Canciones grandes para chicos: homenaje a María Elena Walsh

Pasan las generaciones, cambian las modas y se revoluciona la tecnología, pero la mayoría de las canciones ‘para niños’ siguen siendo las mismas cursilerías llenas de almíbar, moralejas y condescendencia.

Más que la moralina y lo rancio de los mensajes de las canciones, lo que más me molesta es lo previsible de los argumentos y las rimas. Las gallinas se las pasan poniendo huevos, los zorros robándolos y los pavos reales luciendo sus plumas. Las niñas sueñan con casarse, los niños con hacerse ricos y todos terminan bailando rondas mareantes.

Pero hubo un momento mágico en que una creadora genial demostró que otra canción infantil era posible. En la década de 1960 en Argentina y su zona de influencia cultural una joven poetisa descendiente de irlandeses, María Elena Walsh, se apiadó de los chicos – ella nos llamaba, con cariño e ironía, ‘cebollitas’ – y se puso a componer canciones que empezaron a tratarnos como personas maduras pero chiquitas, inteligentes, capaces de entender y apreciar ideas complejas y palabras nuevas. En resumen, como un público merecedor de buenas, y hasta grandes, canciones, como El reino del revés, La pájara pinta, El twist del Mono Liso o Canción de tomar el té.

Los de mi zona del mundo y los de mi generación… ¿se acuerdan?

“Estamos invitados/a tomar el té./La tetera es de porcelana/pero no se vé./Yo no sé por qué”.

“Yo soy la pájara pinta,/viuda del pájaro pintón./Mi marido era muy alegre/y un cazador me lo mató/con una escopetita verde/el día de San Borombón”.

“¿Saben saben lo que hizo/el famoso Mono Liso?/A la orilla de una zanja/cazó viva una naranja/¡Qué coraje y qué valor!/Aunque se olvidó el cuchillo/en el dulce de membrillo/la cazó con tenedor”.

“Me dijeron que en el reino del revés/nada el pájaro y vuela el pez;/que usan barbas y bigotes los bebés/y que un año dura un mes”.

No tuve que buscar libros, ni discos, ni meterme en Internet para escribir estos versos: estas y otras cuarenta o cincuenta canciones están bajo mi piel, zumbándome en los oídos, en mi ADN literario, son la riqueza que le transmití a mi hijo José Pablo desde antes de que supiera hablar.

Hoy su música es muy distinta, muy alejada de la estética de María Elena. Sin embargo, el otro día lo desafié a que sí se acordaba de todas estas canciones.

“Estaba la reina batata…” , empecé, y le salió sin esfuerzo “sentada en un trono de lata”.

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Hace dos años, el 10 de enero de 2011, murió María Elena Walsh en su casa de Buenos Aires, después de una larguísima enfermedad que le fue minando las fuerzas pero nunca la inteligencia, la ironía y la mala leche divertidísima que sólo destilaba para sus amigos.

Hoy María Elena sigue enriqueciendo con su voz grave, expresiva nuestro paisaje sonoro. Lo hace de una forma que parece simple, pero que tiene detrás una cultura asombrosa. Usa métricas venidas del Siglo de Oro español o de la poesía satírica inglesa, las coloca en géneros musicales antiguos tratados con esmero, como zambas, gatos, chacareras, tangos, valses camperos y citadinos, así como citas cultas pero no soberbias a melodías del jazz y de la música clásica.

¿Y dónde están hoy los seguidores de María Elena Walsh? Los padres de la ‘generación Manuelita’ tuvimos que cantar y hacer escuchar a nuestros hijos las mismas canciones de nuestra artista, porque si vamos a las disquerías o prendemos la tele para ver algún programa infantil, comprobamos que siguen dominando las sandeces pueriles, el imitar el habla de los tontos con agudos patéticos y risas bobaliconas, y las canciones son otra vez simplezas banales, como si María Elena Walsh no hubiera existido nunca.

Tal vez, sin quererlo, la culpa sea de María Elena. ¿Cómo inventaba esos argumentos? ¿Cómo le salían esas rimas? ¿De dónde surgían esas melodías redondas y luminosas? Dio el ejemplo pero nadie fue capaz de seguirlo.

Pero no todo está perdido: nos siguen quedando sus canciones, ahora casi para los nietos de su generación, tan vigentes como cuando no había ni ordenadores ni videojuegos, como cuando la televisión era en blanco y negro y una poetisa se atrevió a soñar para los niños en colores de estreno.

Es tiempo de periodismo activo

En tiempos de crisis, lanzamos una nueva colección de libros.

El 10 de diciembre de 2012 presentamos en Barcelona la colección Periodismo Activo, de Publicacions de la Universidad de Barcelona. Dos días más tarde lo presentamos en Madrid. Salieron sus dos primeras obras: mi Periodismo narrativo y Ética del periodismo, del catedrático de ética y decano de Filosofía de la UB Norbert Bilbeny.

En Barcelona nos presentó la periodista y escritora Margarita Rivière; en Madrid, el director de la Fundación Santillana Basilio Baltasar. Ambos me enriquecieron con sus comentarios y me ayudaron a ver mi propio libro de otra manera.   

Quiero compartir aquí unas palabras que preparé para la presentación en la librería La Central del Raval, en Barcelona, donde vinieron más de 50 amigos, colegas, alumnos y ex alumnos. Por supuesto, no lo leí sino que improvisé a partir de estas ideas.

¿Por qué Periodismo activo?

Es asombroso y valiente que una universidad pública apueste por una nueva colección de libros de periodismo en medio de unos recortes brutales al presupuesto social, cultural, y en especial al destinado a las universidades, que supuestamente deben ayudar a sacarnos de esta crisis con su producción de conocimiento, pensamiento crítico y ciudadanos formados e informados.

En este proyecto tuvieron mucho que ver el vicerrector Pere Quetglas, la directora de Publicaciones y Ediciones de la UB, Meritxell Anton y sus predecesores, Joan Duran y Jordi Raventós. Y también un equipo editorial con gente tan valiosa como la editora Alicia Ferrer y la encargada de prensa y mercadeo Cruz Artidiello; y en el caso de estos dos libros, el lujo de contar con grandes periodistas para las fotos de las portadas: Leo Faccio y Gianluca Battista.

En los años de creaciones y cambios, casi todos propuestas de Meritxell, le dimos vueltas al nombre de la colección. Una de las propuestas era Periodismo Actual.

Pero no queríamos que se hablara solo del periodismo de hoy. Queríamos traer también del pasado buenos ejemplos de una tradición que en nuestro oficio muchas veces se pierde en el olvido. También es esa una de las funciones de la universidad: recuperar el pasado, mantener viva la llama de las luchas que se dieron por la libertad de prensa, de opinión, por el derecho a ser informados. Y queríamos adelantarnos al futuro, soñar y advertir.

Nos quedamos con Periodismo Activo, que pone en primer lugar una palabra más necesaria que nunca.

No es tiempo de periodismo pasivo. No es tiempo de cubrir pasivamente actos, anuncios, ruedas de prensa sin preguntas, informes y decisiones del poder.

Es interesante la polisemia de esta palabra, cubrir. Empezamos pensando que nuestra tarea es cubrir lo que hacen otros al trasladar al público lo que dicen, lo que dicen que hacen, y terminamos cubriendo sus desaguisados, sus crímenes y sus errores.

Hace pocos días el presidente de gobierno, Mariano Rajoy, dijo que hace lo que hace porque se lo impone la realidad.

Es tiempo de descubrir la falacia de esta aseveración. Descubrir la realidad de las causas y los efectos de las medidas económicas que se están tomando ahora. Es tiempo de un periodismo activo.

El pensamiento activo no saca de la aparente contradicción que muchos plantean ahora entre el pensamiento positivo y el negativo.

¿Ver lo que está bien o ver lo que está mal? Ninguno de los dos como actitud de entrada. Ver activamente, mirar con detenimiento lo que pasa. Entenderlo y después explicarlo.

Los dos libros con los que lanzamos la colección tienen que ver con dos aspectos que para mí son indisolubles de este mirar activamente y ayudar a mirar y entender, una de las bases que hacen al periodismo serio un pilar necesario de la democracia: la ética y la calidad de la investigación y la escritura, unidos, como decía García Márquez, como el zumbido al moscardón.

El periodismo activo, en definitiva, no se limita a contar qué pasó ayer o hace cinco minutos. Trata de desentrañar qué nos está pasando. ¿No es esa la función más importante del periodismo de hoy?

¿Cómo me voy a informar dentro de 10 años?

El Ciervo es un milagro: la revista cultural más antigua, más independiente de intereses creados y modas, lleva 60 años reflexionando y ayudándonos a reflexionar sobre lo que importa, lo de perdura. En su número de diciembre, el joven y cultísimo jefe de redacción, Alexis Rodríguez-Rata, pidió a ocho escritores y periodistas que imagináramos cómo nos informaremos en 2022. A veces la premura y el espacio breve nos obliga a pensar en lo esencial. Esta es mi respuesta:

¿Cómo se informan hoy los jóvenes? Los diarios, la tele y la radio ya son marginales: todo viene por la pantalla de la laptop o notebook y por la pantallita de los móviles y los iPod y los iPad. No soy experto ni especialmente afecto a las nuevas tecnologías, pero como cualquier periodista de hoy, sé que los medios tradicionales tienen los días contados y que en 10 años todos nos informaremos de forma digital. El único límite a la pequeñez de los dispositivos es lo incómodo que resulta leer en pantallas demasiado pequeñas. Si no, todo se podrá ver en un reloj de pulsera, como ya hacía premonitoriamente James Bond en los años setenta.

Pero para mí lo más importante no es el cómo, sino el qué. Antes había que esperar a pie de quiosco o a que se prendiera el viejo aparato de tele para ver qué nos ponían. Estábamos a merced del criterio de quienes controlaban el acceso de la información. ‘Gatekeepers’, guardianes de la puerta. En los ochenta, Noam Chomsky los denunció como censores: lo ‘noticioso’ era lo que les convenía a ellos que supiéramos. Sí, podíamos suscribirnos a pequeñas revistas, ir a la biblioteca, ajustar la antena para escuchar radios internacionales. Pero la oferta era limitada, y por eso se formaban cofradías de información secreta, que compartían lo prohibido o aquello que los medios al uso no querían difundir.

Ahora casi todo está ahí, afuera. La red es un inmenso depósito, y por Facebook y Twitter nos llegan más links por minuto de nuestros amigos, contactos y gente a quienes seguimos de lo que podemos llegar a leer o ver. Pero los mismos poderes políticos y sobre todo económicos que antes decidían que algo fuera de difícil acceso, hoy dirigen nuestra mirada a lo que ellos quieren: si hablamos con nuestros amigos de Moscú, nos llega la publicidad de vuelos a Rusia; si compramos comida, nos ofrecen vinos para acompañar; si averiguamos por una casa de campo, nos inundan de publicidad de turismo rural. Lo hacen los publicistas, y lo hacen cada vez más las usinas de propaganda política. ¿En tu familia hay votantes de tal partido? Ahora van a por ti. Vigilan nuestros hábitos de consumo y nos atosigan de mensajes.

Por otro lado, las recomendaciones de nuestros amigos y falsos amigos corporativos, que nos espolean desde las redes sociales, nos van achicando la posibilidad de sorprendernos con cosas nuevas, con lecturas y películas y con ideas distintas a las que estamos acostumbrados a escuchar. El lema es “si te gustó aquello, te gustará también esto”. Y así nos vamos arropando en nuestros viejos gustos. Nos bombardean con mensajes y productos nuevos, pero son copias de lo que ya probamos y compramos antes.

¿Recuerdan cuando íbamos a la librería, recorríamos los estantes y nos dejábamos sorprender por un autor que ni sabíamos que existía? Era la época de charlas con gente inesperada que nos desafiaba con ideas muy distintas a las nuestras. En 10 años ya casi no saldremos a buscar noticias y mensajes nuevos: vendrán a por nosotros. Es un camino imparable. Y el desafío ya no será tanto buscar en el desierto, sino sacudirnos la maraña de lo muchísimo que nos quieren vender a todas horas para poder sorprendernos con algo que nos cambie, que nos abra la cabeza.

Respuestas a algunas preguntas fundamentales sobre crónica

La Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberocamericano (FNPI) está juntando a los cronistas del continente en una ambiciosa guía. Es un mapa del estado de nuestro oficio y nuestra pasión, y un inventario de muchos de los que nos dedicamos a esto. El mes pasado nos lanzaron una serie de preguntas básicas, que no son ni simples ni fáciles de contestar.

Quiero compartir con ustedes mis propias respuestas:

¿Qué hace a un buen cronista?

La mirada, la originalidad, la fidelidad a los datos, la honestidad, el estilo cuidado y maleable, la voluntad de entrar en una conversación con las grandes obras de la literatura: el decir algo nuevo y decirlo bien y de una forma nueva.

¿Por qué decidió ser cronista?

En parte porque me enamoró la obra algunos cronistas del pasado y el presente, en parte porque las manos se me van casi solas hacia esta forma de escribir la realidad, en parte porque creo que es una manera valiosa, útil, necesaria de contar lo que nos pasa.

¿Cómo identificar una buena historia?

Con un hormigueo en los pelos de la nuca, que me indican indefectiblemente que estoy leyendo algo que vale la pena, que me implica, que me emociona. El no poder dejarla, el sentirme apelado. En lo técnico: en poder entender la estructura desde el principio pero encontrarme después con gratas sorpresas, y en el uso de metáforas y comparaciones inesperadas.

¿Para qué sirve una crónica?

Para hacernos gozar y sufrir y pasar un buen y un mal rato a la vez mientras la leemos; y después el habernos enseñado algo importante, valioso del mundo que nos rodea y de nosotros mismos. El hacer que veamos el mundo y nuestro mundo de una forma más compleja, y hacernos conocer realidades y puntos de vista que ni sospechábamos.

¿Qué crónicas lee y qué busca en una buena crónica?

Soy muy ecléctico: me gustan las que me meten en la vida de gente muy distinta a mí, pero no de frikis sino de gente “normal” pero de una normalidad alejada de la mía. Me gusta sumergirme en historias donde se juegan temas de vida, muerte, identidad, amor, odio, humillación, reconciliación, injusticia y lucha por la justicia. Como en la respuesta anterior, busco que me lleguen y emocionen mientras las leo, y que después me cambien para siempre.

El resto, y mucho más, en la flamante web de Nuevos Cronistas de Indias de la fundación:

http://nuevoscronistasdeindias.fnpi.org/cronistas/