Alberto Salcedo Ramos, el gran duende tropical de la crónica latinoamericana

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Cuenta Tomás Eloy Martínez, el gran autor de Santa Evita, que a finales de los sesenta formó parte de la delegación que esperó a Gabriel García Márquez en el aeropuerto de Buenos Aires, en la primera visita del gran colombiano a la ciudad donde acababan de publicarle Cien años de soledad. Ante los escritores australes, ceremoniosos y sobrios, apareció un torbellino de colores y verborragia. Con su camisa imposible y su gesticulación desbordada, Gabo se les apareció como el trópico hecho carne y verbo.

Me acordé de ese relato, que Martínez incluye en su antología La otra realidad, cuando conocí al mejor cronista colombiano actual, el excesivo e irresistible Alberto Salcedo Ramos.

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Lo conocí hace casi un año, en el encuentro en México de Nuevos Cronistas de Indias de la Fundación Nuevo Periodismo, la que fundó García Márquez. Era difícil no notarlo: Salcedo Ramos, un barranquillero picante, lucía camisas no aptas para daltónicos y disparaba más palabras por segundo que ninguno.

En México hablamos de la formación de nuevos cronistas. Me impactó su forma clara de referirse al valor de educar, y su generosidad al dar consejos a los veinteañeros. Lo volví a ver en Madrid. Secuestrado por la gripe, tomando un jugo de naranja tras otro, seguía siendo un huracán. La semana que viene, comeremos en Medellín. No veo la hora de escucharlo. Aunque en cierta forma, su voz me acompaña casi cada hora: en Facebook y en Twitter es tan “mudo” como en vivo. A cada rato, un chiste certero o un comentario ácido.  

Pero como su legendario compatriota, lo que hace memorable a Alberto Salcedo Ramos no es su “personaje”, sino su pluma. Sus dos últimos libros, que empezaron a regar su nombre entre los seguidores de la crónica en los países de habla hispana, muestran a un maestro original y riguroso.

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El oro y la oscuridad es un perfil emotivo y complejo del ex campeón de boxeo colombiano Kid Pambelé. En decenas de conversaciones con el ídolo caído, Salcedo se adentra en su adicción a la fama y su íntima fragilidad. Pero también entrevista en profundidad a su familia, a sus pocos amigos y sus muchos ex socios y promotores.

De este buceo sale con un cuadro inquietante de un boxeador único, que subió a la cima desde lo más bajo y volvió a bajar cuando sus puños perdieron fuerza. Y también con un análisis sobre el país donde Kid Pambelé pudo llenar la imaginación de dos generaciones.

La eterna parranda es, en cambio, una antología de crónicas breves sobre deportistas, cantantes y sorprendentes seres anónimos. No hay repetición, no hay fórmulas: los textos de Salcedo Ramos, publicados en revistas como Soho y Gatopardo, sorprenden, divierten y hacen pensar.

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Por ejemplo, Enemigos de sangre. Cuenta la historia de dos hermanos del interior profundo de su país. Uno se unió a la guerrilla de las FARC; el otro, a los paramilitares. La madre sufrió cada día de su ausencia, pero ambos volvieron con vida. Al desmovilizarse, comparten aula: para cobrar un magro subsidio, deben completar la educación básica y aprender respeto y valores.

Con esta historia, Salcedo Ramos construye un apasionante relato de hermanos angustiados ante la posibilidad de matarse entre sí, y que ahora inician juntos un incierto futuro. Es la historia de su país centrada en un puñado de personajes atrapados por la violencia. Y es la crónica desbordada y sobria de un gran maestro.

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Gran encuentro de crónica latinoamericana en México

Marabunta de cronistas en el Castillo de Chapultepec: el último día del encuentro de la FNPI, 12 de octubre de 2012, los participantes posamos agotados y felices.

 

Hace unos días, del 10 al 12 de octubre, participé en el encuentro de Nuevos Cronistas de Indias 2 de la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Fue un reencuentro maravilloso con viejos y nuevos amigos, en uno de sus encuentros más nutridos y nutritivos de los casi 20 años de historia de la Fundación.

Más de 100 “Cronistas de Indias” debatieron, presentaron medios, temas e historias y mostraron que la crónica o periodismo narrativo está más vivo que nunca. Las charlas y debates se sucedieron en el Castillo de Chapultepec y el Museo de Antropología en México DF. Todos bajo la afable y pertinaz mirada del gran gurú de la Fundación, su director Jaime Abello Banfi.

Junto con jóvenes y valerosos cronistas, maestros como Juan Villoro, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, Sergio Ramírez, Francisco Goldman, Cristian Alarcón, Alberto Salcedo Ramos, Graciela Mochkofsky, Juan Pablo Meneses y Julio Villanueva Chang intercambiaron sus ideas y experiencias.

Yo tuve el honor y el placer de moderar la mesa sobre Periodismo Anfibio, con Cristian Alarcón (creador de la fascinante e innovadora revista Anfibia, de la Universidad de San Martín), la académica “con los pies en la calle” y experta en cultura juvenil Rossana Reguillo, y los grandes cronistas Francisco Goldman y Gabriela Wiener. También hablé de enseñanza de periodismo narrativo en una mesa de ideas para promover el género con Margarita García (directora de la Fundación Tomás Eloy Martínez), Andrés Ramírez (editor en Random House) y Paulo Werneck (editor del suplemento cultural Ilustrissima de La Folha de Sao Paulo), moderados por el estupendo director ejecutivo de la FNPI, Ricardo Corredor.