Cristian Alarcón: un joven clásico de la crónica

Estos días pensé en Cristian Alarcón, el gran cronista iconoclasta, el maestro orgulloso y humilde. ¿En qué estará hoy?

Está enfrascado en mil proyectos, desde una red de periodistas latinoamericanos de sucesos y crímenes patrocinado por la Fundación Nuevo Periodismo que se llama Cosecha Roja hasta la exquisita web/blog colectivo donde dialogan el periodismo y las ciencias sociales llamada Anfibia hasta las clases en la pujante y legendaria Universidad de La Plata hasta la agencia de noticias judiciales Infojus y la dirección de una colección de libros de periodismo narrativo en la editorial Marea. Hasta le dio tiempo de publicar una colección de sus relatos breves, autobiográficos, de viajes, ensayísticos y narrativos llamado Un mar de castillos peronistas.

Y recordé que hace dos años lo entrevisté largamente y con saña y cariño para conformar un capítulo sobre él en un libro publicado en Chile por la Universidad Finis Terrae, llamado Domadores de historias. Aquí les comparto el comienzo de ese texto, un perfil de Cristian centrado en sus dos libros ejemplares, luminosos, valientes. Si no lo leyeron, corran a comprarlos, que acaban de salir en Chile y en Argentina en una nueva edición de bolsillo.

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Nacido en Chile y formado como cronista en Argentina, el aplaudido autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y de Si me querés, quereme transa es un fruto muy extraño, áspero y exquisito; único en el panorama del periodismo narrativo latinoamericano: Cristian investiga como un científico y escribe como un literato.

No conozco ningún periodista latinoamericano que se haya acercado tanto como Cristian Alarcón a los rigores del método antropológico de la observación participante, con su combinación de ciencia y ética.

La diferencia no sólo está en la investigación ‘de campo’. Mientras se sumerge en el mundo de los desconocidos y despreciados, este reportero erudito también se nutre de teoría y literatura y se zambulle como un psicólogo en sus propios sentimientos y reacciones ante lo que descubre. Y al final, cuando está a punto de ahogarse, se eleva a la superficie y escribe como un poseso, como un iluminado.

El periodista narrativo suele ir, ver algunas escenas, anotar y contar lo que vio. Puede escribir como los dioses, pero casi siempre se pasea por la realidad como un turista atento. El antropólogo, en cambio, busca presenciar y averiguar tantas escenas y tantas historias que al final es capaz de armar su tesis doctoral o su libro académico con el convencimiento que da la ciencia. Su problema suele ser el opuesto: tiene muchísimos datos e historias, pero muchas veces le falta el garbo, la elegancia y el nervio de la literatura.

En Estados Unidos, unos pocos periodistas en profundidad, como Ted Conover, J. Anthony Lukas o Peter Matthiessen, han combinado investigación a fondo con gran estilo. Yo al menos nunca había leído a un reportero latinoamericano hacer esto con tal compromiso y maestría. Eso es lo que hace tan especiales los dos libros que hasta ahora ha publicado Cristian Alarcón: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma, 2003) y Si me querés, quereme transa (Norma, 2010).

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Para hacer Cuando me muera quiero que me toquen cumbia se pasó año y medio metido con los ‘pibes chorros’, los jóvenes y niños ladrones, el eslabón más bajo de la cadena de miseria y violencia del país rico y soberbio.

Los pibes chorros tenían un santo propio, el Frente Vital, un chico que murió baleado por la policía y al que le rezaban con desesperación. Alarcón reconstruye la vida y la muerte del Frente, relata escenas tiernas y terribles con los chicos, con los adultos que fueron chicos, mezcla con maestría la vida de la calle, la lógica del robo, la miseria, el no futuro, el embrujo oscuro de la violencia, el sadismo de los policías. La voz que habla siempre es la del narrador y la historia sigue linealmente la cadena de descubrimientos del autor mientras se interna en el submundo de las villas miseria.  

En los años siguientes, Cumbia se convirtió en un libro exitoso, comentado, admirado, pero no salía la secuela. En mis encuentros con Cristian, me contaba que estaba investigando una historia mucho más compleja y cuya escritura debía ser más poliédrica.

Así pasaron siete años. Recién a principios de 2010 emergió el nuevo libro.         

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Y sí: Si me querés, quereme transa cumple gran parte de las promesas y expectativas que muchos habíamos depositado en el libro anterior. Cristian Alarcón puede seguir subiendo, claro, pero pienso que aquí llegó a cotas inusitadas en la profundidad de investigación y en el trabajo de la estructura, el estilo, el ritmo, la tersura brillante de la prosa.  

Transa, en el argot de la calle, quiere decir vendedor de droga. La autora de la frase, la que exige que la quieran transa, es la endurecida, práctica, hipersensible Alcira, uno de los personajes más fuertes y dolidos de la literatura argentina. El libro es la historia y el viaje a la inquietante y compleja psiquis de Alcira, quien regentea una casa tomada en permanente construcción, donde vende droga, defiende como leona a su familia y sus incondicionales, e impone su lógica.

El libro es también la historia de Teodoro, el último de los peruanos que se masacran entre sí para quedarse con el negocio, pero que también luchan a punta de pistola por su honor y su dignidad. Cristian Alarcón cuenta la historia de Teodoro, su hermano, sus aliados, sus competidores, sus enemigos en el tenebroso mundo de la controlada violencia de estos narcos que bajaron de las montañas de Perú para adueñarse de una selva urbana en medio de la ciudad que se cree europea. 

 En sus páginas brilla, como en el libro anterior, la prosa poética de Cristian, su forma de relatar escenas vistas y vividas. Pero también se echa más para atrás, para reflexionar y aportar un riquísimo contexto histórico, sociológico, psicológico y antropológico. Y junto con la voz del narrador, surge la brillante construcción de unos ‘monólogos autobiográficos’ de sus protagonistas: Alcira, Teodoro y un puñado más. Son voces que surgen, como si salieran de una lámpara oriental, y destilan el fluido de la manera de pensar y sentir de cada uno. Veo en estos relatos en primera persona la influencia del genial El emperador, el libro seminal de Ryszard Kapusinski.

Por Cumbia, Alarcón ganó el Premio a la Integridad Periodística del prestigioso North American Congress of Latin American (NACLA). Después de Transa le ofrecieron ser director académico del proyecto Narcotráfico, Ciudad y Violencia en América Latina de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y el Open Society Institute.

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Pero conocí a Cristian mucho antes de estos logros y honores. Fue en Ciudad de México, en marzo de 2000. Ambos fuimos al primer taller que Ryszard Kapuscinski dio para la FNPI, la vuelta del maestro a Latinoamérica 30 años después de haber cubierto la región para la agencia polaca PAP. Allí Cristian contó su proyecto, y su temor a meterse demasiado. “¿Cuánto hay que meterse con el mundo del que uno está escribiendo?, ¿hay un límite?”, recuerdo que le preguntó al maestro polaco.  

Yo ya sabía que Cristian había empezado en el periodismo por el lado del compromiso personal, sin separar nunca su lucha y sus crónicas. Estudió en la más antigua y politizada escuela de periodismo de Argentina, en la Universidad de La Plata. En 1993, uno de sus compañeros, Miguel Bru, fue secuestrado por la policía de la provincia y desapareció. La necesidad de contar y de luchar por Miguel – a quien llamaron el primer desaparecido de la democracia – movilizó a sus compañeros, y Cristian empezó a escribir del tema en el entonces joven diario porteño Página 12.

Pasó más de una década en Página escribiendo de crímenes, cubriendo y descubriendo los desmanes policiales, después pasó a la revista TXT y al diario Crítica. Desde entonces, sus crónicas salieron en Gatopardo, Rolling Stone, Etiqueta Negra y Soho, pero su corazón se volcó, se derramó sin paliativos en sus libros, extremadamente ambiciosos.

La penúltima vez que lo vi en Buenos Aires Cristian invitó a su casa y me llevó a su placar. Allí me mostró con orgullo las camisetas de su ahijado, Juan. Juan es el hijo de Alcira. La protagonista de su último libro le insistió por años en que él fuera el padrino de su hijo. Después de mucho negarse, aceptó, y la escena en que Juan es bautizado y Cristian se convierte en su padrino es una de las más emocionantes de Si me querés, quereme transa.

Cristian Alarcón tiene 43 años, está en un momento dulce, alto de su carrera, y somos muchos los que esperamos sus próximos libros como a un chaparrón en medio del desierto.

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Biblioteca soñada de periodismo narrativo: La literatura está en la mirada

La legendaria revista de libros, ensayos y pensamiento progresista El Ciervo tiene una sección llamada Biblioteca soñada. La idea es presentar una lista de libros existentes o inexistentes que conformarían una sección de la biblioteca borgeana, a la vez profunda y juguetona.

A mí me encargaron hablar de periodismo narrativo, y yo intenté defender el género en las líneas que siguen, y presentar una serie de libros (todos reales, créanme), algunos recientes y otros antiguos, que muestren la riqueza, utilidad y variedad de temas y estilos de esta especialidad y esta cofradía. Salió en junio de este año, y al planear mi blog Periodista narrativo, se me ocurrió empezar con este ciervo saltarín.

Espero que lo disfruten, y que se sorprendan con algunos de los ejemplos.

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Acabo de leer un libro espantosamente luminoso: Ciudad del crimen, de Charles Bowden, un relato poético-periodístico sobre la violencia en Ciudad Juárez. Uno de sus personajes es la inolvidable Miss Sinaloa, una aspirante a reina de belleza secuestrada y violada durante días por ocho policías, que sobrevive en la frontera entre la locura y la rabia en una tristísima residencia psiquiátrica. En el delirio de Miss Sinaloa, pasado por el tamiz de la sensibilidad alucinada de Bowden – un Bukowski del periodismo – se entiende mejor el drama de frontera que en miles de noticias que enumeran los muertos y citan la palabrería hueca de dirigentes políticos, jueces y expertos mediáticos. Quiero decir: se entiende algo.

También en las crónicas de Anna Politkovskaia se entiende el drama de Chechenia. También en las historias de Amira Haas nos sumergimos en lo que significa vivir en Palestina. Yo, al menos, entiendo, siento, pienso más y mejor cuando me cuentan que cuando me explican.

Por eso persigo y leo con desesperación a los periodistas narrativos de hoy, herederos de la novela realista francesa y los desbordes del Nuevo Periodismo norteamericano: porque juntan historias de aliento trágico, escenas cómicas, y agudos análisis para ayudarme a unir los puntos. Ya saben: como en esos cuadernos donde los niños tienen que unir puntos desperdigados trazando líneas, y de pronto aparece la cara del payaso, la casita o el perro saltarín.

En 1971 Tom Wolfe denunció que los periodistas habían perdido la capacidad para hacernos entender el presente, porque nos presentaban datos sueltos, sin unir los puntos ni dotar la información de vida, de aliento, de humanidad, mientras que los novelistas habían renunciado por completo a explicarnos la realidad. La respuesta de Wolfe era el Nuevo Periodismo: ver, escuchar, oler, tocar el mundo con las armas exacerbadas del mejor periodista de investigación, y escribir la historia y su significado con la sensibilidad de un poeta y la capacidad analítica de un científico social.

El mundo es hoy mucho más complejo que en 1971, y parece que tanto los periodistas como los literatos han continuado deslizándose por la misma pendiente.

¿Por dónde empezar? Para mí, las primeras tres tareas son recuperar el legado de los grandes periodistas narrativos del pasado; traer a nuestra cultura y nuestro idioma lo que se hace en tierras lejanas; y doblar las campanas por las buenas crónicas periodístico-literarias que se están haciendo ahora mismo.

El camino de Buenos Aires – Albert Londres

            El padre del reportage francés creó a principios del siglo XX una serie de relatos de viaje, tan personales como inclasificables. En Terror en los Balcanes se adelantó a la comprensión del terrorismo religioso-nacionalista moderno; en Tierra de ébano denunció como un Joseph Conrad de la no ficción los males del racismo y la esclavitud, y en Dante no vio nada viajó a los presidios militares de ultramar para pintar con escalofriante minuciosidad un panorama, bueno, dantesco. Murió en extrañas circunstancias, en 1932, mientras investigaba una red mafiosa en China, pero dejó una obra insustituible, que incluye El camino de Buenos Aires, el relato desgarrado de las jóvenes francesas que vendían su cuerpo en la entonces fértil capital del Plata.

Fuerte es el silencio – Elena Poniatowska

Una serie de relatos donde se extrema la prosa poética sin dejar de ser narrativa de no ficción. Brillan los retratos de niños de la calle en Ciudad de México y la historia de cómo un grupo de familias sin techo toman un descampado y arman su barrio, organizándose entre ellos con una mezcla de sentido de justicia y afán de orden. Presenta la construcción de un barrio como una épica de la pobreza en nuestro tiempo. Desde que ganara el Premio Alfaguara con La piel del cielo en 2001, la Poniatowska novelista es bien conocida en España. Pero su impresionante obra periodística, como este gran libro o La noche de Tlatelolco, sobre la matanza de estudiantes en el DF en 1968, no se han publicado aún en España.

El regreso de Eva Perón y otras crónicasV. S. Naipaul

El Nobel más viajero peregrinó a principios de los setenta a tres puntos calientes del mapa: la Argentina del sorprendente regreso de Perón, su desastroso gobierno y el principio de la sangrienta dictadura militar; la Zimbabwe del principio de la era Mobutu; y su nativa Trinidad, donde imperaba una variante tropical del Black Power que en esos momentos sacudía Estados Unidos. Su ‘nuevo periodismo’ se basa poco en las invenciones de Tom Wolfe y compañía y mucho en la invención personal de un modelo afincado en la tradición británica del viajero ilustrado que describe, analiza, entrevista y comparte con el lector su asombro y su crecimiento. No es una cruza de reportaje con novela, sino de reportaje con ensayo. En el mundo anglosajón creó escuela. En el nuestro es un clásico que merece revistarse.

Hiroshima John Hersey

Apareció primero como un número completo de la revista New Yorker en 1946. En 1968 Hersey agregó un capítulo final. Este libro cambió la visión del mundo de los norteamericanos que se aventuraron a leerlo, y muestra que el enemigo es uno mismo, si nos tomamos el trabajo e iniciamos la aventura de conocerlo. Seis personajes inolvidables de la tradicional y cosmopolita Hiroshima cuentan a Hersey minuto a minuto su vida en las horas anteriores y posteriores al estallido de la bomba que cambió la historia del mundo. Hersey, hijo de misioneros protestantes, detalla con rigor y genuino talento literario la vida, los sueños y los temores de estos japoneses. Con el correr de las páginas, cada uno va adquiriendo un espesor, una especificidad inolvidable. El autor no analiza, no comenta, no moraliza. Dos décadas más tarde, vuelve a encontrarse con los seis y muestra con contenida emoción en qué formas muy distintas la bomba cambió y guió la vida de cada uno. Una parábola perfecta.

En Patagonia – Bruce Chatwin

El libro de viajes por excelencia. Chatwin, modelo de viajero del siglo XX, emprende cada viaje como un descubrimiento interior a la vez que un perderse adrede en los confines del mundo. La Patagonia que descubre es la tierra de hombres rudos y enloquecidos de silencio, paisajes abismales y leyendas terribles. Sigue la pista del viaje final de Butch Cassidy, desentraña los descubrimientos de huesos de dinosaurios, rescata la leyenda de los gigantes indígenas, busca vestigios de la historia del delirante Rey de la Araucania, y en cada viaje descubre algo sobre el Viaje, la Búsqueda, el Exilio. El exquisito viajero australiano, muerto muy joven por el Sida, es también autor del hermoso recorrido por su país Los trazos de la canción, y de la colección de relatos de viaje ¿Qué hago yo aquí?

Coyotes Ted Conover

Ted Conover es el Gunter Wallraff norteamericano. Sólo que en un país donde cada uno se inventa quien quiere ser, con tal que sea blanco y varón, a Conover no le hace falta disfrazarse, pintarse el pelo ni aprender un acento extraño para vivir aventuras que cualquiera puede vivir. Cualquiera, claro, con tal que sea audaz hasta la locura y tenga una capacidad de observación aguileña. Conover vivió un año saltando de tren en tren con los vagabundos (Rolling nowhere); estudió para guardiacárceles y pasó después varios meses trabajando con presos de alta seguridad en Sing-Sing (Novato); buscó las raíces del SIDA por los caminos polvorientos de África (The Routes of Man); y cruzó la frontera de ilegal con un grupo de mexicanos simpáticos y desesperados. De este último periplo sale un libro estremecedor, un viaje al corazón del ‘otro’. En el proceso, se estudia a sí mismo en el papel del rico, inteligente y triunfador por el solo hecho de ser gringo y blanco y rubio y alto y haberse educado en una universidad para triunfadores. Entendiéndose a sí mismo entiende a los ‘espaldas mojadas’ y a los coyotes, a los blancos como él que los emplean en la frontera y a los mexicanos que los esperan en sus pueblos polvorientos. De paso, nos pinta un retrato inolvidable del mundo de la frontera.

País de plomo – Juanita León

Juanita León, por muchos años periodista de la revista Semana de Bogotá, es una de las más creativas y valientes reporteras de Latinoamérica. País de plomo, publicado hace una década en Colombia, es un fresco amplio, escrito con cuidado por los detalles, mirada histórica y sociológica de los fenómenos que causan y son provocados por la violencia y el narcotráfico en su país. Es una serie de crónicas de viajes, investigaciones y personajes relacionados con el pasado y presente violentos de un país vibrante y rico, con una población sometida a diferencias sociales sangrantes y una mafia poderosa que se mueve alrededor del mercado de la droga. No juzga pero se juega: Juanita León no deja que sus personajes escapen a sus preguntas, ni que sus lectores cierren los ojos a la realidad violenta que nos circunda. Un libro importante, actual y que da mucho que pensar.