Relectura de la Evita de Alicia Dujovne Ortiz: El mito desvelado

El siglo XX, que dejó tantas epopeyas, catástrofes y sufrimientos, produjo también un puñado de personajes míticos, en el sentido más clásico y “mítico” de la palabra: historias o personajes cuyo significado no se termina de desentrañar nunca, y que adoptan sentidos profundos, a la vez sociales y personales, que cambian con el tiempo y nunca agotan su significado.

Los mitos no sólo se iluminan con nuestras preguntas; también son faros que ayudan a iluminar vidas y tiempos muy alejados de su momento histórico.

No hay país tan pobre que no tenga sus mitos nacionales. Pero muy pocos producen mitos de resonancia universal (o al menos continental). Argentina, el triste país que desde siempre se cae del mapa y que ahora se agarra con los dientes a la economía globalizada, es rica en este tipo de mitos.

Eva Perón Alicia Dujovne tapa

En el siglo XX dio a la cultura occidental al menos cinco: Gardel, Borges, Evita, el Ché Guevara y Maradona. ¿Quién no habrá usado nunca dos o tres de estos mitos para pensar y decidir asuntos que nos son caros y constitutivos?

Los argentinos nos vamos haciendo adultos pensando y debatiendo sobre estos personajes. Pero ninguno produce peleas más ardientes, posicionamientos más definitivos ni divisiones más profundas que Eva Perón, la abanderada de los humildes y la bruja del látigo, la santa y la puta, la amada y la odiada. En Argentina, aún hoy las clases sociales, las ideologías políticas, las relaciones entre hombres y mujeres y hasta los conceptos de bondad y maldad se debaten y se miden usando como vara las historias ciertas e inventadas sobre esta mujer extraordinaria.

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Evita nació en el pueblo pampeano de Los Toldos el 7 de mayo de 1919, creció pobre y humillada como hija ilegítima de un caudillo conservador, viajó adolescente a Buenos Aires para hacer carrera como actriz, triunfó en radioteatros y tuvo una carrera mediocre en cine y teatro, se hizo amante y luego esposa del ambicioso coronel Juan Domingo Perón, lo ayudó a llegar al poder, ayudó de mil maneras a los desheredados de su tierra, no consintió matices entre los fieles y los enemigos, en cinco años se volvió un mito amado por los pobres y aborrecido por las clases medias y acomodadas, fue vetada en su sueño de la vicepresidencia por un ejército poderoso y un Perón pusilánime, y murió de cáncer de útero el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad.

He intentado contar los datos básicos, desnudos, pero cada uno de estos tiene mil versiones y contradicciones. Porque la historia de Evita es inseparable de sus significados violentamente opuestos, todo cambia según quién lo cuente: desde su nombre hasta el año de su nacimiento y la hora de su muerte, desde su personalidad a su lugar en el régimen peronista. En lo único en que todos se ponen de acuerdo es en su importancia en la historia argentina.

Para Alicia Dujovne Ortiz, es también indudable otro dato: Más allá de la irresoluble pregunta de si era buena o mala, “Evita es grande”, con una grandeza que se resiste a las enumeraciones y que no está en la perfección. Una grandeza innumerable e indefinible, pero evidente.

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Pero no sólo para los argentinos Evita significa algo importante. Su combinación de pasión por los pobres (“mis descamisados”), lujo desmedido y gusto ambiguo (no terminamos de decidir si es el colmo del kitsch o un gusto más allá del gusto) se ha convertido en una estética. En América Latina sigue produciendo perplejidad su personal y apasionada lucha contra la pobreza, de una eficacia indudable, aunque no es ni la beneficencia de las damas de la sociedad ni la revolución comunista.

En los países anglosajones su nombre está atado a la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber. Mediante una vuelta teatralmente eficaz pero políticamente ruin, en Evita aparece el Che como voz de la sensatez y los valores burgueses y liberales, burlándose del afán de poder y el uso de la sexualidad de Eva. Para muchos, una tergiversación interesada de la figura del líder revolucionario. A través de Evita y sobre todo de la identificación del personaje con la actriz que la personificó en cine, Madonna, Eva María Duarte de Perón produce esa fascinación culpable que en el siglo XIX despertaban las mujeres libres.

Sobre Evita se han escrito bibliotecas enteras. En la bibliografía del libro de Alicia Dujovne figuran más de dos páginas con títulos de libros sobre ella, y es una enumeración muy somera. Por eso, lo primero que llama la atención de este libro es la palabra más corta, sosa y aparentemente inofensiva de su título.

Este texto aspira, con una ambición pareja a la de su personaje, a ser “la” biografía. Es decir, la definitiva, la absoluta. No es, como gustan titular los norteamericanos, “una biografía” o “una vida”. La exquisita escritora y periodista argentina residente en París Alicia Dujovne Ortiz se propone una narración y un análisis completo de la vida de Eva. Esa ambición es a la vez la virtud y el defecto de este libro apasionante.

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Eva Perón. La biografía está escrita como una larguísima carta a un lector culto, inteligente y de una curiosidad omnívora, que la autora supone similar a la suya. Es un libro muy bien escrito, generoso y respetuoso con el lector, y de una gran honestidad.

La honestidad aquí se ejerce de dos maneras. Por un lado, como los defensores y atacantes de Evita dan por ciertas historias e interpretaciones contrapuestas, Dujovne Ortiz detiene la acción en los momentos polémicos (que son casi todos los de la corta vida de Evita) para relatarnos las dos, tres o cuatro versiones de cada suceso, junto con la posición ideológica o el interés particular de quien la cuenta.

El misterio con más versiones es el del supuesto tesoro de los nazis. Cuando Evita visitó oficialmente España, Italia y Francia en 1947, se desvió de su ruta para pasar unos días en Suiza. ¿Para qué? Los antiperonistas no dudan de que Evita llevaba el oro de Martin Bormann para depositar en una cuenta de la pareja, pero no hay pruebas concluyentes. Dujovne Ortiz cuenta lo que se sabe y lo que varios testigos y biógrafos suponen. Y deja la pregunta sin contestar.

Pero por otro lado, la misma autora, como argentina que vivió y soñó con Evita, no deja de meterse en la historia. Alicia Dujovne coloca sus asombros y dudas al lado de los de los personajes, y cuenta dos o tres historias reveladoras de su propia biografía. Por ejemplo, al hablar de la represión de los políticos opositores, enumera a un grupo de militantes comunistas encarcelados por el régimen peronista.

El último de la lista es Carlos Dujovne, “mi padre”, apunta la autora, como si tal cosa. Cuando la radio anuncia la muerte de Evita, la Alicia de 13 años se encierra en su cuarto a llorar. La persona que hay detrás de la autora creció entre la fascinación por Evita, la mujer extraordinaria, y la consciencia de la base totalitaria del régimen que la tuvo como bandera y la exacerbación de los odios que el peronismo dejó a los argentinos.

El libro se vuelve farragoso y erudito al intentar agotar las ramas que se desprenden del frondoso árbol de la historia de Evita. Pero este método, que deja por 10 ó 20 páginas a su personaje para explicar aspectos de la identidad argentina o la trayectoria de personajes secundarios, tiene dos grandes diques que evitan el anegamiento: la personalidad incandescente de Evita y el estilo, a la vez evocativo y llano, de la autora.

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Es interesante comparar La biografía con otro libro reciente, aún más exitoso en las librerías: Santa Evita, del periodista y novelista Tomás Eloy Martínez.

Éste último, investigado y escrito más o menos en la misma época, es un perfil periodístico. No pretende echar luz sobre todos los recovecos y los incidentes de la biografía de su personaje, sino centrarse en unos pocos, narrarlos de forma novelada (cuenta cada hecho como si el autor hubiera estado presente, como quien cuenta una historia inventada) y elegir un puñado de personas que representen a grupos, sectores o reacciones.

Por ejemplo, en el libro de Dujovne Ortiz se explica el funcionamiento de la Fundación Eva Perón y se enumeran las cosas que ella regalaba, desde dientes postizos hasta casas, y que cambiaron la vida de millones de argentinos. Podemos entender la magnitud de su tarea. En Santa Evita, se sigue el día de un obrero, que representa a los millones, y se asiste a la deslumbrante aparición de Eva en su oficina de la Secretaría de Trabajo y Previsión desde la emoción de ese personaje inventado pero real.

¿Cuál acercamiento es mejor? Ambos son válidos, y en el caso concreto de estos libros, los dos son excelentes. Y no serán los últimos. Hay en todos nosotros tanto de Evita, la virulenta, la apasionada, la contradictoria, que la luz de su mito no se apagará mientras haya quien quiera contar o escuchar una gran historia.

Eva Perón. La biografía
Alicia Dujovne Ortiz
Punto de Lectura, 2002 (1ra. ed., 1996)
542 páginas

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Bru Rovira y el periodismo como poesía de la calle

Vittorio. Ramón. El gitano. Josefa. José Antonio. Rosa. Benavente. Ana Luisa. Pobres y dignos luchadores de la vida, heridos pero enteras, habitantes de los viejos barrios bajos de Barcelona. En manos del cronista Bru Rovira, son personajes inolvidables.

Rovira se labró una sólida reputación como reportero de conflictos olvidados, pobrezas africanas, luchas y epifanías del Sur del mundo. Muchas están recogidas en su estupenda colección de relatos, Áfricas.

El lector de Bru Rovira espera que viaje lejos y le traiga la voz y las historias de “los otros”. Por eso sorprenderá a muchos que esta vez se haya fijado en sus vecinos, los hombres encallecidos y las mujeres ojerosas que uno puede encontrarse en cada esquina de la Barcelona macarra.

Bru Rovira Solo pido un poco de belleza foto portada

Pero para Rovira no hay cerca ni lejos: hay historias que se consiguen con mucho tiempo escuchando y acompañando a la gente que le interesa. Y con ellas, construye textos vibrantes y humanos, que tienen el pulso de las novelas y la economía verbal de la poesía.

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Uno fue legionario. Otro, mercenario en África. Aquella anciana toca el piano pero las ratas se están comiendo su instrumento. Aquel se vio envuelto en un confuso episodio de violencia doméstica. “El periodista”, como lo llaman, los escucha a todos con empatía y con piedad. No los justifica, no los defiende: les otorga la dignidad del respeto absoluto.

El libro abre y cierra con la muerte y entierro de Vittorio, el mercenario italiano. A medida que lo vemos caminar con parsimonia y fumar y beber a saco y contar su vida deshilachada por el Raval, cada lector se acordará de personajes cercanos a los que en algún momento no prestó la debida atención.

La realidad política y económica – durante los años en que Rovira acompaña a sus personajes entre jornadas en la redacción de La Vanguardia y largos viajes a África – se desencadena la crisis, se desploma el estado de bienestar, los servicios sociales pierden financiamiento, la red pública de apoyo a desamparados como muchos de estos personajes se desmorona.

El libro trata también de lo que pasa en la política española pero desde abajo, a pie de calle. Donde duele.

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Hacia el final, Rovira relata la historia de un reportero del diario Rocky Mountain de Denver. El hombre fue tan feliz recorriendo como periodista las calles de la ciudad, hablando con la gente, escuchando sus historias, tomando el pulso de su época, que quiso que al morir sus cenizas se enterraran en la columna del vestíbulo de la redacción. Hoy el diario fue comprado por una impersonal cadena de publicaciones.

El autor imagina a un nuevo director de Recursos Humanos que quisiera sacar las cenizas de ahí, para “borrar cualquier huella del pasado. Atajar preventivamente cualquier posible ataque de nostalgia entre los jóvenes periodistas”.

Pero, en la ilusión de Rovira y también en el indispensable ideal que ha guiado siempre su carrera y su importante obra, este funcionario terminaría descubriendo “que si sacaba las cenizas de la bendita columna, el edificio entero se hundiría”.

 

Bru Rovira: Solo pido un poco de belleza. Papel B. 248 páginas.

Jóvenes cronistas que llegan a tiempo

 

Qué alegría que cinco jóvenes y pujantes cronistas me pidan que prologue si primer libro colectivo: Melissa Silva, Roberto Valencia, Nilton Torres, Luis Felipe Gamarra y Clavel Rangel escribieron a diez manos Pequeñas  batallas, grandes historias. El libro está ya disponible en Amazon. 

Las miradas de estos jóvenes pero ya veteranos reporteros están enriquecidas por sus lecturas de la crónica latinoamericana, pero lo que cuentan son historias de tres continentes y de una gran diversidad temática. Aquí les comparto mi prólogo. Espero que el libro vuele alto. El periodismo narrativo del Sur está en buenas manos.  

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Fue a mediados de octubre de 2007, en el primer día de clase del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona. En mi función de director aguafiestas, les estaba recomendando a los alumnos que nunca hay que llegar tarde, ni a clase ni a una rueda de prensa ni a una cobertura informativa. Y usé una frase que repito como un mantra desde hace décadas: “Nunca es demasiado temprano”.

Melissa Silva estaba sentada en el costado izquierdo, y levantó la mano con educación pero decidida. “A veces sí es demasiado temprano”, dijo con ese tono cantarín de los venezolanos. Apenas nos estábamos conociendo, y me impresionó la seguridad con la que me contradecía. ¿Cómo es eso de que se puede llegar demasiado temprano?

Y entonces nos contó la historia. Era una jovencísima reportera de sucesos en un diario de su país, y el jefe la envía a una zona apartada, donde el jefe de policía daría declaraciones. Como no sabía el camino y el tráfico estaba pesado, salió con muchísima antelación. Cuando llegó al descampado, vio a lo lejos cómo unos policías se llevaban a un hombre maltrecho pero vivo a unos matorrales. Faltaban al menos dos horas para la comparecencia del oficial. Fueron llegando los colegas, la mayoría a la hora de la comparecencia.

Cuando apareció el jefe, anunció que un peligroso delincuente se había escapado, que había disparado contra los agentes, que estos se habían defendido, y que en el tiroteo el hampón había muerto.

De vuelta a la redacción, siguió contando Melissa, habló con su editor: todo era mentira, no hubo tiroteo, lo fusilaron, yo lo vi. Estaba alterada.

El hombre sonrió, le dijo que se calmara y le hizo una simpática reprimenda: “Muchacha, es que llegaste demasiado temprano”.

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Nunca olvidé la historia que Melissa Silva contó esa mañana. Y siempre supe que aún en los inicios de su carrera, ella ya sabía que sí hay que llegar temprano, aunque nos traiga problemas, aunque se enoje el editor que quiere quedar de buenas con el poder. Melissa ya sabía de las alegrías y las angustias que da el llegar temprano.

Por eso no me asombra, casi una década más tarde, que sea ella quien me apresure ahora para que termine yo este prólogo. Quiere llegar a tiempo con esta excelente colección de crónicas que compaginó junto con cuatro compañeros de generación: los cronistas del presente y del futuro.

Cinco crónicas Melissa Silva et al tapa

La misma Melissa Silva inicia la serie con el retrato de una anciana de Corea que lucha por los derechos de las víctimas de la esclavitud sexual del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. En una crónica que sabiamente combina lo que Gil Won recuerda de la terrible historia pasada con sus jornadas de enfrentar a las cámaras y su valiente viaje a Japón, su personaje se nos construye a los lectores como mucho más que una militante por su propio pasado: su lucha es por la verdad, por la dignidad de todos.

El cronista peruano Nilton Torres Varillas se encara con un aventurero catalán que encontró la Chinkana, un secreto prehispánico que la iglesia no quiere que se revele. Es un relato de búsqueda al otro lado del mapa, de vocación, de sueños llevados al límite, contado con pericia y arte.

Su compatriota Luis Felipe Gamarra sigue al padre de un policía muerto en un turbio enfrentamiento con indígenas indignados. La lucha de Felipe Bazán Caballero también es por la memoria y la dignidad de su hijo. Una emotiva historia de dolor y resistencia.

El aguerrido reportero vasco afincado en El Salvador Roberto Valencia narra la curiosa historia de un famoso comentarista deportivo argentino convertido en gestor de proyectos para dotar de educación y futuro a la juventud desesperanzada de El Salvador. En sus viajes con el quijotesco Alejandro Gutman, Valencia le hace unas veces de Sancho Panza y otras de doctor Watson, atento a las extrañas sentencias y la capacidad inspiradora de su fascinante personaje.

Por último, la periodista venezolana Clavel Rangel perfila a un personaje multifacético, complejo, a la vez heroico y problemático: Vallita, la luchadora comunitaria de un barrio violento de Ciudad Guayana. Vallita cuenta su vida de puños cerrados, de dolor largo y efímera esperanza, de dar y recibir golpes. Rangel no la justifica: la explica, y de esa manera nos permite entrar en el alma oscura de los que devuelven el golpe o sucumben.

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Cinco historias, cinco personajes muy distintos, cinco formas de narrar que muestran que la crónica periodístico-literaria está viva en América Latina y tiene mucho que contar. Ninguno de estos relatos aparecerá en la portada de los periódicos, en la apertura de los telediarios: no son presidentes ni empresarios exitosos ni deportistas famosos y modelos ni actores de telenovela. Son luchadores: saben qué los mueve y dónde quieren llegar. Se explican con pasión y claridad. No se hacen ilusiones sobre sus países injustos y desgarrados. Sus historias son dramas, no tragedias: todas dejan una rendija abierta a la esperanza.

Fui conociendo a estos cinco autores, que son lectores, reporteros y escritores impenitentes a lo largo de los caminos del ejercicio de la crónica y la enseñanza del periodismo relevante, el que pega y se nos queda pegado a la piel. A todos los admiro: son valientes, enfrentan peligros, piensan que el oficio de periodista tiene un fuerte componente ético, de compromiso con la verdad, con la justicia. Ven su trabajo como un constante rescatar voces acalladas, voces olvidadas, y darles el lugar que se merecen.

Y pensar que todo empezó hace casi una década, cuando dije en clase que no se puede llegar demasiado temprano sin sospechar que en la orilla izquierda del aula se levantaría el brazo de Melissa Silva para contradecirme y al mismo tiempo regalarme la dolorosa historia que me daría la razón.

Estos cinco textos de luchadores por la verdad llegan justo a tiempo.