Joyce DiDonato: Música barroca para estos tiempos convulsos

La gran mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato vuelve a Barcelona y a Madrid a principios de junio para cantar la furia del impulso bélico y la armonía de la deseo de paz. En un programa ideado por ella, lucirá su brillante coloratura y ágiles melismas vocales, así como el poderío de los graves y la belleza de las largas notas sostenidas que ya son marca de la casa. Pero para la diva, que se encuentra en su plenitud vocal y artística, esto no es un torneo de gorgoritos: quiere dejar un mensaje y siente que en estos tiempos turbulentos, es más importante que nunca.

DiDonato ya tiene establecida una relación de amor y confianza con la mayoría de los grandes teatros de ópera de Estados Unidos y en las mecas de la ópera de Londres, París, Roma, Madrid, Barcelona, Berlin y el Festival de  Salzburgo.

El público del Liceu barcelonés recordará por años la forma tan pasional y tan distinta en que asumió los roles de las dos grandes cenicientas de la ópera: la burbujeante La Cenerentola de Rossini y la poética Cendrillon de Massenet. En esos dos grandes papeles mostró una fascinante paleta de color vocal, una gran versatilidad a la hora de tomar como propios estilos e idiomas diversos, y una capacidad actoral que hace difícil quitarle la vista de encima, incluso cuando no está cantando.

DiDonato mostró varias de las cualidades que la llevaron a la altura artística en la que está cuando, en 2009, se lastimó seriamente la pierna izquierda al terminar la temible aria Una voce poco fa, del final del primer acto de El barbero de Sevilla de Rossini en el Covent Garden de Londres.

Tenía otro acto entero y un dolor terrible, pero estaban todos los  críticos y su Conde Almaviva era el gran tenor Juan Diego Flórez. Tres días después, allí estaba Joyce con yeso y en silla de ruedas, cantando divinamente su papel. Y entre tanto, informaba a sus seguidores en su web y en redes sociales, donde publicaba fotos de su yeso pintado con flores de colores. Y cada noche, al terminar la función, una ovación triunfal.

El crítico del New York Times Anthony Tommasini empezó su relato de esa noche de esta manera: “La noche del sábado en la Royal Opera House, la mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato dio un sentido literal a la vieja expresión de buena suerte en el teatro: Break a leg – ¡que te rompas una pierna!”

Di donato war & peace

Como su famosa colega Cecilia Bartoli, DiDonato ha comenzado en los últimos años a aprovechar su fama creciente para emprender proyectos personales. Ahora mismo está surcando el mundo con un programa de arias y escenas que en conjunto cuentan una historia y dan una opinión sobre el mundo. Guerra y paz: La armonía a través de la música explora las pasiones de Eros y Tanatos con la música de furia y de placidez de compositores como Georg Friederich Händel, Henry Purcell y Claudio Monteverdi.

Con este programa llega esta semana al Teatro Real de Madrid y al Liceu de Barcelona.

En su página web Ud. presenta su proyecto Guerra y Paz como una personal y ambiciosa colección de arias de óperas barrocas. ¿Cómo seleccionó las arias, de qué manera la elección es personal y por qué piensa que hay un mensaje en la música del siglo XVIII que debe ser escuchado hoy?

La música de todas las épocas ha hablado de la guerra y de la paz, y algunas de las obras maestras más grandes fueron escritas en momentos terribles de conflictos. Por ejemplo, el Cuarteto para el final de los tiempos de Olivier Messien. El elemento particular que encuentro en el barroco es que ilumina este tema con la pureza de la música, de modo que el impacto emocional es mucho más directo. La guerra parece más fuerte y la paz más celestial.

En noviembre d3e 2015, los ataques  terroristas en París me llevaron a pensar en cambiar por completo el programa que tenía en mente. Sentí que necesitaba hablar del mundo en el que vivía de una manera más directa, y el tema de War & Peace se me apareció naturalmente. Tenía un grupo de arias de Händel y Purcell sobre mi piano, y todas hablaban de la guerra y de la angustia interna y la búsqueda de serenidad. Supe que tenía que cantar sobre eso.

Ud. ha centrado su carrera en la época barroca, el clasicismo y el romanticismo temprano. ¿Por qué piensa que ese repertorio le es adecuado, con el que se siente a gusto? ¿Qué le dice la música de esa época? 

Mi voz se alegra con la música que requiere fluidez y muchos elementos expresivos. Muchas veces en estas obras el texto se repite, por lo que el personaje debe sumergirse más y más en la psicología de sus emociones profundas, y esto está en la raíz de por qué canto: para expresar emociones profundas. Encuentro que está época era muy emotiva y al mismo tiempo conectada orgánicamente con la naturaleza de mi voz. Si me fuera a músicas más expansivas, como por ejemplo Wagner, creo que iría contra la naturaleza de mi voz. Supongo que un extra es que la música que canto también me nutre de una manera profunda, ¡y por eso gozo sumergida en estas melodías a diario!

En los últimos tiempos ha pasado del barroco a más papeles de bel canto, del romanticismo temprano. Percibe un cambio, un desarrollo en su voz, y qué piensa que cantará en los próximos años?  

Me imagino teniendo la misma fórmula que usé a lo largo de mi Carrera, con Händel, Rossini y Mozart como la columna vertebral de mi repertorio, pero extendiéndome y acercándome a música más moderna, obras francesas y más roles de bel canto. La diferencia es que crecí dentro del mismo Rossini: ¡pasé de la jovencita Rosina que quiere casarse con su príncipe en El barbero de Sevilla a la reina ponderosa y algo malévola de Semirámide!

Pese a que su agenda está llena, viene con frecuencia al Liceu de Barcelona. ¿Encuentra algo especial, algo distinto en este teatro y este público?

Tengo la idea de que están maravillosamente vivos e involucrados en lo que se le ofrece. Siento que si hago el esfuerzo especial en una cierta frase de profundizar más en las emociones, este público lo entenderá en seguida, y eso es una gran alegría para un intérprete como yo. Además, es la casa de Montserrat Caballé y de otros titanes del bel canto, así que si te aplauden allí es un regalo que no tomo con ligereza.

Como mezzo soprano, frecuentemente debe actuar en “papeles de pantalones”, roles masculinos. ¿Cómo se prepara para actuar y cantar como un hombre? ¿Trata la partitura de forma distinta? ¿Y esta experiencia la ha ayudado a entender mejor al “otro” sexo?

Trato estos papeles exactamente igual que los otros: entrando a fondo en la psicología del personaje, la expresión musical, y tratando penetrar en la verdad de la escena. Adoro la energía que estos papeles me permiten, porque puedo entrar al escenario de una forma más agresiva, pasional (pienso por ejemplo en la entrada de Romeo en Montescos y Capuletos de Bellini, que canté en el Liceu la temporada pasada). Te empodera, y al mismo tiempo Bellini le permite al personaje ser increíblemente frágil y emocional, algo que se ve con mayor claridad porque es una mujer la que canta. Es una mezcla brillante de géneros y así la música emociona más.

Una de sus últimas óperas en el Liceu era la Maria Stuarda de Gaetano Donizetti, que incluye aquella tremenda plegaria con una nota alta muy difícil de sostener. ¿Cómo adquiere tal maestría ténica y al mismo tiemop logra producir un impacto emocional así en la audiencia?

Si mi trabajo está bien hecho, las dos cosas irán en tándem. Primero debo afinar los aspectos técnicos (en este caso en particular, sabiendo que es el momento más difícil de la ópera, ¡fue lo primero que empecé a ensayar!). Pero sabiendo bien que la técnica solo sirve para apuntalar el viaje emocional del personaje. Si soy fiel a eso, a través de mi voz el oyente se sentirá libre para sentir la inmensidad.

¿Qué le dice la palabra “diva”? ¿Se siente una diva?

Ese es un título que otros te dan, no algo con lo que yo me identifique. Solo puedo decir que  no tengo ningún deseo de ser “diva” fuera del escenario, o de sentirme más que nadie en ningún sentido. Desde los técnicos y las maquilladoras hasta el pianista asistente, todos estamos juntos contando la misma historia. Sin embargo, reconozco que necesito entrar al escenario con la sensación de poder y confianza de que tengo algo valioso que compartir con la audiencia. Si eso me hace una diva sobre el escenario, me alegra.

Se la considera uno de los artistas clásicos más conocedores y hábiles con las nuevas tecnologías. ¿Cómo usa Internet y las redes sociales para promover su carrera y las causas en las que cree?

Mi único estándar es que comparto algo cuando siento que realmente tiene valor. No lo uso para promoverme a mí misma, sino como un medio para comunicarme directamente con los fans y los melómanos. Sé lo apasionada que mucha gente es sobre la música que ama y los artistas a los que siguen, y si esto les da un conocimiento más profundo sobre una obra o un proceso, me alegra mucho poder compartirlo. ¡Pero también me gusta cada vez más desconectarme de los aparatos y conectarme a la vida, al mundo increíble que me rodea en tiempo real! 

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Roger Moore y los actores de nuestra vida

Uno no elige a su agente 007. Es el que le toca a su generación. La generación de mi padre creció con el James Bond del elegante y desacomplejado Sean Connery. La de mi hijo, con el complejo, traumatizado, posmoderno Daniel Craig.

A mí me tocó Roger Moore, quien murió esta semana a los 89 años. Curiosamente, Moore fue el único de los Bonds que alcanzó la cifra de 007 películas. Aunque seguramente no figurará como primero en el ranking  de los fanáticos del personaje creado por Ian Fleming, para mi generación, la que se introdujo en el cine y en las preguntas sobre quiénes éramos y quiénes queríamos ser en la década de 1970, Sir Roger fue el agente secreto que se ajustaba a nuestras necesidades de espejo. En él veíamos reflejada la masculinidad, la seguridad, la ironía que nos marcaría de por vida, para bien y para mal.

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Roger Moore era el hombre que yo aspiraba a ser, desde la primera serie que le vi, Dos tipos audaces con el ambiguo, algo amanerado Tony Curtis. Moore era el hombre de sonrisa ladeada que las mujeres buscaban. Ellas lo perseguían, él se dejaba querer. Sólo debía sonreír. Y no lo perjudicaba para nada ese gusto horrendo para vestir y peinarse, que siempre vincularé con ese aire de fiesta pobre y pretenciosa de finales de los setenta. Esas corbatas anchas, esos trajes lustrosos, esos zapatos abrillantados. El mal gusto era parte integrante de ese ser macho sin esforzarse, la marca de El Santo, su segundo gran papel.

En sus películas de Bond, como Vive y deja morir, La espía que me amó y Moonraker, llevó hasta las cotas más altas su tercera gran virtud: la ironía. Roger Moore parecía burlarse de sus jefes, de sus enemigos, de la muerte, de la Corona, del amor y del odio. Pero lo hacía sin que se notara, levantando la ceja, como levemente hastiado de sus propios sentimientos.

Era suficientemente joven como para encandilar a las mujeres y aterrar a los malos y lo bastante viejo como para haber pasado por todo y saberse el libro de la vida de memoria. Con dominar esa ironía, que por supuesto nunca conseguiré, soñaba yo y sospecho que muchos de mis compañeros de generación.

Descansa en paz, Roger Moore. No fuiste el gran actor shakespereano que tal vez soñaste ser cuando te metiste a actor. Pero toda una generación de hombres en busca de una seguridad que se escapaba ante la revolución imparable de las mujeres te agradeceremos siempre que nos dieras esperanza. Fuiste nuestro James Bond. Tu sonrisa de aprobación nos acompañará desde allí donde estés.

La miseria del mejor oficio del mundo

A comienzos de este siglo tres periodistas realizaron, sin saberlo, el mismo proyecto: vivir entre seis meses y un año con el sueldo mínimo, “disfrazándose” de obreros manuales, camareros, lavaplatos, limpiadores.

El colombiano Andrés Felipe Solano publicó Salario mínimo; la estadounidense Barbara Ehrenreich, Por cuatro duros y la francesa Florence Aubenas, El muelle de Ouistreham. En los tres se detalla en primera persona cómo afecta al cuerpo, al ánimo y a la calidad del trabajo el vivir con tan poco, el no tener margen económico para decir ‘no’, el estar permanentemente sujeto a los caprichos del jefe, el comer mal y matarse corriendo detrás de una liebre que siempre corre más rápido.

Hoy los periodistas no necesitamos disfrazarnos de nada para tener la experiencia de vivir con el sueldo mínimo. Y el aprendizaje de las dificultades psicológicas, mentales y físicas de vivir con muy poco que plantean esos libros ahora llega a nuestro gremio y afecta el periodismo que hacemos.

Imagen para La miseria del mejor oficio

En Hispanoamérica, los sueldos de los periodistas nunca fueron para tirar cohetes, pero con la crisis económica y la crisis de los modelos de negocios de los medios provocada por el auge de internet, la situación se ha deteriorado de manera alarmante.

Hace algunas semanas, el sindicato español CNT publicó un informe alertando sobre la caída de los pagos de medios de España a sus colaboradores. La agencia oficial EFE paga en promedio un poco menos de 20 dólares por crónica o reportaje. El diario El Mundo paga 76 dólares por un artículo para la web; El Economista, casi cien dólares por el contenido que llena una página. Y así en casi todos.

Es menos que lo que se paga por jornada de trabajo en la construcción o la limpieza de edificios. Si se calcula lo que un periodista cuidadoso debe emplear en la confección de un reportaje bien investigado, escrito, editado y chequeado, debería pagarse al menos 200 dólares para que sea compatible con el sueldo mínimo, que en España es de 825 euros (900 dólares) mensuales por 172 horas de trabajo.

En América Latina la situación no está mejor. Los autores famosos ganan más, pero para un periodista que se está abriendo camino, se paga entre 50 y 100 dólares por reportajes o crónicas de unas mil palabras (el tamaño de esta columna).

Cada vez se viaja menos y los hechos que suceden fuera de los centros del poder quedan sin cubrir, bajo un manto de silencio, no debido a la represión y las amenazas de los lobos autoritarios (que también padecemos) sino a la falta de dinero para contar las noticias.

Según un reciente estudio, los periodistas novatos de Colombia cobran un promedio de 400.000 pesos colombianos (136 dólares). Un sueldo medio para los que comienzan raya los 682 dólares. En países con alta inflación como Argentina o en economías deprimidas como las de Centroamérica es un sueño conseguir que paguen 100 dólares por un artículo.

Helena Calle, una joven periodista de Bogotá, calculó su ganancia mensual en “900.000 pesos (307 dólares) por ser periodista, ghost writer, transcriptora, traductora, community manager, contadora, vendedora y asistente editorial. Los jóvenes somos muy baratos”, concluye Calle, “y la mayoría de las empresas tienen filas y filas de practicantes, chicos y chicas recién desempacados de las facultades de comunicación”. Consulté a una decena de periodistas veinteañeros en seis países y las respuestas fueron muy parecidas.

Ante la inestabilidad y angustia del freelance, muchos ven la obtención de un empleo fijo como un sueño realizado. Pero también ha desmejorado la situación de los periodistas “de planta”: según la Asociación de la Prensa de Madrid los sueldos han caído un 17 por ciento en el último lustro y más de la mitad de los empleados de un medio ganan menos de 27.000 dólares al año.

En toda Iberoamérica las plantillas de los principales medios se achican y los despidos están a la orden del día. En Argentina, un conglomerado tan potente como Editorial Atlántida acaba de despedir a 25 trabajadores. En el último año, el poderoso diario Clarín despidió a 180 trabajadores de la redacción y 270 de su planta de impresión. Y otros medios se han sumado a esta tendencia.

Así expresaba el clima general el periodista argentino Juan Pablo Csipka: “Yo me siento un sobreviviente. El llegar y que te digan: ‘No, a partir de mañana no vengas más’ como espada de Damocles. En estas condiciones es que se reclama mayor excelencia y calidad, recargando labores de treinta personas sobre las espaldas de diez”.

La periodista mexicana Cecilia González, corresponsal de la agencia Notimex en Buenos Aires, lleva la cuenta del desastre en su país de adopción: “El año pasado, según el Foro de Periodismo Argentino, perdieron su trabajo 1499 periodistas o trabajadores de medios de comunicación. Otras organizaciones gremiales elevan la cifra de despidos a entre 2500 y 4000”.

Sin embargo, en este panorama preocupante sigue existiendo un vivero de jóvenes entusiastas que quiere entrar en “el mejor oficio del mundo”, como decía Gabriel García Márquez. Ellos buscan referentes y modelos fuera de los medios tradicionales.

Un ejemplo son los periodistas jóvenes que fundan nuevos medios digitales, donde tratan de implementar un nuevo modelo de negocio con independencia, creatividad y vigor narrativo. En los últimos premios de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) fueron estos medios, como El Faro de El Salvador o La Silla Vacía de Colombia, los que se llevaron los principales galardones. Medios nuevos como estos atraen a un público cansado del periodismo tradicional y contratan a jóvenes ansiosos de vivir de lo que aman y contar sin cortapisas.

Recientemente, Ignacio Escolar (41 años), el director de uno de estos medios —eldiario.es de Madrid—, inauguró el año académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. “La gran amenaza del periodismo ya no es cómo se investiga, se escribe o se publica, sino cómo se paga”, les dijo Escolar a un centenar de chicos de entre 18 y 20 años.

Escolar comenzó eldiario.es con 12 periodistas y el presupuesto de su primer año era menos que lo que costó la fiesta de lanzamiento del anterior medio que dirigió, un diario en papel. Hoy tiene más de 60 y cuatro cabeceras en las principales ciudades españolas.

¿Qué futuro le espera a los estudiantes que lo escuchaban? En sus preguntas se notaba el entusiasmo pero también la inquietud. Al presentarlo, Mónica Rincón, la periodista chilena de CNN comenzó citando a Eduardo Galeano: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro…”.

En la sala abarrotada, los alumnos de periodismo sabían perfectamente a qué se refería.

(Publicado el 13 de mayo de 2017 en el New York Times en español)