones y cambios, casi todos propuestas de Meritxell, le dimos vueltas al nombre de la colección. Una de las propuestas era Periodismo Actual.

Pero no queríamos que se hablara solo del periodismo de hoy. Queríamos traer también del pasado buenos ejemplos de una tradición que en nuestro oficio muchas veces se pierde en el olvido. También es esa una de las funciones de la universidad: recuperar el pasado, mantener viva la llama de las luchas que se dieron por la libertad de prensa, de opinión, por el derecho a ser informados. Y queríamos adelantarnos al futuro, soñar y advertir.

Nos quedamos con Periodismo Activo, que pone en primer lugar una palabra más necesaria que nunca.

No es tiempo de periodismo pasivo. No es tiempo de cubrir pasivamente actos, anuncios, ruedas de prensa sin preguntas, informes y decisiones del poder.

Es interesante la polisemia de esta palabra, cubrir. Empezamos pensando que nuestra tarea es cubrir lo que hacen otros al trasladar al público lo que dicen, lo que dicen que hacen, y terminamos cubriendo sus desaguisados, sus crímenes y sus errores.

Hace pocos días el presidente de gobierno, Mariano Rajoy, dijo que hace lo que hace porque se lo impone la realidad.

Es tiempo de descubrir la falacia de esta aseveración. Descubrir la realidad de las causas y los efectos de las medidas económicas que se están tomando ahora. Es tiempo de un periodismo activo.

El pensamiento activo no saca de la aparente contradicción que muchos plantean ahora entre el pensamiento positivo y el negativo.

¿Ver lo que está bien o ver lo que está mal? Ninguno de los dos como actitud de entrada. Ver activamente, mirar con detenimiento lo que pasa. Entenderlo y después explicarlo.

Los dos libros con los que lanzamos la colección tienen que ver con dos aspectos que para mí son indisolubles de este mirar activamente y ayudar a mirar y entender, una de las bases que hacen al periodismo serio un pilar necesario de la democracia: la ética y la calidad de la investigación y la escritura, unidos, como decía García Márquez, como el zumbido al moscardón.

El periodismo activo, en definitiva, no se limita a contar qué pasó ayer o hace cinco minutos. Trata de desentrañar qué nos está pasando. ¿No es esa la función más importante del periodismo de hoy?

El corresponsal deslenguado: Enric González en Londres, Nueva York y Roma

Para mi cumpleaños número 50, mi buen amigo Frederic Vincent no me regaló un libro. Me regaló tres: Historias de Londres, Historias de Nueva York e Historias de Roma y los tres son cortitos, pero eso no les quita mérito. Son unas deliciosas… es decir, unos deliciosos… ¿qué?

¿Cómo definir lo que hace el aún joven pero ya legendario corresponsal del diario El País Enric González en sus ‘Historias de…’?

Vamos por partes, así podré contarles cómo llegué a compartir la casi infinita admiración que siente Freddy por este fino estilista disfrazado de rudo fajador. Resulta que González pasó la mayor parte de la primera década del siglo XXI como corresponsal en tres ciudades maravillosas: Londres, Nueva York y Roma, y estos libros surgen de esas estancias y se esparcen por doquier.

Su método es este: cuando Enric González está en una ciudad, además de matarse trabajando para contar a sus lectores de El País lo que pasa en la política, la economía y la cultura de cada país (cuando estaba en Estados Unidos fue aquello del 11 de septiembre, y cuando estaba en Roma va y se le muere el Papa, por ejemplo), va paseando, hablando con los nativos, tomando notas, tomando cafés y aperitivos, tomando lecciones de cómo ser un buen romano, un buen londinense, un buen neoyorquino.

Y en la ciudad siguiente, mientras trajina las noticias y se empapa de su nuevo ambiente, escribe una carta de amor y nostalgia a la ciudad de la que se fue en forma de libro. Él mismo dice que es el autor de títulos más perezoso del mundo, y no hay con qué rebatirle.

A los tres llevó su curiosidad inextinguible, su sentido del humor que empezó siendo catalán y que ya tiene de lo mejor del humor inglés, del neoyorquino y del itálico, a su esposa Lola, a la vez fantasma y baluarte del sentido común en los tres libros, y una gata, Enough. Enough, como su nombre lo indica, es producto de la estancia en Londres, donde gracias a ella trabó relaciones con sus vecinos y aprendió sobre la importancia de las mascotas en la vida familiar británica.

En Roma, ya vieja y cansada, Enough llega al final de su vida terrenal, y a González le sirve para internarse en los laberintos de la burocracia italiana.

Londres se entiende en sus dos mundos: el este y el oeste, el lado rico y el pobre, el mundo de los clubes exclusivos y los callejones donde merodeaba Jack el destripador. Roma se entiende a partir de las dos religiones que gobiernan la ciudad: el fútbol y el Vaticano. Nueva York se explica, en cambio, por períodos históricos: la era hippie en el Village, la lucha por los derechos civiles en Harlem, el mundo desvergonzado del dinero fácil en el Wall Street de la era Clinton. Y en las tres ciudades, González nos acerca a la cofradía con más de amistad que de competencia feroz entre los corresponsales de medios españoles.

Este verano he pasado grandes momentos viendo ciudades con los ojos del inquieto Enric mientras buscaba la sombra de los viejos árboles del Parque del Putxet, trataba de sentarme bajo el chorro de aire fresco en el metro, mientras trataba de conciliar el sueño en las noches bochornosas del agosto barcelonés.

Nunca sabes con qué te va a salir Enric, pero con qué gracia, con qué juguetona precisión cuenta sus historias. Uno termina con la idea de que el corresponsal González no cree en nada, y por eso mismo, termina haciéndote creer en el poder de la palabra para hacerte viajar en un plisplás a las grandes ciudades donde ha recalado.

Ahora está en Jerusalén. Preparémonos.

Los viajes del Penélope

Los viajes del Penélope

El Penélope sigue navegando

¡Acaba de salir en Argentina la edición de bolsillo de mi libro Los viajes del Penélope!

En 2007, coincidiendo con los 25 años de la Guerra de las Malvinas, la editorial Tusquets inició su colección de Crónica con la edición “grande” – los típicos y elegantes libros de Tusquets, con borde negro. Tuvo muy buenas críticas y comentarios en diarios como La Nación de Buenos Aires, Uno de Mendoza, El Periódico de Catalunya de Barcelona y la edición alemana del Financial Times de Hamburgo.

Dos años más tarde, la editorial Südpol, que publica libros de exploración, viajes e historia de la Patagonia, encargó la traducción del libro al inglés a John Fowler. John hizo una estupenda traducción del libro, que se vende desde 2010 con el nombre The Voyages of the Penelope.

Ahora la colección Fábula de Tusquets publica una versión  de formato más pequeño. El subtítulo ya no hace referencia tan directa a la guerra, sino que se centra en la aventura y el relato de un viaje de descubrimiento y auto-descubrimiento: “Las tres vidas de un velero legendario, de la exploración patagónica a la Guerra de Malvinas”.

Este es el nuevo texto de la contraportada:  

En ma­yo de 1982,  el comando de la Armada en Malvinas envió al conscripto Ro­ber­to Herrs­cher, junto con seis marinos de carrera, a tomar y navegar el barco más pequeño, más viejo y menos guerrero de las islas: la go­le­ta mal­vi­nen­se Pené­lo­pe. Du­ran­te un mes, el au­tor vi­vió la gue­rra a bor­do de su «bar­qui­to», igno­ran­do que se ha­lla­ba en una na­ve his­tó­ri­ca.

Años des­pués, Herrs­cher, ya convertido en periodista y escritor, descubrió que el Penélope había sido el legendario Feuerland, un velero de madera que el explorador alemán Gunt­her Plüs­chow, hé­roe de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, ha­bía cons­trui­do en 1927 pa­ra descubrir lugares escondidos de Tierra del Fuego.

Herrs­cher viajó a Buenos Ai­res, la Patagonia, Mal­vi­nas y Ale­ma­nia, para reencontrarse con el Pe­né­lo­pe y reconstruir su fas­ci­nan­te his­to­ria, pe­ro en ese proceso tam­bién se acercó a la vi­da de los mal­vi­nen­ses y se enfrentó a los fan­tas­mas de la gue­rra y los de su pro­pia his­to­ria.

Enlaces  sobre el libro:

http://www.tusquetseditores.com/titulos/fabula-los-viajes-de-penelope

http://loslibrosrobados.blogspot.com.es/2007/10/los-viajes-del-penlope-de-roberto.html

http://www.librocity.com/9789876701068/Los+Viajes+Del+Penelope+++Las+Tres+Vidas+De+Un+Velero+Legendario/

¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

Desde hace muchos años, escribo críticas, comentarios y ensayos sobre libros de periodismo. Ahora lo hago principalmente en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Este año me pidieron reseñar dos voluminosas antologías de la vibrante ola actual de textos periodístico-literarios de América Latina y España, que sacaron Anagrama y Alfaguara. Todos fueron escritos en el siglo XXI. Tal vez muestren el camino de futuro en la prosa en castellano. Esta es una versión del ensayo que publiqué en abril en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia sobre las antologías Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo. Las antologías están esparciéndose por Hispanoamérica, y el género crece.

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  ¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

¿Reportaje, crónica, contracrónica, artículo, nota, análisis, ensayo, relato de viajes o artículo de costumbres? Las definiciones y límites varía de país en país, de generación en generación. De ese marasmo, hace poco más de una década, y en gran parte por el influjo y la influencia de la Fundación Nuevo Periodismo creado por Gabriel García Márquez, los escritores y periodistas latinoamericanos se pusieron de acuerdo en llamar ‘crónica’ al relato de historias reales compuesto con las herramientas narrativas de la ficción.

 Los padres fundadores de este periodismo literario son, entre otros, el mismo García Márquez, los argentinos Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, los mexicanos Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Daniel Samper Pizano, el cubano Guillermo Cabrera Infante.

 Pero las antologías que acaban de publicar Anagrama (cuyo antiguo dueño, Jorge Herralde, apostó desde el comienzo por el género) y Alfaguara (que últimamente está pisando fuerte en este terreno)  no incluyen textos de ninguno de estos viejos maestros. Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo, contienen muchas estupendas crónicas, casi todas publicadas originalmente en revistas. Sus autores tienen un promedio de 40 años, y un puñado de ellos serán los maestros de la siguiente generación.

¿De dónde surgió esta fauna? Sus tres miembros más reconocidos nos ayudan a entender la crónica como punto de encuentro: el mexicano Juan Villoro viene del mundo de la literatura y se acerca a la realidad desde el conocimiento acerado del buen escribir. Villoro encontró en la calle un mundo extraordinario, más variado y dramático que el producto de la imaginación desbocada. Tanto él como el chileno Pedro Lemebel o el colombiano Juan Gabriel Vázquez son reconocidos novelistas y ensayistas, y la no ficción es una prolongación de su afán narrativo.

Por su parte, la argentina Leila Guerriero, se formó como periodista, y se acercó a la crónica a raíz del desencanto por la forma chata, poco imaginativa con la que estaban escritas las noticias en los medios. Guerriero, como la colombiana Juanita León, el argentino-chileno Cristian Alarcón y la peruana Gabriela Wiener, hallaron nuevas maneras de contar lo que ven y viven abrevando en las descripciones de Ernest Hemingway, en los diálogos de Raymond Carver, en la diablura verbal de Julio Cortázar o el rigor de Jorge Luis Borges para hacer filosofía mientras cuenta una historia.

El argentino Martín Caparrós es un bicho raro: es todas esas cosas a la vez, y además polemista, creador de formatos de radio y televisión y personaje público formidable. Por eso, muchos lo consideran el actual ‘pope’ de la crónica latinoamericana.

En las antologías de Jaramillo y Carrión figuran estos ocho, y muchos otros. Se complementan, dialogan. La mirada de Carrión es desde adentro: viene trabajando desde hace años en periodismo narrativo y con la mayoría de sus antologados. Su introducción es excelente: informativa, polémica y muy bien escrita. Jaramillo mira el fenómeno desde afuera: en su introducción cita largamente a los cronistas y a los expertos del Nuevo Periodismo norteamericano, y transmite el entusiasmo del converso.

¿Cuál es mejor? Para mí, la de Anagrama es más coherente: son textos largos, la mayoría producto de la investigación periodística y la búsqueda de una narración literaria. Como Un año en la vida de Haití, un estupendo retrato de la agonía haitiána, de Maye Primera. La de Alfaguara, con más del doble de textos, se dispersa en muchos más géneros: junto con genuina crónica periodística, hay ensayos, entrevistas, relatos de experiencias personales y hasta se adentra en textos sacados de blogs. Entre las dos, muestran la riqueza y pujanza de una generación que tal vez logre salvar del suicidio a la prensa escrita y que con seguridad nos harán ver y entender mejor el mundo que nos rodea.

Enlaces de interés:

 http://www.alfaguara.com/es/libro/antologia-de-cronica-latinoamericana-actual/

http://www.anagrama-ed.es/titulo/CR_97

Biblioteca soñada de periodismo narrativo: La literatura está en la mirada

La legendaria revista de libros, ensayos y pensamiento progresista El Ciervo tiene una sección llamada Biblioteca soñada. La idea es presentar una lista de libros existentes o inexistentes que conformarían una sección de la biblioteca borgeana, a la vez profunda y juguetona.

A mí me encargaron hablar de periodismo narrativo, y yo intenté defender el género en las líneas que siguen, y presentar una serie de libros (todos reales, créanme), algunos recientes y otros antiguos, que muestren la riqueza, utilidad y variedad de temas y estilos de esta especialidad y esta cofradía. Salió en junio de este año, y al planear mi blog Periodista narrativo, se me ocurrió empezar con este ciervo saltarín.

Espero que lo disfruten, y que se sorprendan con algunos de los ejemplos.

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Acabo de leer un libro espantosamente luminoso: Ciudad del crimen, de Charles Bowden, un relato poético-periodístico sobre la violencia en Ciudad Juárez. Uno de sus personajes es la inolvidable Miss Sinaloa, una aspirante a reina de belleza secuestrada y violada durante días por ocho policías, que sobrevive en la frontera entre la locura y la rabia en una tristísima residencia psiquiátrica. En el delirio de Miss Sinaloa, pasado por el tamiz de la sensibilidad alucinada de Bowden – un Bukowski del periodismo – se entiende mejor el drama de frontera que en miles de noticias que enumeran los muertos y citan la palabrería hueca de dirigentes políticos, jueces y expertos mediáticos. Quiero decir: se entiende algo.

También en las crónicas de Anna Politkovskaia se entiende el drama de Chechenia. También en las historias de Amira Haas nos sumergimos en lo que significa vivir en Palestina. Yo, al menos, entiendo, siento, pienso más y mejor cuando me cuentan que cuando me explican.

Por eso persigo y leo con desesperación a los periodistas narrativos de hoy, herederos de la novela realista francesa y los desbordes del Nuevo Periodismo norteamericano: porque juntan historias de aliento trágico, escenas cómicas, y agudos análisis para ayudarme a unir los puntos. Ya saben: como en esos cuadernos donde los niños tienen que unir puntos desperdigados trazando líneas, y de pronto aparece la cara del payaso, la casita o el perro saltarín.

En 1971 Tom Wolfe denunció que los periodistas habían perdido la capacidad para hacernos entender el presente, porque nos presentaban datos sueltos, sin unir los puntos ni dotar la información de vida, de aliento, de humanidad, mientras que los novelistas habían renunciado por completo a explicarnos la realidad. La respuesta de Wolfe era el Nuevo Periodismo: ver, escuchar, oler, tocar el mundo con las armas exacerbadas del mejor periodista de investigación, y escribir la historia y su significado con la sensibilidad de un poeta y la capacidad analítica de un científico social.

El mundo es hoy mucho más complejo que en 1971, y parece que tanto los periodistas como los literatos han continuado deslizándose por la misma pendiente.

¿Por dónde empezar? Para mí, las primeras tres tareas son recuperar el legado de los grandes periodistas narrativos del pasado; traer a nuestra cultura y nuestro idioma lo que se hace en tierras lejanas; y doblar las campanas por las buenas crónicas periodístico-literarias que se están haciendo ahora mismo.

El camino de Buenos Aires – Albert Londres

            El padre del reportage francés creó a principios del siglo XX una serie de relatos de viaje, tan personales como inclasificables. En Terror en los Balcanes se adelantó a la comprensión del terrorismo religioso-nacionalista moderno; en Tierra de ébano denunció como un Joseph Conrad de la no ficción los males del racismo y la esclavitud, y en Dante no vio nada viajó a los presidios militares de ultramar para pintar con escalofriante minuciosidad un panorama, bueno, dantesco. Murió en extrañas circunstancias, en 1932, mientras investigaba una red mafiosa en China, pero dejó una obra insustituible, que incluye El camino de Buenos Aires, el relato desgarrado de las jóvenes francesas que vendían su cuerpo en la entonces fértil capital del Plata.

Fuerte es el silencio – Elena Poniatowska

Una serie de relatos donde se extrema la prosa poética sin dejar de ser narrativa de no ficción. Brillan los retratos de niños de la calle en Ciudad de México y la historia de cómo un grupo de familias sin techo toman un descampado y arman su barrio, organizándose entre ellos con una mezcla de sentido de justicia y afán de orden. Presenta la construcción de un barrio como una épica de la pobreza en nuestro tiempo. Desde que ganara el Premio Alfaguara con La piel del cielo en 2001, la Poniatowska novelista es bien conocida en España. Pero su impresionante obra periodística, como este gran libro o La noche de Tlatelolco, sobre la matanza de estudiantes en el DF en 1968, no se han publicado aún en España.

El regreso de Eva Perón y otras crónicasV. S. Naipaul

El Nobel más viajero peregrinó a principios de los setenta a tres puntos calientes del mapa: la Argentina del sorprendente regreso de Perón, su desastroso gobierno y el principio de la sangrienta dictadura militar; la Zimbabwe del principio de la era Mobutu; y su nativa Trinidad, donde imperaba una variante tropical del Black Power que en esos momentos sacudía Estados Unidos. Su ‘nuevo periodismo’ se basa poco en las invenciones de Tom Wolfe y compañía y mucho en la invención personal de un modelo afincado en la tradición británica del viajero ilustrado que describe, analiza, entrevista y comparte con el lector su asombro y su crecimiento. No es una cruza de reportaje con novela, sino de reportaje con ensayo. En el mundo anglosajón creó escuela. En el nuestro es un clásico que merece revistarse.

Hiroshima John Hersey

Apareció primero como un número completo de la revista New Yorker en 1946. En 1968 Hersey agregó un capítulo final. Este libro cambió la visión del mundo de los norteamericanos que se aventuraron a leerlo, y muestra que el enemigo es uno mismo, si nos tomamos el trabajo e iniciamos la aventura de conocerlo. Seis personajes inolvidables de la tradicional y cosmopolita Hiroshima cuentan a Hersey minuto a minuto su vida en las horas anteriores y posteriores al estallido de la bomba que cambió la historia del mundo. Hersey, hijo de misioneros protestantes, detalla con rigor y genuino talento literario la vida, los sueños y los temores de estos japoneses. Con el correr de las páginas, cada uno va adquiriendo un espesor, una especificidad inolvidable. El autor no analiza, no comenta, no moraliza. Dos décadas más tarde, vuelve a encontrarse con los seis y muestra con contenida emoción en qué formas muy distintas la bomba cambió y guió la vida de cada uno. Una parábola perfecta.

En Patagonia – Bruce Chatwin

El libro de viajes por excelencia. Chatwin, modelo de viajero del siglo XX, emprende cada viaje como un descubrimiento interior a la vez que un perderse adrede en los confines del mundo. La Patagonia que descubre es la tierra de hombres rudos y enloquecidos de silencio, paisajes abismales y leyendas terribles. Sigue la pista del viaje final de Butch Cassidy, desentraña los descubrimientos de huesos de dinosaurios, rescata la leyenda de los gigantes indígenas, busca vestigios de la historia del delirante Rey de la Araucania, y en cada viaje descubre algo sobre el Viaje, la Búsqueda, el Exilio. El exquisito viajero australiano, muerto muy joven por el Sida, es también autor del hermoso recorrido por su país Los trazos de la canción, y de la colección de relatos de viaje ¿Qué hago yo aquí?

Coyotes Ted Conover

Ted Conover es el Gunter Wallraff norteamericano. Sólo que en un país donde cada uno se inventa quien quiere ser, con tal que sea blanco y varón, a Conover no le hace falta disfrazarse, pintarse el pelo ni aprender un acento extraño para vivir aventuras que cualquiera puede vivir. Cualquiera, claro, con tal que sea audaz hasta la locura y tenga una capacidad de observación aguileña. Conover vivió un año saltando de tren en tren con los vagabundos (Rolling nowhere); estudió para guardiacárceles y pasó después varios meses trabajando con presos de alta seguridad en Sing-Sing (Novato); buscó las raíces del SIDA por los caminos polvorientos de África (The Routes of Man); y cruzó la frontera de ilegal con un grupo de mexicanos simpáticos y desesperados. De este último periplo sale un libro estremecedor, un viaje al corazón del ‘otro’. En el proceso, se estudia a sí mismo en el papel del rico, inteligente y triunfador por el solo hecho de ser gringo y blanco y rubio y alto y haberse educado en una universidad para triunfadores. Entendiéndose a sí mismo entiende a los ‘espaldas mojadas’ y a los coyotes, a los blancos como él que los emplean en la frontera y a los mexicanos que los esperan en sus pueblos polvorientos. De paso, nos pinta un retrato inolvidable del mundo de la frontera.

País de plomo – Juanita León

Juanita León, por muchos años periodista de la revista Semana de Bogotá, es una de las más creativas y valientes reporteras de Latinoamérica. País de plomo, publicado hace una década en Colombia, es un fresco amplio, escrito con cuidado por los detalles, mirada histórica y sociológica de los fenómenos que causan y son provocados por la violencia y el narcotráfico en su país. Es una serie de crónicas de viajes, investigaciones y personajes relacionados con el pasado y presente violentos de un país vibrante y rico, con una población sometida a diferencias sociales sangrantes y una mafia poderosa que se mueve alrededor del mercado de la droga. No juzga pero se juega: Juanita León no deja que sus personajes escapen a sus preguntas, ni que sus lectores cierren los ojos a la realidad violenta que nos circunda. Un libro importante, actual y que da mucho que pensar.