Invitación al viaje

Una de las estrategias narrativas que más me sirven para escribir lo que en Latinoamérica llamamos una crónica es el relato de viaje.

En los diarios y revistas el relato de viaje se ha degradado. Se relega a las páginas de turismo, y pareciera como si el autor sólo pudiera viajar como adelantado de un supuesto lector que comprará en su agencia de viajes una gira rápida, superficial, previsible, a los sitios donde no disfruta estando sino que se enorgullece de haber estado. Ir para haber estado es dar por perdida la posibilidad de la experiencia desde antes de partir.

Obviamente, esto se debe a que el viaje es un negocio: negocio para los anunciantes. En sus manos están los suplementos y las revistas de turismo.

Pero todos sabemos que el viaje del turista que consume experiencias como quien consume productos no es el único viaje posible.

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El romanticismo comenzó, tal vez, con el viaje de Goethe a Italia. Fue un viaje transalpino, y en él descubrió otra forma de vivir – la de los italianos, que para Goethe representaban lo emotivo, lo vital, el placer de disfrutar el momento. Y la cultura, las ruinas, Roma como legado común. El viaje de Goethe a Italia fue un viaje de descubrimiento, de cambio, de crecimiento. Un viaje filosófico.

La historia de la literatura está llena de viajes transformativos: en los mares del sur D. H. Lawrence descubrió la llave para abrir los tabúes del erotismo como experiencia espiritual, en la India E. M. Forster se enfrentó con su propia homosexualidad, en Tahití Gaugain descubrió la libertad absoluta, incluida la libertad abyecta de disfrutar de los cuerpos de las niñas. No siempre los viajes nos cambian para bien.

Pero los que a mí me sirven como ejemplo son los viajes que transforman, por ejemplo, a Hermann Hesse, a Mark Twain y a Josep Pla. Cada uno aprendió a ver y entender su propia sociedad con mayor profundidad y ojo crítico después de haber convivido con sociedades distintas. Es de Yeats ese verso de que el buen viaje es aquel del que uno vuelve y mira su casa como si la viera por primera vez. Y, agrego, se mira en el espejo de su baño y se descubre con extrañeza.

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En el periodismo moderno hay un pequeño pero fascinante grupo de reporteros que usan el relato de viaje para contar un camino de descubrimiento y transformación. No siempre se trata de un cambio personal. Muchas veces es el viaje de la ignorancia al conocimiento, y en vez de hacer que el lector conozca nuestro cambio, lo llevamos de viaje para que, al terminar el libro o el artículo, se vea transformado.

¿Qué es un gran libro sino una propuesta de transformación? Que el que cierra la última página sea alguien ya distinto del que abrió la primera. A veces con respuestas a sus viejas preguntas. Pero otras veces con nuevas preguntas. Cosas que creía resueltas se le abren y complejizan a lo largo del viaje.

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El mejor viajero que conozco en América Latina es Martín Caparrós. Con una maestría verbal prodigiosa, una impresionante capacidad para ver, escuchar, describir y contar detalles que pintan todo un mundo, Caparrós es autor de dos grandes colecciones de crónicas de viaje: Larga distancia y La guerra moderna. Crónicas como el viaje al lujo insano de Hong Kong, el viaje al turismo sexual en Sri Lanka o el viaje a la dictadura implacable de Camboya ya son clásicos, estudiados en las escuelas de periodismo de Argentina y alrededores.

Caparrós puede llevarte a un lugar que creías conocer, como las ciudades y paisajes rurales de Argentina, en su guía de lo inesperado El interior. O contarte una historia desconocida, como el periplo vital de la chica argentina que se convirtió en ‘okupa’ y terminó perseguida como enemiga del estado italiano, sentenciada y suicidada.

El ‘yo’ que viaja en los libros de Caparrós es siempre reconocible: es brillante, socarrón, deslenguado, erudito, y entre frase y frase se atusa el bigote decimonónico. Es como un mago que nos muestra el mundo como si nos hiciera un truco de prestidigitación.

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Hay infinidad de formas de escribir relatos de viaje. Como hay infinidad de formas de viajar. Lo que a mí me gusta es que un buen viaje se cuenta solo: tiene su arco narrativo incorporado.

Me gustan sobre todo los viajes de vuelta a lugares donde pasaron cosas importantes. Es un viaje al recuerdo del pasado y al mismo tiempo un recuento de lo que se encuentra allí ahora. Fernando Benítez siguió La ruta de Hernán Cortés desde Veracruz hasta el DF, por las tierras sobrepoblados, los bosques explotados y los pueblos indígenas oprimidos de hoy, hasta la alucinante capital de lo que fue el imperio azteca.

El periodista catalán Placid García Planas aprovechó sus viajes a sitios donde hay guerras y conflictos hoy – es corresponsal de La Vanguardia – para revisitar los sitios donde transitaron los viejos reporteros de guerra de Barcelona, sobre todo el genial Gaziel, gran cronista de la Primera Guerra Mundial. Su libro se llama La revancha del reportero.

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Viajar para encontrar al otro. Viajar para encontrarse a uno mismo. Viajar para descubrir el pasado y entender el presente.

Una crónica puede ser el viaje del personaje a lo largo de la vida. O un viaje particular del personaje. O el viaje de nosotros, los periodistas. Pero siempre es una invitación al viaje del lector.

Este jueves parto para Bishkek, la capital de Kirguistán, en el centro de Asia. ¡Deséenme suerte!  

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Charles Bowden: el gringo viejo salvado por la locura

La ciudad del crimen, que la editorial Debate publicó en España en 2011 en magnífica traducción de Jordi Soler, es una obra maestra de la prosa poética de no ficción. Charles Bowden, su autor, es un veterano, encallecido y aguardentoso cronista de la frontera entre Estados Unidos y México.

Bowden ive en el borde de la frontera, en Tucson, Arizona, y tanto su estilo como su pinta en las fotos me hacen pensar en un Charles Bukowski de la no ficción.Ya había ganado premios con Down by the River y con Some of the Dead are Still Breathing, y sus crónicas en las más importantes revistas de periodismo literario le habían traido un público fiel. Pero apenas se lo conocía en Latinoamérica y en España.

Hay algo viejo, de aliento clásico, en La ciudad del crimen. Tal vez eso es lo moderno: al buscar entre los cronistas o periodistas literarios norteamericanos actuales, uno de los hilos que se perciben es el desarrollo en la depuración, la sofisticiación de la prosa, el diálogo con los nuevos novelistas y cuentistas y con la poesía, hasta llegar a un punto casi experimental.

Contar el argumento de lo que sería un documental, imitar las formas de contar de lo audiovisual y el relato multimedia con imágenes y voces y cosas de colores que se mueven es hacer que la escritura siempre vaya a la zaga. Bowden para mí representa el camino inverso: de vuelta a lo que hace grande a la literatura, el fulgor del verbo, el construir mundos reales solo con palabras. Nada menos que con palabras.

“Estoy mirándola en su celda, en el asilo. Un pequeño colchón lo coupa todo, y al lado hay un recipiente amarillo de veinte litros para el producto de las micciones y las defecaciones. Las paredes son de baldosas blancas, porque los pacientes como Miss Sinaloa tienden a pintar las superficies con sus propias heces. La puerta es de metal sólido con una pequeña ranura para que las Miss Sinaloa del mundo no puedan arrojar sus heces al personal. Mantas de cuadros cubren los colchones.

“Esa fue su casa durante al menos dos meses. Nadie podía visitarla. Deliraba, estaba muy enojada. En parte fue encerrada para protegerla de otros pacientes que deseaban su piel clara y su belleza. Y en parte, porque en cualquier momento podía volverse loca.

“Estaba calva. El personal había tenido que cortar su hermosa cabellera porque constituía un riesgo. Hay pacientes que tienen tendencia a estrangular a las personas con su propio cabello.”

Miss Sinaloa es una hermosa muchacha de pueblo, violada durante días por una pandilla de policías, que acaba encerrada en un asilo y que el autor encuentra transitando al borde de la locura, de la desesperación, de la rabia y el odio a sí misma y al mundo. Así es Tijuana, el mundo de la frontera, un mundo a punto de romperse en mil pedazos que solo se puede entender y contar si uno se coloca, como Miss Sinaloa, en la frontera entre lo que se debe contar y lo que no se puede entender.

Bowden aparece entre los muertos, los futuros muertos, los deudos destrozados de los muertos, los periodistas que se apresuran a contar los muertos antes de que los maten a ellos también, los asesinos sensibles y los corruptos honesto. Sale y entra en escena como un fantasma. Es una voz que sobrevuela el escenario intolerable de crimen, droga, muertes y violaciones, una ciudad que si fuera una persona ya estaría muerta.

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“El silencio es mi viejo amigo aquí: una cosa que se siente como una mano en la gargata que elimina todos los sonidos. No es el silencio de la tumba o el silencio de la iglesia, es el mutismo del terror. Las palabras apenas se forman en la mente. Y después de un tiempo, incluso la idea pierde la forma y flota como un fantasma. Las cosas se explican ,pero las frases no tienen sujeto, solo un indicio de verbo, y después de un rato; incluso el objeto es algo confuso. Encuentran a dos hombres muertos, con signos de torutra no muy evidentes, hay casquillos alrededor de sus cuerpos. Ciertos elementos están matando personas en la ciudad. Las autoridades expresan su indignación por el caos y el trastorno. Todo esto es una forma de silencio. Juárez es un lugar donde una declaración puede ser un acto de suicidio”.

Y también:

“Hay dos maneras de estar a salvo y cuerdo. Una de ellas es el silencio, fingir que no ha pasado nada, y negarse a decir en voz alta lo que pasó. La otra es un pensamiento mágico, inventar explicaciones para lo que te rehúsas a decir, y gracias a estas explicaciones pas desestimando esa cosa que no puede llegar a tus labios. Por supuesto, estolo se aplica a los individuos. Prensa, políticos y agencias gubernamentales tienen un tercer método: citan a los carteles de la droga y dicen que todo l oque pasa es culpa de ellos. Esta táctica es muy atractiva y lo remita a uno a la infancia, cuando la noche pertenecía a los monstruos y a los fantasmas. Ésta era la herramienta de la guerra fría, cuando los comunistas estaban escondiddos debajo de la cama, y es la herramienta de las nuevas guerras contra el terrorisimo y las drogas. Como un reloj parado, es puntual ahora y entonces. Organizaciones de todo tipo mienten, engañan, roban y matan. Sin embargo, en Juárez casi nadie asocia que los asesinatos están vinculados a un hecho”.

Seguimos el hilo de sus palabras, nos parece que de alguna manera entendemos lo que nos dice. Pero es una verdad más verbal que basada en datos, entrevistas, la descripción fiel de escenas vistas y documentos revelados. Todo está entendido y asumido a un nivel muy profundo y en un área poética de la mente. Bowden grita en susurros, porque nos habla como quien cuenta una historia terrible y explica cosas que son inexplicables.

¿Cómo explicar los cuerpos de mujeres jóvenes y pobres, como Miss Sinaloa, que aparecen todas las semanas en el desierto? ¿Los cadáveres mianiatados y con signos de tortura que brotan a diario, sin que nada cambie, sin que los discursos tengan el más mínimo efecto?

La violencia extrema se apoderó hace décadas de Ciudad Juárez, y Charles Bowden le canta a la sinrazón metiéndonos en la cabeza de gente como Miss Sinaloa, que sufrió más de lo que alguien puede soportar, y al mismo tiempo nos cuenta a quién sirve este ambiente de terror, quién quiere que no termine el tráfico de droga y la lucha entre pandillas, por qué siguen en su puesto policías tan obviamente corruptos, crueles y cobardes. 

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¿Se puede contar semejantes historias, se puede entender este paisaje descorazonador desde el periodismo tradicional, o desde el periodismo narrativo elegante y bajo control del típico estilo New Yorker? El polvo de los muertos se te mete adentro, y uno comienza a desvariar al tratar de relatar ese horror.

Bowden está adentro de su tema, pero sale al borde a tomar aire y a escribir sus relatos espléndidos. La prosa siempre está al borde del eflubio poético, pero en su prólogo decide directamente escribirnos en un poema narrativo, un poema de no ficción, que interpela directamente al lector y lleva al autor, con una seguridad pasmosa, a escribir un prólogo directamente ne versos libres, interpelando al lector:

“Voy a decirte algo sobre la temprada de asesinatos.

¿Qué?

¿No te gusta la violencia?

Entiendo.

Pero súbete al coche.

¿Dices que es difícil ver por las ventanillas oscuras?

Ya aprenderás lo que es la oscuridad.

Miss Sinaloa es un detalle. Era especial, muy fina.

Subió al coche, por supuesto. Qué paseo, Dios mío.

Bueno, sí, está el tema de la cocaína, el whisky y la cordura que podría socavar su posicion en la comunidad.

¿Ves a esa gente en la calle fingiendo que no existes y esta máquina entorme con las ventanillas oscuras, fingiendo que nada de esto te está pasando a tí?

Eso eras tú hasta hace unos pocos minutos.”

¿Es esto periodismo, incluso en la acepción más inclusiva y laxa del término? Sí, si decides subirte al coche de Charles Bowden.

El camino al que nos invita en su versión fascinante y dolorosa de la narrativa de no ficción no es para cuaquier reportero, no es para cualquier tema y no es para cualquier lector. Pero en muchos blogs americanos y europeos estoy viendo intentos de transitar este camino. Ahora que el maestro Bowden está en castellano (y tenía que ser un novelista mexicano quien lo tradujera) podemos acercarse a una forma radicalmete nueva y osada de escribir periodismo.

Les desafío a asegurarme que no han cambiado después de leer La ciudad del crimen. 

Susan Orlean: encuentros sorprendentes con lo extraño y lo doméstico

No creo que haya un periodismo narrativo masculino y otro femenino. Pero muchos de los más talentosos e innovadores cronistas de la actual generación norteamericana son mujeres. Encuentro en ellas una mirada absolutamente personal, un fijarse en lo que otros no perciben, en escuchar hasta los más modestos murmullos, en percibir detalles secretos en las cosas, la gente y las historias, en contar con una mezcla atrapante de gracia y piedad.

¿Es una mirada femenina?

Yo siento que hay una mirada distinta a la mía, pero pero también tiene que ver con una forma personal de acercarse a la realidad. Eso lo encuentro en muchas páginas de periodistas norteamericanos actuales como Ted Conover o Charles Bowden. En definitiva, eso lo tiene que decidir cada lectora o cada lector.

Total, que hoy quiero hablarles de Susan Orlean.  

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Hace una década, Susan Orlean publicó en el New Yorker un perfil de “El hombre americano a los 10 años”. Es un artículo delicioso. Se le podía haber ocurrido a cualquiera; pero se le ocurrió a ella.

Con un sentido muy acuciado de lo importante que es prestar atención a los detalles para entender los cambios generacionales, Orlean se lanza a pasar una temporada no en una guerra lejana ni con un grupo de fanáticos incomprensibles, sino con un niño de 10 años, de clase media relativamente acomodada, un niño relativamente interesado por el mundo, relativamente inteligente y sensible. Un representante de los niños de hoy, que navegan a través del bombardeo de imágenes y mensajes publicitarios, que viven las relaciones y las amistades con sus pares de forma muy distinta a la que solían sus padres, y que se comunican a través de la alta tecnología de una forma radicalmente nueva.

Colin Duffy, el niño en cuestión, invita a la periodista a entrar en su mundo, a jugar con él, a entender sus códigos. Y ella nos invita a nosotros, los lectores, de una manera tan clara y al mismo tiempo tan cargada de ironía y profundidad ligera que terminamos viendo el mundo como lo percibe la siguiente generación.

El hombre americano de 10 años ya es un clásico, sobre todo por la simplicidad clásica con que Orlean trata un tema nuevo. Así comienza:

“Si Colin Duffy y yo nos fuéramos a casar, deberíamos tener libretas de superhéroes que hagan juego. Usaríamos pantalones cortos, grandes tenis, camisetas amplias con los nombres de atletas famosos todos los días, incluso en invierno. Dormiríamos con la ropa del día puesta. Seríamos muy buenos jugando Nintendo Street Fighter II, pero Colin sería mejor. Haríamos los deberes, pero nunca sería muy difícil y siempre estaríamos acabando de hacerlos. Comeríamos pizza y golosinas en todas nuestras comidas. No tendríamos sexo, pero nos sentiríamos atraídos el uno al otro, y como por arte de magia, los bebés empezarían a aparecer en nuestra casa. Ganaríamos la lotería y compraríamos tierra en Wyoming, donde tendríamos toda clase de animales chulos”.

Y así hasta completar la primera página.  El truco es simple, tanto que es raro que no haya sido popular antes. Pero quienquiera que lo use ahora en un artículo de revista en Estados Unidos, sería una copia de Susan Orlean. El desplazamiento de los sueños, aspiraciones y forma de ver el mundo del personaje hacia el periodista provoca a la vez hilaridad, comprensión y una forma original de colocar al reportero en el centro de la acción.

Orlean pasó mucho tiempo e hizo muchas preguntas a Colin y a decenas de niños como él, obviamente, como para poder elaborar ese gran primer párrafo. A partir de allí, la escritura es algo más tradicional, y nos cuenta lo que hacen juntos, de qué hablan, cómo organiza su día y cómo ve su futuro. No hay nada de infantil, de búsqueda de un punto de vista aniñado en la prosa que usa la autora. Toma a Colin como un igual, y el resultado es a la vez divertidísimo y lleno de respeto.

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En la gran Antología de perfiles de New Yorker, hay otra obra maestra de Orlean: Show Dog, un perro de campeonato de belleza. Y el comienzo es una variante del mismo juego:

“Si yo fuera una perra, estaría enamorada de Biff Tuesdale. Biff es perfecto. Es amistoso, guapo, rico, famoso y está en perfecta forma. Casi nunca babea. No le asusta el compromiso. Quiere tener hijos – en realidad tiene varios, y quiere muchos más. Trabaja duro y es un gran profesional, pero también sabe cómo divertirse”.

Susan Orlean, una mujer esbelta, de piel muy blanca y pelo castaño que suele llevar largo y revuelto, juega con su propia autoimágen, con el juego de la mujer que se describe a sí misma como objeto de deseo de otros y que imagina relaciones con desconocidos. Tal vez esta sea una forma femenina de acercarse a los personajes de sus textos periodísticos, ya sea un niño o un perro. Pero yo prefiero verlo como una forma muy particular de una escritora de no ficción sorprendente, que ya traspasó la frontera del conocimiento popular.

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Buena parte de la fama de Orlean se la debe a su primera y brillante obra de no ficción, El ladrón de orquídeas, del que se hizo una película que no sigue la historia que cuenta el libro sino la investigación de la misma Orlean, representada por Meryl Streep. Con una perseverancia rayana en la obsesión, propia de todos los verdaderos periodistas literarios, Orlean se lanza a la caza de los buscadores de la orquídea perfecta. La delicadeza de esta flor única y su estética de formas y colores exagerados, que serían delirantes si no fuera que los creó la naturaleza, la llevan a seguir el camino de fanáticos orquidólogos.

El seguir a gente enamorada y obsesionada con su trabajo es una buena forma de interesar y atrapar al lector. Y en el mundo extrañísimo de las orquídeas, encuentra también Orlean, como en casi todos sus escritos, una forma de hablar de manera original de las pasiones, pulsiones y temores humanos.

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La colección de retratos de Orlean se llama La matadora revisa su maquillaje, y la portada la muestra a ella misma en pose torera, arrastrando el capote y mirando sobre su hombro al lector, como si este – nosotros – fuera el toro. Su personaje es la torera Cristina Sánchez, mujer valiente, osada y vilipendiada en un mundo de hombres.

Entre otros, incluye los perfiles de la cantante Tiffany, de 14 años, que vendió cuatro millones de álbumes de su disco debut, junto con los de famosos y desconocidos, todos extraños y llamativos.

En todos encuentra maneras de hacernos sentir de que son tan raros como para pensemos en nosotros mismos en nuevos términos, y que son al mismo tiempo parecidos, que nos podemos identificar con ellos, incluso con el perro Biff. Lo extraño y lo cercano, el alejamiento y la identificación, y siempre el personaje de la periodista en un lugar original, inesperado. 

Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

Exterminad a todos los salvajes, tremendo libro del desmesurado reportero sueco Sven Lindqvist, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios:

“Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

1. No hubo excesos: el exterminio era el plan

Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

2. Historia de los ‘daños colaterales’

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura deeste segundo libroes de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia.

Bibliografía en castellano

Sven Lindqvist: Historia de los bombardeos (Turner, 2002)

Sven Lindqvist: Exterminad a todos los salvajes (Turner, 2004)

 

El arte de que te rompan la nariz

En estas fiestas quería rescatar al maestro de los excesos, el Gran Gonzo Hunter S. Thompson. Parece que su prosa fluye como el chorro descuidado de un adicto con mono, pero todo está cuidado hasta el detalle, y en sus libros se cuelan citas clásicas para quienes saben encontrarlas. Publiqué estas líneas el año pasado en el diario Perfil de Argentina, en la época en que mi amigo Maxi Tomás lo enriquecía con un excelente suplemento cultural.

Una mañana de finales de 1965 el editor del primer libro de Hunter Thompson lo llamó para decirle que todo estaba listo. Todo estaba a punto para publicar la obra que lo lanzaría a la fama y crearía el periodismo gonzo, de inmersión a fondo en mundos de drogas, sexo y violencia para contarlo con la prosa alucinada de un poeta y los datos precisos de un periodista de sí mismo. El libro se llamaría Los ángeles del infierno, una extraña y terrible saga.

Era un perfil a la vez cercano y crítico de la banda de moteros que para la derecha era el símbolo de lo anti-norteamericano y para la izquierda, ejemplo de rebeldía juvenil. Thompson se pasó un año bebiendo cientos de litros de cerveza con la banda, se compró una moto para seguirlos y descubrió que no eran rebeldes con causa sino enamorados de la velocidad, de la libertad para hacer el gamberro, del machismo y de la violencia. El idilio con la izquierda se rompió un año después, cuando irrumpieron en una marcha contra la guerra de Vietnam y molieron a palos a los manifestantes.

El texto de Thompson se un alucinante viaje al corazón de un grupo profundamente norteamericano. Para el autor, eran los auténticos herederos de la tradición de los cowboys, los aventureros del Oeste. Bebían hasta caer desmayados y pegaban y violaban a las mujeres. Seguramente como los verdaderos cowboys. Los diálogos del libro son precisos, punzantes y reveladores. Nadie da discursos. Hablan como habla la gente, sobre todo la gente borracha y drogada. Y las descripciones son específicas, poéticas, pegadas a lo que ve y oye y al mismo tiempo, llenas de citas literarias y religiosas. 

Pero al libro le faltaba algo: le faltaba la foto para la portada. Así que seis meses después de las jornadas infernales, meses después del último contacto con ellos, Thompson se volvió a echar a la carretera para sacarles fotos. Y todo salió mal. O muy bien, según cómo se lo vea.

Esto lo cuenta Marc Weingarten, quien escribió la biografía conjunta de esta pandilla de soberbios inadaptados que formó lo que el más soberbio de ellos, Tom Wolfe, llamó Nuevo Periodismo.

En el libro de Weingarten, The Gang  That Coudn’t Write Straight (La banda que no podía escribir recto) salen Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Truman Capote, Gay Talese y el más loco de la banda, el joven Thompson.

La cosa es que Hunter tomó su cámara de fotos y volvió a la carretera con sus Ángeles del infierno. En el lago donde acampaban y se bañaban con sus jeans mugrientos – nunca se sacaban la ropa de andar en moto para bañarse – Thompson les tomó decenas de fotos. Pero se armó una bronca. Uno de los Ángeles empezó a golpear a su novia. Thompson la defendió, y pronto se vio rodeado por los personajes de su libro. Su editor dijo después que de toda su investigación, él debía haber previsto lo que iba a pasar. Lo molieron a golpes. Le rompieron la nariz.

Con la nariz sangrando logró subirse a su coche y condujo hasta el pueblo más cercano. Ahí se encontró con una pandilla local de para-policías dispuestos a darle una lección al primer Ángel del Infierno que se apareciese. Estaban podridos de las visitas de la banda de indeseables. Condujo un par de horas más y se encontró con la sala de emergencias del hospital llena de miembros de los Gypsy Jokers, una banda rival a la que los Hell’s Angels acababan de dar un paliza. Hunter Thompson terminó de arreglarse la nariz él solo, con la ayuda del espejo retrovisor de su coche.

Jim Silberman, su editor en Random House, lo tenía claro: tu método de investigación, le dijo, consiste en atarte a la vía del tren cuando sabes que viene el expreso, y quedarte a ver qué pasa. Lo que estás buscando no es la foto, sino una escena fuerte para el final del libro. Querías que te partieran la cara.

Nadie había hecho ese tipo de periodismo antes. O si lo hicieron, no lo llamaron periodismo. Ahora, 40 años después del nacimiento del Nuevo periodismo, estoy convencido de que si seguimos leyendo sus textos luminosos como Hells Angels y aplicando sus métodos es fundamentalmente por el enorme talento, la mirada única para mirar y entender su tiempo de cambios y la voz que cada uno creó para sí mismo: una voz literaria, tan reconocible como sorprendente, para los hechos periodísticos.  

¿Y de dónde venía este genio? Thompson había nacido en Kentucky, en el corazón rural del Sur. Muy joven demostró su capacidad para ser echado a patadas de escuelas, empleos y asociaciones. Lo echaron de la revista de su colegio, lo echaron del liceo militar, donde recaló para escapar de casa, lo echaron de la revista Time y del diario Middletown Daily Record. Se marchó a trabajar a Puerto Rico, al diario El Sportivo, y de ahí no lo echaron porque el diario cerró antes de que pudiera protagonizar alguno de sus habituales escándalos.  

Mientras tanto, había escrito dos novelas, se había casado, había intimado con los popes de la generación Beat y estaba listo para dar el salto: cuando el director de la revista de izquierda The Nation le propuso hacer un artículo sobre los Ángeles del Infierno, saltó sobre la moto y los siguió de la forma intensa, personal, a fondo, que creía que correspondía a la tarea que tenía entre manos. Fue muchos años después, cuando Jan Wenner, el mítico fundador de Rolling Stone, le propuso que viajara a Las Vegas para cubrir una delirante carrera con un abogado mexicano, que Thompson se lanzó deliberadamente a presentar su método como algo nuevo, llamado Gonzo.

De ese viaje salió Miedo y asco en Las Vegas, y la consagración definitiva en 1972. A partir de entonces, casi todas sus grandes crónicas salieron en la revista de rock. De hecho, Thompson fue el mejor y el más entusiasta de los que vieron que Rolling Stone no debía ser una revista sobre rock, sino de y para la generación del rock sobre todo lo que estaba cambiando en el país y el mundo, de Vietnam al secuestro de la democracia por las grandes corporaciones, y de las nuevas normas sexuales en la pareja a las revueltas en el Tercer Mundo. Para la revista Thompson cubrió las elecciones de 1972 y 1976, y siguió escribiendo sobre política hasta la época de su odiado George W. Bush. Siempre con miedo y con asco.  

Se suicidó en 2005, de un escopetazo. Sus amigos dijeron que estaba sufriendo mucho, tanto física como espiritualmente. Y no quería dar lástima. Con su absoluta falta de sentimentalismo, dejó escrito en un papel lo más parecido a una nota de despedida, jugando con la pasión por el fútbol americano, que nunca dejó de apasionarlo. “Football sesason is over. Se acabó la temporada, chicos.

Y todo había empezado en esa aventura de los moteros impresentables, y el día en que Hunter Thompson descubrió que la única forma en que podía hacer su periodismo sin concesiones era lograr que le rompieran la nariz, y vivir para contarlo. Todavía lo veneramos.

Siguen viniendo y pasando periodistas de lo obvio, que son como el pregonero que lee el bando del preboste en la plaza. Al leer su cháchara, no puedo dejar de escuchar un lejano rumor de flauta. Es Hunter Thompson, el Flautista de Hamelín del periodismo narrativo, que toca su feroz cacofonía destemplada y lo seguimos hasta tirarnos por el precipicio.

¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

Desde hace muchos años, escribo críticas, comentarios y ensayos sobre libros de periodismo. Ahora lo hago principalmente en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Este año me pidieron reseñar dos voluminosas antologías de la vibrante ola actual de textos periodístico-literarios de América Latina y España, que sacaron Anagrama y Alfaguara. Todos fueron escritos en el siglo XXI. Tal vez muestren el camino de futuro en la prosa en castellano. Esta es una versión del ensayo que publiqué en abril en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia sobre las antologías Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo. Las antologías están esparciéndose por Hispanoamérica, y el género crece.

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  ¿Un nuevo ‘boom’ en las letras latinoamericanas?

¿Reportaje, crónica, contracrónica, artículo, nota, análisis, ensayo, relato de viajes o artículo de costumbres? Las definiciones y límites varía de país en país, de generación en generación. De ese marasmo, hace poco más de una década, y en gran parte por el influjo y la influencia de la Fundación Nuevo Periodismo creado por Gabriel García Márquez, los escritores y periodistas latinoamericanos se pusieron de acuerdo en llamar ‘crónica’ al relato de historias reales compuesto con las herramientas narrativas de la ficción.

 Los padres fundadores de este periodismo literario son, entre otros, el mismo García Márquez, los argentinos Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, los mexicanos Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Daniel Samper Pizano, el cubano Guillermo Cabrera Infante.

 Pero las antologías que acaban de publicar Anagrama (cuyo antiguo dueño, Jorge Herralde, apostó desde el comienzo por el género) y Alfaguara (que últimamente está pisando fuerte en este terreno)  no incluyen textos de ninguno de estos viejos maestros. Mejor que ficción, editada por Jorge Carrión, y Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Agudelo, contienen muchas estupendas crónicas, casi todas publicadas originalmente en revistas. Sus autores tienen un promedio de 40 años, y un puñado de ellos serán los maestros de la siguiente generación.

¿De dónde surgió esta fauna? Sus tres miembros más reconocidos nos ayudan a entender la crónica como punto de encuentro: el mexicano Juan Villoro viene del mundo de la literatura y se acerca a la realidad desde el conocimiento acerado del buen escribir. Villoro encontró en la calle un mundo extraordinario, más variado y dramático que el producto de la imaginación desbocada. Tanto él como el chileno Pedro Lemebel o el colombiano Juan Gabriel Vázquez son reconocidos novelistas y ensayistas, y la no ficción es una prolongación de su afán narrativo.

Por su parte, la argentina Leila Guerriero, se formó como periodista, y se acercó a la crónica a raíz del desencanto por la forma chata, poco imaginativa con la que estaban escritas las noticias en los medios. Guerriero, como la colombiana Juanita León, el argentino-chileno Cristian Alarcón y la peruana Gabriela Wiener, hallaron nuevas maneras de contar lo que ven y viven abrevando en las descripciones de Ernest Hemingway, en los diálogos de Raymond Carver, en la diablura verbal de Julio Cortázar o el rigor de Jorge Luis Borges para hacer filosofía mientras cuenta una historia.

El argentino Martín Caparrós es un bicho raro: es todas esas cosas a la vez, y además polemista, creador de formatos de radio y televisión y personaje público formidable. Por eso, muchos lo consideran el actual ‘pope’ de la crónica latinoamericana.

En las antologías de Jaramillo y Carrión figuran estos ocho, y muchos otros. Se complementan, dialogan. La mirada de Carrión es desde adentro: viene trabajando desde hace años en periodismo narrativo y con la mayoría de sus antologados. Su introducción es excelente: informativa, polémica y muy bien escrita. Jaramillo mira el fenómeno desde afuera: en su introducción cita largamente a los cronistas y a los expertos del Nuevo Periodismo norteamericano, y transmite el entusiasmo del converso.

¿Cuál es mejor? Para mí, la de Anagrama es más coherente: son textos largos, la mayoría producto de la investigación periodística y la búsqueda de una narración literaria. Como Un año en la vida de Haití, un estupendo retrato de la agonía haitiána, de Maye Primera. La de Alfaguara, con más del doble de textos, se dispersa en muchos más géneros: junto con genuina crónica periodística, hay ensayos, entrevistas, relatos de experiencias personales y hasta se adentra en textos sacados de blogs. Entre las dos, muestran la riqueza y pujanza de una generación que tal vez logre salvar del suicidio a la prensa escrita y que con seguridad nos harán ver y entender mejor el mundo que nos rodea.

Enlaces de interés:

 http://www.alfaguara.com/es/libro/antologia-de-cronica-latinoamericana-actual/

http://www.anagrama-ed.es/titulo/CR_97